Simple

Hace unos días murió un compañero de clases de la universidad. Se fue a dormir tranquilamente y durmiendo le dio un infarto. Y ya. Estaba reunido con unos vecinos tomándose algo porque era viernes por la noche y se fue a casa a descansar. Se acostó a dormir porque era lo que tocaba  y ya no amaneció en este mundo.

Y la única idea que se repite en mi cabeza es la de qué frágil es la vida.

La vida que cambia en una cena al llegar a casa como le pasó a Joan Didion. La cena en la que estaba sirviendo la ensalada sentada a la mesa con su marido cuando de repente lo miró y le notó la expresión diferente porque en realidad se estaba yendo. La historia que cuenta en ese libro que he intentado leer en dos ocasiones y que después de algunas páginas he tenido que dejar porque conecto más de la cuenta.

La muerte que es inevitable pero no sabemos asimilarla.

Es demasiado compleja para nuestro cerebro. Demasiado dura y misteriosa y desconocida, aunque no vayamos a salir de aquí de otra manera.

La muerte es la cuenta pendiente que se nos entrega al nacer. Y es la única deuda que nunca nos enseñan a saber pagar para que no sea tan difícil enfrentarse al cobrador.

El negro -así lo llamábamos entonces y ahora- se acostó a dormir y ya no estuvo más.

Así de simple.

Yo en un año me quedé huérfana de madre y padre. Así de simple.

Tan simple que abrasa.

 

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Sin pandemia

Que somos héroes dicen.

Cuando el reloj suena a las 2 de la tarde (mi turno es por la noche) ya yo llevo unos minutos, o mucho rato, despierta. Me sigue sorprendiendo que mi cuerpo esté tan agotado y la cabeza siga a su bola, a mil por hora y dando tres millones de vueltas sin dejarme dormir bien.

No tengo ganas de levantarme. No tengo ganas de subir la persiana. No quiero que comience el día. Me voy a la ducha, me preparo dos sándwiches y un zumo de naranja a ver si con ello le aporto potencia a mis defensas, ponemos algo ligero en la tele, que me distraiga de pensar. Quisiera ser un coche y tener una palanca de neutro en mi cabeza, pero ella sigue por libre, y no sé por qué vuelvo al episodio de hace unos días, que ya no sé si fueron 4 ó 5 ó 6. Es lo que tiene todo esto, las jornadas las ha vuelto grises y uniformes.

Llevaba tres días hablando con la hija. Y dudaba de si estar haciendo lo correcto, por lo de no implicarme más, pero era peor ver la mirada gritando, la desazón al entrar, la mano buscando un contacto. Le di a ella mi número de teléfono para que llamara por videoconferencia y lo viera unos minutos cuando me tocaba asistirlo en la habitación en la que lo teníamos aislado. Y sabía que le estaba robando tiempo a mi tiempo, que la urgencia y la cuarentena exigen optimizar las horas para poder llegar. Pero eran esos ojos pequeñitos en medio de los pliegues de las arrugas mirando la pantalla con la ilusión del niño que ve un globo volar por primera vez. Así. Yo lo miraba desde detrás de mi mano sosteniendo el teléfono mientras él hablaba, por ponerle un nombre a los gestos a medias. El corazón también forma parte de la cura. Aunque de nada sirviera después.

No tengo tiempo para ponerme a pensar qué fue lo más difícil. La habitación inmensa frente a ese cuerpo que se iba empequeñeciendo en la cama, con olor a químico, a cables, a material que ignoraba que aquello latía y tenía sangre circulando y una mirada que brillaba cuando veía a quien se preocupaba por él. La extensión de la sábana por encima de la cabeza cuando ya todo había acabado y la desazón y la frustración. La hija al otro lado del teléfono porque ni siquiera podía enterrarlo, incinerarlo o lo que le diera la puta gana hacer. La estadística de estos días. Yo me he ido guardando las emociones detrás de la mascarilla para poder llorar a gusto mientras me cambio al terminar. Al ir de vuelta. Al llegar a casa y abrazarlo. Él también va al hospital y trabaja.

Nos dicen que somos héroes. Y yo lo agradezco mientras pienso en que quienes lo afirman no saben las ganas que tengo de enviar todo a la mierda a veces. De no poner la alarma y seguir escondida bajo la manta. De apagar la tele mil años y no oír nada más sobre pandemias, virus y urgencias. Pero luego miro otros ojos brillantes entre los pliegues de las arrugas que ve a su familia a través de mi teléfono y se me pasa. Hasta la siguiente vez que sienta que ya no puedo más porque quiero llorar y estoy en el turno de trabajo, porque la muerte forma parte de él aunque ningún profe en la universidad nos advirtiera de vivir alguna vez esto. Porque tampoco él se merece que llegue tan derrotada a casa cada madrugada y cargue con todo lo que traigo. Y no lo podré evitar. Querré mandar todo a la mierda. Y lloraré y se me pasará y volveré a ilusionarme con otros ojos brillantes en otro rostro aislado que miran la pantalla de mi teléfono. Dicen que somos héroes, yo quisiera ser héroe sin pandemia.

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Microrrelato (versión 1)

Se estremecía con las noticias, le daban miedo las cifras -los números altos en todas; la pérdida de identidad y convertirse en eso, en cifra-, la soledad hecha calle cuando bajaba la basura.

Decidió entonces bailar en el salón solo porque sí, cantar sin sentido, cocinar sabores viajeros, leer y transportarse, sentarse durante ratos a mirar hacia dentro a través de la ventana.

Cuando terminó la cuarentena y permitieron salir a la calle, descubrió que estaba mejor dentro.

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Historias de las 8

Por esos días éramos ventanas.

La de la señora del pelo cardado, la de la mujer rubia, la de la vieja con cara de amargada, la de la chica joven en albornoz, la del señor mayor que me contagiaba su entusiasmo al aplaudir; en la cita de las 8 nos habíamos convertido en habituales. La del abuelo era la ventana que encontraba justo al asomarme en ese patio de edificios. Algunas veces ya estaba aplaudiendo cuando yo llegaba, en otras primero veía encenderse la luz del salón y unos segundos después la figura aparecía en el marco. Saludaba entre aplauso y aplauso a las distintas ventanas, lo hacía con la familiaridad de quien conoce al otro, y al terminar siempre lo dejaba conversando con los demás sobre el día. Era el momento de compartir, el de esperar a las 8, salir a ser ventana y aplaudir.

Una tarde no lo vi asomarse, imaginé que lo habría pillado la hora en la ducha o poniendo una lavadora. Pero al día siguiente tampoco, ni al otro. A las dos semanas nos dejaron salir a la calle y ya los que éramos ventanas no volvimos a aparecer para aplaudir y saludar. Seguí mirando durante varias tardes a ver si lo veía aunque fuese de pasada en su casa. Un día estaban unos hombres con petos azules recogiendo los muebles y llevándose todo. Desde entonces el salón está vacío.

relatos de cuarentena

Imagen: Olivier Chatel en Unsplash

Un girasol en el balcón

Mientras crecen, los girasoles esperan atentos cada mañana en posición erguida a que el sol asome por el horizonte. Con el transcurso de las horas la rotación sucede, el astro rey cambia de posición desde nuestra perspectiva y ellos, los girasoles, van siguiendo su rastro moviéndose hacia el oeste para poder recibir su energía.

Cuando termina el día todos miran hacia el confín donde el sol se despide, entonces aprovechan durante la noche para prepararse en dirección este y recibirlo de nuevo dentro de unas horas.

Por eso se llaman girasoles.

girasol mirando el sol

Aaron Bunder, Unsplash

En estos días los pensamientos van de un lado a otro, ya que el cuerpo no puede hacerlo. Me traslado de sitios y de gente en mi cabeza, me dejo llevar por la inercia de ver por rutina la tele o decido conscientemente hacer cosas que nunca hago por falta de tiempo. Me invade la tristeza y la ansiedad con la sobreinformación de noticias ciertas, fakes y memes que ya me cansan. También me conmuevo con algunas historias bonitas, ver salir del hospital al abuelo de 80 y pico al que le dieron de alta fue emocionante.

Estoy animada y melancólica, hambrienta y con pesadez estomacal, envío mensajes a gente que quiero y a veces no tengo ganas de hablar, y todo esto puede suceder en dos horas de las 24 que tiene un día de esta cuarentena.

Y dentro de todo el barullo que significa vivir lo que ninguno imaginó, tengo un pensamiento constante: quisiera tener un balcón.

Mataría por un balcón. Para asomarme y ver la poca vida que puede tener una calle en tiempo de pandemia, para mirar al de enfrente que está en el suyo y sonreírle complice porque sería lo más cercano a un abrazo en estos días, para dedicarme a aplaudir cada noche a las 8 y saludarnos cada uno desde nuestra posición porque ahora lo hago desde una incómoda ventana de patio interior. Para mirar el cielo y ver las nubes cambiando de forma y soñar con horas más allá de cuatro paredes; para sentir el sol, sobre todo para sentir el sol.

Su energía sobre mi piel, caliente, acogedora, reconfortante. La sensación suave que se percibe mejor con los ojos cerrados, los rayos entrando, recorriendo el cuerpo, invadiendo cada rincón por dentro y por fuera, dotando de calma lo que debería estar así siempre. El haz que se cuela en medio de las nubes de un día de invierno; la luz que nos alcanza después de una tarde de lluvia otoñal; el calor que va surgiendo en la primavera que ahora está y hemos recibido sin darnos cuenta de ella; el verano en una playa en la que prefiero embadurnarme todo lo posible con la protección máxima con tal de poder darme el lujo de tirarme en la arena al sol, siempre al sol. Siempre al sol aunque sea en un balcón. Dicen las noticias que hay quienes están usando los balcones para practicar el insulto y canalizar frustraciones. Yo solo quiero un balcón para sentir el sol.

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Girasol en el Jardín Botánico de Madrid, foto propia

Hay tardes en las que desde el sofá veo que las nubes le han dejado paso y unos rayos intensos entran por la ventana, se forma un reflejo curioso contra la pared color crema y yo la miro con envidia porque el sol la está tocando. Suelo entonces ir rápido, no sea que se esconda de nuevo, abrir la puerta y asomarme. Cierro los ojos y lo siento. Quietud, dejarse llevar, serenidad. Me gustaría tener la suficiente memoria para asegurarlo, pero siempre he sospechado que es lo más cercano a estar dentro de la placenta aquellos primeros nueve meses.

También hay momentos de presente dentro de la nostalgia. El de jugar a las cartas y mirarnos a los ojos mientras brindamos por un día menos o lo mejor que vendrá después porque lo mejor siempre vendrá, da igual si es cierto o no. Vivir instantes de luz que no vienen del sol sino de dentro, como volver a vernos por una pantalla. Hay amigos que son el amor de la vida, igual que una pareja.

La claustrofobia infantil, que me ha vuelto a visitar en los últimos años y estos días pareciera querer asomarse como el ladrón que se frota las manos cuando ve a la familia dejar su chalet solo y sin alarma de seguridad por vacaciones. Es cuando decido que ese día soy yo la que bajará la basura o me invento una visita al supermercado para no dejarle demasiada cancha. Y ya de paso estoy sola un rato. Cuando esto termine voy a buscar soledades con la misma intensidad con la que buscaré reencuentros. Luego me digo que si estuviese sola en los 40 metros de casa en este encierro no estaría diciendo esto. La idea es quejarse de algo, al fin y al cabo.

Yo tenía la impresión de que éramos la generación de Tinder y el postureo en Instagram, que nos podíamos dar el lujo de pelear por derechos de género, jornadas laborales de 4 días y menos azúcar en las etiquetas porque esos eran los problemas más graves que teníamos. Por lo menos en este lado del mundo. Y de repente llega la vida con sus sacudidas, despierta idiota, eres el mismo de siempre, frágil, corrosivo y primitivo.

Cuando esto acabe me compraré una planta de girasoles. Y los imitaré.

girsaoles en el campo

Jordan Cormack, unsplash

Auroras boreales

Decidí que ese sábado me apetecía más salir conmigo misma. Decidí también que me iría a dar un paseo y hacer fotos a las luces de Navidad recién encendidas de Madrid.

Entré en el bar irlandés que vi de camino a Cibeles porque la música en vivo siempre es una buena opción. Pero no conseguí un rincón en la barra en el que sentarme a escribir. Me encanta acomodarme en medio del jaleo, mirar pensando en el espectador y el escenario, percibir el ruido que se produce cual música de fondo y concentrarme en las historias que estoy pensando, aunque de vez en cuando me distraiga pescando conversaciones.

Conseguí un local con una mesa alta central. Los de enfrente son ocho personas ocupando una con 4 cafés. Queda la costumbre de mirar el movimiento de trabajo en los bares y restaurantes de tanto trabajar sirviendo peticiones. Mientras tanto, sonrío y me siento muy cansada, son agotadores los días tristes. La psicóloga me ha dicho que busque una especie de ritual de despedida. Después de una semana no se me ha ocurrido nada, así que creo que será mejor dejarlo por ahora, no perderlo de vista y ya vendrá una idea.

Es una época revuelta. Cada dos por tres me pregunto qué me pasa y cómo me siento. Hay momentos en los que me planteo si ya lo que queda es buscar seguridades y esperar la vejez. Creo que vivo una especie de crisis de los 40 mezclada con duelos.

Yo tengo ganas desde hace dos años de cambiarme la vida por una nueva. De sentir la adrenalina de la aventura y de seguir haciendo planes como siempre. Aprender cosas nuevas, tener proyectos que finalizan para que comiencen otros, mudarme de algo cada cierto tiempo. Inmadurez suelen llamarlo. Pero cómo formalizarme con todas las auroras boreales que me quedan por ver. Con lo presente que tengo la muerte.

Después de unos cuantos intentos -fotografiar es un ejercicio de paciencia también- hice algunas imágenes bonitas. La bola gigante de luces cambiantes que pusieron comenzando la Gran Vía es preciosa. Y el árbol de luces en medio del paseo del Prado. Está rodeado de otros que sí son naturales, bancos para sentarse y gente tranquila caminando. Es un acogedor rincón iluminado en el que apetece  acomodarse a mirar y estar sereno un rato, que la vista se deje llevar por el brillo y que los pensamientos se fundan. Me acuerdo entonces de que cada año extraño la decoración navideña de aquel lado del mundo, tan exagerada y con tanta vida. El árbol más grande, los adornos más abundantes, las luces más profusas. Los muñecos que estuvo haciendo durante sus últimas navidades y que fueron ocupando cada vez más espacio en la casa. A Lali (¡a Lali!) tomando cervezas y adornando el árbol con ese ojo que tenía para poner cada bambalina y cada cinta en la rama justa. Echo de menos lo que solo viví por teléfono.

La ilusión que sentía. La tensión agradable de sacar cuentas y pensar en regalos. La excitación de no saber qué recibiría y las caras al dar. Las gaitas, la comida, el centro de mesa de cristal labrado  que veía desde que tengo uso de memoria con las frutas hechas con lentejuelas de colores de hace mil vidas. La última navidad que pasé con ellos estuvimos conversando un rato sentados a la mesa a la que le faltaba una de las seis sillas antes de la cena. Les dije que me sentía feliz de estar allí, papi como siempre evitó el comentario porque no estaba acostumbrado a mirar las emociones, y mami como siempre le señaló que yo había dicho algo bueno para todos, ¿oíste abuelo, la reina dice…?

No siempre supimos formar un hogar, pero lo llegamos a tener. Y ahora me doy cuenta de que estoy buscando uno en un árbol de luces del paseo del Prado.

Entonces me puse a mirar, encuadrar y hacer clic.

 

luces de navidad madrid

 

navidad madrid 1

 

puerta de alcala navidad

 

cibeles y luces de navidad