Historia en una terraza

Salíamos del parque de dar tu paseo diario y ejercitar las piernas mientras yo hacía ejercicios un rato. Esa tarde quise que vivieras la costumbre ibérica de la caña veraniega sentado al aire libre.

Llegamos con un descanso por medio, cada vez te costaba más andar. Pero nos sentamos y sonreíste. Pedimos las cervezas y cuando llegaron brindamos. Decías que estabas feliz con esta “maravilla de país”. Eras un niño descubriendo un mundo que no sabias que estaba y que siempre negaste para no salir de la caja. Cómo nos cuestan los miedos.

Recuerdo que mi idea era tomar una cerveza y subir a comer, el presupuesto estaba mermando con tu visita. Pero estábamos tan bien que quise prolongar el momento y terminamos pidiendo. No recuerdo bien que comimos, creo que fue una tabla de patatas y salchichas con salsas. Mientras a mí me sabía a comida rápida sin cuidado, tu no parabas de decir, como lo hacías cada día, que qué maravilla era todo lo que estabas probando en Madrid. Nos regaló mucho Madrid, ahora que lo pienso.

Y daba gusto verte comer. Daba gusto verte los ojitos casi cerrados sonriendo y masticando. Daban gusto tus gestos exagerados disfrutando, es lo que tiene atreverse, aunque sea tarde.

No sé cuánto tiempo conversamos ese rato, pero estábamos bien, muy bien. Fue antes de las preocupaciones por tu futuro, la disyuntiva, el cálculo de cuentas y de posibilidades infructuosas.

Últimamente tengo ganas de ir a los sitios que visitamos aposta para recordarte. Sospecho que es una forma de homenajearte, de saber que después de hurgar y pasar la capa de duelo, me viene bien recordar los buenos momentos, como este de una tarde de verano agradable que estoy pensando ahora.

terraza junto al retiro, madrid

Las que nos van conformando

Pensé en pasearme por alguno de los escenarios donde estaría la música, hace años me encantaban las fiestas del Orgullo y ya no voy.

Pero extrañamente me siento muy a gusto aquí.

Últimamente estoy hacia dentro. Me gusta el silencio que se produce al apagar el televisor, mirar la luz que entra por la ventana mientras me bebo el café por las mañanas intentando espantar a las musarañas de mi cabeza. Me gusta mirar con tiempo a la señora que está sentada en el banco de enfrente.

Se ve relajada, el carrito de la compra al lado y las manos llenas de migas de pan que va lanzando a las palomas. Y es bonito el revuelo que surge alrededor suyo con los animales en enjambre peleando por conseguir una pequeña cantidad.

 

señora con palomas, parque del retiro

 

Me seducen después sus movimientos. Con cuidado se levanta del banco y, pulverizando un líquido en la madera de la silla, va limpiando con una toallita. Lo hace con calma, queriendo dejarlo todo en su sitio. Repasa cada espacio de la silla y guarda luego los utensilios en el carrito. Lo cierra con sosiego y emprende la marcha.

Al verle el rostro cuando se acerca me sorprende lo joven que es. Siempre adjudico la tarea de dar de comer a las palomas a la gente muy mayor. Y me pregunto qué tipo de vida tiene y por qué necesita venir al parque con el carrito de la compra y la comida y las palomas. Supongo que serán las mismas razones que tengo yo de estar un sábado a las 9 de la ¿noche?, sentada en un rincón más o menos escondido del Retiro respirando profundo y percibiendo con mis sentidos, y aquí la redundancia es necesaria. Respirando profundo. Para qué irme a la fiesta si hoy disfruto más de la conversación que produce escribir estas líneas, el whatsapp con mis hermanos, los mensajes con él que está triste estos días y necesita mimos.

Últimamente me gusta ponerme música alta en los audífonos cuando estoy en la oficina, exponerme a pecho abierto con la psicóloga y pensar qué puedo hacer para que el día tenga algo bonito aunque la perspectiva sea trabajar y trabajar. Épocas. Las que transcurren y las que nos van conformando.

señora con palomas, parque del retiro

Relato de un proceso

La cuestión es que tengo ganas de hacerlo, pero sin ninguna idea concreta.

Llevo rato escribiendo otros posts, leyendo textos anteriores y he cogido carrerilla.

La carrerilla me entusiasma y me da ganas de más. Como cuando tienes ganas de fiesta.

Esto, en cierta forma, es una fiesta.

Pero no se me ha ocurrido una historia concreta, un principio de relato, un personaje interesante para imaginarle una situación o una fotografía inspiradora.

Tengo ganas de escribir por el puro placer de hacerlo.

Como cuando he tenido una semana de trabajo y meto los pies en agua caliente (quien lo ha hecho sabe lo maravilloso que es).

Como cuando voy a un restaurante a cenar. Llegar, ver la carta, pedir el vino, brindar, saborear varios pasos siguiendo el ritual.

El placer por el placer. Aunque es un placer raro. Doloroso al mismo tiempo.

Un masaje descontracturante. Lo que cuentan de saltar en paracaídas. Pensar como concretar la idea en una frase. Probar una palabra, jugar con otra, versionar la primera a ver si así…

Desesperarme cuando la definición no termina de salir. Releer y no estar convencida del penúltimo párrafo.

Es cierto nudo en el estómago, un porcentaje de angustia y un trozo de felicidad.

Escribir.

Somos un poco masoquistas quienes escribimos.

A veces es mejor parar, hacer otra cosa y volver; dejar descansar el texto, el diccionario de sinónimos y la cabeza. En otras ocasiones ayuda mirar escritos hechos en días anteriores. O escribir a mano,  como hoy. Aunque tenga que hacer un esfuerzo doble tratando de moldear una letra medianamente legible para cuando lo pase a WordPress. La falta de práctica ha ido empeorando mi caligrafía.

Luego llega el cierre. Casi nada.

Lo más complicado es empezar y terminar, para mí por lo menos. Cómo abrir lo que se propone escribir, porque una sola idea puede tener infinitos comienzos. Ay, esa frase, los dolores de cabeza que produce.

Y, terminar. Aquello que redondeará el texto. Conclusión. Final. Lo que dejará un buen sabor de boca al lector, el the end que provoque una sensación de satisfacción en ellos y en ti, pobre, que escribes para expresarte por necesidad visceral y para que te lean también, no lo neguemos.

Con el cierre viene el fin de ese placer-dolor. En algunas ocasiones.

En otras, releer supone un nuevo comienzo porque sientes que aquello necesita unos cuantos cambios o una vuelta entera. Y si sucede lo segundo entro en barrena. No sé qué hacer, me planteo varias ideas, no me gusta ninguna, pienso en borrar todo y empezar de cero, o mejor no para no tener la sensación de que he perdido el tiempo. Cambiar el texto solo en algunos pasajes… Si es que soy cuadrada. No sé dar vueltas redondas.

Me consuelo sermoneándome: lo importante es hacer Laura, así la inspiración te pillará trabajando. Así la sensación de insatisfacción se mitiga un poco. Pero me gusta vivir el placer. El de hacer algo con lo que te sientes realizada incluso cuando lo ejecutas por el solo hecho de ejecutarlo.

Como este post.

 

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Imagen: Unsplash, Ben White

Asidas

Si supieras lo que puede llegar a significar.

Aquello que por cotidiano dejó de notarse.

Que se volvió imperceptible convirtiéndose en un reflejo inmediato.

Que no te hace falta de tanto tenerlo, pero entre jemes, falanges, y artejos se esconden infinitos amaneceres, noches de vinos salpicados de besos y unos cuantos portazos.

Que no llegó a posicionarse entre tus recuerdos importantes. Se quedó arrinconado allí, junto con el despertar y estiro el brazo para que te vengas a mi regazo y nos tomemos 5 minutos de respiraciones enredadas; junto con el mensaje a media mañana para saber cómo te está yendo, el de la tarde a final de jornada, el de la queja por mira lo que me ha pasado; junto con la mano de cada noche para dormirnos.

Si supieras que se va diluyendo, y te olvidas de cuando lo querías.

Cuando buscabas un beso bonito cada mañana.

Cuando soltabas un discurso muy teórico sobre las relaciones, lo que esperabas y varias frases inútiles más.

Cuando las ganas se desinflaban con cada desilusión.

Cuando la manta, la peli y el sofá de los domingos querías que fuese en compañía.

Llegó como ocurren algunas cosas, despacito y tomando sitio, atrincherándose invisible, listo para darte momentos que ahora te resultan ajenos de tanto ignorarlos.

Y un día enfocas, escoges ángulo y fotografías. Ves el resultado y te sorprendes.

No porque ocurra, sino por las historias que esconden dos manos asidas.

 

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La fe de Eloy

Confieso que me costó leer a Eloy al principio.

Me impresionaron sus frases compuestas de belleza, las palabras hiladas rebosantes de imágenes y de construcciones expresadas a través de códigos evocadores. Pero las historias me resultaban, no se si la palabra es etérea, pero es la que pienso ahora. Me resultaban tan etéreas que no entendía lo que pasaba. Los relatos de Eloy Tizón están compuestos por personajes que miran hacia dentro aunque estén viviendo desde fuera, que transcurren en situaciones de esas que te dicen al leer que va a pasar algo y habrá un nudo y un desenlace como toda historia que se precie con su secuencia narrativa, pero en donde esto no es lo más importante. A ellos, los personajes de Eloy, les suceden cosas mientras sueñan, mientras van filtrando, lo que observan y viven, con un cristal como empañado, mientras se cuestionan la vida desde una especie de bruma. Bruma, esa fue la primera palabra que se me vino a la cabeza cuando leí a Eloy. Sus sujetos transitan en un tipo de ensoñación mientras el orquestador de todo aquello, quien escribe, narra con letras que formaron palabras que formaron frases que supongo fueron madurando en algún punto de su cabeza y luego se agitaron como un cóctel en otra zona que muchos escritores tienen más cercana a la intuición o al corazón -probablemente esté hablando de talento-.

Cuando comencé a leer a Eloy me sentí un poco torpe, ¿cómo no terminaba de entender esas frases si me sonaban tan hermosas?, ¿esas que dos párrafos después retrocedía para volver a leer las cinco líneas de hace un momento porque quería escucharlas de nuevo en mi cabeza de lo bonitas que me parecían, y así cada dos páginas de media?

Eso fue con Técnicas de Iluminación. Cuando empecé con Velocidad de los Jardines comprendí donde me había equivocado.

Recordé que a ciertos escritores hay que leerlos despacio, saboreando sus palabras, degustando sus ilaciones porque el alma está en aquella concatenación que intentas imaginar cómo fue creada pero no puedes acercarte a ello. El vino que a cada sorbo te da otro matiz, el cuento de Cortázar que no quieres que acabe porque cada espacio entre comas es un pequeño paraíso. Leer y parar; leer y volver; leer, sonreír y seguir. “La vida nos reunió una vez y fue un milagro. Claro que la naturaleza del milagro es no durar. Lo que define al milagro no es su carácter sobrenatural, sino su carácter migratorio. Milagro es lo que acaba“. Parar y respirar y sonreír.

Me gustaría escribir como Eloy, pero no me queda otra que escribir como yo y, mientras tanto, leerlo y admirar al escritor y al profesor que hace un tiempo me hizo tomar consciencia de que eso que yo consideraba espontáneo requería pensar y buscar y encontrar para redondear el círculo. “No estás orgulloso de nada de lo que escribes (lo rompes todo), pero sí de la fe con que lo escribes“.

Por Cristo que alguien me diga adónde van a parar los altos días claros, mi infancia ligera, mi juventud despreocupada.  Era tan fácil ser pequeño y traer notas. El pequeño Austin con su pequeño lápiz rojo. ¿Es que existe en algún sitio  una especie de depósitos de residuos donde alguien almacena alegremente nuestros momentos dichosos?” (Extracto de Austin, Velocidad de los Jardines). A mí me encanta esa fe suya por lo que provoca.

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“Lo más difícil de escribir, como siempre, es no escribir, saber qué hacer cuando no escribes. Ese vacío con qué se llena”.

Notas de verano II

Parece una tontería, pero nunca había dedicado unas décimas de tiempo de mi vida -la adulta por lo menos- a nadar en esnorkel.

Practicarlo fue descubrir un mundo de texturas, colores, formas que no sabía tan fascinante en directo. Me encantaba mirar los peces que se asomaban por detrás de las rocas o las familias que de pronto aparecían en conjunto para tomar agún alga por asalto, que a los críos hay que cuidarlos.

Aunque de toda la experiencia, lo que más fascinación me producía era el silencio.

Ese abstraimiento al que me veía sometida con toda la voluntad posible una vez puestas las gafas en vista y nariz, el tubo en boca. El propósito de mi vida pasaba a ser observar lo que estaba mirando mientras el plaf plaf de mis pies moviéndose aleatoriamente para avanzar, poco porque nadar no es una de mis mayores habilidades, me embotaba la cabeza con su cadencia. Casi todos los sonidos forman melodías. Y yo, que pocas veces consigo tener la cabeza tranquila, entraba en catarsis.

Ese día estuve casi todo el tiempo en el agua, y eso que siempre he preferido estar tirada en la arena. Un rato después descubrí que si nadaba en la playa abierta no vería ni rocas, ni peces, ni erizos, pero la vista ante mí del horizonte azul y otra vez el plaf plaf de mis pies era estar en ese sitio al que queremos huir para escapar de nosotros mismos, el limbo en el que todo está suspendido y no hay espacio para lo que incomoda o hace feliz. La vuelta  al origen, el vientre materno, los diamantes de luz que brillan sobre la arena del fondo. La calma. El agua.

Son viajes a través de nimiedades.

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Apnea (Venezuela)

Respirar el país para poderlo dsifrutar.

Entenderlo, asimilarlo, llevar el aire dentro a bocanadas, exhalarlo de a poco.

Practicar su propio mecanismo porque no hay otra forma de poder salir airoso.

Dejarse llevar por su no lógica porque es la tabla de salvación. De quienes lo habitan, más nos vale de quienes llegamos. La resaca, el mono, la paz después de la oración. Respirar.

El calor pegajoso.

El invierno acondicionado.

El goce fácil.

La desconfianza con neura.

La tranquila cotidianidad del pueblo.

La sensación que va invadiendo las vidas con ruidos ajenos y se instala ocupando cada vez una estancia. Lo hace sin dar explicaciones hasta volver el espacio un minúsculo cuadrado por donde apenas hay salida.

Y no queda otro remedio que adecuarse para sobrevivir.

Pero cada paso de avance suyo son pequeñas muertes para todos, aunque el empeño sea seguir sonriendo y viviendo y bailando.

Bailando aunque ya los pasos no abunden. Se perdieron entre las peroratas, la escasez, los asesinatos y los billetes descontinuados. Pero siempre queda respirar que es lo que estoy haciendo ahora, respirar para entender y bailar y mantener la esperanza.

Eso sí, no lo hagas por la noche, están quemando basura y puede que el olor del humo te asfixie.

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El olor

Fue mi primer trabajo en España. Me vine con los ahorros que había logrado acumular, venta del coche y liquidación del contrato que tenía mediante. Después de un año restringiéndome de paseos y caprichos y terminado el master todo se había agotado y ya no me quedaba un duro, por no tener no tenía ni la documentación en regla.  No recuerdo entonces ni cómo lo conseguí. Era un puesto de recepcionista en un locutorio en Batán, junto a la Casa de Campo. El dueño era un abogado peruano especializado en inmigración cuya oficina estaba en la planta superior del local y que resultó ser un tipo bastante mañoso, básicamente se aprovechaba de mi condición de ilegal para pagarme 700 euros por 10 horas de trabajo al día con una pausa para comer, es decir, solo trabajaba, comía y dormía.

Lo anecdótico no era la explotación a la que estaba sometida, que de esas historias hay miles y peores que las mías. Lo curioso eran las clientas más habituales que tenía el negocio para hacer llamadas.

Debía abrir el locutorio a las 9 de la mañana, por lo que llegaba cada día unos minutos antes. Ellas ya estaban esperándome para entrar conmigo. Tenían aspecto cansado, pero sobre todo olían muy mal. Las putas de Casa de Campo me producían mucha pena y al mismo tiempo repulsión. A mis 26 años yo nunca  había tenido un contacto tan cercano con mujeres de la calle, ni siquiera con gente de África. En realidad, no conocía mucho fuera de mi marco de referencia.

Siempre se presentaban en grupo, unas cinco o seis, y sus  edades eran variadas, aunque ya sabemos que la gente de color suele arrugarse con menos facilidad y aparentar menos edad, porque eran negras como la noche,  igual que contaba mi mamá sobre mi abuelo. Venían de trabajar toda la luna, y me lo explicaban en ese inglés nigeriano que tanto me costaba comprender. Me esperaban para llamar a sus familias.

Las cabinas estaban justo enfrente de mi mesa, y a veces las cinco estaban ocupadas por ellas. Yo trataba de no detenerme mucho mirándolas para que no lo tomaran a mal, pero entre su apariencia exuberante, ropas ajustadas, vestidos cortos, escotes pronunciados, el olor que despedían y los gritos que daban era imposible no observarlas. Sobre todo me sorprendía cuando alguna cerraba la puerta y se escuchaba más bajo llorando porque tenía un hijo al que no veía desde hacía mucho o enviaba dinero a un familiar enfermo. Trabajaban vendiendo su cuerpo para ayudar a su gente.

Así, hablaban por teléfono, asomaban la cabeza para decirle algo a la de la cabina de al lado, me hacían alguna seña cuando se cortaba repentinamente la llamada y luego seguían su conversación a distancia. A veces se presentaba uno que supongo era el chulo. Un negro muy alto y con cara de mala hostia, con cadenas gruesas de oro, múltiples anillos y un olor a perfume fuerte que se sentaba en las sillas que estaban junto a la entrada a esperarlas y que a veces las apuraba en un tono muy áspero. Nunca supe por qué no las dejaba hablar el tiempo que ellas querían.

Yo volvía a casa dos veces al día, a las 2 para almorzar (no tenía dinero para comer por allí) y a las 10 cuando terminaba la jornada. Mientras iba en el metro llorando porque odiaba el trabajo, los horarios, el pago, a mi jefe y a las putas pensaba en sus vidas, en lo que hacían, en cómo serían sus sentimientos, en cuántos hombres tendrían que follarse cada noche para oler de esa forma, en cuánto ganarían y cuánto les quitaría el chulo. En que alguna vez tuvieron una vida llena de sueños en la que no se esperaban esto. O sí.

Lo peor llegaba cuando terminaban de hablar por teléfono y me tenían que pagar; yo previamente había apilado todos los papelitos que salían de la máquina impresora conectada a cada cabina y que señalaban lo que iban consumiendo cada una en hablar. Sucedía que con frecuencia se registraban  llamadas que en realidad habían caído en el contestador y que ellas habían cortado rápidamente, pero que significaban para la caja no recuerdo si 30, 40 o 50 céntimos. Al acumularse varios de ellos en cada teléfono y juntarlos con las llamadas reales el monto subía. Y ellas siempre se negaban a pagar esas llamadas fallidas. Yo les trataba de explicar que tenía que cobrárselos porque se habían registrado en la máquina y equivalían a una llamada (si no temía que mi jefe me los descontara) pero ellas protestaban, me hablaban secamente, muchas veces casi gritándome, y replicaban  sacando cuentas, “¡gimmi a pensa!!” me decían y yo no comprendía sus palabras, hasta que entendí que me pedían un bolígrafo, y sumaban y luego restaban y también retaban: esto es lo que te voy a pagar, y me dejaban ese dinero, el exacto, contado en monedas una por una.

Otras veces, dependiendo de cada una, entendían mis alegaciones ya con bastante mal humor por mi parte al tener que lidiar con aquello cada día y me daban lo que les pedía. Y se iban llevándose el olor con ellas.

De cuando en cuando volvían de nuevo por la tarde. Alguna me explicaba que salían a trabajar. En esas ocasiones no recuerdo sentir ningún hedor y sí ver una apariencia más fresca y desenfadada mientras el resto de los clientes que estaban en los ordenadores las miraban con desprecio, intriga o curiosidad. Llamaban, hablaban y se iban.

El día que no se presentaban me extrañaba, y me preguntaba si les había pasado algo.

Así sucedió cada día mientras trabajé en ese locutorio de Batán. Al final no aguanté los horarios interminables, el sueldo miserable, la cara de explotador de mi jefe y el olor mañanero de las putas. Renuncié sin tener ninguna otra perspectiva a mano porque estaba desesperada y no me daba la gana de seguir aguantando. Fue un mes.

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Imagen: femepress.es

 

PD: Este fue el primer relato que escribí en mi curso; en realidad, son recuerdos míos narrados en forma de relato. Se me ocurrió hacerlo a raíz de una sugerencia de una amiga 2.0, Bypills, que en algún momento me dijo, a raíz de un comentario mío por mi accidentada vida laboral, que escribiera sobre mis experiencias. Este es el resultado, quizás me anime a escribir algunos más.

Bestiario

No lo vi llegar hasta que ya lo sentí. Junto a mi cuello, susurrándome cerca de la oreja, su aliento se me hacía espeso, oscuro. Una bruma acechante, el vaho que impide ver con claridad, el aire fétido que envuelve al oxígeno y no te deja respirar. No soportaba que estuviese.

Ya sabía yo lo que vendría a partir de ese momento, su presencia era una inquieta certeza que comenzaba como un presentimiento e iba cobrando fuerza en la misma medida que yo me iba haciendo más pequeña.

– No lo podrás lograr, me dice, si lo haces y sale mal te sentirás derrotada después.

 Yo trago grueso y lo miro con desazón, noto como mi piel se va afinando mientras esa angustia tan familiar comienza a hincharse dentro de mí, como un globo que se infla hasta estar a punto de explotar. Trato de refutar lo que me dice.

– Pero puede salir bien, solo tengo que tranquilizarme y pensar en positivo.

Hay batallas que son muy difíciles de librar.

– ¿De verdad lo crees? Y me mira a los ojos, desafiante. Y a mí me parece que el ángulo desde el que lo miro comienza a ser cada vez más bajo. Nunca lo has hecho, ¿sabes cuántas personas hay mucho más expertas que tú?

Si solo supiera por qué me dice estas cosas podría manejar mejor la situación…

– Necesito intentarlo, le digo. Pero no sé si se me escucha porque el aire es cada vez más espeso y me ahoga y la fetidez hace que los músculos de mi garganta se cierren y yo ya no sé si lo que se ha escuchado es mi voz con una frase de dos palabras o mis lágrimas que cortan las sílabas.

Es mi desazón, es el vaho, es su mirada acusadora. ¿Acusándome de qué?

– Precisamente, me dice, mejor no hagas nada y te evitas el posible sufrimiento.

¿Y por qué me dice eso? He perdido el control de lo que digo y lo que pienso. No sé si lo que pienso lo he dicho o lo que digo lo he pensado. Solo tengo consciencia del aire y de sus palabras, de que lo demás retumba en mi cabeza y pareciera un desfile de bandas donde todo se confunde y nada está claro y todo es posible porque no sé si es real. Pero atino a responder, a hilar frases que no sé de qué parte de mi inconsciente salen:

– Si lo hago tengo posibilidades de por fin encontrar ese sitio que estoy buscando, y eso es lo mejor que me puede pasar.

Me gustaría pensar que se va a callar.

– ¿Y si sale mal? te sentirás nuevamente frustrada ¿eso te gusta?

¿Por qué no se calla?

– ¿Te quieres sentir mal de nuevo contigo misma? Ellos te recriminarán tus fallos y terminarán echándote, ¿quieres eso?

Solo puedo negar con la cabeza.

– Tengo que recordarte que esa posibilidad es real. Quédate tranquila y no te arriesgues. Es por tu bien.

Cállate…

Me tapo las orejas con las manos, sacudo la cabeza. Cállate. ¿Por qué no te lo digo? Por qué permito que invadas este espacio y tu voz retumbe potente y bárbara en la habitación, en mis oídos, en mi cerebro. Por qué no te digo que todo lo desconocido tiene un riesgo, y ese riesgo tiene dos caras en su resultado. Por qué no me planto y te digo que a pesar del vaho, del olor fétido, de la mirada, de tus palabras como navajas. Que a pesar de eso lo voy a hacer. Por qué.

Y sé que ahora te irás. Pero no será muy lejos.

 

PD: Estoy haciendo un curso de Relato Breve, como cada semana tenemos que escribir un texto, he aprovechado para revisar relatos que hice hace un tiempo y publiqué en este blog. Este es uno de ellos.

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Imagen: Essentia for all

 

Querido cartel

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Esta fue la foto que le tomé al letrero cuando lo vi por primera vez, pensé, ¡está escrito pensando en mí! Llegué al local por casualidad, me fui a dar un paseo por la playa para respirar y serenarme, ya sabes que esos días mi vida era toda turbulencias, de hecho, fue durante esa caminata cuando tomé la decisión de separarme. Ya llevaba un rato andando y pensando y sentí sed, me puse a mirar en los cafés que habían en el paseo marítimo y este me llamó la atención, entre el color turquesa de la decoración, el nombre La más bonita, y lo acogedor que se veía entré, y cuando pasé  a la terraza vi el cartel. No se qué me pasó, con todo lo que llevaba dentro, leer esas líneas me removieron aún más, solté algunas lágrimas parada allí, de forma absurda, enfrente de un simple letrero de pizarra. Fíjate cuál sería mi expresión que un camarero se  me acercó  para ver si iba todo bien, le dije que sí secándome la cara, y le pregunté quién había escrito aquello por curiosidad.

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Me contó que a los días de abrir (era uno de los dueños) una señora muy mayor estuvo con su nieta tomándose una merienda, tenía una apariencia humilde y sencilla, como la gente de las huertas cercanas. El cartel estaba puesto pero aún buscaban una frase para escribir, y como no se les había ocurrido algo más original que “bienvenidos” lo habían dejado así hasta pensar algo mejor. El caso es que la doña, al ver el letrero, le preguntó si podía escribir algo, él le dijo que encantado porque así tenían una cosa escrita por una clienta, y le dio un trozo de tiza, entonces ella se la entregó a la niña que tenía como 8 años y le dictó la frase. Fue la niña quien le puso el arroba, que por cierto, la abuela no entendió, me contó con una sonrisa.

Desde entonces el cartelito está ahí. Pero ese día yo leía y releía la frase, me senté en la mesa más cercana para seguirlo viendo y pensaba sí, estoy lista para el futuro, estoy lista para cambiar lo que no me hace feliz, estoy lista para hacer planes. Sentí un subidón ¿sabes? Salí de allí plena, decidida.

Me separé, me mudé sola, empecé a salir y a conocer gente. Más o menos un año después comencé a verme con otra persona, pero no duró mucho, aunque fue muy intenso. Cuando rompimos volví a ir al café y me senté de nuevo una hora junto al cartel, leyéndolo y pensando. Un aprendizaje más en mi vida y ahora a mirar de nuevo al futuro. Seguí con mis cosas, trabajo, amigos, alguna salida los fines de semana, comida familiar los domingos, etc. Estaba tranquila, pensando que lo mejor estaba por venir.

Pero seis meses después de aquello me quedé sin trabajo, un ERE aplicado en la empresa y de repente sin la estabilidad que tenía desde hacía ocho años. Me deprimí, no sabía qué hacer, qué te voy a contar si nos vimos varias veces en ese tiempo. Y otra vez un día me fui a la playa para caminar y serenarme y de nuevo en este lugar, leyendo el cartel. Me di cuenta que mirarlo y pensar en la frase me tranquilizaba porque me hacía pensar desde otra perspectiva. Ahora podría llevar a cabo cosas que antes no hacía por falta de tiempo, o por estar atada a la ciudad. Empecé a hacer planes en mi cabeza y me animé un poco pensando en el futuro, estaba lista.

Pasó más tiempo, fue cuando me fui seis meses a estudiar inglés a Inglaterra ¿te acuerdas? volví y encontré aquel curro por un año. En esa época empecé a salir con otro chico, nos iba muy bien, y estábamos planificando mudarnos juntos cuando tuvimos una pelea monumental, él decía que yo quería hacer todo a mi gusto y yo alegaba que él pasaba de las cosas. De nuevo, me vine aquí, pero esta vez la pizarra estaba borrada, negra. Sorprendida porque ya era un ancla psicológica para mí, le pregunté al mismo chico qué había pasado. Me contó con cara de circunstancia que hacía dos semanas había vuelto la abuela autora del texto, le había pedido una bayeta y ella misma había borrado la frase, él sorprendido le preguntó por qué lo hacía, y ella le dijo que ya no era necesario que estuviese allí, y que en su momento vendría otra persona a escribir las letras necesarias. Yo estaba perpleja, y el chico sonriendo me dijo que a él le había quedado la misma cara.

Aquello me descolocó, ¿por qué una frase que me resultaba tan potente había desaparecido por decisión de su autora? Me fui sin consumir nada y estuve en la playa como dos horas reflexionando. La historia del letrero hizo clic en mi cabeza.

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Después me reconcilié, y nos fuimos a vivir juntos como habíamos planeado; se acabó mi contrato, decidí emprender por mi cuenta, mi padre fue operado de emergencia tras un infarto. Y un día sentada tranquilamente en mi casa, me di cuenta.

Cogí mi bolso y me vine aquí. Había pasado un año desde la última vez. Como presentía, encontré la pizarra vacía. Le pedí una tiza al camarero que me reconoció y escribí lo que ves.

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PD: La más bonita existe, está en Valencia, me gustó tanto el cartel que me inspiró esta historia. Esta es la web