Dejar ir

Asi han sido los últimos meses. Me cuesta acostumbrarme al deber de un horario. Lo acato como quien acepta una obligación q sabe es transitoria.

Sigo corriendo en el parque cuando puedo y estudio inglés otro tanto. Me gusta mirar en la calle la ropa de verano que lleva la gente; en cuanto a moda, la Primavera y el verano son mis estaciones favoritas. En cuanto a todo en realidad.

Las horas hacen que duerma menos y priorice mas. Mientras tanto te dejo acercarte, pero sólo de a ratos y por poco tiempo durante esos espacios que me permito pensarte.

Y se qué me rondas. Y que no puedo evitar que lo hagas. Más bien no es bueno que lo evite.

Te aproximas como un suspiro muy intenso. Hay días que no te espero y abres la puerta sin ni siquiera tener la delicadeza de tocar, como aquellos aguaceros del pueblo que llegaban con su ruido de tormenta, mojaban todo y se iban. Me rozas la piel y la mirada. La mirada que se apaga cuando te sospecha.

Yo te dejo que hablemos porque es bueno abrir la puerta y hablar. Así son los amigos que se encuentran, se confiesan, se desahogan y se permiten porque es la única forma de dejar ir. Realmente es una condición humana el hablar, se revela aunque haya desgana. Necesita estar aunque sea con desconocidos. Aunque lleve dos años evitando. Buscando no encontrarme contigo entre textos asignados, tirar cañas, documentos de excel de redes sociales y planificaciones semanales. Llevo dos años evitándote. Permitiéndote asomarte solo a medias porque prefiero ciertos escapes antes que mirarte a los ojos. Me he ocupado con precisión y afán de llenarme la cabeza para cerrarte la puerta. Y los oídos y los ojos y la piel. Cuestan mucho algunas bienvenidas. Rompen, revuelven y traspasan corazas.

Pero últimamente también me está pareciendo que ya es hora de dejar que corra el aire, de dejarte y abrazarte y complacer a tu insistencia

En estos días estoy pensando que quizás sea bueno dejarte un sitio en el sofá a mi lado. Convivir un rato contigo, aunque no demasiado para no echarte en falta después

En estos días estoy pensando en que mejor te dejo estar. Que ocupes el asiento que ahora te corresponde tristeza. será la única forma de dejarte ir después.

phi phi island diario de una treintañera desubicada

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Las que nos van conformando

Pensé en pasearme por alguno de los escenarios donde estaría la música, hace años me encantaban las fiestas del Orgullo y ya no voy.

Pero extrañamente me siento muy a gusto aquí.

Últimamente estoy hacia dentro. Me gusta el silencio que se produce al apagar el televisor, mirar la luz que entra por la ventana mientras me bebo el café por las mañanas intentando espantar a las musarañas de mi cabeza. Me gusta mirar con tiempo a la señora que está sentada en el banco de enfrente.

Se ve relajada, el carrito de la compra al lado y las manos llenas de migas de pan que va lanzando a las palomas. Y es bonito el revuelo que surge alrededor suyo con los animales en enjambre peleando por conseguir una pequeña cantidad.

 

señora con palomas, parque del retiro

 

Me seducen después sus movimientos. Con cuidado se levanta del banco y, pulverizando un líquido en la madera de la silla, va limpiando con una toallita. Lo hace con calma, queriendo dejarlo todo en su sitio. Repasa cada espacio de la silla y guarda luego los utensilios en el carrito. Lo cierra con sosiego y emprende la marcha.

Al verle el rostro cuando se acerca me sorprende lo joven que es. Siempre adjudico la tarea de dar de comer a las palomas a la gente muy mayor. Y me pregunto qué tipo de vida tiene y por qué necesita venir al parque con el carrito de la compra y la comida y las palomas. Supongo que serán las mismas razones que tengo yo de estar un sábado a las 9 de la ¿noche?, sentada en un rincón más o menos escondido del Retiro respirando profundo y percibiendo con mis sentidos, y aquí la redundancia es necesaria. Respirando profundo. Para qué irme a la fiesta si hoy disfruto más de la conversación que produce escribir estas líneas, el whatsapp con mis hermanos, los mensajes con él que está triste estos días y necesita mimos.

Últimamente me gusta ponerme música alta en los audífonos cuando estoy en la oficina, exponerme a pecho abierto con la psicóloga y pensar qué puedo hacer para que el día tenga algo bonito aunque la perspectiva sea trabajar y trabajar. Épocas. Las que transcurren y las que nos van conformando.

señora con palomas, parque del retiro

Perorata (ligera)

Escribir porque tengo ganas de escribir pero no sé qué escribir.

Escribir porque extraño el acto de juntar letras y formar frases como se extraña a alguien muy querido, esa persona a quien hace mucho tiempo que no ves y te parece que ha pasado una eternidad, y tienes ganas de volver a escuchar y compartir confidencias. Eso que se echa de menos desde dentro, desde las vísceras.

Escribir para contar. Por convicción, por práctica, por Tauro y por tus santos ovarios.

Volver a la fluidez y al parto. A pensar en cómo encajar esas varias historias que se te han ocurrido por ahí y tienes almacenadas para crear algo. El personaje que pensaste y que podría ser alguien interesante en un relato, la frase guardada hace meses en las notas del teléfono porque vas recopilando todos los momentos de inspiración. Bueno, ibas, últimamente no abundan.

Y hay que escribir para que vuelvan a abundar.

Buscar la inspiración, probar nuevos métodos, como ese taller de escritura y meditación que acabas de hacer y que tanto te gustó, nunca pensaste que las dos actividades que realizas hace tanto tiempo podrían integrarse.

Desprenderte del yo para poder observar y escribir desde la observación, respirar y hablar con el personaje, respirar y hablar desde el personaje; asimilar y practicar que puedes ser el canal por donde salen las palabras. Llegar a esa elevación que requiere práctica, paciencia y mucha amabilidad con una.

Observar para pillar posibilidades. Ese cliente que acude al restaurante a celebrar su aniversario con la mujer y se les nota que es una ocasión muy especial por su insistencia y sus preguntas. Imaginar que han estado ahorrando durante un tiempo para poder hacer esa salida porque el sueldo no les da pero se quieren y se han reservado esa velada para volver a ser unos ilusos enamorados.

El futbolista de la tele al que le veo los ojos tristes y la sonrisa contenida, al que supongo le costará seguir después de tanta gloria, ceros en la cuenta y reseñas de ser el mejor portero del mundo. El anciano al que escucho lamentarse por los errores que cometió en su vida y que ahora le pesan como esa lápida que sabe que pronto verá de cerca. Yo me pregunto si a esa edad siempre se llora mirando atrás. También pienso que un hombre mirando una tumba cerrada puede ser un personaje.

Y entretanto me llaman y me ofrecen una entrada a un concierto que no esperaba, esos momentos de magia que ocurren de repente, y cuando está sentado al piano cantando Pablo interrumpe el verso y nos dice al público que no dejemos de luchar por nuestros sueños, que no dejemos de luchar porque cuando él nos mira -15 mil almas- comprueba que se cumplen. Y a mí me emociona escuchar eso mientras pienso en escaletas, novelas y publicaciones.

Seguir escribiendo. Escribir con disciplina aunque no se llegue a toda ella.

Escribir para gustarme y gustar, aunque no sé qué tanto agrade esta perorata absurda. Alguien me entenderá.

Escribir y escribir. Para eso estoy.

 

escribir, pluma para escribir

Escribir. Imagen: Unsplash

 

Hace un año

Y en esos dobleces del cambio de ropa con la llegada del frío me acordé de que el vestido de verano que tenía en las manos me lo hiciste hace unos años. Y aunque ya no lo uso casi no quiero botarlo porque es un recuerdo físico de lo que fuiste. Y lloré.

Lloré acordándome de que en unos días se cumple un año. Un año aunque te dejé de ver unos días antes cuando me vine buscando un respiro de toda aquella desesperanza con la esperanza de poder volver unos meses después para verte recuperada.

Cómo explicar. Un año.

Ha sido el tiempo de ir caminando serena y llorar de repente porque me acordé de una sonrisa. De rechazar escuchar rancheras y pasodobles porque te gustaban mucho y ahora golpea el ánimo. De oír comentarios de otros sobre historias maternas y saber que ya no tendré alguna en tiempo presente porque ya no estás. De hablar de sentimientos y saber que era lo normal porque así es estar de duelo.

Hace un año te fuiste a destiempo, o así me parece a mí. Te dije que te quería, pero no sé si alguna vez te agradecí todo lo que me diste, solía tener las defensas activas contigo. A veces se me viene a la mente tu tono de voz, alguna frase tuya con ese tono fuerte y contundente de voz, y al reconocerlo me sigue pareciendo increíble que ya no te volveré a ver… La sonrisa y el tono de voz son lo más difícil.

Sigo esperando a que llegue el momento en que pueda recordarte sin llorar, que pueda decir mi mamá murió sin llorar. El verbo es muy duro de asimilar. Sigo esperando a poder pensar en los episodios de rancheras y pasodobles como lo que en realidad fueron: momentos felices de tu vida, esos en los que eras un mujer alegre y contagiosa.

Hace un año, y sigo esperando, mientras tanto tengo el papel y el lápiz y este ordenador para desahogarme e ir asimilando.

 

Historia de la cotidianidad

Sucede como un clic.

De esos que llegan cuando miras adentro sin que te rompa el ansia. Y dices cómo no pude verlo antes.

Entonces te replicas que siempre, siempre es más complicado mirar al interior y que en aquello descubierto también entra la dura autocrítica, la que no es saludable, la que va en automático porque el hábito ha hecho que sea más rápido ver lo negativo.

Entonces decides ejecutar lo que aprendiste en esa app de meditación que ahora empleas y que ya sabías pero que no pones en práctica como muchas de las cosas referidas a tus emociones, ser amable cada día contigo misma.

Es como un clic.

Observar que la insatisfacción es un buen motor, siempre y cuando no sea permanente. Que el insomnio no es cosa buena cuando surge del deseo de controlar el futuro.

Que la cotidianidad también puede ser un buen lugar para vivir.

Un lugar en el que todo resulta extremadamente tranquilo porque casi siempre te has situado en sus bordes. Un espacio en el que puede que no haya grandes acontecimientos durante periodos, y que no pasa nada, resulta que también hay una emoción  escondida en elegir la cantidad de azúcar para el café de la mañana, revolver con  la cuchara y saborearlo.

La cotidianidad tiene que si se disfruta deja apreciar aquello que dicen esas frases que cuando las replicas en tu perfil de Twitter por las mañanas solo porque vienen en una bonita gráfica y nada más suenan a mensaje de autoayuda vacío. Sin sustancia.

 

cotidiano, retiro

Atardecer en el Retiro un día de verano cualquiera

 

Hay una extraña diferencia entre saber una teoría  y comprenderla por fin. Hay otra extraña diferencia entre comprenderla y llevarla a la práctica por fin. Entre la primera y la segunda puede pasar media vida. Entre la segunda y la tercera la otra mitad. Así que más te vale adelantarte.

Tú la miras, a la cotidianidad, y la encuentras rara, falta el drama de estar mirando el pasado, inmediato o lejano, para evaluar lo que has hecho; extrañas la ansiedad de pensar en lo que deseas y no tienes porque siempre has querido cosas que deseas y no tienes, aunque hayas cumplido muchas otras, pero no es plan sentirse satisfecha, eso sería un aburrimiento, ¿no?

Y vuelves a pensar que la ironía es una forma de ser violenta contigo misma. Aunque eso lo viste en un libro de coaching, de esos que si lees y no practicas son como las gráficas con frases de autoayuda de Twitter.

Se trata de llegar a un lugar extraño que solo has visitado en ocasiones. Y como todo lugar nuevo necesitas un tiempo de adaptación. Vas pillándote en los hábitos, los que te llevan por inercia a los bordes, y te dices que es interesante darle una oportunidad a la tranquilidad, ponerle tiempos concretos al pasado y al futuro para que no se adueñen del día.

Entonces observas que la sensación es extraña pero vale la pena.

Mirar alrededor, mirando de verdad como se hace al vivir el presente, respirar profundo pensando en el aquí y el ahora, diciéndole al extrañamiento de ti misma que no pasa nada, que siempre dedicarás un rato a los proyectos, a los errores y a las comederas de cabeza.

Sería más bonito explicarlo con frases literarias. Pero te salen palabras cotidianas.

Cotidianas.

Como respirar y sentir. Respirar profundo y soltar. Dejar ir, aprender, aprender a recibir.

La respiración, la de verdad, debería ser algo cotidiano.

Como aprender a manejar los cubiertos, a decir por favor y gracias, a andar en bicicleta. Respirar y ser consciente de inspirar-expirar, respirar para solventar rabias y tristezas cotidianas, respirar como recurso para apreciar lo que tantas veces tienes y olvidas que tienes.

Respirar como has hecho ahora con el clic.

 

Negociación con la inspiración

Escribir por hábito.

Escribir aunque sea con pocas ganas.

Escribir porque hacer es lo que lleva a seguir haciendo.

Enfrentarse a la vocación a propósito del cariño y el compromiso. A pesar de ti mism@.

A pesar  de que desde hace un tiempo las tristezas y las circunstancias te han mermado la inspiración. Ella, que siempre ha aparecido solícita para ti. Has perdido entusiasmo, aunque las ideas sigan dando vueltas en la cabeza. Y tantas vueltas mezcladas con sabores amargos hacen que no quieras forzarlo porque no es bueno presionarla, a ella, la inspiración, aunque tampoco es cuestión de dejarla ir.

silla para la inspiración

Foto: Unsplash Florian Klauer

Y ves cómo se pasea distante, te mira de lejos coqueta, te sonríe y pestañea para que sepas que la has tenido y ahora está a tanta distancia de ti.

Es un poco puñetera a veces, la inspiración.

Y lo natural sería no molestarla a falta de ganas de acercarse, dejarla libre hasta que decida volver sola, cejar en el empeño con la esperanza de un regreso espontáneo cómo y cuándo quiera.

Pero sabes que los místicos tienen razón. Y los gurús del coaching que tanta perorata sueltan a veces, también.

Sabes además que tu signo zodiacal no te permite abandonar por una crisis. Aunque sea real y dolorosa.

Dejas que la inspiración se ausente porque no puedes impedírselo. Pero cada ciertos días le haces saber que estás por ahí frente a un papel/pantalla en blanco, observándola de lejos, rondándola para que sepa que la necesitas y la esperas. A la distancia, sin presionar. Que lo sepa y no se le olvide porque recuerdas muy bien la historia de la gota en la piedra que cayó durante siglos y la ahuecó.

Que crea que hace lo que le da la gana mientras te mantienes presente a pesar de ti mism@ y de ella.

Porque sabes que terminará regresando. Y la tristeza dejará que la inspiración te vuelva a llenar. Entonces escribirás como antes historias que te has imaginado, y volverás a detenerte de repente en media calle cuando vas hacia el trabajo para anotar una frase que has pensado para que no se te olvide porque quizás las uses en un relato. Anotarás ideas y personajes en las notas del teléfono por si las necesitas después, porque vaya si es molesto no recordar lo que te ha llegado a la cabeza un día cualquiera cuando te sientas a narrar.

La habrás manipulado, a la inspiración, y ella pensará que hace lo que quiere.

Volverás a escribir porque eres terca como el toro del zodíaco y has procurado no bajar la guardia. Y lo sabes, sabes que si algo seduce a la inspiración es la constancia. Ellas suelen establecer su propio juego de baile para que luego Picasso diga que mejor lo pillen trabajando.

Por eso sigues escribiendo. Aunque no sea tu mejor texto.

Infinito

Durante esos días me imaginaba volviendo a casa y que me recibieras en la entrada. Cuando estaba más optimista te pensaba caminando con el bastón y esa dificultad que tenías para moverte en los últimos años; otros días una sensación más trágica y resignada te veía en una silla de ruedas. Aunque sea. Por lo menos en una silla de ruedas. Pero siempre acercándote con la sonrisa, esa sonrisa que los que te rodeaban siempre dijeron que iluminaba y que cada vez que alguien la señala en mi cara sin saberlo pienso que heredé.

Te imaginaba para consolarme, porque el cerebro necesita aferrarse a pequeñas o grandes tablas de salvación para cumplir su función de evitar sufrimiento. Te imaginaba para tener esperanza, para esperar un después. Para seguir sintiendo esa fuerza que te hacía ser columna vertebral a pesar de todo y de tu salud.

Yo veía tantas manos, tantas conexiones, tantos líquidos, pañales y agujas traspasándote, y pensaba si eras plenamente consciente de lo que te sucedía. Con los días supe que tu mente había emigrado para otro estadio en el que seguías con tus hábitos, tus afectos diarios, tus peleas, tu carácter.  Era mejor para tu pudor, era mejor que no supieras que llevabas tres meses peleando, que te empeñabas en seguir mientras tu cuerpo iba cediendo.

Yo te pedía la bendición cada vez que podía incluso varias veces al día para seguir sintiendo que te tenía, te daba besos y respondía con resignación tus comentarios que indicaban que ya no estabas cerca sintiendo que una luz gris e infinita que nunca había conocido me tocaba la puerta y llenaba todo lo que podía ocupar. Me ponía de puntillas para llegar hasta tu cara y darte besos, luego te ponía la mejilla para que me los dieras. Hubo momentos en esos momentos de esos días que me mirabas durante un segundo y los ojos los tenías llenos de ternura, entonces yo pensaba que por fin estabas bajando esa guardia con la que siempre te vi vivir y que quizás cuando pasara todo esto serías un poco feliz.

Cuando pasara todo esto.

Entonces le decías a la enfermera que qué guapa se veía con su boca pintada de rojo, y al doctor que parecía todo un galán cuando lo viste de camisa y corbata sin la bata habitual encima, te empeñabas en bajar de la cama porque tenías que fumar y poner el horno para los plátanos sin recordar que ya las piernas no te sostenían, o comentabas que fulano te dijo esto cuando estabas en la cocina o sutano te comentó aquello cuando fuiste a su casa. Abuelo me duelen las piernas, abuelo dame agua, abuelo no me gusta eso porque la comida de hospital te parecía desabrida y te empeñabas en tu café junto al pitillo, y ese marido al que llamabas abuelo desde hace mucho atendía todos tus llamados mientras anotaba. Anotaba y rezaba. Rezaba y anotaba.

Yo rezaba con él. Hacía años que no rezaba con fórmulas establecidas, mi forma de hacerlo desde hace bastante consiste en respirar, pensar en energía y conversar con algo que va más allá. Y en ese proceso siempre te pensaba porque nuestra relación nunca fue fácil y yo deseaba que las cosas transcurrieran de una forma más sencilla. Las dos lo queríamos, eso lo supe no hace tanto cuando hablamos. Vamos por la vida construyendo paredes y murallas cada vez más gruesas y altas sin darnos cuenta y con la mejor de las intenciones. En el fondo somos de naturaleza frágil y no queremos que lo noten.

Cuando pasara todo esto. Pero no pasó. Lo que pasó fue una sensación de vacío que cada ciertos días me invade de repente aunque me llene la cabeza de trabajo para distraerme. Pasó la tristeza. Pasó la perplejidad de no creer que sea cierto que de verdad y realmente no te voy a llamar por teléfono y me vas a decir Dios te bendiga mija como siempre lo hiciste. Pasaron las etapas, la de no poder ni siquiera pensar tu imagen porque la imaginación duele, la de estar día y noche dándole vueltas a lo que viene ahora, la de no poder verbalizar sin llorar, la de intentar empezar a ver tu figura en mi cabeza aunque sea de lejos y creer que nos estás cuidando, la de pensar que con la muerte nos descubrimos en nuestro egoísmo porque básicamente lloramos por cómo quedamos nosotros y no pensamos en que quizás ella ahora sí esté sana y feliz. Pasó saber que odio las miradas de lástima y los pésames por cumplido e incluso sigo dolida con quienes pensaba que estarían más cerca porque esas eran mis expectativas, aunque sepa que no es muy justo ir por la vida esperando que los demás reaccionen como yo quiero.

Pasó que hay penas que son tan íntimas que es mejor guardártelas y sacarlas cuando lo necesites para limpiar y sanar, como trato de hacer ahora con estas líneas. Pasó que te fuiste y aún no puedo decir ni escribir el adjetivo correcto. Espero a que pase el tiempo y sea él quien se resigne y mitigue el vacío.

vista de los andes