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¿Se puede ser un insatisfecho crónico?

Hoy me lo he planteado.

He pensado en que últimamente vuelvo a no dormir bien. Y no entiendo la razón, ahora vivo una etapa en la que, aunque mi vida no sea como yo quiero, por lo menos está encaminada hacia mis objetivos.

Me he preguntado por qué en la madrugada, cuando me despierto para ir al baño y no puedo conciliar luego el sueño, me da por pensar en cosas que no me satisfacen. Por qué a esa hora, por qué no fijarme en todo lo bueno que es mucho.

Por qué soy tan rápida identificando lo negativo.

Por qué me voy de cena con esa persona que quiero tanto y estoy pensando en aquello que tengo pendiente de hacer.

Por qué suelo imaginarme historias en las que discuto con gente querida.

Por qué parece que estoy esperando que se me vaya la vida para empezar a pensar en lo que es realmente valioso.

Y me da por mirar en Google, y busco insatisfacción crónica con la esperanza de sentir un poco de compañía respecto a esta sensación de que soy la única y soliviantar un poco el malestar como si saber que otros lo padecen resolviera algo.

Y me encuentro artículos que dicen que es un mal crónico.

Que es un padecimiento de nuestra sociedad, donde la felicidad y los logros aplaudidos son un deber más que un derecho.

Y da igual. Me da igual que seamos muchos. Me da igual que otras personas lo vivan por no se qué de la sociedad en que vivimos.

Estoy tan cansada física y mentalmente de dormir mal que lo que quiero es entender. Entender que da igual si es crónico, agudo o leve.

Y me vengo al bar que me gusta. Y me tomo dos copas de vino, tres serían demasiadas.

Y me pregunto sobre la insatisfacción crónica y su resolución. En que no quiero ser una permanente insatisfecha porque -de nuevo- es mucho lo bueno.

Y me pregunto cómo cambiar el chip, igual que pienso en esas noches de insomnio que me encantaría que existiera un botón de apague y encienda en mi cabeza para descansar de ella.

Igual que pienso en quién dijo aquello que leí en un artículo sobre que un hábito se cambia en tres meses. Ya le digo yo que no. Todavía me estoy preguntando cuánto tiempo toma decirle adiós a la ansiedad, al exceso de futuro como dijo alguien.

Y sé que seguiré trabajando, haciendo todo lo posible.

Pero hay días como hoy en que no entiendes a pesar del esfuerzo y consideras que lo más prudente sería mandar todo de paseo. Cuando llego a esa conclusión sé que lo mejor entonces es no pensar mucho esa jornada.

Conectar un poco el automático. Desconectar de la abundancia de pensamientos para tener más posibilidades de dormir bien esta noche. Brindar con el vino que me estoy tomando porque sé que pasará y aquello que he dicho que es mucho y es bueno se abrirá paso después de unas horas de buen sueño.

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Imagen: Unsplash, Edho Pratama

La fe de Eloy

Confieso que me costó leer a Eloy al principio.

Me impresionaron sus frases compuestas de belleza, las palabras hiladas rebosantes de imágenes y de construcciones expresadas a través de códigos evocadores. Pero las historias me resultaban, no se si la palabra es etérea, pero es la que pienso ahora. Me resultaban tan etéreas que no entendía lo que pasaba. Los relatos de Eloy Tizón están compuestos por personajes que miran hacia dentro aunque estén viviendo desde fuera, que transcurren en situaciones de esas que te dicen al leer que va a pasar algo y habrá un nudo y un desenlace como toda historia que se precie con su secuencia narrativa, pero en donde esto no es lo más importante. A ellos, los personajes de Eloy, les suceden cosas mientras sueñan, mientras van filtrando, lo que observan y viven, con un cristal como empañado, mientras se cuestionan la vida desde una especie de bruma. Bruma, esa fue la primera palabra que se me vino a la cabeza cuando leí a Eloy. Sus sujetos transitan en un tipo de ensoñación mientras el orquestador de todo aquello, quien escribe, narra con letras que formaron palabras que formaron frases que supongo fueron madurando en algún punto de su cabeza y luego se agitaron como un cóctel en otra zona que muchos escritores tienen más cercana a la intuición o al corazón -probablemente esté hablando de talento-.

Cuando comencé a leer a Eloy me sentí un poco torpe, ¿cómo no terminaba de entender esas frases si me sonaban tan hermosas?, ¿esas que dos párrafos después retrocedía para volver a leer las cinco líneas de hace un momento porque quería escucharlas de nuevo en mi cabeza de lo bonitas que me parecían, y así cada dos páginas de media?

Eso fue con Técnicas de Iluminación. Cuando empecé con Velocidad de los Jardines comprendí donde me había equivocado.

Recordé que a ciertos escritores hay que leerlos despacio, saboreando sus palabras, degustando sus ilaciones porque el alma está en aquella concatenación que intentas imaginar cómo fue creada pero no puedes acercarte a ello. El vino que a cada sorbo te da otro matiz, el cuento de Cortázar que no quieres que acabe porque cada espacio entre comas es un pequeño paraíso. Leer y parar; leer y volver; leer, sonreír y seguir. “La vida nos reunió una vez y fue un milagro. Claro que la naturaleza del milagro es no durar. Lo que define al milagro no es su carácter sobrenatural, sino su carácter migratorio. Milagro es lo que acaba“. Parar y respirar y sonreír.

Me gustaría escribir como Eloy, pero no me queda otra que escribir como yo y, mientras tanto, leerlo y admirar al escritor y al profesor que hace un tiempo me hizo tomar consciencia de que eso que yo consideraba espontáneo requería pensar y buscar y encontrar para redondear el círculo. “No estás orgulloso de nada de lo que escribes (lo rompes todo), pero sí de la fe con que lo escribes“.

Por Cristo que alguien me diga adónde van a parar los altos días claros, mi infancia ligera, mi juventud despreocupada.  Era tan fácil ser pequeño y traer notas. El pequeño Austin con su pequeño lápiz rojo. ¿Es que existe en algún sitio  una especie de depósitos de residuos donde alguien almacena alegremente nuestros momentos dichosos?” (Extracto de Austin, Velocidad de los Jardines). A mí me encanta esa fe suya por lo que provoca.

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“Lo más difícil de escribir, como siempre, es no escribir, saber qué hacer cuando no escribes. Ese vacío con qué se llena”.

Final feliz

Y ahora estaba ahí, de pie, frente al edificio.

Y de nuevo, alzó la cabeza hasta donde el nombre del grupo coronaba la construcción para mirarlo. Es la quinta vez que estoy aquí, pensó.

La habían citado a las 10.30. La llamada la recibió una mañana ocho días antes, cuando estaba absorta leyendo un texto en internet tratando de comprender algunos de los principios físicos que aplicaron en la gastronomía todos los de la revolución iniciada por Adriá. No entiendo para qué me meto en estos temas si ni siquiera termino de comprender el efecto del dichoso alginato y el cloruro. Pero en una tarde de día libre se le había ocurrido desarrollar una serie de entradas en el blog sobre las diferentes técnicas que ahora son cotidianas y que dos décadas antes eran tan poco conocidas, quería explicarlas con un lenguaje sencillo, de andar por casa, para que todos comprendieran el cambio que supuso tener la visión de aplicar procedimientos de un sector en otro. Hacer fácil lo complicado, eso era lo que más disfrutaba.

Así se había ido haciendo un nombre en la Red, escribiendo en su blog sobre gastronomía a falta de un espacio como empleada en algún medio, agencia o lo que sirviera para escribir y vivir de ello. Decidió que no podía seguir esperando cinco años atrás, que las ganas le quemaban los dedos y subían hacia la garganta hasta hacerla casi gritar palabras huérfanas buscando dueño. Mientras la oportunidad llegaba, aquello que estaba configurando en una plataforma llamada WordPress sería su cayo, su coctel, su costa.

Y vaya si fue buena la idea. Hacía dos lustros había tomado la decisión de emigrar de su país, la situación política empezaba a ser poco estable y el trabajo en su profesión no abundaba, pero sobre todo aquellas historias de papel plenas de lugares, guerras, gente con pasado y futuro, costumbres, amoríos, gestos, días de fiesta, contrabando y Rhett Buttler qué guapo es, la llevaron a crear en su cabeza mundos lejanos que anhelaba y a desear desde muy temprano conocer otros destinos.

Partió y se llevó consigo todos sus sueños. Y esos sueños pronto se fueron diluyendo entre bandejas, bebidas, notas de mesa y vajilla que hay que secar y dejar a punto para el siguiente turno. Mientras aprendía a hacer el café con leche templada, en taza de desayuno, corto de café, un vaso con hielo y dos de sacarina pensaba en cómo se había desempeñado durante la entrevista para ayudante de redacción que había tenido en la mañana; mientras entendía que tomar no es beber sino el término general y comer aunque fuese el término general era solo a mediodía, soñaba con entrar como redactora en una revista de tirada nacional. Mientras cenaba a las ocho antes de comenzar el turno alguno le preguntaba si estaba bien porque le había visto algo brillante en la mejilla y la cabeza baja. Es solo cansancio respondía. Cansancio de los currículums enviados, los correos esperanzados con autocandidaturas, las pocas entrevistas y las nulas respuestas.

Y pasaron trabajos de recepcionista, repartidora de flyers, camarera, algunos textos puntuales para un cliente, asistente de contabilidad, ayudante de cocina, friegaplatos, asistencia en la organización de algunos eventos, reportajes esporádicos para un medio de su país, dependienta y algún otro que ni recordaba ya de tanto buscarse la vida. Doce años y media vida de episodios la habían convertido en la que siempre tenía una historia entretenida o graciosa en las reuniones con amigos. El blog llevaba dos primaveras y su marca personal empezaba a ser conocida, los seguidores iban en aumento cada mes, tenía anunciantes que le reportaban algún dinero, la invitaban a eventos e incluso ya había impartido dos charlas como blogger en perjuicio de su pánico escénico.

En esa época ya había ido tres veces al edificio del periódico.

La primera se acercó inocentemente a dejar su currículum. Por supuesto no pasó de la caseta del vigilante, quien aceptó con cara de fastidio el papel y con expresión de tirarlo a la basura tan pronto marchara.

La segunda acudió a entregarle su hoja de vida a una persona de contacto después de enterarse que convocaban a unas prácticas no remuneradas en verano.

La tercera había conseguido que sus datos los recibiera un ayudante de redacción que había conocido en una fiesta y que era el amigo del amigo del amigo de su amigo, el de la historia de una noche de juerga.

No pasaron muchas mañanas cuando ocurrió la cuarta visita. Por casualidad había llegado a la oferta de trabajo que habían publicado, era una vacante para escribir en la sección de ocio y gastronomía de la revista dominical.

Lo que siempre había querido.

Actualizó y reactualizó su perfil, igual hizo con el currículum, cambió la foto dos veces y unas cinco la carta de presentación; buscaba ser original en la redacción para diferenciarse y destacar, pero no quería pasarse en el lenguaje y ser percibida como poco seria. Después habló de nuevo con el redactor que había conocido tiempo atrás y le contó que estaba postulándose, buscó contactar con el jefe de redacción en Linkedin aunque la respuesta a la invitación nunca llegó.

Y la llamaron para una entrevista.

Esa mañana los cambios triplicaron, la chaqueta, el pantalón, el maquillaje. Practicar sus palabras aunque luego fueran otras para escucharse el volumen de voz y la entonación, prepararse para alguna pregunta inesperada y hasta desagradable (¿tienes pensado tener hijos? Perdona, a ti qué te importa), autodefinirse sin ser pedante o demasiado locuaz, pensar en cuatro virtudes suyas y cuatro defectos a la hora del curro que no fuesen la típica tontería de soy demasiado perfeccionista. Qué pesados son estos procesos.

Así que llegó a la entrada, miró hacia arriba con la sonrisa que no sintió las tres veces anteriores y siguió hasta la caseta.

Lo peor no fue no conseguir el puesto, lo peor fue que realmente creyó que todo había ido fenomenal y obtendría la vacante. Lo peor fue el en unos días te llamaremos ya sea para decirte que estás contratada o no pero nos ha gustado mucho tu perfil.

Lo peor fue el café mañanero otra vez para sentarse frente al ordenador y seguir buscando ofertas, enviando correos, encontrar actividades a las que le diera tiempo asistir para hacer contactos. El desánimo. El hay que seguir.

Entonces el blog ya no fue su cayo sino su gran isla, el paraíso al que acudía y en el que desahogaba sus ganas de ser redactora, reportera, entrevistadora, estratega, fotógrafa y diseñadora. Escribía porque se lo pedía el cuerpo, porque necesitaba compartir aquello que le daba tanto placer y en lo que pensaba en medio de los cafés que ahora sí entendía, los horarios de comida, las copas y los clientes.

Hasta que pasaron tres años y recibió la llamada aquella mañana de lecturas de química, guisos y alteraciones. Y ella ahora volvía a mirar hacia arriba, hasta lo alto del edificio del periódico, como las cuatro veces anteriores aunque se había jurado no volver por puro despecho y desilusión. La habían llamado porque ahora eran ellos los que querían contar con su posible firma escribiendo en la revista como la blogger reputada que era. Las vueltas que da la vida pensó. Estaban en pleno proceso de cambios en el contenido y habían decidido ampliar el abanico e incluir periodistas del mundo online para desarrollar algunos temas que interesaban al público, y la gastronomía era uno. Mientras el equipo que la entrevistó se lo explicaba, su cabeza se trasladó a los quince años anteriores, como cuando escribía el resumen de uno de los eventos que frecuentaba.

Esas crónicas solía cerrarlas narrando algún detalle que había visto u oído, reproduciendo una reflexión que le había escuchado a uno de los conferenciantes o sacando una conclusión propia de lo que había aprendido; cerrar bien una historia hacía que esta fuera redonda. Ahora que construía la suya en su cabeza pensaba en cómo concluirla al intuir que no aceptaría la propuesta, tanto desear la llevó a obtener más allá de lo que esperaba y quizás aquello ahora no le convenía tanto. Pero si luego la iba a escribir como pensaba, quería agregar unos párrafos con final feliz de cinco encuentros en quince años, redondear el círculo aunque el cierre fuese diferente al que deseaba al principio, sentir que la larga interrogante que había sido su vida todo ese tiempo terminaba con el signo correspondiente y el punto bien marcado. Cerrar bien una historia era muy importante, y para ello aquellas que contaban de sueños cumplidos siempre eran las mejores. Aunque al final el resultado cambiara.

(Relato finalista en el concurso de relatos de Venezuelan Press 2016)      

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Análisis del tono

Este era un post pensado para ser escrito en enero, cuando el cuaderno está en sus primeras páginas. Da igual, aunque este ritmo en el que vivo no me haya dejado hacerlo antes, llevo semanas pensando en una idea…

Se trata del libro en blanco. El que se abre cada enero de comienzo de año.

Yo me dedico a la redacción, escribo textos para quien me lo pide mediante unas pautas previas y una investigación sobre el tema en cuestión. Lo que ahora llaman un copywriter.

Cuando trabajo, antes de empezar a escribir, debo conocer varios aspectos y tomar decisiones con ellos. Saber a quién me dirijo, elegir la extensión de lo que quiero contar, establecer el tono de lo que voy a redactar.

Porque no es lo mismo escribir un texto que se perciba como formal y distante, a hacer uno que se entienda amigable y cercano. No es lo mismo redactar con palabras escasas que transmitan parquedad, que explayarte en cada punto y referirte de tú a quien te leerá.

No es lo mismo narrar desde un sujeto agresivo o victimista que desde una voz entusiasta y con ilusión por lo que cuenta.

Entonces pensé que el año nuevo es igual. Una página en blanco, un lápiz / bolígrafo / teclado para escribir.

Unos objetivos a cumplir, una extensión a elegir, un tono para seguir.

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El tono de tu vida, imagen: unsplash.com

En ese cuaderno, que es el nuevo año, hay una página en blanco para comenzar, una página en blanco en la que cada uno decidirá cómo iniciar el texto, con un objetivo que la mayoría de las veces dejamos olvidado al cabo de dos semanas, y un tono que puede ser apático y en piloto automático o lleno de optimismo y convencido de que te mereces lo mejor.

Y se que sueno a libro de autoayuda, pero no, es puro convencimiento.

En el tono del mensaje se esconde gran parte del secreto.

En el tono proyectarás lo que quieres transmitir y lo que recibirás de vuelta.

Con el tono decides si escribes el libro de tu año convencido de que puedes lograr lo que te propongas o mejor no soñar para evitarte despechos. Con el tono que elijas quizás sonreirás desde la primera página, y ya sabes que la vida muchas veces es un espejo que refleja la imagen que das, y en las otras en que no hay devolución, sonreír es el mejor recurso para provocarla. La sonrisa, digo.

En el tono hay un gran secreto…

El de cómo quieres que te vean.

El de lo que expresas.

El de lo que probablemente recibirás de vuelta.

Y tú dirás, me está hablando del enfoque; sí, el tono se deriva del enfoque. Si mi tono es de queja, puede que reciba días grises porque la concentración en lo oscuro no me dejará ver algún punto de luz. Si mi tono se centra en lo negativo no veré otra salida.

El tono decidirá en gran parte el contenido de ese cuaderno, unas hojas que representan 365 días de tu vida. Acordémonos de escribirlo con uno optimista, amigable y lleno de esperanza, y con colores bonitos para que, cuando lo hojees rápido al finalizar el contenido, te alegre la vista.

No te olvides del tono.

Documentos importantes

Una declaración de intenciones haría falta.

Una declaración que al suscribir lo dicho de forma escrita llevara a pasar de una vez por todas la página y espantar fantasmas.

Una declaración que ayudase a olvidar los miedos que pensabas que con los años desaparecerían. Porque ya lo sabes, creías a los dieci que al crecer y solo por hacerlo las musarañas se irían a tomar vientos y las inseguridades también, porque sí.

Aparecerían en su lugar los objetivos claros y el porque yo lo valgo y con ellos la pisada firme y la adulta vuelta de todo.

Pero después de más de dos décadas te enteras, como quien se entera del significado de una nueva palabra, que la historia no era tan fácil, que las inseguridades pueden llegar a transformarse, pero seguir siendo inseguridades, que a los miedos de tanto permitirlos les has dejado demasiado espacio y que las musarañas ni siquiera mutaron. Allí están rampantes y de fiesta en tu cabeza.

Entras en esa edad madura en la que cuando eras niña todos parecían que tenían la vida resuelta, y tú miras con asombro como cuando descubriste la palabra concupiscencia hace un montón de años con Aute porque la canción te gustaba y la palabra sonaba a concubinato que no, que el significado era otro, igual que las caras resueltas de esos adultos de tu infancia.

Concluyes que no todo era como parecía. Que de puertas afuera podemos fingir para que no nos vean las heridas. Que a veces disimulamos para que no nos señalen lo perdidos que estamos.

Una declaración de intenciones serviría entonces para desahogar primero los miedos, vomitarlos en un papel/pantalla y así poder decirles adiós muy buenas. Después de escrita lo mejor sería releerla para asegurar que no se olvida poner alguna cosa de las que pretendes convertir en desecho.

Y con ello comprobar que no pasa nada aunque parece que seas la única de 40 que se siente así aunque sepas de caretas y disfraces. Que cada vida tiene un proceso y requiere su tiempo y no hace falta compararse como jodidamente hacemos tantas veces.

Que las inseguridades están ahí pero eres consciente de que existen y las respiras para manejarlas y eso es un cambio. Que la manía de hablar sola desde chica ahora sirve para verbalizar fantasmas y volverlos pequeños.

Que tienes mucho valor al seguir buscando  y no conformarte con lo que toca aunque asalte la desorientación con frecuencia. Que en los días de serenidad agradeces estar en compañía de ti misma.

Que tanta búsqueda te ha enseñado a observar y al observar has aprendido a buscar historias y esas historias son las que te hacen escribir.

Que aunque estás mostrando toda tu fragilidad en una declaración de intenciones las letras siempre fortalecen.

Que estás aprendiendo la importancia de aceptar. Aceptar para cambiar. Aceptar para vivir.

Y con la aceptación asumes que tienes mucho miedo. Te cagas de miedo. De no saber si encontrarás, si lograrás, si obtendrás.

Asumes  que la incertidumbre es la misma vida y ya puedes tirarte al suelo a patalear por pretender lo contrario y llenarte de ansiedad.

Entiendes que las cosas  a veces no son como esperas. Y lo aceptas, como las arrugas que estrenaste hace poco en el entrecejo y los pequeños michelines laterales por negarte a dejar el chocolate.

Como las listas de tareas con las que te has llenado los días durante años porque la vida era hacer y hacer como veías en los anuncios de la tele de pequeña con mujeres estresadas pero siempre bellas y con el cutis terso. Pavadas.

Como que te dispersas con la ráfaga de pensamientos que hay en tu cabeza desde primera hora de la mañana y ya te olvidaste de qué fuiste a hacer dos pasos después en la habitación.

Asumes que a veces de tanto hacer te pierdes haciendo sin resolver. Que pensar es bueno pero no exageremos, los riesgos de las comidas de cabeza son altos.

Aceptas para confiar, confías para hacer, hacer para estar donde quieres.

Entonces escribes las intenciones, que en realidad era el objetivo inicial de estas líneas y ya llevas más de 600 palabras con la comida de cabeza que quieres dejar a ratos. Aunque en realidad ya han sido dichas entre tanto aceptar y asumir.

Y después de escribir y releer esta declaración, la instrucción es quemarla en el fuego como se hace en algunos rituales.

Y empezar a hacer. O no hacer. A pensar. Y a no pensar.

Pero a aceptar, a confiar y a vivir sí que sí.

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Carta a un inmigrante querido

Te parecerán raras estas líneas cuando estoy todo el día preguntándote y diciéndote. pero hay ciertas cosas que no aprendí a verbalizar, crecí callándome, y callándome descubrí que escribir era una salida para contar las palabras que a veces se me acumulan en la garganta, como hoy que te quiero contar que lo que vives ahora  es eso, vivir.

O más bien un curso intensivo, un taller exprés, una clase rápida. Porque salir del lugar de donde se viene es quedar desprovisto de lo conocido que tienes alrededor; es como ir caminando tranquilamente por un bosque confiado en conocer la orientación que llevas y de repente salir a un claro muy amplio y darte cuenta de que no sabes cómo volver, y en ese momento ves que tu gente no está para preguntarle y que te oriente, el teléfono para llamar lo dejaste en la mesilla del cuarto y el mapa no pensaste en comprarlo. Solo tienes tus propios recursos, los que aprendiste todos estos años, por lo que te toca respirar un poco para calmarte y poder pensar por dónde viniste, mirar al cielo para ver la posición del sol en busca de orientación y recordar cuando eras niño y aprendiste que si miras bien los detalles puedes encontrar pistas para conseguir el sendero exacto que anduviste.

Cuando sales de eso que ahora todo el mundo llama zona de confort vives en un tiempo condensado lo que otros tardan varios -o muchos- años en recorrer, y por mucho que te diga que todo pasará y después será una anécdota y te animes con historias que te cuentan con la mejor intención sobre gente que llegó y consiguió todo lo que quería rápidamente, nadie va a saber como tú sabes lo que sientes ahora. La soledad de no tener a mano a una cara conocida, la incertidumbre de no saber si lo que viniste buscando lo conseguirás mañana mismo o dentro de muchos meses, la angustia de las cuentas que sacas a diario a ver si el dinero te alcanzará hasta el mes que viene. La duda, la inmensa duda, de pensar si lo estás haciendo bien, si vale la pena el esfuerzo. Las ganas durante varios segundos del día de algunos días de salir corriendo y volver a lo conocido, aunque aquello no te gustara, pero por lo menos allí siempre habrá una puerta que se abre y te recibe, un chiste malo para alegrarte el día, un teléfono al que acudir para pedir ayuda.

Ahora no podré convencerte de que pasará. Pero pasará, claro que pasará. Ahora te toca mirar para adentro porque no hay bastones que te ayuden a caminar fuera. Ahora es tiempo de respirar muchas veces cada jornada de búsqueda para serenarte y pensar, conectar con tu esencia, ser consciente de la inmensa capacidad que tienes y creértelo de una buena vez porque más te vale hacerlo. Ahora es época de recordar y extrapolar aquello que aprendiste un día en el liceo y emplearlo para hacer el contacto que quieres en el lugar que quieres. Ahora es el momento de aferrarte a ti mismo y saber que todo lo que ves fue inventado por alguien un día y tú también puedes hacerlo.

Y te asaltarán varias o muchas veces esas ganas de salir corriendo, como a las cinco días de llegar a Madrid e irme a caminar hasta Tirso de Molina llorando porque la ciudad se me caía encima, no tenía con quien hablar y quería coger la maleta y volver a casa porque quién me habrá mandado a inventar venirme a España. Después de un rato te aseguro que pasarán  porque ya habrás hecho algún amigo que está igual que tú y se habrán desahogado los dos, y tendrás entre manos algún recurso para ganarte la vida aunque sea mientras tanto; volverán cuando el jefe imbécil que tienes te reclame algo que a todas luces es injusto, y se irán después de lanzar un zapato contra la pared y tomarte dos cervezas porque sabes que con ese trabajo conectarás con el proyecto que siempre soñaste.

Y después de un tiempo alternando días malos con otros menos malos y algunos francamente buenos; después del primero, el segundo y el tercer trabajo; encontrarte con gente que también está buscando y salió de su tierra como tú; tenido uno o varios romances; mirarás una mañana de resaca de domingo atrás y caerás en la cuenta de que el tiempo pasó, y los peores momentos también. No supiste -o sí- cuándo cambió la dinámica, pero ahora sientes que todo sigue su curso y vas encontrando lo que llegaste buscando.

Entonces te acordarás de lo que sentiste aquellos primeros días cuando saliste de casa y no podrás evitar sonreír pensando en todo lo que has aprendido este tiempo. Te gustará ver la ruta recorrida y vivida, y comprobarás que, efectivamente, todo ha pasado.

Todo ha pasado y yo estaré allí para felicitarte por el camino que te habré visto recorrer y decirte con una sonrisa y en modo maternal te lo dije mientras pienso en todo lo que te quiero y lo feliz que me hace verte crecer.

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Trepar, beber, volver

Hace unos días hice un seminario online sobre copywriting (¡vaya con los anglicismos!) desde casa. Tenía el audio abierto en mi portátil, por lo que mi chico, que estaba por ahí, escuchaba lo que explicaba la persona que lo impartía. En una de esas me preguntó si realmente me venia bien la información porque a él le parecía bastante obvia. Yo le respondí que me resultaba muy útil puesto que algunos principios no los conocía y la mayoría, aunque ya los sabía, me venía bien recordarlos puesto que muchas veces se olvidan.

Muchas veces se olvidan. Los principios básicos se olvidan. Lo primero que aprendiste y que luego se fue solapando con lo que vino después, conceptos más elaborados, principios más complicados a los que hay que dedicarles más tiempo para entenderlos por nuevos y complejos… En el proceso te enriqueces, desarrollas habilidades, mejoras en desempeños y vas superando etapas.

Pero un día descubres estudiando en un seminario que lo primero que aprendiste era importante y fue lo primero precisamente por eso. Entonces viene bien redescubrirlo desde el cristal con el que ves ahora para aplicarlo junto con todo lo demás que has aprendido desde entonces.

Como cuando vas a una cafetería y te da por pedir un batido de frutas tropicales porque te acordaste de los que tomabas varias tardes a la semana con tus amigas del alma en la universidad y aquella salida consistía en arreglarte, subirte al coche, buscarlas o quedar con ellas allí y echar media tarde riendo y planeando besos, vasos de ron con Coca Cola y teorías sobre hommo sapiens sin saber que mientras saboreabas la fresa, la guayaba o el zapote estabas construyendo recuerdos que tantos años después recogerías de una parte de tu memoria por el sabor artificial, desagradable y soso de una bebida en una cafetería más allá de un océano.

Y ya lo sé, eso no es información básica. Lo básico es la sensación de simple felicidad que traían consigo las tardes de batidos de frutas en el puesto junto a la plaza República, las historias con el sonido de la batidora de fondo, la lectura de la pizarra y el qué nos apetece hoy mientras una contaba la última cita y todas respondíamos qué imbécil es ese tipo. No lo sabíamos.

Como cuando salía a correr con mis hermanos y la diversión consistía en trepar el árbol a ver quién llegaba más arriba para alcanzar los mangos que después nos comeríamos a escondidas de mamá  porque nos gustaba verde y con mucha sal y eso no se puede comer muchachos porque es malo para la salud, y nosotros nos reíamos en el patio trasero de casa escondidos y sintiéndonos unos auténticos pillos.

Lo básico.

Ahora mi bandeja de entrada electrónica es invadida a diario por mensajes que dicen que si me inscribo a X curso, hago X seminario, me apunto al taller para el que quedan 48 horas, mi vida cambiará porque lograré la realización personal y laboral que busco. Son personas talentosísimas a las que sigo porque lo que hacen es bueno, y que cada cierto tiempo necesitan vender el producto que han creado y que a mí me gustaría adquirir pero no puedo llegar a todo mientras me quedo con una sensación de completa saturación después de varios días leyendo asuntos con sutiles o directas presiones. Son tantos queriendo ayudar con su producto, o soy yo que de masoquista los leo todos. No se si seré la única. La que se satura. La que se pregunta si hay un momento en la vida en que tienes que volver a lo básico, a lo que hace muchos años te hizo feliz para ubicar los claros entre tanta espesura y pájaros que tienes en la cabeza. Volver a soñar con un batido de frutas. Trepar un árbol y ser feliz.

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Imagen: comidaparabajardepeso.com