Labios rojos para el verano

Era mi forma de sentirme.

En las mañanas flotaba en el mar junto con mis sueños, reposar sobre el agua era ir hacia mí misma, los oídos sumergidos, oír el movimiento y mis propios latidos, una meditación exprés sin configuración ni premeditación, descubrir que aquello me hacía encontrarme.

Antes y después los besos llenos de sol y crema protectora, de 50 por precaución, no seas cabezón que tienes que ponértela con tantos días de cielo por delante.

El almuerzo de pan relleno sin ninguna elegancia, la siesta casi eterna porque descansar tiene su arte y más para los que no sabemos las instrucciones, besos de nuevo, rellenos de un sol de tres de la tarde con sal de shot de tequila.

Era dejar transcurrir, pasar el rato como quien observa las olas y le pone nombre a cada una porque necesita sentir que hace algo útil mientras su cabeza se vacía con la elección. Marta, Sofía, Inés…

Al caer el sol yo me miraba desnuda frente al espejo, analizando el color que iba tomando y las marcas según el modelo del bañador del día. Lo de enfrente era un cuerpo y una cara con la que llevo conviviendo unos cuantos años, puedo percibir sus gestos en el reflejo y tocarla, torcerla, doblarla en el reflejo. No era que no lo supiera, sino que me había olvidado de su piel mientras nadaba hacia dentro.

Pensaba en la ropa, en cómo arreglar ese pelo sin secador, y volvía. Al espejo. Ver a una mujer, una con una personalidad que salía un poco más limpia después de estar hurgando en el agua, esa que sentía la necesidad de pintarse los labios de rojo intenso para salir a caminar en paz, con el presente en la piel y la mano tomada.

El rojo era una reafirmación, un asentimiento, un sí quiero. De lo bella que ella puede ser cuando la vida no la desborda hasta el último segundo, de la mujer que siente, que es, y que no necesita más allá. La que se pinta, se pone el perfume y sale a caminar.

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Photo by Scott Webb on Unsplash

 

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Relato de un proceso

La cuestión es que tengo ganas de hacerlo, pero sin ninguna idea concreta.

Llevo rato escribiendo otros posts, leyendo textos anteriores y he cogido carrerilla.

La carrerilla me entusiasma y me da ganas de más. Como cuando tienes ganas de fiesta.

Esto, en cierta forma, es una fiesta.

Pero no se me ha ocurrido una historia concreta, un principio de relato, un personaje interesante para imaginarle una situación o una fotografía inspiradora.

Tengo ganas de escribir por el puro placer de hacerlo.

Como cuando he tenido una semana de trabajo y meto los pies en agua caliente (quien lo ha hecho sabe lo maravilloso que es).

Como cuando voy a un restaurante a cenar. Llegar, ver la carta, pedir el vino, brindar, saborear varios pasos siguiendo el ritual.

El placer por el placer. Aunque es un placer raro. Doloroso al mismo tiempo.

Un masaje descontracturante. Lo que cuentan de saltar en paracaídas. Pensar como concretar la idea en una frase. Probar una palabra, jugar con otra, versionar la primera a ver si así…

Desesperarme cuando la definición no termina de salir. Releer y no estar convencida del penúltimo párrafo.

Es cierto nudo en el estómago, un porcentaje de angustia y un trozo de felicidad.

Escribir.

Somos un poco masoquistas quienes escribimos.

A veces es mejor parar, hacer otra cosa y volver; dejar descansar el texto, el diccionario de sinónimos y la cabeza. En otras ocasiones ayuda mirar escritos hechos en días anteriores. O escribir a mano,  como hoy. Aunque tenga que hacer un esfuerzo doble tratando de moldear una letra medianamente legible para cuando lo pase a WordPress. La falta de práctica ha ido empeorando mi caligrafía.

Luego llega el cierre. Casi nada.

Lo más complicado es empezar y terminar, para mí por lo menos. Cómo abrir lo que se propone escribir, porque una sola idea puede tener infinitos comienzos. Ay, esa frase, los dolores de cabeza que produce.

Y, terminar. Aquello que redondeará el texto. Conclusión. Final. Lo que dejará un buen sabor de boca al lector, el the end que provoque una sensación de satisfacción en ellos y en ti, pobre, que escribes para expresarte por necesidad visceral y para que te lean también, no lo neguemos.

Con el cierre viene el fin de ese placer-dolor. En algunas ocasiones.

En otras, releer supone un nuevo comienzo porque sientes que aquello necesita unos cuantos cambios o una vuelta entera. Y si sucede lo segundo entro en barrena. No sé qué hacer, me planteo varias ideas, no me gusta ninguna, pienso en borrar todo y empezar de cero, o mejor no para no tener la sensación de que he perdido el tiempo. Cambiar el texto solo en algunos pasajes… Si es que soy cuadrada. No sé dar vueltas redondas.

Me consuelo sermoneándome: lo importante es hacer Laura, así la inspiración te pillará trabajando. Así la sensación de insatisfacción se mitiga un poco. Pero me gusta vivir el placer. El de hacer algo con lo que te sientes realizada incluso cuando lo ejecutas por el solo hecho de ejecutarlo.

Como este post.

 

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Imagen: Unsplash, Ben White

Sobre logos y recuerdos

Esta foto la publiqué hace unas semanas en mi perfil de Instagram, era de la presentación de una Ruta de la Arepa organizada en Madrid por la empresa P.A.N., la que fabrica la harina de maíz con la que hacemos las arepas en Venezuela. En el evento pusieron varias cajas como estas de decoración, y esta foto que le hice a una me llevó a escribir unas líneas en mi red, pero las he querido copiar y pegar aquí en mi blog…

 

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Verlas (las cajas como la de la foto), para mí, va más allá de un evento, un blog, una ruta. Y quiero contarlo.

Quiero contar que, aunque la imagen es el logo de una empresa que vende productos de alimentación, entre ellos está harina con la que hacemos las arepas en Venezuela, y que al fin y al cabo es un negocio como cualquier otro, para los que nacimos a orillas del Mar Caribe significa algo más.

Significa el desayuno con café con leche, los hermanos a los lados, la mama de pie sirviendo la mesa, el jamón (York para los españoles) y el queso y el perico (revuelto con tomate y cebolla) y todo el alboroto de varios niños recién levantados los fines de semana.

Significa la cantina del colegio y la hermana Dolores pegándonos gritos para que tuviésemos un poquito de orden en las filas y amenazando con el palo de la escoba, era su forma de impartir disciplina con ese carácter que tenía y su acento gallego quizás de Madrid, Málaga o Bilbao.

Significa la cena a las 7 de la noche -porque en mi tierra anochece a las 6 y se cena a más tardar a las 8- con salchichitas con salsa de tomate (ketchup), mucho queso rallado (zuliano, por supuesto) y “muchachos!!!!, vengan que la cena esta lista!!!!”

En todo aquello estaban las arepas.

Ahora con los años y Europa, me las como a mediodía en el almuerzo, igual que los patacones, porque aquí me acostumbre a desayunar dulce y en casa suelo cenar ensaladas.

Y no puedo comprar otra harina, tiene que ser PAN. La amarilla, preferiblemente.

Y las letras, el fondo azul y el amarillo me llevan a la cabeza de mujer morena con el pañuelo de lunares rojos y los zarcillos grandes.

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Pareciera que estuviese haciendo un post patrocinado. Pero no. Hay logos que evocan toda una vida, la mía y la de una sociedad entera.

La de una gente que ahora pareciera que anda, andamos, conviviendo con tensiones y tristezas cada día distintas, cada día peores, y necesitamos una sesión colectiva con el psicólogo. Más bien unas cuantas para aprender a manejar esto que no sabemos gestionar porque nunca previmos, nunca estimamos que viviríamos.

Y todo ello hace que ver el símbolo gráfico de una marca en un evento cualquiera en un día cualquiera en Madrid, te haga pensar en las historias que contiene, lo que significa ahora, lo que esperemos que sea.

Lo que esperamos que sea.

Estos días de verano

Estos días nos quejamos mucho del calor. Pareciera que es el único tema de conversación. En parte se entiende, agosto se ha asomado de repente en junio y se ha instalado insolente y mandamás sin darnos chance a acostumbrarnos a las nuevas temperaturas con el calor gradual.

Y se habla de precaución y salud pública. Incluso un colegio aquí en Madrid suspendió las clases  por la tardes para mi gran sorpresa. Después de casi 15 años viviendo en Europa, hay momentos en los que mi mirada vuelve a ser la de una extranjera extrañada con la diferencia.

Y fue pensando en ello y en escribir que se me ocurrió que todos todos tenemos historias de verano entrañables, y podría ser una buena idea pensar en ellas para que el sofoco por el calor no agobie tanto, algo así como tirar de un flotador que nos distraiga con los pies en el agua y la cabeza volando por la memoria, recordar el viaje del año pasado, o los paseos familiares de la infancia. Incluso pensar que para la mayoría pronto serán las vacaciones.

En mi caso, vengo de una tierra donde el verano es permanente, y una de las consecuencias de nacer en estación única es la cotidianidad del ventilador y el aire acondicionado.

Me quitaba los zapatos enseguida y me iba a correr al patio, echarle agua a la tierra para jugar con barro, trepar los árboles de mango. Saltar, competir a ver quién llega más lejos. Después venía la ducha, ropa limpia y a dormir la siesta en el cuarto de abuela, unas veces sola, otras con mi hermanito. Por la tardecita o noche de vuelta a casa.

Ese momento de siesta es el sonido del ventilador para mí.

La cama era grande, supongo que porque yo era muy pequeña, el aire del aparato se mezclaba con el vapor ardiente de una casa siempre caliente con el techo de zinc, la humedad, el calor de siempre. Era un momento de quietud en una hora en la que todo se calmaba en la casa, no recuerdo exactamente cuál. Parálisis. Tranquilidad del deber cumplido (jugar). Letargo caribeño.

Yo sentía esa sensación y me dormía. Una sensación que se convirtió en recuerdo vago al que llego con solo prestarle atención al sonido que hace el ventilador que tengo frente a mí ahora que escribo.

El frío y el ruido monótono del aire acondicionado es el resto de mi vida hasta emigrar. La nevera que era mi cuarto al irme a la cama, el gusto de meterme debajo del edredón maxigrueso que mami me había hecho y acurrucarme cómoda hasta dormir. Era lo más cercano al invierno. Contradicción de heladas caribeñas. Por las mañanas salir a los casi 40 grados húmedos. Las clases con ventilador de techo, los juegos en el recreo a las 9.30 de unas mañanas de sol depredador. Y no pasaba nada.

Hace un año volví de visita. fueron 15 días y estuve siete enferma. Los cambios de temperatura entre el exterior y el interior de casa me perjudicaron.

Las personas somos animales perfectamente adaptables a nuestro entorno.

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Imagen: unsplash

Búsquedas de Google

¿Se puede ser un insatisfecho crónico?

Hoy me lo he planteado.

He pensado en que últimamente vuelvo a no dormir bien. Y no entiendo la razón, ahora vivo una etapa en la que, aunque mi vida no sea como yo quiero, por lo menos está encaminada hacia mis objetivos.

Me he preguntado por qué en la madrugada, cuando me despierto para ir al baño y no puedo conciliar luego el sueño, me da por pensar en cosas que no me satisfacen. Por qué a esa hora, por qué no fijarme en todo lo bueno que es mucho.

Por qué soy tan rápida identificando lo negativo.

Por qué me voy de cena con esa persona que quiero tanto y estoy pensando en aquello que tengo pendiente de hacer.

Por qué suelo imaginarme historias en las que discuto con gente querida.

Por qué parece que estoy esperando que se me vaya la vida para empezar a pensar en lo que es realmente valioso.

Y me da por mirar en Google, y busco insatisfacción crónica con la esperanza de sentir un poco de compañía respecto a esta sensación de que soy la única y soliviantar un poco el malestar como si saber que otros lo padecen resolviera algo.

Y me encuentro artículos que dicen que es un mal crónico.

Que es un padecimiento de nuestra sociedad, donde la felicidad y los logros aplaudidos son un deber más que un derecho.

Y da igual. Me da igual que seamos muchos. Me da igual que otras personas lo vivan por no se qué de la sociedad en que vivimos.

Estoy tan cansada física y mentalmente de dormir mal que lo que quiero es entender. Entender que da igual si es crónico, agudo o leve.

Y me vengo al bar que me gusta. Y me tomo dos copas de vino, tres serían demasiadas.

Y me pregunto sobre la insatisfacción crónica y su resolución. En que no quiero ser una permanente insatisfecha porque -de nuevo- es mucho lo bueno.

Y me pregunto cómo cambiar el chip, igual que pienso en esas noches de insomnio que me encantaría que existiera un botón de apague y encienda en mi cabeza para descansar de ella.

Igual que pienso en quién dijo aquello que leí en un artículo sobre que un hábito se cambia en tres meses. Ya le digo yo que no. Todavía me estoy preguntando cuánto tiempo toma decirle adiós a la ansiedad, al exceso de futuro como dijo alguien.

Y sé que seguiré trabajando, haciendo todo lo posible.

Pero hay días como hoy en que no entiendes a pesar del esfuerzo y consideras que lo más prudente sería mandar todo de paseo. Cuando llego a esa conclusión sé que lo mejor entonces es no pensar mucho esa jornada.

Conectar un poco el automático. Desconectar de la abundancia de pensamientos para tener más posibilidades de dormir bien esta noche. Brindar con el vino que me estoy tomando porque sé que pasará y aquello que he dicho que es mucho y es bueno se abrirá paso después de unas horas de buen sueño.

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Imagen: Unsplash, Edho Pratama

La fe de Eloy

Confieso que me costó leer a Eloy al principio.

Me impresionaron sus frases compuestas de belleza, las palabras hiladas rebosantes de imágenes y de construcciones expresadas a través de códigos evocadores. Pero las historias me resultaban, no se si la palabra es etérea, pero es la que pienso ahora. Me resultaban tan etéreas que no entendía lo que pasaba. Los relatos de Eloy Tizón están compuestos por personajes que miran hacia dentro aunque estén viviendo desde fuera, que transcurren en situaciones de esas que te dicen al leer que va a pasar algo y habrá un nudo y un desenlace como toda historia que se precie con su secuencia narrativa, pero en donde esto no es lo más importante. A ellos, los personajes de Eloy, les suceden cosas mientras sueñan, mientras van filtrando, lo que observan y viven, con un cristal como empañado, mientras se cuestionan la vida desde una especie de bruma. Bruma, esa fue la primera palabra que se me vino a la cabeza cuando leí a Eloy. Sus sujetos transitan en un tipo de ensoñación mientras el orquestador de todo aquello, quien escribe, narra con letras que formaron palabras que formaron frases que supongo fueron madurando en algún punto de su cabeza y luego se agitaron como un cóctel en otra zona que muchos escritores tienen más cercana a la intuición o al corazón -probablemente esté hablando de talento-.

Cuando comencé a leer a Eloy me sentí un poco torpe, ¿cómo no terminaba de entender esas frases si me sonaban tan hermosas?, ¿esas que dos párrafos después retrocedía para volver a leer las cinco líneas de hace un momento porque quería escucharlas de nuevo en mi cabeza de lo bonitas que me parecían, y así cada dos páginas de media?

Eso fue con Técnicas de Iluminación. Cuando empecé con Velocidad de los Jardines comprendí donde me había equivocado.

Recordé que a ciertos escritores hay que leerlos despacio, saboreando sus palabras, degustando sus ilaciones porque el alma está en aquella concatenación que intentas imaginar cómo fue creada pero no puedes acercarte a ello. El vino que a cada sorbo te da otro matiz, el cuento de Cortázar que no quieres que acabe porque cada espacio entre comas es un pequeño paraíso. Leer y parar; leer y volver; leer, sonreír y seguir. “La vida nos reunió una vez y fue un milagro. Claro que la naturaleza del milagro es no durar. Lo que define al milagro no es su carácter sobrenatural, sino su carácter migratorio. Milagro es lo que acaba“. Parar y respirar y sonreír.

Me gustaría escribir como Eloy, pero no me queda otra que escribir como yo y, mientras tanto, leerlo y admirar al escritor y al profesor que hace un tiempo me hizo tomar consciencia de que eso que yo consideraba espontáneo requería pensar y buscar y encontrar para redondear el círculo. “No estás orgulloso de nada de lo que escribes (lo rompes todo), pero sí de la fe con que lo escribes“.

Por Cristo que alguien me diga adónde van a parar los altos días claros, mi infancia ligera, mi juventud despreocupada.  Era tan fácil ser pequeño y traer notas. El pequeño Austin con su pequeño lápiz rojo. ¿Es que existe en algún sitio  una especie de depósitos de residuos donde alguien almacena alegremente nuestros momentos dichosos?” (Extracto de Austin, Velocidad de los Jardines). A mí me encanta esa fe suya por lo que provoca.

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“Lo más difícil de escribir, como siempre, es no escribir, saber qué hacer cuando no escribes. Ese vacío con qué se llena”.

Final feliz

Y ahora estaba ahí, de pie, frente al edificio.

Y de nuevo, alzó la cabeza hasta donde el nombre del grupo coronaba la construcción para mirarlo. Es la quinta vez que estoy aquí, pensó.

La habían citado a las 10.30. La llamada la recibió una mañana ocho días antes, cuando estaba absorta leyendo un texto en internet tratando de comprender algunos de los principios físicos que aplicaron en la gastronomía todos los de la revolución iniciada por Adriá. No entiendo para qué me meto en estos temas si ni siquiera termino de comprender el efecto del dichoso alginato y el cloruro. Pero en una tarde de día libre se le había ocurrido desarrollar una serie de entradas en el blog sobre las diferentes técnicas que ahora son cotidianas y que dos décadas antes eran tan poco conocidas, quería explicarlas con un lenguaje sencillo, de andar por casa, para que todos comprendieran el cambio que supuso tener la visión de aplicar procedimientos de un sector en otro. Hacer fácil lo complicado, eso era lo que más disfrutaba.

Así se había ido haciendo un nombre en la Red, escribiendo en su blog sobre gastronomía a falta de un espacio como empleada en algún medio, agencia o lo que sirviera para escribir y vivir de ello. Decidió que no podía seguir esperando cinco años atrás, que las ganas le quemaban los dedos y subían hacia la garganta hasta hacerla casi gritar palabras huérfanas buscando dueño. Mientras la oportunidad llegaba, aquello que estaba configurando en una plataforma llamada WordPress sería su cayo, su coctel, su costa.

Y vaya si fue buena la idea. Hacía dos lustros había tomado la decisión de emigrar de su país, la situación política empezaba a ser poco estable y el trabajo en su profesión no abundaba, pero sobre todo aquellas historias de papel plenas de lugares, guerras, gente con pasado y futuro, costumbres, amoríos, gestos, días de fiesta, contrabando y Rhett Buttler qué guapo es, la llevaron a crear en su cabeza mundos lejanos que anhelaba y a desear desde muy temprano conocer otros destinos.

Partió y se llevó consigo todos sus sueños. Y esos sueños pronto se fueron diluyendo entre bandejas, bebidas, notas de mesa y vajilla que hay que secar y dejar a punto para el siguiente turno. Mientras aprendía a hacer el café con leche templada, en taza de desayuno, corto de café, un vaso con hielo y dos de sacarina pensaba en cómo se había desempeñado durante la entrevista para ayudante de redacción que había tenido en la mañana; mientras entendía que tomar no es beber sino el término general y comer aunque fuese el término general era solo a mediodía, soñaba con entrar como redactora en una revista de tirada nacional. Mientras cenaba a las ocho antes de comenzar el turno alguno le preguntaba si estaba bien porque le había visto algo brillante en la mejilla y la cabeza baja. Es solo cansancio respondía. Cansancio de los currículums enviados, los correos esperanzados con autocandidaturas, las pocas entrevistas y las nulas respuestas.

Y pasaron trabajos de recepcionista, repartidora de flyers, camarera, algunos textos puntuales para un cliente, asistente de contabilidad, ayudante de cocina, friegaplatos, asistencia en la organización de algunos eventos, reportajes esporádicos para un medio de su país, dependienta y algún otro que ni recordaba ya de tanto buscarse la vida. Doce años y media vida de episodios la habían convertido en la que siempre tenía una historia entretenida o graciosa en las reuniones con amigos. El blog llevaba dos primaveras y su marca personal empezaba a ser conocida, los seguidores iban en aumento cada mes, tenía anunciantes que le reportaban algún dinero, la invitaban a eventos e incluso ya había impartido dos charlas como blogger en perjuicio de su pánico escénico.

En esa época ya había ido tres veces al edificio del periódico.

La primera se acercó inocentemente a dejar su currículum. Por supuesto no pasó de la caseta del vigilante, quien aceptó con cara de fastidio el papel y con expresión de tirarlo a la basura tan pronto marchara.

La segunda acudió a entregarle su hoja de vida a una persona de contacto después de enterarse que convocaban a unas prácticas no remuneradas en verano.

La tercera había conseguido que sus datos los recibiera un ayudante de redacción que había conocido en una fiesta y que era el amigo del amigo del amigo de su amigo, el de la historia de una noche de juerga.

No pasaron muchas mañanas cuando ocurrió la cuarta visita. Por casualidad había llegado a la oferta de trabajo que habían publicado, era una vacante para escribir en la sección de ocio y gastronomía de la revista dominical.

Lo que siempre había querido.

Actualizó y reactualizó su perfil, igual hizo con el currículum, cambió la foto dos veces y unas cinco la carta de presentación; buscaba ser original en la redacción para diferenciarse y destacar, pero no quería pasarse en el lenguaje y ser percibida como poco seria. Después habló de nuevo con el redactor que había conocido tiempo atrás y le contó que estaba postulándose, buscó contactar con el jefe de redacción en Linkedin aunque la respuesta a la invitación nunca llegó.

Y la llamaron para una entrevista.

Esa mañana los cambios triplicaron, la chaqueta, el pantalón, el maquillaje. Practicar sus palabras aunque luego fueran otras para escucharse el volumen de voz y la entonación, prepararse para alguna pregunta inesperada y hasta desagradable (¿tienes pensado tener hijos? Perdona, a ti qué te importa), autodefinirse sin ser pedante o demasiado locuaz, pensar en cuatro virtudes suyas y cuatro defectos a la hora del curro que no fuesen la típica tontería de soy demasiado perfeccionista. Qué pesados son estos procesos.

Así que llegó a la entrada, miró hacia arriba con la sonrisa que no sintió las tres veces anteriores y siguió hasta la caseta.

Lo peor no fue no conseguir el puesto, lo peor fue que realmente creyó que todo había ido fenomenal y obtendría la vacante. Lo peor fue el en unos días te llamaremos ya sea para decirte que estás contratada o no pero nos ha gustado mucho tu perfil.

Lo peor fue el café mañanero otra vez para sentarse frente al ordenador y seguir buscando ofertas, enviando correos, encontrar actividades a las que le diera tiempo asistir para hacer contactos. El desánimo. El hay que seguir.

Entonces el blog ya no fue su cayo sino su gran isla, el paraíso al que acudía y en el que desahogaba sus ganas de ser redactora, reportera, entrevistadora, estratega, fotógrafa y diseñadora. Escribía porque se lo pedía el cuerpo, porque necesitaba compartir aquello que le daba tanto placer y en lo que pensaba en medio de los cafés que ahora sí entendía, los horarios de comida, las copas y los clientes.

Hasta que pasaron tres años y recibió la llamada aquella mañana de lecturas de química, guisos y alteraciones. Y ella ahora volvía a mirar hacia arriba, hasta lo alto del edificio del periódico, como las cuatro veces anteriores aunque se había jurado no volver por puro despecho y desilusión. La habían llamado porque ahora eran ellos los que querían contar con su posible firma escribiendo en la revista como la blogger reputada que era. Las vueltas que da la vida pensó. Estaban en pleno proceso de cambios en el contenido y habían decidido ampliar el abanico e incluir periodistas del mundo online para desarrollar algunos temas que interesaban al público, y la gastronomía era uno. Mientras el equipo que la entrevistó se lo explicaba, su cabeza se trasladó a los quince años anteriores, como cuando escribía el resumen de uno de los eventos que frecuentaba.

Esas crónicas solía cerrarlas narrando algún detalle que había visto u oído, reproduciendo una reflexión que le había escuchado a uno de los conferenciantes o sacando una conclusión propia de lo que había aprendido; cerrar bien una historia hacía que esta fuera redonda. Ahora que construía la suya en su cabeza pensaba en cómo concluirla al intuir que no aceptaría la propuesta, tanto desear la llevó a obtener más allá de lo que esperaba y quizás aquello ahora no le convenía tanto. Pero si luego la iba a escribir como pensaba, quería agregar unos párrafos con final feliz de cinco encuentros en quince años, redondear el círculo aunque el cierre fuese diferente al que deseaba al principio, sentir que la larga interrogante que había sido su vida todo ese tiempo terminaba con el signo correspondiente y el punto bien marcado. Cerrar bien una historia era muy importante, y para ello aquellas que contaban de sueños cumplidos siempre eran las mejores. Aunque al final el resultado cambiara.

(Relato finalista en el concurso de relatos de Venezuelan Press 2016)      

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