Historias de las 8

Por esos días éramos ventanas.

La de la señora del pelo cardado, la de la mujer rubia, la de la vieja con cara de amargada, la de la chica joven en albornoz, la del señor mayor que me contagiaba su entusiasmo al aplaudir; en la cita de las 8 nos habíamos convertido en habituales. La del abuelo era la ventana que encontraba justo al asomarme en ese patio de edificios. Algunas veces ya estaba aplaudiendo cuando yo llegaba, en otras primero veía encenderse la luz del salón y unos segundos después la figura aparecía en el marco. Saludaba entre aplauso y aplauso a las distintas ventanas, lo hacía con la familiaridad de quien conoce al otro, y al terminar siempre lo dejaba conversando con los demás sobre el día. Era el momento de compartir, el de esperar a las 8, salir a ser ventana y aplaudir.

Una tarde no lo vi asomarse, imaginé que lo habría pillado la hora en la ducha o poniendo una lavadora. Pero al día siguiente tampoco, ni al otro. A las dos semanas nos dejaron salir a la calle y ya los que éramos ventanas no volvimos a aparecer para aplaudir y saludar. Seguí mirando durante varias tardes a ver si lo veía aunque fuese de pasada en su casa. Un día estaban unos hombres con petos azules recogiendo los muebles y llevándose todo. Desde entonces el salón está vacío.

relatos de cuarentena

Imagen: Olivier Chatel en Unsplash

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