Estos días de verano

Estos días nos quejamos mucho del calor. Pareciera que es el único tema de conversación. En parte se entiende, agosto se ha asomado de repente en junio y se ha instalado insolente y mandamás sin darnos chance a acostumbrarnos a las nuevas temperaturas con el calor gradual.

Y se habla de precaución y salud pública. Incluso un colegio aquí en Madrid suspendió las clases  por la tardes para mi gran sorpresa. Después de casi 15 años viviendo en Europa, hay momentos en los que mi mirada vuelve a ser la de una extranjera extrañada con la diferencia.

Y fue pensando en ello y en escribir que se me ocurrió que todos todos tenemos historias de verano entrañables, y podría ser una buena idea pensar en ellas para que el sofoco por el calor no agobie tanto, algo así como tirar de un flotador que nos distraiga con los pies en el agua y la cabeza volando por la memoria, recordar el viaje del año pasado, o los paseos familiares de la infancia. Incluso pensar que para la mayoría pronto serán las vacaciones.

En mi caso, vengo de una tierra donde el verano es permanente, y una de las consecuencias de nacer en estación única es la cotidianidad del ventilador y el aire acondicionado.

Me quitaba los zapatos enseguida y me iba a correr al patio, echarle agua a la tierra para jugar con barro, trepar los árboles de mango. Saltar, competir a ver quién llega más lejos. Después venía la ducha, ropa limpia y a dormir la siesta en el cuarto de abuela, unas veces sola, otras con mi hermanito. Por la tardecita o noche de vuelta a casa.

Ese momento de siesta es el sonido del ventilador para mí.

La cama era grande, supongo que porque yo era muy pequeña, el aire del aparato se mezclaba con el vapor ardiente de una casa siempre caliente con el techo de zinc, la humedad, el calor de siempre. Era un momento de quietud en una hora en la que todo se calmaba en la casa, no recuerdo exactamente cuál. Parálisis. Tranquilidad del deber cumplido (jugar). Letargo caribeño.

Yo sentía esa sensación y me dormía. Una sensación que se convirtió en recuerdo vago al que llego con solo prestarle atención al sonido que hace el ventilador que tengo frente a mí ahora que escribo.

El frío y el ruido monótono del aire acondicionado es el resto de mi vida hasta emigrar. La nevera que era mi cuarto al irme a la cama, el gusto de meterme debajo del edredón maxigrueso que mami me había hecho y acurrucarme cómoda hasta dormir. Era lo más cercano al invierno. Contradicción de heladas caribeñas. Por las mañanas salir a los casi 40 grados húmedos. Las clases con ventilador de techo, los juegos en el recreo a las 9.30 de unas mañanas de sol depredador. Y no pasaba nada.

Hace un año volví de visita. fueron 15 días y estuve siete enferma. Los cambios de temperatura entre el exterior y el interior de casa me perjudicaron.

Las personas somos animales perfectamente adaptables a nuestro entorno.

calor, verano, dormir ventilador, dormir aire acondicionado

Imagen: unsplash

Anuncios

Notas de verano II

Parece una tontería, pero nunca había dedicado unas décimas de tiempo de mi vida -la adulta por lo menos- a nadar en esnorkel.

Practicarlo fue descubrir un mundo de texturas, colores, formas que no sabía tan fascinante en directo. Me encantaba mirar los peces que se asomaban por detrás de las rocas o las familias que de pronto aparecían en conjunto para tomar agún alga por asalto, que a los críos hay que cuidarlos.

Aunque de toda la experiencia, lo que más fascinación me producía era el silencio.

Ese abstraimiento al que me veía sometida con toda la voluntad posible una vez puestas las gafas en vista y nariz, el tubo en boca. El propósito de mi vida pasaba a ser observar lo que estaba mirando mientras el plaf plaf de mis pies moviéndose aleatoriamente para avanzar, poco porque nadar no es una de mis mayores habilidades, me embotaba la cabeza con su cadencia. Casi todos los sonidos forman melodías. Y yo, que pocas veces consigo tener la cabeza tranquila, entraba en catarsis.

Ese día estuve casi todo el tiempo en el agua, y eso que siempre he preferido estar tirada en la arena. Un rato después descubrí que si nadaba en la playa abierta no vería ni rocas, ni peces, ni erizos, pero la vista ante mí del horizonte azul y otra vez el plaf plaf de mis pies era estar en ese sitio al que queremos huir para escapar de nosotros mismos, el limbo en el que todo está suspendido y no hay espacio para lo que incomoda o hace feliz. La vuelta  al origen, el vientre materno, los diamantes de luz que brillan sobre la arena del fondo. La calma. El agua.

Son viajes a través de nimiedades.

FullSizeRender(7)

Notas de verano I

Supongo que el suelo del mar tiene algo de lunar. Yo nunca he estado en la luna, pero en algo me recordaba a las imágenes. Esos pliegues simétricos formando surcos que solo se alteraban superficialmente cuando el agua venía con fuerza tenías algo de primitivo y sagrado, de no dejarse tocar por los estragos que nosotros los humanos vamos haciendo a nuestro paso.

Yo con mi plaf plaf nadando los iba conociendo y reconociendo, cada dibujo delante de mí, cada línea, la cóncava, la convexa y viceversa, y después de un número de brazadas me iba hacia abajo para tocarlas y entonces rompía con mi atrevimiento la secuencia simétrica cual depredador intentando acabar con el orden establecido. Aunque sospecho que una vez marchado el estorbo cada línea de arena volvía a su orden, ignorando la intromisión, la petulancia del que no es y quiere ser.

Después tocaba salir del agua, tomar sol, comer, su cara a unos centímetros y besos cada poco, leer ese libro de relatos de Eloy Tizón que al principio me desconcertó y después me maravilló por la belleza de sus líneas y sus personajes llenos de bruma.

Observar. Las gaviotas en una playa volando muy bajo  que se juntan a unos metros de mí con otras para bajar del cielo, buscar alimentos y seguir siendo mortales. Esas dos niñas que aprovechan la lejanía de la autoridad para adentrarse un poco en el agua y darse besos por toda la cara incluida las bocas que descubrían. Los desnudos de quienes prescinden de cualquier tela para encontrarse con el mar y qué graciosos se ven en pelotas y con el equipo de snorkel puesto. Yo intentaba imaginarlos vestidos porque la ropa dice mucho de nosotros, de nuestra clase social, qué espanto de etiqueta, o más bien del que queremos aparentar; del estilo que pretendemos exhibir ante el mundo porque es nuestra forma de ver la vida, aunque esa familia que está a mi lado no necesita de ropas para intuirla con su todoterreno, el perro lánguido, él con su altura y sus rasgos anglosajones, ella con su poca estatura y rostro de india sioux y esas hermosas niñas mestizas.

Cada playa era una escenografía, el escenario de una representación, nuestras historias, metauniversos jugándose la importancia de quedar en nuestros recuerdos. Viajes de ida y vuelta.

FullSizeRender (10)

Infinito

Hace mucho que no disfrutaba tanto unas vacaciones.

Bueno, no es que no haya vivido con gusto las anteriores, pero en estas fui más consciente, las saboreé como quien paladea un helado que le gusta mucho, los trocitos de chocolate que vas encontrando en el cucurucho de nata y que por no saber dónde estarán los esperas con ansia y disfrutas cuando la lengua se topa con la forma sólida en medio de la crema.

Fueron días de volver a mirar adentro, de observar esos ruidos que a veces pueblan demasiado tiempo mi cabeza mientras me dejaba llenar la piel por el sol. De quitar el tapón de la vasija para que eso dañino que estaba enquistado saliera.

Fueron días de observar las nubes en el horizonte cada mañana y deleitarme haciendo un análisis de sus formas y tamaños. Y nada más.

De escuchar el ir y venir de las olas arrullándome el sueño.

De saborear la cerveza en la terraza mientras los pensamientos viajaban a su antojo sin ningún plan.

De tocar su piel con las yemas de mis dedos por primera vez.

De paladear la belleza de un buen libro y hasta de perder el tiempo con uno malo.

Fueron días en los que la brisa no solamente me acarició la piel. Y yo sentí de nuevo que puedo comerme el mundo como cuando tenía 20 años.

verano, vacaciones, agosto, pensamientos

Verano