Un viernes…

A veces pienso en el tiempo. Es mentira, últimamente pienso mucho en el tiempo. En cómo transcurre. En lo rápido que va. En lo necesario que es como medidor de logros. Los profesionales. Porque los personales no son medibles en la época que vivimos. Vale más un buen título que una buena relación.

Me fui a un bar a escribir, me dio hambre y me vine a este restaurante. Sigo la conversación de al lado. Ella dice que hay gente de 40 para la que gastar 10 euros supone un esfuerzo. Yo pienso que  estoy cerca; del gasto, los 40 los pasé hace un ratito. Y siento cabreo con el mundo, dan ganas de bajarse de él como Mafalda. Sigo escuchando. “Compartir piso a los 50, imagínate”, como si cada uno no tuviera su circunstancia, hay vidas más fáciles o con más oportunidades. Hay vidas más abiertas a pensar que merecen lo que venga de bueno y lo atraen, hay existencias con suerte simplemente. Y están las otras que les toca una situación de mierda y tienen que apechugar con ello, como cualquier veinteañero en mi país. No tengo explicación.

Pero pienso en el tiempo. En lo que perdemos pre-ocupándonos, en lo que gastamos sin pensar en el presente. Media vida. Miro al frente y me sorprende la mirada de la chica de la mesa. Sigue siendo raro una persona sola un viernes por la noche en un restaurante. No saben que me encanta. Estar sola entre la muchedumbre me encanta, es como un ruido de fondo que me permite pensar mejor, escribir, crear. Mirar, escuchar de vez en cuando la conversación de al lado, el tío tratando de conquistar porque lo lleva en los genes, la tía que le habla de la edad, cuarenta y tantos, cincuenta y tantos, treinta y tantos, está más obsesionada que yo con el tiempo. Pero debo agradecerle el material que me aporta con sus historias para crear escenas en lo que escribo, es la ventaja de fisgonear lo que no me corresponde. Me viene a la cabeza Ashley Wilkey y Lo que el viento se llevó, él quería observar y ver pasar la vida. A mí me gusta mirar un rato a la semana.

Pero digo que pienso en el tiempo. En cómo lo estructuramos cada uno. En ocasiones importa más cumplir las expectativas en esa métrica que establecemos, en otras estamos concentrados en nuestro ombligo. Al final se trata de mirar adentro, cada vez estoy más convencida de ello, de saber pararse alguna o algunas veces al día para respirar. Es importante respirar. Para recuperar el tono, para bajar la velocidad y ser consciente del alrededor, ese alrededor que perdemos. Yo con el apuro olvidé respirar, con la tristeza también. Por eso si ahora me preguntan por esos propósitos anuales que todos tenemos, en mi lista hay algunos intangibles que son tan importantes como publicar mi libro, aprender de una puta vez inglés y ganar más dinero.

Respirar. Para serenarme y volver a dormir bien. Para aceptar las pausas en esta carrera que llevo a lo largo del día, respirar y observar alrededor. Respirar y solo mirar las caras anónimas de quienes me rodean en las mesas. Para sentir placer, porque es lo único que queda, para eso no nos tocó una guerra y salimos a tiempo de una dictadura. Respirar porque esta mañana la italiana murmuró y la cocina se inundó de olor a café. Respirar porque el día comienza con el brazo de él estirándose para recibirme en un abrazo. Respirar para poder ver las cosas como las hago ahora, por el placer de organizar la semana siguiente cada viernes, haciendo listas de tareas para luego ir tachando las realizadas. Respirar por la diversión de las clases de baile. Por sencillamente poder respirar de nuevo a pesar de tanto.

Y no es que el tiempo vaya más lento al respirar más, pero te aseguro que los minutos se alargan cuando haces una inspiración profunda, miras alrededor y expiras con tranquilidad. Solo hay que hacerlo para comprobarlo.

 

la farfalla il picolino, un viernes

Lo que cené

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Tarea de Navidad

Se trata de un ritual. O más bien de aquellas pequeñas rutinas que cada uno tenemos, esos pequeños actos que van construyendo lo que nos hace ser ese alguien distintivo en el mundo.

Así lo veo yo, aunque es un punto de vista que se puede reducir a un acto mecánico parido por la costumbre.

Me gusta ir a la tercera planta de la tienda. Me gusta hacerlo cada diciembre, a mediados; el piso está atestado de gente porque para eso es diciembre y el consumismo y las compras se lucen en su apogeo. Y soy una más en ese enjambre.

Me gusta llegar y dar una primera vuelta, la de reconocimiento. Voy mirando todas las opciones que hay, cada año la lista crece porque son más las marcas que se suman y los modelos que ofrecen. Yo pienso que en la era de las apps y las herramientas de ayuda digitales es extraño que el mercado de agendas anuales en papel crezca, lo creí hace un tiempo que mi sobrina veninteañera me señaló con cara de extrañeza que tenía una agenda. Supongo que a pesar de todo, algunas cosas continuarán en nuestros hábitos. Leer libros, anotar listas de cosas para hacer, hablar mirando a los ojos.

Decía que me doy la primera vuelta, veo el panorama general y me voy fijando en las que me van gustando de entrada. Allí empieza el primer descarte. Las que me atraen de primeras quedan, las que tienen un diseño bonito al abrirlas quedan. Las que me gustan de acuerdo a mis criterios de búsqueda, que van cambiando cada año.

La portada tiene que atraerme, el formato de las hojas también. El año pasado me decantaba por la distribución de los días a semana vista. Este año de primeras me fijé en una que tenía los días en hojas individuales.. Mi agenda tiene que tener colores siempre, pasteles o fosforecentes pero colores, algo para señalar por donde voy y material extra al final. El conjunto va determinando la segunda ronda de descarte. Y no repetir. Yo, que soy mujer de rutinas que se anota las tareas diarias en una agenda, me aburro con el mismo modelo cada año. Así que varío.

Camino alrededor de la mesa y el estante -ya he dicho que cada año son más los modelos- y me voy quedando con un grupo, luego descarto según las que van tomando preferencias por reunir más cualidades de las buscadas. Y me quedo con dos o tres que me permitan ese espacio que necesito para anotar mis planes diarios, y hojas extras y notitas para complementarlos. Me gusta que ellos, mis planes, queden bonitos en el papel aunque mi letra cada vez vaya a peor como mis ojeras. Por eso lo de los extras, es como adornar ese futuro que se escribe en ese diario que en realidad es un reflejo de los sueños. Los cotidianos en las tareas diaria, los grandes en los objetivos anuales. Escribir tareas que esconden anhelos, un empaque atractivo para adornar aquello que se desea con todas las fuerzas o que asusta de lo grande que resulta. Es más fácil si de entrada se ve bonito y fácil de escribir.

Total, que este año hubo disyuntiva, como siempre. La agenda de mandalas la descarté porque era la que estaba usando en 2018 aunque me gustara mucho. La indecisión vino con la portada rosa chicle y la palabra “Flípate” en una tipo que me encantó de Lucía Be. Me llamó la atención el papel de las hojas, y el bolsillo final que siempre busco para guardar algunas cosas. Pero los días estaban juntos y no me dejaba mucho espacio, y el precio era más alto respecto a todas las demás. Entonces terminé quedándome con la primera opción que había visto, la de los días en hojas individuales y hojas limpias con colores y dibujitos al final para hacer anotaciones y varios taquitos de postit para los añadidos de Mr. Wonderful.

Y me hace gracia porque siempre voy al final de la tarde y llega un momento en que la tienda dice por altavoz que la Fnac cerrará en X minutos para apurarte y que bajes a la caja a pagar para que te largues. En ese momento suelo darme cuenta del tiempo que paso allí, una hora, dos. Una hora y pico eligiendo un modelo de un simple cuaderno con fechas y días impresos para anotar. Cualquiera diría que es una tontería. Para mí es ponerle cara a lo que anhelo.

 

agenda mr wonderful 2019

Mi agenda 2019

Escenas de bar en una noche lluviosa

Se trata de hacerlo consciente.

Hablo de un estar a gusto, de sentirse bien en un espacio que debería estar lleno de gente y que ahora ocupo con las personas que atienden y que ya les gustaría que la puerta se abriera, en esa noche desangelada de agua cayendo y rodando y mojando a todo el que se asoma a su territorio.

Yo miro mi copa de vino, me gusta dialogar con ella en mis pensamientos sobre lo divino y humano para no correr el riesgo de ser observada como una desquiciada que habla sola. No se trata del que dirán, es más bien de que me dejen conversar en paz.

De cuando en cuando me miro en el espejo de enfrente y reconozco la figura que veo, hay mañanas en las que me parece un tanto extraña entre las patas de gallo y los sueños de treintañera, pero entonces muevo la mano para acercarla al pie de la copa y sé que soy yo.

Esa soy yo. Con los rizos familiares, los labios que me hubiese gustado fueran más carnosos y los ojos que siempre me parecieron bonitos. Con todas mis mochilas a cuestas, las que te vas echando a la espalda con los años y los acontecimientos y sus cargas buenas y tristes. La que de niña no aprendió a compartir demasiado por ser hija única y exclusiva dueña de sus juguetes y de adulta prefiere trabajar en solitario la mayoría de las veces. La de las tres mil manías para ir a dormir y un te quiero siempre disponible para ciertos afectos. La que cada vez disfruta más el silencio aunque con frecuencia sufra de excesivo ruido en la cabeza.

Y sí: la que después de tanto tiempo empieza a comprender que padece de excesivos futuro y pasado. Que los planes y los recuerdos contienen belleza cuando están en su justa medida; y el teléfono y las redes e internet también.

Entonces continúo dialogando con el Rueda que está en la copa. Y me dedico un rato a leer una revista cualquiera porque nunca tengo tiempo para hacerlo. De cuando en cuando levanto la vista y miro la barra que sigue larga y sola y me gusta observar desde esa perspectiva en la que estoy al comienzo de ella, la línea recta que corre hasta la puerta de entrada, la lluvia que se intuye cayendo fuera a través del cristal; leer, beber un trago y mirar, dialogar mentalmente y respirar. Quietud.

En ese intercambio de ángulos de mi cabeza miro de nuevo enfrente, el espejo y mi reflejo, la sensación de un cuadro de Hooper en esa barra sin alteraciones donde por fin me estoy dando un momento de serenidad. Y me pediría un segundo vino pero tengo que irme a mi otra vida, la de diálogos bidireccionales llenos de besos.

Hay momentos que no necesitan demasiado tiempo para ser.

Escenas de un bar, cuadro los noctambulos edward hooper

Cuadro Los Notámbulos, Edward Hooper

“Sonrisas y lágrimas”

Esperábamos en la cola. Un martes por la mañana no debería haber tanta gente en la primera planta del centro de salud, o eso pensaba yo. Pero llegué y a mi resignación y a mí no nos quedó otro remedio que situarnos al final.

Lo bueno fue que iba rápido. Y rápido avancé hasta ubicarme de cuarta o quinta en el turno. Mientras, oía voces conversando en la zona posterior de la cola, y fue en una de esas que escuché a alguien diciéndole a otra persona, señora allí delante tiene sillas para que se siente mientras espera, y la destinataria del comentario le respondió dame dos besos que eres muy maja.

Entonces miré. Y vi a una señora mayor, muy mayor, encogida porque los años hacen que nuestro cuerpo quiera volver al tamaño con el que vino al mundo, acompañada de una chica sudamericana cuidándola y una sonrisa que iba más allá de sus arrugas.

Le dio dos besos a la mujer que le aconsejó y le dio las gracias. Se acercó a las sillas caminando despacio y se sentó en la del extremo más próximo a nosotros.

Y no hubiese pasado de ser una simpática anciana con una sonrisa contagiosa, pero es que después no paró de contarle a todos los que podíamos escucharla y en voz alta que hay que sonreír. Que sonreír es importante y hay que hacerlo siempre. Que si hay que tener arrugas mejor que sean las de sonreír.

Las cuatro mujeres que estábamos a la espera de nuestro turno delante nos mirábamos y, efectivamente, sonreíamos.

Unos minutos después otra señora que se veía mayor que la primera, no sé si por edad o por su gesto desencajado, se sentó a su lado. Y ella le espetó su mantra enseguida. No estoy segura de si la otra podía escucharla a juzgar por su expresión ajena. Nosotros sí, y las personas que ya estaban  en la mesa de recepción siendo atendidas y las chicas del personal del centro.

Y todos sonreíamos con la señora mayor.

Y sonreímos aún más, bastante descolocados, cuando de repente se asomó un hombre de avanzada edad buscando sitio para sentarse mientras esperaba su turno y la señora se levantó todo lo rápido que pudo para cederle su sitio porque era mejor que descansara.

Lo saludó con la sonrisa que nos hablaba a todos sus perfectos desconocidos, y mientras intercambiaban sitio le preguntó la edad para después contarle que debía sonreír porque era lo mejor que podía hacer. Él tiene 94, ella, 89.

Y la señora se quedó de pie conversando con todos los que quisiéramos escucharla y en eso que llegó mi turno.

Sonriendo solicité lo que fui a buscar, sonriendo le dije hasta luego a la señora simpática y sonriendo me fui pensando en que quizás era verdad lo que me había comentado bajito la mujer que estaba justo delante de mí mientras esperábamos, que lo que decía la señora mayor estaba muy bien pero no siempre se puede sonreír.

Sí que era cierto. La vida a veces no es fácil y contiene episodios que te borran la sonrisa.

Pero puestos, si hay que elegir un principio, me gustaba la idea de aferrarme a la regla de la señora mayor: hay que sonreír siempre aunque uno esté amargado.

Y la historia, además de inspirarme esta entrada, me dejó una sonrisa el resto del día.

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La señora mayor cediéndole su sitio al señor

Historia de una noche

La noche empezó en la tercera planta de la Casa del Libro. Y yo no podía estar más contenta después de buscar sustituto en el restaurante y dejar de trabajar ese día con todo el remordimiento del mundo.

Quería conocer en directo a Curro desde hace tiempo, lo sigo en las redes, y esa calidez que transmite en sus largos textos en su página de Facebook siempre me gustaron. Luego admiré su valentía cuando dejó su trabajo para irse unos meses solo a escribir su futuro libro y últimamente me alegro por el éxito que está teniendo su sueño ya cristalizado.

Por eso quise ir a la presentación, porque algunas personas entusiasman y contagian con lo que hacen.

La sala estaba llena, con su mejor amigo presentando al escritor y al libro, y la actriz Nuria Gago acompañando como lectora de un poema muy importante para Curro y para la historia.

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Presentación de Una Nueva Felicidad de Curro Cañete

 

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Curro

Yo me ubiqué más o menos en la sexta fila del medio de la sala. Curro llegó con unos minutos de retraso y enseguida tomó la palabra para explicarse y darnos la bienvenida.

Descubrí a un chico valiente con sus sueños, que cree en los milagros y los confirma con los hechos. Con un acento lleno de salero andaluz y una frescura adolescente en un espíritu pleno de experiencias y el propósito de aprender.

Llegó y dijo que no quería hablar del libro, pero en realidad su vida es parte de él. Desde el primer momento nos hizo reír con sus salidas sin filtro y me conmovió al contar de sus razones respecto a la muerte. Soltó frases maravillosas que me anoté  para no olvidar, como que la magia es lo que está más allá de lo establecido y aparece cuando estás abierto a lo inesperado, o que las personas valientes son más felices, por eso hay que procurar la valentía aunque sea fingiendo al principio que uno lo es hasta que se convierta en hábito.

Creo que su cercanía propició el desenfado del ambiente, y entendí que no podía ser de otra manera cuando afirmó que tener la muerte presente nos quita muchas tonterías que tenemos en la cabeza. En la vida cada uno tiene su propio caos, y esa persona a la que te estás enfrentando en un momento dado está luchando-trabajando el suyo.

En la ronda de preguntas le interrogué sobre su proceso, pareciera que siempre ha estado viviendo en ese estado de alegría y confianza en el que a mí me gustaría estar la mayor parte del tiempo y que me cuesta tanto a pesar del trabajo diario. Habló sobre la autobservación, el trabajo permanente, el estado de alerta pero sin esperar cambios inmediatos, se trata más bien de conseguir pequeños milagros con el esfuerzo de cada día.

 

La noche siguió con una conversación entre amigos, la de dos soñadores que una vez quisieron ser y lo lograron, la de dos jóvenes que entre colegas de adolescencia, ratos libres, pagas usadas y reuniones al margen de lo correcto, descubrieron su vocación, y a ella se dirigieron, con ella convivieron. Por ella hoy viven y no sobreviven.

Nos quedamos conversando porque eso era lo que apetecía, y yo los escuché narrar sus historias, cómo comenzaron por diversión y porque sí, porque era lo que les salía. Cómo aquello fue tomando forma de proyecto de vida, cómo consiguieron cada paso, cómo cada tropiezo enseñó. Cómo lograron dedicar sus 24 horas a ello.

Y entre anécdotas, recuerdos comunes con el reencuentro, preguntas por aquellos que ya no se ven, pasó la noche.

Y yo sentí que es bueno conocer gente que trabaja por sus sueños. Que cae y sigue, que se toma su tiempo sin perder el paso. Pequeños grandes triunfadores y conductores de sus vidas.

Porque el éxito comienza cuando sientes que amas lo que vas descubriendo, te encuentras pleno con los pasos, porque sabes cuál es el posible destino, ves que eres diferente a ayer porque has trabajado en tu interior aquello que te impedía conciliar el sueño, como cuando concientizas que la ansiedad se está comiendo parte de tu vida.

Es un estado en el que te miras al espejo y estás contento con lo que ves. A pesar de los defectos, de los errores, de los fracasos que te han pulido, de tus manías que suponen una traba, el café obligatorio de las mañanas, las tres mil vueltas para dormir, los gestos que dan suerte y los que no.

Te miras a los ojos en el espejo y sientes que eres coherente, que tus sueños conectan con tu realidad. Que cuando cumplas 80 mirarás atrás y te sentirás orgulloso de lo que has vivido.

 

Ha pasado un mes y sigo pensando en esa noche. Son noches bonitas, que te hacen recordar el sentido de tu vida.

La teoría

No siempre los recuerdos gratos deberían repetirse. Corres el riesgo de echarlos a perder, desilusionarte como un globo pinchado, convertirlos en una historia sin final feliz. A veces deberían conservarse intactos, congelados en el espacio de los recuerdos y revividos como el día que eternamente se repite cada vez que acudamos a ellos. Impolutos de sentimientos desagradables.

Hace varias semanas fue el cumpleaños de mi chico. Al ser una ocasión especial (40 cumpleaños!) quisimos hacer algo especial y decidimos ir a cenar a un lugar al que fuimos cuando comenzábamos a salir (hace muuuuuchos años) y al que no habíamos vuelto. Es un restaurante de ticket medio alto.

Aquella cena había sido un momento bonito de nuestra historia, una velada plena de bienestar, con el romanticismo y la ingenuidad de un amor que recién comienza, comida sorprendente y un buen servicio. Ese, el grato recuerdo, fue la razón que nos hizo repetir 10, no se si 11 años después la visita.

Y como se intuye con el primer párrafo de estas líneas, la segunda parte no fue tan buena como la primera. No ocurrió nada especialmente desagradable, simplemente el salón no fue tan elegante, ni el servicio tan esmerado, ni la comida tan sorprendente.

Y yo me pregunté de quien había sido la culpa, si de nosotros que perdimos romanticismo por el camino, del sitio que realmente abandonó esa calidad que recordábamos con entusiasmo, o simplemente sucede que con los años cambiamos y aquello que recordamos como excepcional en un momento de nuestra vida, después al mudar como personas hace que varíe nuestra percepción. Supongo que como siempre no hay una respuesta uniforme y será una de las tres razones dependiendo de cada situación, pero en este caso ha tenido mucho que ver la tercera.

Porque aunque la rutina a veces pasa como una avalancha haciendo estragos en una vida en pareja, seguimos teniendo citas y arreglándonos emocionados para vernos guapos para el otro; aunque los desórdenes de las mañanas, las frases que no se dicen y el cansancio cotidiano hagan mella en la ilusión, sigue habiendo un te quiero como mínimo a diario y un no me duermo si no te siento al lado.

Porque en todos estos años ese lugar ha permanecido intacto con la misma persona al mando de los fogones, orgulloso del trabajo que hace y conservando su buena reputación.

Pero nosotros somos seres evolutivos, nuestro pasado es el de hace cinco segundos y no volvemos a ser los mismos con cada avance de la aguja. Cambiamos y cambia lo que percibimos, lo que oímos, vemos, saboreamos, olemos, tocamos. Cambia porque cambiamos por dentro aunque lo de afuera siga igual.

Entonces quizás, solo en algunas situaciones, no deberíamos repetir aquello que nos ha hecho felices… aunque solo sea una teoría.

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver

Joaquín Sabina

Notas de verano II

Parece una tontería, pero nunca había dedicado unas décimas de tiempo de mi vida -la adulta por lo menos- a nadar en esnorkel.

Practicarlo fue descubrir un mundo de texturas, colores, formas que no sabía tan fascinante en directo. Me encantaba mirar los peces que se asomaban por detrás de las rocas o las familias que de pronto aparecían en conjunto para tomar agún alga por asalto, que a los críos hay que cuidarlos.

Aunque de toda la experiencia, lo que más fascinación me producía era el silencio.

Ese abstraimiento al que me veía sometida con toda la voluntad posible una vez puestas las gafas en vista y nariz, el tubo en boca. El propósito de mi vida pasaba a ser observar lo que estaba mirando mientras el plaf plaf de mis pies moviéndose aleatoriamente para avanzar, poco porque nadar no es una de mis mayores habilidades, me embotaba la cabeza con su cadencia. Casi todos los sonidos forman melodías. Y yo, que pocas veces consigo tener la cabeza tranquila, entraba en catarsis.

Ese día estuve casi todo el tiempo en el agua, y eso que siempre he preferido estar tirada en la arena. Un rato después descubrí que si nadaba en la playa abierta no vería ni rocas, ni peces, ni erizos, pero la vista ante mí del horizonte azul y otra vez el plaf plaf de mis pies era estar en ese sitio al que queremos huir para escapar de nosotros mismos, el limbo en el que todo está suspendido y no hay espacio para lo que incomoda o hace feliz. La vuelta  al origen, el vientre materno, los diamantes de luz que brillan sobre la arena del fondo. La calma. El agua.

Son viajes a través de nimiedades.

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