“Sonrisas y lágrimas”

Esperábamos en la cola. Un martes por la mañana no debería haber tanta gente en la primera planta del centro de salud, o eso pensaba yo. Pero llegué y a mi resignación y a mí no nos quedó otro remedio que situarnos al final.

Lo bueno fue que iba rápido. Y rápido avancé hasta ubicarme de cuarta o quinta en el turno. Mientras, oía voces conversando en la zona posterior de la cola, y fue en una de esas que escuché a alguien diciéndole a otra persona, señora allí delante tiene sillas para que se siente mientras espera, y la destinataria del comentario le respondió dame dos besos que eres muy maja.

Entonces miré. Y vi a una señora mayor, muy mayor, encogida porque los años hacen que nuestro cuerpo quiera volver al tamaño con el que vino al mundo, acompañada de una chica sudamericana cuidándola y una sonrisa que iba más allá de sus arrugas.

Le dio dos besos a la mujer que le aconsejó y le dio las gracias. Se acercó a las sillas caminando despacio y se sentó en la del extremo más próximo a nosotros.

Y no hubiese pasado de ser una simpática anciana con una sonrisa contagiosa, pero es que después no paró de contarle a todos los que podíamos escucharla y en voz alta que hay que sonreír. Que sonreír es importante y hay que hacerlo siempre. Que si hay que tener arrugas mejor que sean las de sonreír.

Las cuatro mujeres que estábamos a la espera de nuestro turno delante nos mirábamos y, efectivamente, sonreíamos.

Unos minutos después otra señora que se veía mayor que la primera, no sé si por edad o por su gesto desencajado, se sentó a su lado. Y ella le espetó su mantra enseguida. No estoy segura de si la otra podía escucharla a juzgar por su expresión ajena. Nosotros sí, y las personas que ya estaban  en la mesa de recepción siendo atendidas y las chicas del personal del centro.

Y todos sonreíamos con la señora mayor.

Y sonreímos aún más, bastante descolocados, cuando de repente se asomó un hombre de avanzada edad buscando sitio para sentarse mientras esperaba su turno y la señora se levantó todo lo rápido que pudo para cederle su sitio porque era mejor que descansara.

Lo saludó con la sonrisa que nos hablaba a todos sus perfectos desconocidos, y mientras intercambiaban sitio le preguntó la edad para después contarle que debía sonreír porque era lo mejor que podía hacer. Él tiene 94, ella, 89.

Y la señora se quedó de pie conversando con todos los que quisiéramos escucharla y en eso que llegó mi turno.

Sonriendo solicité lo que fui a buscar, sonriendo le dije hasta luego a la señora simpática y sonriendo me fui pensando en que quizás era verdad lo que me había comentado bajito la mujer que estaba justo delante de mí mientras esperábamos, que lo que decía la señora mayor estaba muy bien pero no siempre se puede sonreír.

Sí que era cierto. La vida a veces no es fácil y contiene episodios que te borran la sonrisa.

Pero puestos, si hay que elegir un principio, me gustaba la idea de aferrarme a la regla de la señora mayor: hay que sonreír siempre aunque uno esté amargado.

Y la historia, además de inspirarme esta entrada, me dejó una sonrisa el resto del día.

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La señora mayor cediéndole su sitio al señor

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Historia de una noche

La noche empezó en la tercera planta de la Casa del Libro. Y yo no podía estar más contenta después de buscar sustituto en el restaurante y dejar de trabajar ese día con todo el remordimiento del mundo.

Quería conocer en directo a Curro desde hace tiempo, lo sigo en las redes, y esa calidez que transmite en sus largos textos en su página de Facebook siempre me gustaron. Luego admiré su valentía cuando dejó su trabajo para irse unos meses solo a escribir su futuro libro y últimamente me alegro por el éxito que está teniendo su sueño ya cristalizado.

Por eso quise ir a la presentación, porque algunas personas entusiasman y contagian con lo que hacen.

La sala estaba llena, con su mejor amigo presentando al escritor y al libro, y la actriz Nuria Gago acompañando como lectora de un poema muy importante para Curro y para la historia.

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Presentación de Una Nueva Felicidad de Curro Cañete

 

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Curro

Yo me ubiqué más o menos en la sexta fila del medio de la sala. Curro llegó con unos minutos de retraso y enseguida tomó la palabra para explicarse y darnos la bienvenida.

Descubrí a un chico valiente con sus sueños, que cree en los milagros y los confirma con los hechos. Con un acento lleno de salero andaluz y una frescura adolescente en un espíritu pleno de experiencias y el propósito de aprender.

Llegó y dijo que no quería hablar del libro, pero en realidad su vida es parte de él. Desde el primer momento nos hizo reír con sus salidas sin filtro y me conmovió al contar de sus razones respecto a la muerte. Soltó frases maravillosas que me anoté  para no olvidar, como que la magia es lo que está más allá de lo establecido y aparece cuando estás abierto a lo inesperado, o que las personas valientes son más felices, por eso hay que procurar la valentía aunque sea fingiendo al principio que uno lo es hasta que se convierta en hábito.

Creo que su cercanía propició el desenfado del ambiente, y entendí que no podía ser de otra manera cuando afirmó que tener la muerte presente nos quita muchas tonterías que tenemos en la cabeza. En la vida cada uno tiene su propio caos, y esa persona a la que te estás enfrentando en un momento dado está luchando-trabajando el suyo.

En la ronda de preguntas le interrogué sobre su proceso, pareciera que siempre ha estado viviendo en ese estado de alegría y confianza en el que a mí me gustaría estar la mayor parte del tiempo y que me cuesta tanto a pesar del trabajo diario. Habló sobre la autobservación, el trabajo permanente, el estado de alerta pero sin esperar cambios inmediatos, se trata más bien de conseguir pequeños milagros con el esfuerzo de cada día.

 

La noche siguió con una conversación entre amigos, la de dos soñadores que una vez quisieron ser y lo lograron, la de dos jóvenes que entre colegas de adolescencia, ratos libres, pagas usadas y reuniones al margen de lo correcto, descubrieron su vocación, y a ella se dirigieron, con ella convivieron. Por ella hoy viven y no sobreviven.

Nos quedamos conversando porque eso era lo que apetecía, y yo los escuché narrar sus historias, cómo comenzaron por diversión y porque sí, porque era lo que les salía. Cómo aquello fue tomando forma de proyecto de vida, cómo consiguieron cada paso, cómo cada tropiezo enseñó. Cómo lograron dedicar sus 24 horas a ello.

Y entre anécdotas, recuerdos comunes con el reencuentro, preguntas por aquellos que ya no se ven, pasó la noche.

Y yo sentí que es bueno conocer gente que trabaja por sus sueños. Que cae y sigue, que se toma su tiempo sin perder el paso. Pequeños grandes triunfadores y conductores de sus vidas.

Porque el éxito comienza cuando sientes que amas lo que vas descubriendo, te encuentras pleno con los pasos, porque sabes cuál es el posible destino, ves que eres diferente a ayer porque has trabajado en tu interior aquello que te impedía conciliar el sueño, como cuando concientizas que la ansiedad se está comiendo parte de tu vida.

Es un estado en el que te miras al espejo y estás contento con lo que ves. A pesar de los defectos, de los errores, de los fracasos que te han pulido, de tus manías que suponen una traba, el café obligatorio de las mañanas, las tres mil vueltas para dormir, los gestos que dan suerte y los que no.

Te miras a los ojos en el espejo y sientes que eres coherente, que tus sueños conectan con tu realidad. Que cuando cumplas 80 mirarás atrás y te sentirás orgulloso de lo que has vivido.

 

Ha pasado un mes y sigo pensando en esa noche. Son noches bonitas, que te hacen recordar el sentido de tu vida.

La teoría

No siempre los recuerdos gratos deberían repetirse. Corres el riesgo de echarlos a perder, desilusionarte como un globo pinchado, convertirlos en una historia sin final feliz. A veces deberían conservarse intactos, congelados en el espacio de los recuerdos y revividos como el día que eternamente se repite cada vez que acudamos a ellos. Impolutos de sentimientos desagradables.

Hace varias semanas fue el cumpleaños de mi chico. Al ser una ocasión especial (40 cumpleaños!) quisimos hacer algo especial y decidimos ir a cenar a un lugar al que fuimos cuando comenzábamos a salir (hace muuuuuchos años) y al que no habíamos vuelto. Es un restaurante de ticket medio alto.

Aquella cena había sido un momento bonito de nuestra historia, una velada plena de bienestar, con el romanticismo y la ingenuidad de un amor que recién comienza, comida sorprendente y un buen servicio. Ese, el grato recuerdo, fue la razón que nos hizo repetir 10, no se si 11 años después la visita.

Y como se intuye con el primer párrafo de estas líneas, la segunda parte no fue tan buena como la primera. No ocurrió nada especialmente desagradable, simplemente el salón no fue tan elegante, ni el servicio tan esmerado, ni la comida tan sorprendente.

Y yo me pregunté de quien había sido la culpa, si de nosotros que perdimos romanticismo por el camino, del sitio que realmente abandonó esa calidad que recordábamos con entusiasmo, o simplemente sucede que con los años cambiamos y aquello que recordamos como excepcional en un momento de nuestra vida, después al mudar como personas hace que varíe nuestra percepción. Supongo que como siempre no hay una respuesta uniforme y será una de las tres razones dependiendo de cada situación, pero en este caso ha tenido mucho que ver la tercera.

Porque aunque la rutina a veces pasa como una avalancha haciendo estragos en una vida en pareja, seguimos teniendo citas y arreglándonos emocionados para vernos guapos para el otro; aunque los desórdenes de las mañanas, las frases que no se dicen y el cansancio cotidiano hagan mella en la ilusión, sigue habiendo un te quiero como mínimo a diario y un no me duermo si no te siento al lado.

Porque en todos estos años ese lugar ha permanecido intacto con la misma persona al mando de los fogones, orgulloso del trabajo que hace y conservando su buena reputación.

Pero nosotros somos seres evolutivos, nuestro pasado es el de hace cinco segundos y no volvemos a ser los mismos con cada avance de la aguja. Cambiamos y cambia lo que percibimos, lo que oímos, vemos, saboreamos, olemos, tocamos. Cambia porque cambiamos por dentro aunque lo de afuera siga igual.

Entonces quizás, solo en algunas situaciones, no deberíamos repetir aquello que nos ha hecho felices… aunque solo sea una teoría.

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver

Joaquín Sabina

Notas de verano II

Parece una tontería, pero nunca había dedicado unas décimas de tiempo de mi vida -la adulta por lo menos- a nadar en esnorkel.

Practicarlo fue descubrir un mundo de texturas, colores, formas que no sabía tan fascinante en directo. Me encantaba mirar los peces que se asomaban por detrás de las rocas o las familias que de pronto aparecían en conjunto para tomar agún alga por asalto, que a los críos hay que cuidarlos.

Aunque de toda la experiencia, lo que más fascinación me producía era el silencio.

Ese abstraimiento al que me veía sometida con toda la voluntad posible una vez puestas las gafas en vista y nariz, el tubo en boca. El propósito de mi vida pasaba a ser observar lo que estaba mirando mientras el plaf plaf de mis pies moviéndose aleatoriamente para avanzar, poco porque nadar no es una de mis mayores habilidades, me embotaba la cabeza con su cadencia. Casi todos los sonidos forman melodías. Y yo, que pocas veces consigo tener la cabeza tranquila, entraba en catarsis.

Ese día estuve casi todo el tiempo en el agua, y eso que siempre he preferido estar tirada en la arena. Un rato después descubrí que si nadaba en la playa abierta no vería ni rocas, ni peces, ni erizos, pero la vista ante mí del horizonte azul y otra vez el plaf plaf de mis pies era estar en ese sitio al que queremos huir para escapar de nosotros mismos, el limbo en el que todo está suspendido y no hay espacio para lo que incomoda o hace feliz. La vuelta  al origen, el vientre materno, los diamantes de luz que brillan sobre la arena del fondo. La calma. El agua.

Son viajes a través de nimiedades.

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Apnea (Venezuela)

Respirar el país para poderlo dsifrutar.

Entenderlo, asimilarlo, llevar el aire dentro a bocanadas, exhalarlo de a poco.

Practicar su propio mecanismo porque no hay otra forma de poder salir airoso.

Dejarse llevar por su no lógica porque es la tabla de salvación. De quienes lo habitan, más nos vale de quienes llegamos. La resaca, el mono, la paz después de la oración. Respirar.

El calor pegajoso.

El invierno acondicionado.

El goce fácil.

La desconfianza con neura.

La tranquila cotidianidad del pueblo.

La sensación que va invadiendo las vidas con ruidos ajenos y se instala ocupando cada vez una estancia. Lo hace sin dar explicaciones hasta volver el espacio un minúsculo cuadrado por donde apenas hay salida.

Y no queda otro remedio que adecuarse para sobrevivir.

Pero cada paso de avance suyo son pequeñas muertes para todos, aunque el empeño sea seguir sonriendo y viviendo y bailando.

Bailando aunque ya los pasos no abunden. Se perdieron entre las peroratas, la escasez, los asesinatos y los billetes descontinuados. Pero siempre queda respirar que es lo que estoy haciendo ahora, respirar para entender y bailar y mantener la esperanza.

Eso sí, no lo hagas por la noche, están quemando basura y puede que el olor del humo te asfixie.

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Notas de verano I

Supongo que el suelo del mar tiene algo de lunar. Yo nunca he estado en la luna, pero en algo me recordaba a las imágenes. Esos pliegues simétricos formando surcos que solo se alteraban superficialmente cuando el agua venía con fuerza tenías algo de primitivo y sagrado, de no dejarse tocar por los estragos que nosotros los humanos vamos haciendo a nuestro paso.

Yo con mi plaf plaf nadando los iba conociendo y reconociendo, cada dibujo delante de mí, cada línea, la cóncava, la convexa y viceversa, y después de un número de brazadas me iba hacia abajo para tocarlas y entonces rompía con mi atrevimiento la secuencia simétrica cual depredador intentando acabar con el orden establecido. Aunque sospecho que una vez marchado el estorbo cada línea de arena volvía a su orden, ignorando la intromisión, la petulancia del que no es y quiere ser.

Después tocaba salir del agua, tomar sol, comer, su cara a unos centímetros y besos cada poco, leer ese libro de relatos de Eloy Tizón que al principio me desconcertó y después me maravilló por la belleza de sus líneas y sus personajes llenos de bruma.

Observar. Las gaviotas en una playa volando muy bajo  que se juntan a unos metros de mí con otras para bajar del cielo, buscar alimentos y seguir siendo mortales. Esas dos niñas que aprovechan la lejanía de la autoridad para adentrarse un poco en el agua y darse besos por toda la cara incluida las bocas que descubrían. Los desnudos de quienes prescinden de cualquier tela para encontrarse con el mar y qué graciosos se ven en pelotas y con el equipo de snorkel puesto. Yo intentaba imaginarlos vestidos porque la ropa dice mucho de nosotros, de nuestra clase social, qué espanto de etiqueta, o más bien del que queremos aparentar; del estilo que pretendemos exhibir ante el mundo porque es nuestra forma de ver la vida, aunque esa familia que está a mi lado no necesita de ropas para intuirla con su todoterreno, el perro lánguido, él con su altura y sus rasgos anglosajones, ella con su poca estatura y rostro de india sioux y esas hermosas niñas mestizas.

Cada playa era una escenografía, el escenario de una representación, nuestras historias, metauniversos jugándose la importancia de quedar en nuestros recuerdos. Viajes de ida y vuelta.

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En la vía

El señor, un anciano de 70 y muchos años que caminaba con bastón, aire enérgico y mirada de pillo me miró de arriba a abajo al llegar junto a mí en el semáforo y me espetó sin ninguna vergüenza: hoy te vas a conseguir un novio, procura que sea con dinero.

A mí tanto desparpajo me produjo risa de la buena, por eso seguí riéndome mientras le daba unas sinceras gracias por semejante piropo.

– Bueno, eso importante, le dije por decir, pero que me trate bien ¿no?, porque ¿qué hago yo con uno con dinero y que me trate mal?

– Ah no no, respondió, que te trate bien.

Y la luz cambió y él abuelo me dijo hasta luego, y yo con mi mayor sonrisa, mi pelo suelto, mi minifalda y mis botas de estreno de otoño le deseé buenas tardes. Me quedé con el chute de energía en el ego, y le dije a mis recién estrenadas arrugas ¡a tomar por saco!