La fe de Eloy

Confieso que me costó leer a Eloy al principio.

Me impresionaron sus frases compuestas de belleza, las palabras hiladas rebosantes de imágenes y de construcciones expresadas a través de códigos evocadores. Pero las historias me resultaban, no se si la palabra es etérea, pero es la que pienso ahora. Me resultaban tan etéreas que no entendía lo que pasaba. Los relatos de Eloy Tizón están compuestos por personajes que miran hacia dentro aunque estén viviendo desde fuera, que transcurren en situaciones de esas que te dicen al leer que va a pasar algo y habrá un nudo y un desenlace como toda historia que se precie con su secuencia narrativa, pero en donde esto no es lo más importante. A ellos, los personajes de Eloy, les suceden cosas mientras sueñan, mientras van filtrando, lo que observan y viven, con un cristal como empañado, mientras se cuestionan la vida desde una especie de bruma. Bruma, esa fue la primera palabra que se me vino a la cabeza cuando leí a Eloy. Sus sujetos transitan en un tipo de ensoñación mientras el orquestador de todo aquello, quien escribe, narra con letras que formaron palabras que formaron frases que supongo fueron madurando en algún punto de su cabeza y luego se agitaron como un cóctel en otra zona que muchos escritores tienen más cercana a la intuición o al corazón -probablemente esté hablando de talento-.

Cuando comencé a leer a Eloy me sentí un poco torpe, ¿cómo no terminaba de entender esas frases si me sonaban tan hermosas?, ¿esas que dos párrafos después retrocedía para volver a leer las cinco líneas de hace un momento porque quería escucharlas de nuevo en mi cabeza de lo bonitas que me parecían, y así cada dos páginas de media?

Eso fue con Técnicas de Iluminación. Cuando empecé con Velocidad de los Jardines comprendí donde me había equivocado.

Recordé que a ciertos escritores hay que leerlos despacio, saboreando sus palabras, degustando sus ilaciones porque el alma está en aquella concatenación que intentas imaginar cómo fue creada pero no puedes acercarte a ello. El vino que a cada sorbo te da otro matiz, el cuento de Cortázar que no quieres que acabe porque cada espacio entre comas es un pequeño paraíso. Leer y parar; leer y volver; leer, sonreír y seguir. “La vida nos reunió una vez y fue un milagro. Claro que la naturaleza del milagro es no durar. Lo que define al milagro no es su carácter sobrenatural, sino su carácter migratorio. Milagro es lo que acaba“. Parar y respirar y sonreír.

Me gustaría escribir como Eloy, pero no me queda otra que escribir como yo y, mientras tanto, leerlo y admirar al escritor y al profesor que hace un tiempo me hizo tomar consciencia de que eso que yo consideraba espontáneo requería pensar y buscar y encontrar para redondear el círculo. “No estás orgulloso de nada de lo que escribes (lo rompes todo), pero sí de la fe con que lo escribes“.

Por Cristo que alguien me diga adónde van a parar los altos días claros, mi infancia ligera, mi juventud despreocupada.  Era tan fácil ser pequeño y traer notas. El pequeño Austin con su pequeño lápiz rojo. ¿Es que existe en algún sitio  una especie de depósitos de residuos donde alguien almacena alegremente nuestros momentos dichosos?” (Extracto de Austin, Velocidad de los Jardines). A mí me encanta esa fe suya por lo que provoca.

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“Lo más difícil de escribir, como siempre, es no escribir, saber qué hacer cuando no escribes. Ese vacío con qué se llena”.

Final feliz

Y ahora estaba ahí, de pie, frente al edificio.

Y de nuevo, alzó la cabeza hasta donde el nombre del grupo coronaba la construcción para mirarlo. Es la quinta vez que estoy aquí, pensó.

La habían citado a las 10.30. La llamada la recibió una mañana ocho días antes, cuando estaba absorta leyendo un texto en internet tratando de comprender algunos de los principios físicos que aplicaron en la gastronomía todos los de la revolución iniciada por Adriá. No entiendo para qué me meto en estos temas si ni siquiera termino de comprender el efecto del dichoso alginato y el cloruro. Pero en una tarde de día libre se le había ocurrido desarrollar una serie de entradas en el blog sobre las diferentes técnicas que ahora son cotidianas y que dos décadas antes eran tan poco conocidas, quería explicarlas con un lenguaje sencillo, de andar por casa, para que todos comprendieran el cambio que supuso tener la visión de aplicar procedimientos de un sector en otro. Hacer fácil lo complicado, eso era lo que más disfrutaba.

Así se había ido haciendo un nombre en la Red, escribiendo en su blog sobre gastronomía a falta de un espacio como empleada en algún medio, agencia o lo que sirviera para escribir y vivir de ello. Decidió que no podía seguir esperando cinco años atrás, que las ganas le quemaban los dedos y subían hacia la garganta hasta hacerla casi gritar palabras huérfanas buscando dueño. Mientras la oportunidad llegaba, aquello que estaba configurando en una plataforma llamada WordPress sería su cayo, su coctel, su costa.

Y vaya si fue buena la idea. Hacía dos lustros había tomado la decisión de emigrar de su país, la situación política empezaba a ser poco estable y el trabajo en su profesión no abundaba, pero sobre todo aquellas historias de papel plenas de lugares, guerras, gente con pasado y futuro, costumbres, amoríos, gestos, días de fiesta, contrabando y Rhett Buttler qué guapo es, la llevaron a crear en su cabeza mundos lejanos que anhelaba y a desear desde muy temprano conocer otros destinos.

Partió y se llevó consigo todos sus sueños. Y esos sueños pronto se fueron diluyendo entre bandejas, bebidas, notas de mesa y vajilla que hay que secar y dejar a punto para el siguiente turno. Mientras aprendía a hacer el café con leche templada, en taza de desayuno, corto de café, un vaso con hielo y dos de sacarina pensaba en cómo se había desempeñado durante la entrevista para ayudante de redacción que había tenido en la mañana; mientras entendía que tomar no es beber sino el término general y comer aunque fuese el término general era solo a mediodía, soñaba con entrar como redactora en una revista de tirada nacional. Mientras cenaba a las ocho antes de comenzar el turno alguno le preguntaba si estaba bien porque le había visto algo brillante en la mejilla y la cabeza baja. Es solo cansancio respondía. Cansancio de los currículums enviados, los correos esperanzados con autocandidaturas, las pocas entrevistas y las nulas respuestas.

Y pasaron trabajos de recepcionista, repartidora de flyers, camarera, algunos textos puntuales para un cliente, asistente de contabilidad, ayudante de cocina, friegaplatos, asistencia en la organización de algunos eventos, reportajes esporádicos para un medio de su país, dependienta y algún otro que ni recordaba ya de tanto buscarse la vida. Doce años y media vida de episodios la habían convertido en la que siempre tenía una historia entretenida o graciosa en las reuniones con amigos. El blog llevaba dos primaveras y su marca personal empezaba a ser conocida, los seguidores iban en aumento cada mes, tenía anunciantes que le reportaban algún dinero, la invitaban a eventos e incluso ya había impartido dos charlas como blogger en perjuicio de su pánico escénico.

En esa época ya había ido tres veces al edificio del periódico.

La primera se acercó inocentemente a dejar su currículum. Por supuesto no pasó de la caseta del vigilante, quien aceptó con cara de fastidio el papel y con expresión de tirarlo a la basura tan pronto marchara.

La segunda acudió a entregarle su hoja de vida a una persona de contacto después de enterarse que convocaban a unas prácticas no remuneradas en verano.

La tercera había conseguido que sus datos los recibiera un ayudante de redacción que había conocido en una fiesta y que era el amigo del amigo del amigo de su amigo, el de la historia de una noche de juerga.

No pasaron muchas mañanas cuando ocurrió la cuarta visita. Por casualidad había llegado a la oferta de trabajo que habían publicado, era una vacante para escribir en la sección de ocio y gastronomía de la revista dominical.

Lo que siempre había querido.

Actualizó y reactualizó su perfil, igual hizo con el currículum, cambió la foto dos veces y unas cinco la carta de presentación; buscaba ser original en la redacción para diferenciarse y destacar, pero no quería pasarse en el lenguaje y ser percibida como poco seria. Después habló de nuevo con el redactor que había conocido tiempo atrás y le contó que estaba postulándose, buscó contactar con el jefe de redacción en Linkedin aunque la respuesta a la invitación nunca llegó.

Y la llamaron para una entrevista.

Esa mañana los cambios triplicaron, la chaqueta, el pantalón, el maquillaje. Practicar sus palabras aunque luego fueran otras para escucharse el volumen de voz y la entonación, prepararse para alguna pregunta inesperada y hasta desagradable (¿tienes pensado tener hijos? Perdona, a ti qué te importa), autodefinirse sin ser pedante o demasiado locuaz, pensar en cuatro virtudes suyas y cuatro defectos a la hora del curro que no fuesen la típica tontería de soy demasiado perfeccionista. Qué pesados son estos procesos.

Así que llegó a la entrada, miró hacia arriba con la sonrisa que no sintió las tres veces anteriores y siguió hasta la caseta.

Lo peor no fue no conseguir el puesto, lo peor fue que realmente creyó que todo había ido fenomenal y obtendría la vacante. Lo peor fue el en unos días te llamaremos ya sea para decirte que estás contratada o no pero nos ha gustado mucho tu perfil.

Lo peor fue el café mañanero otra vez para sentarse frente al ordenador y seguir buscando ofertas, enviando correos, encontrar actividades a las que le diera tiempo asistir para hacer contactos. El desánimo. El hay que seguir.

Entonces el blog ya no fue su cayo sino su gran isla, el paraíso al que acudía y en el que desahogaba sus ganas de ser redactora, reportera, entrevistadora, estratega, fotógrafa y diseñadora. Escribía porque se lo pedía el cuerpo, porque necesitaba compartir aquello que le daba tanto placer y en lo que pensaba en medio de los cafés que ahora sí entendía, los horarios de comida, las copas y los clientes.

Hasta que pasaron tres años y recibió la llamada aquella mañana de lecturas de química, guisos y alteraciones. Y ella ahora volvía a mirar hacia arriba, hasta lo alto del edificio del periódico, como las cuatro veces anteriores aunque se había jurado no volver por puro despecho y desilusión. La habían llamado porque ahora eran ellos los que querían contar con su posible firma escribiendo en la revista como la blogger reputada que era. Las vueltas que da la vida pensó. Estaban en pleno proceso de cambios en el contenido y habían decidido ampliar el abanico e incluir periodistas del mundo online para desarrollar algunos temas que interesaban al público, y la gastronomía era uno. Mientras el equipo que la entrevistó se lo explicaba, su cabeza se trasladó a los quince años anteriores, como cuando escribía el resumen de uno de los eventos que frecuentaba.

Esas crónicas solía cerrarlas narrando algún detalle que había visto u oído, reproduciendo una reflexión que le había escuchado a uno de los conferenciantes o sacando una conclusión propia de lo que había aprendido; cerrar bien una historia hacía que esta fuera redonda. Ahora que construía la suya en su cabeza pensaba en cómo concluirla al intuir que no aceptaría la propuesta, tanto desear la llevó a obtener más allá de lo que esperaba y quizás aquello ahora no le convenía tanto. Pero si luego la iba a escribir como pensaba, quería agregar unos párrafos con final feliz de cinco encuentros en quince años, redondear el círculo aunque el cierre fuese diferente al que deseaba al principio, sentir que la larga interrogante que había sido su vida todo ese tiempo terminaba con el signo correspondiente y el punto bien marcado. Cerrar bien una historia era muy importante, y para ello aquellas que contaban de sueños cumplidos siempre eran las mejores. Aunque al final el resultado cambiara.

(Relato finalista en el concurso de relatos de Venezuelan Press 2016)      

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“Sonrisas y lágrimas”

Esperábamos en la cola. Un martes por la mañana no debería haber tanta gente en la primera planta del centro de salud, o eso pensaba yo. Pero llegué y a mi resignación y a mí no nos quedó otro remedio que situarnos al final.

Lo bueno fue que iba rápido. Y rápido avancé hasta ubicarme de cuarta o quinta en el turno. Mientras, oía voces conversando en la zona posterior de la cola, y fue en una de esas que escuché a alguien diciéndole a otra persona, señora allí delante tiene sillas para que se siente mientras espera, y la destinataria del comentario le respondió dame dos besos que eres muy maja.

Entonces miré. Y vi a una señora mayor, muy mayor, encogida porque los años hacen que nuestro cuerpo quiera volver al tamaño con el que vino al mundo, acompañada de una chica sudamericana cuidándola y una sonrisa que iba más allá de sus arrugas.

Le dio dos besos a la mujer que le aconsejó y le dio las gracias. Se acercó a las sillas caminando despacio y se sentó en la del extremo más próximo a nosotros.

Y no hubiese pasado de ser una simpática anciana con una sonrisa contagiosa, pero es que después no paró de contarle a todos los que podíamos escucharla y en voz alta que hay que sonreír. Que sonreír es importante y hay que hacerlo siempre. Que si hay que tener arrugas mejor que sean las de sonreír.

Las cuatro mujeres que estábamos a la espera de nuestro turno delante nos mirábamos y, efectivamente, sonreíamos.

Unos minutos después otra señora que se veía mayor que la primera, no sé si por edad o por su gesto desencajado, se sentó a su lado. Y ella le espetó su mantra enseguida. No estoy segura de si la otra podía escucharla a juzgar por su expresión ajena. Nosotros sí, y las personas que ya estaban  en la mesa de recepción siendo atendidas y las chicas del personal del centro.

Y todos sonreíamos con la señora mayor.

Y sonreímos aún más, bastante descolocados, cuando de repente se asomó un hombre de avanzada edad buscando sitio para sentarse mientras esperaba su turno y la señora se levantó todo lo rápido que pudo para cederle su sitio porque era mejor que descansara.

Lo saludó con la sonrisa que nos hablaba a todos sus perfectos desconocidos, y mientras intercambiaban sitio le preguntó la edad para después contarle que debía sonreír porque era lo mejor que podía hacer. Él tiene 94, ella, 89.

Y la señora se quedó de pie conversando con todos los que quisiéramos escucharla y en eso que llegó mi turno.

Sonriendo solicité lo que fui a buscar, sonriendo le dije hasta luego a la señora simpática y sonriendo me fui pensando en que quizás era verdad lo que me había comentado bajito la mujer que estaba justo delante de mí mientras esperábamos, que lo que decía la señora mayor estaba muy bien pero no siempre se puede sonreír.

Sí que era cierto. La vida a veces no es fácil y contiene episodios que te borran la sonrisa.

Pero puestos, si hay que elegir un principio, me gustaba la idea de aferrarme a la regla de la señora mayor: hay que sonreír siempre aunque uno esté amargado.

Y la historia, además de inspirarme esta entrada, me dejó una sonrisa el resto del día.

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La señora mayor cediéndole su sitio al señor

Historia de una noche

La noche empezó en la tercera planta de la Casa del Libro. Y yo no podía estar más contenta después de buscar sustituto en el restaurante y dejar de trabajar ese día con todo el remordimiento del mundo.

Quería conocer en directo a Curro desde hace tiempo, lo sigo en las redes, y esa calidez que transmite en sus largos textos en su página de Facebook siempre me gustaron. Luego admiré su valentía cuando dejó su trabajo para irse unos meses solo a escribir su futuro libro y últimamente me alegro por el éxito que está teniendo su sueño ya cristalizado.

Por eso quise ir a la presentación, porque algunas personas entusiasman y contagian con lo que hacen.

La sala estaba llena, con su mejor amigo presentando al escritor y al libro, y la actriz Nuria Gago acompañando como lectora de un poema muy importante para Curro y para la historia.

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Presentación de Una Nueva Felicidad de Curro Cañete

 

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Curro

Yo me ubiqué más o menos en la sexta fila del medio de la sala. Curro llegó con unos minutos de retraso y enseguida tomó la palabra para explicarse y darnos la bienvenida.

Descubrí a un chico valiente con sus sueños, que cree en los milagros y los confirma con los hechos. Con un acento lleno de salero andaluz y una frescura adolescente en un espíritu pleno de experiencias y el propósito de aprender.

Llegó y dijo que no quería hablar del libro, pero en realidad su vida es parte de él. Desde el primer momento nos hizo reír con sus salidas sin filtro y me conmovió al contar de sus razones respecto a la muerte. Soltó frases maravillosas que me anoté  para no olvidar, como que la magia es lo que está más allá de lo establecido y aparece cuando estás abierto a lo inesperado, o que las personas valientes son más felices, por eso hay que procurar la valentía aunque sea fingiendo al principio que uno lo es hasta que se convierta en hábito.

Creo que su cercanía propició el desenfado del ambiente, y entendí que no podía ser de otra manera cuando afirmó que tener la muerte presente nos quita muchas tonterías que tenemos en la cabeza. En la vida cada uno tiene su propio caos, y esa persona a la que te estás enfrentando en un momento dado está luchando-trabajando el suyo.

En la ronda de preguntas le interrogué sobre su proceso, pareciera que siempre ha estado viviendo en ese estado de alegría y confianza en el que a mí me gustaría estar la mayor parte del tiempo y que me cuesta tanto a pesar del trabajo diario. Habló sobre la autobservación, el trabajo permanente, el estado de alerta pero sin esperar cambios inmediatos, se trata más bien de conseguir pequeños milagros con el esfuerzo de cada día.

 

La noche siguió con una conversación entre amigos, la de dos soñadores que una vez quisieron ser y lo lograron, la de dos jóvenes que entre colegas de adolescencia, ratos libres, pagas usadas y reuniones al margen de lo correcto, descubrieron su vocación, y a ella se dirigieron, con ella convivieron. Por ella hoy viven y no sobreviven.

Nos quedamos conversando porque eso era lo que apetecía, y yo los escuché narrar sus historias, cómo comenzaron por diversión y porque sí, porque era lo que les salía. Cómo aquello fue tomando forma de proyecto de vida, cómo consiguieron cada paso, cómo cada tropiezo enseñó. Cómo lograron dedicar sus 24 horas a ello.

Y entre anécdotas, recuerdos comunes con el reencuentro, preguntas por aquellos que ya no se ven, pasó la noche.

Y yo sentí que es bueno conocer gente que trabaja por sus sueños. Que cae y sigue, que se toma su tiempo sin perder el paso. Pequeños grandes triunfadores y conductores de sus vidas.

Porque el éxito comienza cuando sientes que amas lo que vas descubriendo, te encuentras pleno con los pasos, porque sabes cuál es el posible destino, ves que eres diferente a ayer porque has trabajado en tu interior aquello que te impedía conciliar el sueño, como cuando concientizas que la ansiedad se está comiendo parte de tu vida.

Es un estado en el que te miras al espejo y estás contento con lo que ves. A pesar de los defectos, de los errores, de los fracasos que te han pulido, de tus manías que suponen una traba, el café obligatorio de las mañanas, las tres mil vueltas para dormir, los gestos que dan suerte y los que no.

Te miras a los ojos en el espejo y sientes que eres coherente, que tus sueños conectan con tu realidad. Que cuando cumplas 80 mirarás atrás y te sentirás orgulloso de lo que has vivido.

 

Ha pasado un mes y sigo pensando en esa noche. Son noches bonitas, que te hacen recordar el sentido de tu vida.

Análisis del tono

Este era un post pensado para ser escrito en enero, cuando el cuaderno está en sus primeras páginas. Da igual, aunque este ritmo en el que vivo no me haya dejado hacerlo antes, llevo semanas pensando en una idea…

Se trata del libro en blanco. El que se abre cada enero de comienzo de año.

Yo me dedico a la redacción, escribo textos para quien me lo pide mediante unas pautas previas y una investigación sobre el tema en cuestión. Lo que ahora llaman un copywriter.

Cuando trabajo, antes de empezar a escribir, debo conocer varios aspectos y tomar decisiones con ellos. Saber a quién me dirijo, elegir la extensión de lo que quiero contar, establecer el tono de lo que voy a redactar.

Porque no es lo mismo escribir un texto que se perciba como formal y distante, a hacer uno que se entienda amigable y cercano. No es lo mismo redactar con palabras escasas que transmitan parquedad, que explayarte en cada punto y referirte de tú a quien te leerá.

No es lo mismo narrar desde un sujeto agresivo o victimista que desde una voz entusiasta y con ilusión por lo que cuenta.

Entonces pensé que el año nuevo es igual. Una página en blanco, un lápiz / bolígrafo / teclado para escribir.

Unos objetivos a cumplir, una extensión a elegir, un tono para seguir.

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El tono de tu vida, imagen: unsplash.com

En ese cuaderno, que es el nuevo año, hay una página en blanco para comenzar, una página en blanco en la que cada uno decidirá cómo iniciar el texto, con un objetivo que la mayoría de las veces dejamos olvidado al cabo de dos semanas, y un tono que puede ser apático y en piloto automático o lleno de optimismo y convencido de que te mereces lo mejor.

Y se que sueno a libro de autoayuda, pero no, es puro convencimiento.

En el tono del mensaje se esconde gran parte del secreto.

En el tono proyectarás lo que quieres transmitir y lo que recibirás de vuelta.

Con el tono decides si escribes el libro de tu año convencido de que puedes lograr lo que te propongas o mejor no soñar para evitarte despechos. Con el tono que elijas quizás sonreirás desde la primera página, y ya sabes que la vida muchas veces es un espejo que refleja la imagen que das, y en las otras en que no hay devolución, sonreír es el mejor recurso para provocarla. La sonrisa, digo.

En el tono hay un gran secreto…

El de cómo quieres que te vean.

El de lo que expresas.

El de lo que probablemente recibirás de vuelta.

Y tú dirás, me está hablando del enfoque; sí, el tono se deriva del enfoque. Si mi tono es de queja, puede que reciba días grises porque la concentración en lo oscuro no me dejará ver algún punto de luz. Si mi tono se centra en lo negativo no veré otra salida.

El tono decidirá en gran parte el contenido de ese cuaderno, unas hojas que representan 365 días de tu vida. Acordémonos de escribirlo con uno optimista, amigable y lleno de esperanza, y con colores bonitos para que, cuando lo hojees rápido al finalizar el contenido, te alegre la vista.

No te olvides del tono.

Documentos importantes

Una declaración de intenciones haría falta.

Una declaración que al suscribir lo dicho de forma escrita llevara a pasar de una vez por todas la página y espantar fantasmas.

Una declaración que ayudase a olvidar los miedos que pensabas que con los años desaparecerían. Porque ya lo sabes, creías a los dieci que al crecer y solo por hacerlo las musarañas se irían a tomar vientos y las inseguridades también, porque sí.

Aparecerían en su lugar los objetivos claros y el porque yo lo valgo y con ellos la pisada firme y la adulta vuelta de todo.

Pero después de más de dos décadas te enteras, como quien se entera del significado de una nueva palabra, que la historia no era tan fácil, que las inseguridades pueden llegar a transformarse, pero seguir siendo inseguridades, que a los miedos de tanto permitirlos les has dejado demasiado espacio y que las musarañas ni siquiera mutaron. Allí están rampantes y de fiesta en tu cabeza.

Entras en esa edad madura en la que cuando eras niña todos parecían que tenían la vida resuelta, y tú miras con asombro como cuando descubriste la palabra concupiscencia hace un montón de años con Aute porque la canción te gustaba y la palabra sonaba a concubinato que no, que el significado era otro, igual que las caras resueltas de esos adultos de tu infancia.

Concluyes que no todo era como parecía. Que de puertas afuera podemos fingir para que no nos vean las heridas. Que a veces disimulamos para que no nos señalen lo perdidos que estamos.

Una declaración de intenciones serviría entonces para desahogar primero los miedos, vomitarlos en un papel/pantalla y así poder decirles adiós muy buenas. Después de escrita lo mejor sería releerla para asegurar que no se olvida poner alguna cosa de las que pretendes convertir en desecho.

Y con ello comprobar que no pasa nada aunque parece que seas la única de 40 que se siente así aunque sepas de caretas y disfraces. Que cada vida tiene un proceso y requiere su tiempo y no hace falta compararse como jodidamente hacemos tantas veces.

Que las inseguridades están ahí pero eres consciente de que existen y las respiras para manejarlas y eso es un cambio. Que la manía de hablar sola desde chica ahora sirve para verbalizar fantasmas y volverlos pequeños.

Que tienes mucho valor al seguir buscando  y no conformarte con lo que toca aunque asalte la desorientación con frecuencia. Que en los días de serenidad agradeces estar en compañía de ti misma.

Que tanta búsqueda te ha enseñado a observar y al observar has aprendido a buscar historias y esas historias son las que te hacen escribir.

Que aunque estás mostrando toda tu fragilidad en una declaración de intenciones las letras siempre fortalecen.

Que estás aprendiendo la importancia de aceptar. Aceptar para cambiar. Aceptar para vivir.

Y con la aceptación asumes que tienes mucho miedo. Te cagas de miedo. De no saber si encontrarás, si lograrás, si obtendrás.

Asumes  que la incertidumbre es la misma vida y ya puedes tirarte al suelo a patalear por pretender lo contrario y llenarte de ansiedad.

Entiendes que las cosas  a veces no son como esperas. Y lo aceptas, como las arrugas que estrenaste hace poco en el entrecejo y los pequeños michelines laterales por negarte a dejar el chocolate.

Como las listas de tareas con las que te has llenado los días durante años porque la vida era hacer y hacer como veías en los anuncios de la tele de pequeña con mujeres estresadas pero siempre bellas y con el cutis terso. Pavadas.

Como que te dispersas con la ráfaga de pensamientos que hay en tu cabeza desde primera hora de la mañana y ya te olvidaste de qué fuiste a hacer dos pasos después en la habitación.

Asumes que a veces de tanto hacer te pierdes haciendo sin resolver. Que pensar es bueno pero no exageremos, los riesgos de las comidas de cabeza son altos.

Aceptas para confiar, confías para hacer, hacer para estar donde quieres.

Entonces escribes las intenciones, que en realidad era el objetivo inicial de estas líneas y ya llevas más de 600 palabras con la comida de cabeza que quieres dejar a ratos. Aunque en realidad ya han sido dichas entre tanto aceptar y asumir.

Y después de escribir y releer esta declaración, la instrucción es quemarla en el fuego como se hace en algunos rituales.

Y empezar a hacer. O no hacer. A pensar. Y a no pensar.

Pero a aceptar, a confiar y a vivir sí que sí.

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Carta a un inmigrante querido

Te parecerán raras estas líneas cuando estoy todo el día preguntándote y diciéndote. pero hay ciertas cosas que no aprendí a verbalizar, crecí callándome, y callándome descubrí que escribir era una salida para contar las palabras que a veces se me acumulan en la garganta, como hoy que te quiero contar que lo que vives ahora  es eso, vivir.

O más bien un curso intensivo, un taller exprés, una clase rápida. Porque salir del lugar de donde se viene es quedar desprovisto de lo conocido que tienes alrededor; es como ir caminando tranquilamente por un bosque confiado en conocer la orientación que llevas y de repente salir a un claro muy amplio y darte cuenta de que no sabes cómo volver, y en ese momento ves que tu gente no está para preguntarle y que te oriente, el teléfono para llamar lo dejaste en la mesilla del cuarto y el mapa no pensaste en comprarlo. Solo tienes tus propios recursos, los que aprendiste todos estos años, por lo que te toca respirar un poco para calmarte y poder pensar por dónde viniste, mirar al cielo para ver la posición del sol en busca de orientación y recordar cuando eras niño y aprendiste que si miras bien los detalles puedes encontrar pistas para conseguir el sendero exacto que anduviste.

Cuando sales de eso que ahora todo el mundo llama zona de confort vives en un tiempo condensado lo que otros tardan varios -o muchos- años en recorrer, y por mucho que te diga que todo pasará y después será una anécdota y te animes con historias que te cuentan con la mejor intención sobre gente que llegó y consiguió todo lo que quería rápidamente, nadie va a saber como tú sabes lo que sientes ahora. La soledad de no tener a mano a una cara conocida, la incertidumbre de no saber si lo que viniste buscando lo conseguirás mañana mismo o dentro de muchos meses, la angustia de las cuentas que sacas a diario a ver si el dinero te alcanzará hasta el mes que viene. La duda, la inmensa duda, de pensar si lo estás haciendo bien, si vale la pena el esfuerzo. Las ganas durante varios segundos del día de algunos días de salir corriendo y volver a lo conocido, aunque aquello no te gustara, pero por lo menos allí siempre habrá una puerta que se abre y te recibe, un chiste malo para alegrarte el día, un teléfono al que acudir para pedir ayuda.

Ahora no podré convencerte de que pasará. Pero pasará, claro que pasará. Ahora te toca mirar para adentro porque no hay bastones que te ayuden a caminar fuera. Ahora es tiempo de respirar muchas veces cada jornada de búsqueda para serenarte y pensar, conectar con tu esencia, ser consciente de la inmensa capacidad que tienes y creértelo de una buena vez porque más te vale hacerlo. Ahora es época de recordar y extrapolar aquello que aprendiste un día en el liceo y emplearlo para hacer el contacto que quieres en el lugar que quieres. Ahora es el momento de aferrarte a ti mismo y saber que todo lo que ves fue inventado por alguien un día y tú también puedes hacerlo.

Y te asaltarán varias o muchas veces esas ganas de salir corriendo, como a las cinco días de llegar a Madrid e irme a caminar hasta Tirso de Molina llorando porque la ciudad se me caía encima, no tenía con quien hablar y quería coger la maleta y volver a casa porque quién me habrá mandado a inventar venirme a España. Después de un rato te aseguro que pasarán  porque ya habrás hecho algún amigo que está igual que tú y se habrán desahogado los dos, y tendrás entre manos algún recurso para ganarte la vida aunque sea mientras tanto; volverán cuando el jefe imbécil que tienes te reclame algo que a todas luces es injusto, y se irán después de lanzar un zapato contra la pared y tomarte dos cervezas porque sabes que con ese trabajo conectarás con el proyecto que siempre soñaste.

Y después de un tiempo alternando días malos con otros menos malos y algunos francamente buenos; después del primero, el segundo y el tercer trabajo; encontrarte con gente que también está buscando y salió de su tierra como tú; tenido uno o varios romances; mirarás una mañana de resaca de domingo atrás y caerás en la cuenta de que el tiempo pasó, y los peores momentos también. No supiste -o sí- cuándo cambió la dinámica, pero ahora sientes que todo sigue su curso y vas encontrando lo que llegaste buscando.

Entonces te acordarás de lo que sentiste aquellos primeros días cuando saliste de casa y no podrás evitar sonreír pensando en todo lo que has aprendido este tiempo. Te gustará ver la ruta recorrida y vivida, y comprobarás que, efectivamente, todo ha pasado.

Todo ha pasado y yo estaré allí para felicitarte por el camino que te habré visto recorrer y decirte con una sonrisa y en modo maternal te lo dije mientras pienso en todo lo que te quiero y lo feliz que me hace verte crecer.

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