Final feliz

Y ahora estaba ahí, de pie, frente al edificio.

Y de nuevo, alzó la cabeza hasta donde el nombre del grupo coronaba la construcción para mirarlo. Es la quinta vez que estoy aquí, pensó.

La habían citado a las 10.30. La llamada la recibió una mañana ocho días antes, cuando estaba absorta leyendo un texto en internet tratando de comprender algunos de los principios físicos que aplicaron en la gastronomía todos los de la revolución iniciada por Adriá. No entiendo para qué me meto en estos temas si ni siquiera termino de comprender el efecto del dichoso alginato y el cloruro. Pero en una tarde de día libre se le había ocurrido desarrollar una serie de entradas en el blog sobre las diferentes técnicas que ahora son cotidianas y que dos décadas antes eran tan poco conocidas, quería explicarlas con un lenguaje sencillo, de andar por casa, para que todos comprendieran el cambio que supuso tener la visión de aplicar procedimientos de un sector en otro. Hacer fácil lo complicado, eso era lo que más disfrutaba.

Así se había ido haciendo un nombre en la Red, escribiendo en su blog sobre gastronomía a falta de un espacio como empleada en algún medio, agencia o lo que sirviera para escribir y vivir de ello. Decidió que no podía seguir esperando cinco años atrás, que las ganas le quemaban los dedos y subían hacia la garganta hasta hacerla casi gritar palabras huérfanas buscando dueño. Mientras la oportunidad llegaba, aquello que estaba configurando en una plataforma llamada WordPress sería su cayo, su coctel, su costa.

Y vaya si fue buena la idea. Hacía dos lustros había tomado la decisión de emigrar de su país, la situación política empezaba a ser poco estable y el trabajo en su profesión no abundaba, pero sobre todo aquellas historias de papel plenas de lugares, guerras, gente con pasado y futuro, costumbres, amoríos, gestos, días de fiesta, contrabando y Rhett Buttler qué guapo es, la llevaron a crear en su cabeza mundos lejanos que anhelaba y a desear desde muy temprano conocer otros destinos.

Partió y se llevó consigo todos sus sueños. Y esos sueños pronto se fueron diluyendo entre bandejas, bebidas, notas de mesa y vajilla que hay que secar y dejar a punto para el siguiente turno. Mientras aprendía a hacer el café con leche templada, en taza de desayuno, corto de café, un vaso con hielo y dos de sacarina pensaba en cómo se había desempeñado durante la entrevista para ayudante de redacción que había tenido en la mañana; mientras entendía que tomar no es beber sino el término general y comer aunque fuese el término general era solo a mediodía, soñaba con entrar como redactora en una revista de tirada nacional. Mientras cenaba a las ocho antes de comenzar el turno alguno le preguntaba si estaba bien porque le había visto algo brillante en la mejilla y la cabeza baja. Es solo cansancio respondía. Cansancio de los currículums enviados, los correos esperanzados con autocandidaturas, las pocas entrevistas y las nulas respuestas.

Y pasaron trabajos de recepcionista, repartidora de flyers, camarera, algunos textos puntuales para un cliente, asistente de contabilidad, ayudante de cocina, friegaplatos, asistencia en la organización de algunos eventos, reportajes esporádicos para un medio de su país, dependienta y algún otro que ni recordaba ya de tanto buscarse la vida. Doce años y media vida de episodios la habían convertido en la que siempre tenía una historia entretenida o graciosa en las reuniones con amigos. El blog llevaba dos primaveras y su marca personal empezaba a ser conocida, los seguidores iban en aumento cada mes, tenía anunciantes que le reportaban algún dinero, la invitaban a eventos e incluso ya había impartido dos charlas como blogger en perjuicio de su pánico escénico.

En esa época ya había ido tres veces al edificio del periódico.

La primera se acercó inocentemente a dejar su currículum. Por supuesto no pasó de la caseta del vigilante, quien aceptó con cara de fastidio el papel y con expresión de tirarlo a la basura tan pronto marchara.

La segunda acudió a entregarle su hoja de vida a una persona de contacto después de enterarse que convocaban a unas prácticas no remuneradas en verano.

La tercera había conseguido que sus datos los recibiera un ayudante de redacción que había conocido en una fiesta y que era el amigo del amigo del amigo de su amigo, el de la historia de una noche de juerga.

No pasaron muchas mañanas cuando ocurrió la cuarta visita. Por casualidad había llegado a la oferta de trabajo que habían publicado, era una vacante para escribir en la sección de ocio y gastronomía de la revista dominical.

Lo que siempre había querido.

Actualizó y reactualizó su perfil, igual hizo con el currículum, cambió la foto dos veces y unas cinco la carta de presentación; buscaba ser original en la redacción para diferenciarse y destacar, pero no quería pasarse en el lenguaje y ser percibida como poco seria. Después habló de nuevo con el redactor que había conocido tiempo atrás y le contó que estaba postulándose, buscó contactar con el jefe de redacción en Linkedin aunque la respuesta a la invitación nunca llegó.

Y la llamaron para una entrevista.

Esa mañana los cambios triplicaron, la chaqueta, el pantalón, el maquillaje. Practicar sus palabras aunque luego fueran otras para escucharse el volumen de voz y la entonación, prepararse para alguna pregunta inesperada y hasta desagradable (¿tienes pensado tener hijos? Perdona, a ti qué te importa), autodefinirse sin ser pedante o demasiado locuaz, pensar en cuatro virtudes suyas y cuatro defectos a la hora del curro que no fuesen la típica tontería de soy demasiado perfeccionista. Qué pesados son estos procesos.

Así que llegó a la entrada, miró hacia arriba con la sonrisa que no sintió las tres veces anteriores y siguió hasta la caseta.

Lo peor no fue no conseguir el puesto, lo peor fue que realmente creyó que todo había ido fenomenal y obtendría la vacante. Lo peor fue el en unos días te llamaremos ya sea para decirte que estás contratada o no pero nos ha gustado mucho tu perfil.

Lo peor fue el café mañanero otra vez para sentarse frente al ordenador y seguir buscando ofertas, enviando correos, encontrar actividades a las que le diera tiempo asistir para hacer contactos. El desánimo. El hay que seguir.

Entonces el blog ya no fue su cayo sino su gran isla, el paraíso al que acudía y en el que desahogaba sus ganas de ser redactora, reportera, entrevistadora, estratega, fotógrafa y diseñadora. Escribía porque se lo pedía el cuerpo, porque necesitaba compartir aquello que le daba tanto placer y en lo que pensaba en medio de los cafés que ahora sí entendía, los horarios de comida, las copas y los clientes.

Hasta que pasaron tres años y recibió la llamada aquella mañana de lecturas de química, guisos y alteraciones. Y ella ahora volvía a mirar hacia arriba, hasta lo alto del edificio del periódico, como las cuatro veces anteriores aunque se había jurado no volver por puro despecho y desilusión. La habían llamado porque ahora eran ellos los que querían contar con su posible firma escribiendo en la revista como la blogger reputada que era. Las vueltas que da la vida pensó. Estaban en pleno proceso de cambios en el contenido y habían decidido ampliar el abanico e incluir periodistas del mundo online para desarrollar algunos temas que interesaban al público, y la gastronomía era uno. Mientras el equipo que la entrevistó se lo explicaba, su cabeza se trasladó a los quince años anteriores, como cuando escribía el resumen de uno de los eventos que frecuentaba.

Esas crónicas solía cerrarlas narrando algún detalle que había visto u oído, reproduciendo una reflexión que le había escuchado a uno de los conferenciantes o sacando una conclusión propia de lo que había aprendido; cerrar bien una historia hacía que esta fuera redonda. Ahora que construía la suya en su cabeza pensaba en cómo concluirla al intuir que no aceptaría la propuesta, tanto desear la llevó a obtener más allá de lo que esperaba y quizás aquello ahora no le convenía tanto. Pero si luego la iba a escribir como pensaba, quería agregar unos párrafos con final feliz de cinco encuentros en quince años, redondear el círculo aunque el cierre fuese diferente al que deseaba al principio, sentir que la larga interrogante que había sido su vida todo ese tiempo terminaba con el signo correspondiente y el punto bien marcado. Cerrar bien una historia era muy importante, y para ello aquellas que contaban de sueños cumplidos siempre eran las mejores. Aunque al final el resultado cambiara.

(Relato finalista en el concurso de relatos de Venezuelan Press 2016)      

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Notas de verano I

Supongo que el suelo del mar tiene algo de lunar. Yo nunca he estado en la luna, pero en algo me recordaba a las imágenes. Esos pliegues simétricos formando surcos que solo se alteraban superficialmente cuando el agua venía con fuerza tenías algo de primitivo y sagrado, de no dejarse tocar por los estragos que nosotros los humanos vamos haciendo a nuestro paso.

Yo con mi plaf plaf nadando los iba conociendo y reconociendo, cada dibujo delante de mí, cada línea, la cóncava, la convexa y viceversa, y después de un número de brazadas me iba hacia abajo para tocarlas y entonces rompía con mi atrevimiento la secuencia simétrica cual depredador intentando acabar con el orden establecido. Aunque sospecho que una vez marchado el estorbo cada línea de arena volvía a su orden, ignorando la intromisión, la petulancia del que no es y quiere ser.

Después tocaba salir del agua, tomar sol, comer, su cara a unos centímetros y besos cada poco, leer ese libro de relatos de Eloy Tizón que al principio me desconcertó y después me maravilló por la belleza de sus líneas y sus personajes llenos de bruma.

Observar. Las gaviotas en una playa volando muy bajo  que se juntan a unos metros de mí con otras para bajar del cielo, buscar alimentos y seguir siendo mortales. Esas dos niñas que aprovechan la lejanía de la autoridad para adentrarse un poco en el agua y darse besos por toda la cara incluida las bocas que descubrían. Los desnudos de quienes prescinden de cualquier tela para encontrarse con el mar y qué graciosos se ven en pelotas y con el equipo de snorkel puesto. Yo intentaba imaginarlos vestidos porque la ropa dice mucho de nosotros, de nuestra clase social, qué espanto de etiqueta, o más bien del que queremos aparentar; del estilo que pretendemos exhibir ante el mundo porque es nuestra forma de ver la vida, aunque esa familia que está a mi lado no necesita de ropas para intuirla con su todoterreno, el perro lánguido, él con su altura y sus rasgos anglosajones, ella con su poca estatura y rostro de india sioux y esas hermosas niñas mestizas.

Cada playa era una escenografía, el escenario de una representación, nuestras historias, metauniversos jugándose la importancia de quedar en nuestros recuerdos. Viajes de ida y vuelta.

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La cita

Solía terminar de trabajar a las 12.30 de la noche. Me iba entonces caminando hasta Cibeles para coger el N8, y siempre me sentaba en la escalinata del edificio de Correos a esperar. Allí lo vi la primera noche. Era alto y muy guapo, y menos mal que estaba oscuro porque me sonrojé cuando se acercó a hablarme, aunque después me confesó que le hizo gracia mi cara colorada.

Esa noche conversamos un rato hasta que llegó el autobús. Cuando se abrieron las puertas rogué por que él también lo estuviese esperando. Y sí, subió conmigo y continuamos juntos hasta que bajé.

Así comenzamos unas citas que no eran citas cada noche en la parada de Cibeles. Y así estuvimos un mes hasta que me invitó a tomar un café. Esa tarde me arreglé como nunca, y valió la pena.

Ahora que han pasado treinta años de aquellos encuentros con mi marido, la gente me mira como si estuviera loca cada noche que voy a Cibeles a esperar el N8 y me pongo a conversar con él en la escalinata y en el bus. Creen que hablo sola, pero él está ahí esperándome llegar cansada. Es alto y tan guapo…

Este es el microrrelato con el que estoy participando en el concurso que ha organizado la empresa de autobuses de Madrid EMT por su aniversario, necesito que voten por mí porfa, solo es un momento, pinchen aquí y déjenme su voto si? Graciaaaaaass

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Mirar

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Y en aquella metrópoli donde el tiempo transcurría despiadadamente, las personas corrían para llegar primero, los coches avanzaban sin piedad, los perros seguían resignadamente a sus amos en sus carreras, los pájaros y las flores vivían sabiendo que se les ignoraba… En aquella metrópoli el ángel los miraba con tristeza esperando que se detuviesen un segundo apenas a mirar el cielo, a mirarlo a él que los cuidaba sin que ellos lo supieran. Pero no, no había tiempo en la metrópoli. Y él se preguntaba porqué seguía allí…