Ay nena

Si solo le falta ponerse el palo entre las piernas. Yo no sé qué le pasó después de la boda, porque antes le encantaba tenerme en su casa los fines de semana y a veces incluso nos invitaba a comer y me hacía los platos que a mí me gustan.

Pero después, después se transformó, y ahora se dedica a meterle cizaña a la hija y a fastidiarme la vida.

Ella no es como la típica suegra bruja. Es que en ella se basaron para inventar el término.

Nada más casarnos empezó a ir domingo sí, domingo también a casa, es que extraño a mi niña, decía. Se presentaba con ocho envases de media trayendo comida que había hecho. Y no, ya no era la que me gustaba a mí, era solo la que prefería su hija.

¿Y este señor se ocupa contigo de la casa?, que no crea que tú tienes que hacer las tareas sola mi amor, que tú también trabajas. ¿Y no van a hacer nada esta tarde? Nena que los hombres se acomodan y se olvidan de complacerla a una, le decía cada vez, tú exígele hombre, que cada vez que vengo está tirado en el sofá viendo la tele, se parece al Simpson.

Y todo esto a dos metros de distancia de mi humanidad, no es que la doña se corte y espere a que me vaya al jardín a tomar el sol con mi cerveza, como si no tuviera derecho a descansar después de trabajar toda la semana, que su hija siempre prefiere hacer ella las cosas cuando llega. Y se queda dos, tres y cuatro horas, que no se echa el día entero porque según ella es muy considerada y “entiende que necesitamos privacidad”.

Mucha intimidad pero siempre aprovecha cualquier percance para soltarme alguna llena de veneno, como cuando llegó y mi mujer me estaba reclamando que recogiera la ropa que había dejado dos días antes tirada en el salón o el día de la cucaracha. ¡Nena! Dile que la mate (es que últimamente soy invisible para ella a la hora de dirigirme la palabra, todo va por indirectas); ¿cómo que les tiene fobia? ¡si está pálido! Espera que me quito la chancla –nos visita en chándal y chanclas. Sin comentarios al respecto-. Un hombre tiene que encargarse de estas cosas, tu padre, que Dios lo tenga en su gloria, como buen jefe de hogar arreglaba las averías, armaba los armarios –y los de verdad, no los de Ikea- y mataba todos los bichos. Si hasta se llevaba la escopeta de cazar a la casa de verano. Eso es un hombre con aquellas bien puestas.

Pues nada. Ni hombría me queda con esta bruja. Y todo por mi terror a las cucarachas, ¿y qué si me dan muchísimo asco?

La vieja ese día la mató con su chancla de flores amarillas y fucsias. Cuando la volví a mirar una vez pasado el susto, me estaba observando de arriba a abajo con todo el desprecio del que podía hacer gala, miró a su hija y solo le dijo, ay nena, con un tono de profunda pena, como si se hubiese casado con un pervertido o un maltratador; cogió su bolso tamaño XL –con chándal y chanclas, repito- y se fue.

Pero la cosa no terminó ahí, porque en la noche, cuando estábamos en el sofá, en plena reconciliación después de una buena pelea por lo bruja que es su madre, va y llama. No se qué le decía a mi mujer porque ella solo me miraba con cara de circunstancia y decía sí mamá, no mamá. Así 15 minutos de reloj. Yo me la imaginaba con el sombrero, la verruga en la nariz, la cazuela gigante cociendo algún hechizo para alejarme de su hija y el teléfono en la oreja apretado con el hombro mientras mezclaba con la cuchara de palo. Cuando terminó la llamadita toda la magia se había perdido y ora vez discusión. Pero esta vez sí se lo dejé claro, no aguanto a tu madre, o hablas con ella o hablo yo. Es mi madre y lo hace porque me quiere. Pero que su madre le había dicho que ya no nos molestaría más, que sabía que no la soportaba y que no quería convertirse en una pesadilla para su matrimonio.

Y tanto. Cuando desperté aquella mañana, luego de un sueño agitado, me encontré convertido en un insecto monstruoso.

611x458

El olor

Fue mi primer trabajo en España. Me vine con los ahorros que había logrado acumular, venta del coche y liquidación del contrato que tenía mediante. Después de un año restringiéndome de paseos y caprichos y terminado el master todo se había agotado y ya no me quedaba un duro, por no tener no tenía ni la documentación en regla.  No recuerdo entonces ni cómo lo conseguí. Era un puesto de recepcionista en un locutorio en Batán, junto a la Casa de Campo. El dueño era un abogado peruano especializado en inmigración cuya oficina estaba en la planta superior del local y que resultó ser un tipo bastante mañoso, básicamente se aprovechaba de mi condición de ilegal para pagarme 700 euros por 10 horas de trabajo al día con una pausa para comer, es decir, solo trabajaba, comía y dormía.

Lo anecdótico no era la explotación a la que estaba sometida, que de esas historias hay miles y peores que las mías. Lo curioso eran las clientas más habituales que tenía el negocio para hacer llamadas.

Debía abrir el locutorio a las 9 de la mañana, por lo que llegaba cada día unos minutos antes. Ellas ya estaban esperándome para entrar conmigo. Tenían aspecto cansado, pero sobre todo olían muy mal. Las putas de Casa de Campo me producían mucha pena y al mismo tiempo repulsión. A mis 26 años yo nunca  había tenido un contacto tan cercano con mujeres de la calle, ni siquiera con gente de África. En realidad, no conocía mucho fuera de mi marco de referencia.

Siempre se presentaban en grupo, unas cinco o seis, y sus  edades eran variadas, aunque ya sabemos que la gente de color suele arrugarse con menos facilidad y aparentar menos edad, porque eran negras como la noche,  igual que contaba mi mamá sobre mi abuelo. Venían de trabajar toda la luna, y me lo explicaban en ese inglés nigeriano que tanto me costaba comprender. Me esperaban para llamar a sus familias.

Las cabinas estaban justo enfrente de mi mesa, y a veces las cinco estaban ocupadas por ellas. Yo trataba de no detenerme mucho mirándolas para que no lo tomaran a mal, pero entre su apariencia exuberante, ropas ajustadas, vestidos cortos, escotes pronunciados, el olor que despedían y los gritos que daban era imposible no observarlas. Sobre todo me sorprendía cuando alguna cerraba la puerta y se escuchaba más bajo llorando porque tenía un hijo al que no veía desde hacía mucho o enviaba dinero a un familiar enfermo. Trabajaban vendiendo su cuerpo para ayudar a su gente.

Así, hablaban por teléfono, asomaban la cabeza para decirle algo a la de la cabina de al lado, me hacían alguna seña cuando se cortaba repentinamente la llamada y luego seguían su conversación a distancia. A veces se presentaba uno que supongo era el chulo. Un negro muy alto y con cara de mala hostia, con cadenas gruesas de oro, múltiples anillos y un olor a perfume fuerte que se sentaba en las sillas que estaban junto a la entrada a esperarlas y que a veces las apuraba en un tono muy áspero. Nunca supe por qué no las dejaba hablar el tiempo que ellas querían.

Yo volvía a casa dos veces al día, a las 2 para almorzar (no tenía dinero para comer por allí) y a las 10 cuando terminaba la jornada. Mientras iba en el metro llorando porque odiaba el trabajo, los horarios, el pago, a mi jefe y a las putas pensaba en sus vidas, en lo que hacían, en cómo serían sus sentimientos, en cuántos hombres tendrían que follarse cada noche para oler de esa forma, en cuánto ganarían y cuánto les quitaría el chulo. En que alguna vez tuvieron una vida llena de sueños en la que no se esperaban esto. O sí.

Lo peor llegaba cuando terminaban de hablar por teléfono y me tenían que pagar; yo previamente había apilado todos los papelitos que salían de la máquina impresora conectada a cada cabina y que señalaban lo que iban consumiendo cada una en hablar. Sucedía que con frecuencia se registraban  llamadas que en realidad habían caído en el contestador y que ellas habían cortado rápidamente, pero que significaban para la caja no recuerdo si 30, 40 o 50 céntimos. Al acumularse varios de ellos en cada teléfono y juntarlos con las llamadas reales el monto subía. Y ellas siempre se negaban a pagar esas llamadas fallidas. Yo les trataba de explicar que tenía que cobrárselos porque se habían registrado en la máquina y equivalían a una llamada (si no temía que mi jefe me los descontara) pero ellas protestaban, me hablaban secamente, muchas veces casi gritándome, y replicaban  sacando cuentas, “¡gimmi a pensa!!” me decían y yo no comprendía sus palabras, hasta que entendí que me pedían un bolígrafo, y sumaban y luego restaban y también retaban: esto es lo que te voy a pagar, y me dejaban ese dinero, el exacto, contado en monedas una por una.

Otras veces, dependiendo de cada una, entendían mis alegaciones ya con bastante mal humor por mi parte al tener que lidiar con aquello cada día y me daban lo que les pedía. Y se iban llevándose el olor con ellas.

De cuando en cuando volvían de nuevo por la tarde. Alguna me explicaba que salían a trabajar. En esas ocasiones no recuerdo sentir ningún hedor y sí ver una apariencia más fresca y desenfadada mientras el resto de los clientes que estaban en los ordenadores las miraban con desprecio, intriga o curiosidad. Llamaban, hablaban y se iban.

El día que no se presentaban me extrañaba, y me preguntaba si les había pasado algo.

Así sucedió cada día mientras trabajé en ese locutorio de Batán. Al final no aguanté los horarios interminables, el sueldo miserable, la cara de explotador de mi jefe y el olor mañanero de las putas. Renuncié sin tener ninguna otra perspectiva a mano porque estaba desesperada y no me daba la gana de seguir aguantando. Fue un mes.

relato, prostitutas casa de campo

Imagen: femepress.es

 

PD: Este fue el primer relato que escribí en mi curso; en realidad, son recuerdos míos narrados en forma de relato. Se me ocurrió hacerlo a raíz de una sugerencia de una amiga 2.0, Bypills, que en algún momento me dijo, a raíz de un comentario mío por mi accidentada vida laboral, que escribiera sobre mis experiencias. Este es el resultado, quizás me anime a escribir algunos más.

Bestiario

No lo vi llegar hasta que ya lo sentí. Junto a mi cuello, susurrándome cerca de la oreja, su aliento se me hacía espeso, oscuro. Una bruma acechante, el vaho que impide ver con claridad, el aire fétido que envuelve al oxígeno y no te deja respirar. No soportaba que estuviese.

Ya sabía yo lo que vendría a partir de ese momento, su presencia era una inquieta certeza que comenzaba como un presentimiento e iba cobrando fuerza en la misma medida que yo me iba haciendo más pequeña.

– No lo podrás lograr, me dice, si lo haces y sale mal te sentirás derrotada después.

 Yo trago grueso y lo miro con desazón, noto como mi piel se va afinando mientras esa angustia tan familiar comienza a hincharse dentro de mí, como un globo que se infla hasta estar a punto de explotar. Trato de refutar lo que me dice.

– Pero puede salir bien, solo tengo que tranquilizarme y pensar en positivo.

Hay batallas que son muy difíciles de librar.

– ¿De verdad lo crees? Y me mira a los ojos, desafiante. Y a mí me parece que el ángulo desde el que lo miro comienza a ser cada vez más bajo. Nunca lo has hecho, ¿sabes cuántas personas hay mucho más expertas que tú?

Si solo supiera por qué me dice estas cosas podría manejar mejor la situación…

– Necesito intentarlo, le digo. Pero no sé si se me escucha porque el aire es cada vez más espeso y me ahoga y la fetidez hace que los músculos de mi garganta se cierren y yo ya no sé si lo que se ha escuchado es mi voz con una frase de dos palabras o mis lágrimas que cortan las sílabas.

Es mi desazón, es el vaho, es su mirada acusadora. ¿Acusándome de qué?

– Precisamente, me dice, mejor no hagas nada y te evitas el posible sufrimiento.

¿Y por qué me dice eso? He perdido el control de lo que digo y lo que pienso. No sé si lo que pienso lo he dicho o lo que digo lo he pensado. Solo tengo consciencia del aire y de sus palabras, de que lo demás retumba en mi cabeza y pareciera un desfile de bandas donde todo se confunde y nada está claro y todo es posible porque no sé si es real. Pero atino a responder, a hilar frases que no sé de qué parte de mi inconsciente salen:

– Si lo hago tengo posibilidades de por fin encontrar ese sitio que estoy buscando, y eso es lo mejor que me puede pasar.

Me gustaría pensar que se va a callar.

– ¿Y si sale mal? te sentirás nuevamente frustrada ¿eso te gusta?

¿Por qué no se calla?

– ¿Te quieres sentir mal de nuevo contigo misma? Ellos te recriminarán tus fallos y terminarán echándote, ¿quieres eso?

Solo puedo negar con la cabeza.

– Tengo que recordarte que esa posibilidad es real. Quédate tranquila y no te arriesgues. Es por tu bien.

Cállate…

Me tapo las orejas con las manos, sacudo la cabeza. Cállate. ¿Por qué no te lo digo? Por qué permito que invadas este espacio y tu voz retumbe potente y bárbara en la habitación, en mis oídos, en mi cerebro. Por qué no te digo que todo lo desconocido tiene un riesgo, y ese riesgo tiene dos caras en su resultado. Por qué no me planto y te digo que a pesar del vaho, del olor fétido, de la mirada, de tus palabras como navajas. Que a pesar de eso lo voy a hacer. Por qué.

Y sé que ahora te irás. Pero no será muy lejos.

 

PD: Estoy haciendo un curso de Relato Breve, como cada semana tenemos que escribir un texto, he aprovechado para revisar relatos que hice hace un tiempo y publiqué en este blog. Este es uno de ellos.

miedo, bestiario, relato

Imagen: Essentia for all

 

Querido cartel

IMG_6588

Esta fue la foto que le tomé al letrero cuando lo vi por primera vez, pensé, ¡está escrito pensando en mí! Llegué al local por casualidad, me fui a dar un paseo por la playa para respirar y serenarme, ya sabes que esos días mi vida era toda turbulencias, de hecho, fue durante esa caminata cuando tomé la decisión de separarme. Ya llevaba un rato andando y pensando y sentí sed, me puse a mirar en los cafés que habían en el paseo marítimo y este me llamó la atención, entre el color turquesa de la decoración, el nombre La más bonita, y lo acogedor que se veía entré, y cuando pasé  a la terraza vi el cartel. No se qué me pasó, con todo lo que llevaba dentro, leer esas líneas me removieron aún más, solté algunas lágrimas parada allí, de forma absurda, enfrente de un simple letrero de pizarra. Fíjate cuál sería mi expresión que un camarero se  me acercó  para ver si iba todo bien, le dije que sí secándome la cara, y le pregunté quién había escrito aquello por curiosidad.

IMG_6590

Me contó que a los días de abrir (era uno de los dueños) una señora muy mayor estuvo con su nieta tomándose una merienda, tenía una apariencia humilde y sencilla, como la gente de las huertas cercanas. El cartel estaba puesto pero aún buscaban una frase para escribir, y como no se les había ocurrido algo más original que “bienvenidos” lo habían dejado así hasta pensar algo mejor. El caso es que la doña, al ver el letrero, le preguntó si podía escribir algo, él le dijo que encantado porque así tenían una cosa escrita por una clienta, y le dio un trozo de tiza, entonces ella se la entregó a la niña que tenía como 8 años y le dictó la frase. Fue la niña quien le puso el arroba, que por cierto, la abuela no entendió, me contó con una sonrisa.

Desde entonces el cartelito está ahí. Pero ese día yo leía y releía la frase, me senté en la mesa más cercana para seguirlo viendo y pensaba sí, estoy lista para el futuro, estoy lista para cambiar lo que no me hace feliz, estoy lista para hacer planes. Sentí un subidón ¿sabes? Salí de allí plena, decidida.

Me separé, me mudé sola, empecé a salir y a conocer gente. Más o menos un año después comencé a verme con otra persona, pero no duró mucho, aunque fue muy intenso. Cuando rompimos volví a ir al café y me senté de nuevo una hora junto al cartel, leyéndolo y pensando. Un aprendizaje más en mi vida y ahora a mirar de nuevo al futuro. Seguí con mis cosas, trabajo, amigos, alguna salida los fines de semana, comida familiar los domingos, etc. Estaba tranquila, pensando que lo mejor estaba por venir.

Pero seis meses después de aquello me quedé sin trabajo, un ERE aplicado en la empresa y de repente sin la estabilidad que tenía desde hacía ocho años. Me deprimí, no sabía qué hacer, qué te voy a contar si nos vimos varias veces en ese tiempo. Y otra vez un día me fui a la playa para caminar y serenarme y de nuevo en este lugar, leyendo el cartel. Me di cuenta que mirarlo y pensar en la frase me tranquilizaba porque me hacía pensar desde otra perspectiva. Ahora podría llevar a cabo cosas que antes no hacía por falta de tiempo, o por estar atada a la ciudad. Empecé a hacer planes en mi cabeza y me animé un poco pensando en el futuro, estaba lista.

Pasó más tiempo, fue cuando me fui seis meses a estudiar inglés a Inglaterra ¿te acuerdas? volví y encontré aquel curro por un año. En esa época empecé a salir con otro chico, nos iba muy bien, y estábamos planificando mudarnos juntos cuando tuvimos una pelea monumental, él decía que yo quería hacer todo a mi gusto y yo alegaba que él pasaba de las cosas. De nuevo, me vine aquí, pero esta vez la pizarra estaba borrada, negra. Sorprendida porque ya era un ancla psicológica para mí, le pregunté al mismo chico qué había pasado. Me contó con cara de circunstancia que hacía dos semanas había vuelto la abuela autora del texto, le había pedido una bayeta y ella misma había borrado la frase, él sorprendido le preguntó por qué lo hacía, y ella le dijo que ya no era necesario que estuviese allí, y que en su momento vendría otra persona a escribir las letras necesarias. Yo estaba perpleja, y el chico sonriendo me dijo que a él le había quedado la misma cara.

Aquello me descolocó, ¿por qué una frase que me resultaba tan potente había desaparecido por decisión de su autora? Me fui sin consumir nada y estuve en la playa como dos horas reflexionando. La historia del letrero hizo clic en mi cabeza.

IMG_6609

Después me reconcilié, y nos fuimos a vivir juntos como habíamos planeado; se acabó mi contrato, decidí emprender por mi cuenta, mi padre fue operado de emergencia tras un infarto. Y un día sentada tranquilamente en mi casa, me di cuenta.

Cogí mi bolso y me vine aquí. Había pasado un año desde la última vez. Como presentía, encontré la pizarra vacía. Le pedí una tiza al camarero que me reconoció y escribí lo que ves.

IMG_8324

PD: La más bonita existe, está en Valencia, me gustó tanto el cartel que me inspiró esta historia. Esta es la web

La cita

Solía terminar de trabajar a las 12.30 de la noche. Me iba entonces caminando hasta Cibeles para coger el N8, y siempre me sentaba en la escalinata del edificio de Correos a esperar. Allí lo vi la primera noche. Era alto y muy guapo, y menos mal que estaba oscuro porque me sonrojé cuando se acercó a hablarme, aunque después me confesó que le hizo gracia mi cara colorada.

Esa noche conversamos un rato hasta que llegó el autobús. Cuando se abrieron las puertas rogué por que él también lo estuviese esperando. Y sí, subió conmigo y continuamos juntos hasta que bajé.

Así comenzamos unas citas que no eran citas cada noche en la parada de Cibeles. Y así estuvimos un mes hasta que me invitó a tomar un café. Esa tarde me arreglé como nunca, y valió la pena.

Ahora que han pasado treinta años de aquellos encuentros con mi marido, la gente me mira como si estuviera loca cada noche que voy a Cibeles a esperar el N8 y me pongo a conversar con él en la escalinata y en el bus. Creen que hablo sola, pero él está ahí esperándome llegar cansada. Es alto y tan guapo…

Este es el microrrelato con el que estoy participando en el concurso que ha organizado la empresa de autobuses de Madrid EMT por su aniversario, necesito que voten por mí porfa, solo es un momento, pinchen aquí y déjenme su voto si? Graciaaaaaass

10593195_10152746978464684_2292325475363651537_n

Castigo de lunes

(Relato gastronómico de mi otro blog, http://www.lagastroredactora.com)

Cuando la madre llegó con ella en las manos fue situada justo enfrente suyo. Ambas se observaron con sorpresa, la de reconocerse la una en la otra, y por esa misma razón, luego la mirada fue de inusitada extrañeza. Se dedicaron unos cuantos segundos a verse detenidamente, de arriba abajo y de izquierda a derecha.

La recién llegada decidió dar el primer paso:

– Holaa, quién egges tú?

– Eh? respondió la otra, ¿por qué hablllas así? tu?

– Nu entiengdo, hablo noggmal, peggró mi acento es fggrancés.

– ¡Ah! molt bé…

Otro incómodo silencio para detallarse mejor…

– ¿Mog be? preguntó la francesa.

– No es mog be, es molt bé, respondió la otra secamente. Es català. Soy catallana, ¿no me ves? todos me conocen aquí, soy parte del recetario tradicional de mi tierra, dijo orgullosa. Me llamo Crema Catalana.

– ¡Oh la la!! Cggrema catalana! yo no te conozco a ti, peggo somos mu paggrecidas. Mi nombgre es Crème Brûlée.

– ¡Y tanto!… Crème qué?

– ¡Brûlée!

– ¿Brulé?

– Oui. Je suis la afamada créme brûlée, un postggre típico de la France conocidu en todo eg mundo. Me conocías ¿vegrdad?

– Pues no.

– Oh!… Qué extgraño… Pero tú tienes la misma costgra de sucre encima. No seggremos pggrimas?

– No creo, ¿eh? soy auténtica catallana de famillia catallana. Y en este punto el tono de su voz cambió. Empezaba a sentir verdadera desconfianza de esa intrusa recién llegada…. ¡Que encima parecía que la imitaba!

– Eeeeee, pues yo soy auténtica fgrancesa, respondió la crème brûlée altiva y en tono de revancha.

– Pues para ser tan auténtica parece que me imitaras a mí… bonica.

– ¡¿Comme???!! Yo soy la ggran crème brûlée, ¿cómo se te ocuggre decigme eso?

– ¡Diciéndotelo, eh! Vistes con un cuenco de barro, igual que yo, y también eres clara con una costra de sucre, no sucggré como dices, que eso te lo has inventao… ¡Que crème brûlée ni que crème brûlée! ¡Una estafadora lo que eres!

– ¡Mon dieu!!! ¡¿Cómo es posibléee?! Grito indignadísima. ¡¡Je suis el dessert fgrrancés pog excelenciaa!! Me pgrepagran desde 1691, ¡todos los fgranceses me adoggran! Degde Paggrís hasta el pueblo más pequeño. Soy la ggreina en la France y en el mundo y ¡tú me estás copiando!

– ¡¿Pero qué dices tía?!! Si ya en los libros medievales se cuenta cómo me preparaban. ¡La imitadora eres tú! ¡gilipolles!

– Oooooo ¡no voy a toleggrar que me digas eso!

– La que no tolera soy yo que estaba primero aquí. ¡Prou! ¡fuera de aquí!

– ¡Oh merde! ¡Eggres una petaggrda!

– ¡¿Pero qué te has creído?! ¡ Ves a pastar fang!

– ¡Crètin!

– ¡Imbécil!

– Fill de….

 

¡Diego!!

………
¡Diego! ¡Ven aquí ahora mismo!!

El niño se acercó cabizbajo con cara de pena para causar lástima..

¡¿Qué has hecho?! exclamó la madre muy molesta.

Mami, tu me dijiste que podía comer…

Que podías comer un poquito de la crema catalana o la crème brûlée. ¡No comértelas enteras las dos!!!

Pero es que no sabía cuál era la crema y cual la crem esa que dices.

¿Y eso te justifica?

Es que las probé las dos y estaban buenas las dos, pero me supieron igual, dijo bajito… Y como vi que quedaba un poquito de cada una, ya pa’ dejar el poquito allí… mejor me lo comía.

¿Ah sí? Pues castigado sin postre el resto de la semana… Y hoy es lunes!!

………………………………………………………………………

PD: Aunque sus sabores son muy parecidos y mucha gente no las distingue, en realidad las formas de preparar la crema catalana y la crème brûlée son diferentes. La crema catalana se espesa con huevo y almidón de maíz, mientras que la crème brûlée se hace con crema de leche, huevo y se cocina al baño María.

Sobre sus orígenes, el postre catalán aparece ya en documentos medievales, en el Llibre de Sent Soví del siglo XIV y el Llibre del Coch del siglo XVI. Es considerado uno de los postres más antiguos de Europa. En cuanto al dulce francés, ya aparece registrado en el libro de Le nouveau cuisinier royal et bourgeois, en 1691. Algunos dicen que es la versión gala de un postre que ya se hacía en la Cataluña francesa, y otros afirman que proviene de un postre inglés llamado Trinitry Cream que al pasar a Francia se hizo muy popular.

Lo cierto es que, crema catalana o crème brûlée, solo mirar las fotos se hace agua la boca….

crema catalana wikipedia

creme brulee

Ellos

“No espero ni pido que nadie crea el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir”… Era el restaurante de moda en la ciudad, y ellos, los dueños, la pareja estilosa que se reunía cada día con la gente más cool, los dos triunfadores que habían montado en plena crisis un restaurante-discoteca de 150 metros cuadrados en el barrio más caro de la zona y habían superado con creces las expectativas de aquellos que opinaban y decían saber asegurando al principio que era una osadía su proyecto. Una osadía, afirmaban, aunque esa misma gente también sabía perfectamente de la potente red de relaciones públicas que se habían ido asegurando gracias a su círculo social y a puestos anteriores, de eso y de los rumores de negocios turbios que funcionaban por detrás y que supuestamente les habían facilitado todo el respaldo económico que necesitaron para poner en marcha el proyecto. Pero ellos no hacían caso de los comentarios, disfrutaban su status y comentaban con arrogancia cuando les preguntaban que no había sido una osadía sino todo un acierto aprovechar sus ventajas para emprender algo propio con el mayor éxito.

Durante seis años el establecimiento fue la referencia en cuanto a gastronomía y vida nocturna de la ciudad. Él conquistaba con su apariencia de chico bien proveniente del norte del país y estilo moderno; ella atraía a todos a su alrededor con su belleza exótica, su acento extranjero, su vestuario a la última y esos gestos sofisticados que resaltaban aún más cuando llevaba a su gato angora blanco en brazos, el animal que parecía parte de su puesta en escena.

Juntos formaban el dúo perfecto, una pareja llena de glamour, con el toque de prepotencia justa para que todos quisieran acercarse a ellos y muy sagaces como empresarios. En el local cuidaron siempre cada detalle, la carta al principio estuvo compuesta por platos mediterráneos con guiños a la cocina asiática tan de moda en esa época; luego le introdujeron pinceladas de cocina peruana cuando esta empezó a superar a la otra como última tendencia. No era alta gastronomía ni cocina de autor, pero los platos tenían éxito por jugar con sabores atractivos y una vajilla espectacular. La decoración por su parte también era certera, tonos cálidos con mobiliario vintage cuando los competidores aún seguían con el estilo minimalista, y abundantes tejidos en paredes y sillas que le daban la calidez necesaria a un espacio tan grande. Todo había sido milimétricamente planificado para que no faltara ningún detalle, el personal y su vestuario, la música de fondo durante las cenas y la de forma en la discoteca, la mudanza en minutos a las doce de la noche del salón que desaparecía para darle cabida a la pista de baile. Ellos eran un ejemplo a seguir de éxito y buen hacer.

Por eso fue que nadie entendió cuando hace poco, y en pleno apogeo, cerrarán de un día para otro. La clausura fue noticia tanto en medios relacionados con restauración, como en la prensa del corazón y revistas económicas locales, el mejor establecimiento del sector no volvía a abrir sin aviso previo. De ella no se supo nada, él fue quien habló por los dos y comunicó mediante una especie de nota de prensa y una declaración en un programa de chismes que necesitaban cambiar de aires y producir proyectos nuevos, que por ahora se tomarían un año sabático para recorrer el mundo después de tantos tiempo trabajando sin parar  y luego se instalarían en otro lugar para emprender con un nuevo local de restauración, quizás Sidney, quizás Tokio. Algunos dijeron que detrás de tanto éxito había deudas grandes producto de la mala administración, otros insinuaron que sus negocios oscuros los llevaron a un túnel sin salida. El caso es que él se veía bastante tranquilo los días posteriores al cierre mientras terminaba de sacar algunos muebles y papeles del local que traspasaban, asunto que resolvió rápidamente ya que muchos vieron la oportunidad de continuar el concepto y repetir la historia.

Lo que nunca se supo es que abajo, en el sótano que hacía las veces de almacén del local, detrás de la estantería situada al fondo en la que se colocaba la vajilla de repuesto en un lado y  la mantelería en el otro, yacía el cuerpo sin vida de ella, tapiado en la pared que había sido disimulada hábilmente con un trabajo rápido de albañilería. El gato, su gato Pluto, el que siempre la acompañaba colgado de sus brazos a supervisar cada tarde el restaurante antes de abrir para que todo estuviese perfecto, era el único que sabía su paradero, por eso vagaba por el local como si no quisiese irse, y la mayor parte del tiempo estaba ahí en el sótano maullando triste cerca de la pared.

Aunque me estoy equivocando al contároslo, no era solo el gato, él también sabía dónde estaba ella.