Invierno

Sentí que necesitaba una pausa.

Lo organicé todo y me tomé un día. Era un martes pletórico con un hermoso sol de invierno después de unos días de lluvia sin pausa. La luz de esta época en Madrid cuando da de pleno es preciosa, brilla oblicuamente y te inunda la cara, el calor penetra los poros y abriga a la tiritante piel que se llena de vida y energía.

Ese día me permití cambiar lo cotidiano, desayunar en un lugar diferente de la casa, ir hasta el centro de una forma distinta a la habitual. Caminar distraída mirando al cielo, a los edificios, a las estatuas que los rematan.

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Madrid, centro

Me permití sentarme a pensar en nada y en todo. En la belleza de la caída de los rayos del sol a través de aquel árbol en la plaza, en las palomas que cruzaban y se detenían a explorar y a mirar a esa persona que las observaba porque qué raro son ellos.

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Madrid, Plaza de la Paja

En lo que ha sido mi vida hasta ahora y en lo que quiero lograr. En la reacción que tuve aquel día y en lo que me molestó en el otro.

En lo bien que me sentía conmigo misma sentada en ese banco de la plaza de la Paja y en cuanto me pierdo con tanta carrera por hacer y hacer y hacer.

En que esperar puede convertirse en una forma de vida y es un error.

En que una vida sin presente está condenada a la ansiedad y a la frustración.

En que para vivir no haría falta tanto si no lo complicáramos todo.

Y he tenido que parar la carrera para saborear todo aquello.

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Madrid, La Latina

Mirar

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Y en aquella metrópoli donde el tiempo transcurría despiadadamente, las personas corrían para llegar primero, los coches avanzaban sin piedad, los perros seguían resignadamente a sus amos en sus carreras, los pájaros y las flores vivían sabiendo que se les ignoraba… En aquella metrópoli el ángel los miraba con tristeza esperando que se detuviesen un segundo apenas a mirar el cielo, a mirarlo a él que los cuidaba sin que ellos lo supieran. Pero no, no había tiempo en la metrópoli. Y él se preguntaba porqué seguía allí…

El hombre en la playa

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Había muy poca gente bañándose en la playa por la frialdad del agua, es lo que tiene el Atlántico. Por eso llamaba la atención, en una extensión de 10 metros aproximadamente de la orilla solo se veía él, acostumbrando a sus piernas a las bajas temperaturas y mirando el ir y venir de las olas, parecía quererlo desafiar, al mar quiero decir, como dándole a entender “tú no puedes conmigo”. O era más bien que el movimiento continuo del agua le servía para reflexionar sobre su vida sin ser molestado por ruidos que le quitaran claridad a sus pensamientos.

O quizás era algo más simple: quería mirar el mar.

Portugal, agosto 2012

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