Trepar, beber, volver

Hace unos días hice un seminario online sobre copywriting (¡vaya con los anglicismos!) desde casa. Tenía el audio abierto en mi portátil, por lo que mi chico, que estaba por ahí, escuchaba lo que explicaba la persona que lo impartía. En una de esas me preguntó si realmente me venia bien la información porque a él le parecía bastante obvia. Yo le respondí que me resultaba muy útil puesto que algunos principios no los conocía y la mayoría, aunque ya los sabía, me venía bien recordarlos puesto que muchas veces se olvidan.

Muchas veces se olvidan. Los principios básicos se olvidan. Lo primero que aprendiste y que luego se fue solapando con lo que vino después, conceptos más elaborados, principios más complicados a los que hay que dedicarles más tiempo para entenderlos por nuevos y complejos… En el proceso te enriqueces, desarrollas habilidades, mejoras en desempeños y vas superando etapas.

Pero un día descubres estudiando en un seminario que lo primero que aprendiste era importante y fue lo primero precisamente por eso. Entonces viene bien redescubrirlo desde el cristal con el que ves ahora para aplicarlo junto con todo lo demás que has aprendido desde entonces.

Como cuando vas a una cafetería y te da por pedir un batido de frutas tropicales porque te acordaste de los que tomabas varias tardes a la semana con tus amigas del alma en la universidad y aquella salida consistía en arreglarte, subirte al coche, buscarlas o quedar con ellas allí y echar media tarde riendo y planeando besos, vasos de ron con Coca Cola y teorías sobre hommo sapiens sin saber que mientras saboreabas la fresa, la guayaba o el zapote estabas construyendo recuerdos que tantos años después recogerías de una parte de tu memoria por el sabor artificial, desagradable y soso de una bebida en una cafetería más allá de un océano.

Y ya lo sé, eso no es información básica. Lo básico es la sensación de simple felicidad que traían consigo las tardes de batidos de frutas en el puesto junto a la plaza República, las historias con el sonido de la batidora de fondo, la lectura de la pizarra y el qué nos apetece hoy mientras una contaba la última cita y todas respondíamos qué imbécil es ese tipo. No lo sabíamos.

Como cuando salía a correr con mis hermanos y la diversión consistía en trepar el árbol a ver quién llegaba más arriba para alcanzar los mangos que después nos comeríamos a escondidas de mamá  porque nos gustaba verde y con mucha sal y eso no se puede comer muchachos porque es malo para la salud, y nosotros nos reíamos en el patio trasero de casa escondidos y sintiéndonos unos auténticos pillos.

Lo básico.

Ahora mi bandeja de entrada electrónica es invadida a diario por mensajes que dicen que si me inscribo a X curso, hago X seminario, me apunto al taller para el que quedan 48 horas, mi vida cambiará porque lograré la realización personal y laboral que busco. Son personas talentosísimas a las que sigo porque lo que hacen es bueno, y que cada cierto tiempo necesitan vender el producto que han creado y que a mí me gustaría adquirir pero no puedo llegar a todo mientras me quedo con una sensación de completa saturación después de varios días leyendo asuntos con sutiles o directas presiones. Son tantos queriendo ayudar con su producto, o soy yo que de masoquista los leo todos. No se si seré la única. La que se satura. La que se pregunta si hay un momento en la vida en que tienes que volver a lo básico, a lo que hace muchos años te hizo feliz para ubicar los claros entre tanta espesura y pájaros que tienes en la cabeza. Volver a soñar con un batido de frutas. Trepar un árbol y ser feliz.

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Imagen: comidaparabajardepeso.com

Bombones para los días tristes

Y se que no debería porque ya bastantes excesos cometí durante el verano.

Pero las revistas siempre dicen que el chocolate ayuda en los días de baja producción de endorfinas en el cuerpo, y ellas son las que se encargan de subirte el ánimo, así que me aferro al argumento como el drogadicto a las sustancias y tengo así la excusa perfecta para seguir engordando.

Y asimilar mientras consumes miles de calorías que no entiendes lo que pasa, aunque el azúcar no produzca epifanías.

Te dedicas a la observación y la autoobservación, comprendes tus emociones, analizas los factores, conoces la idea general y las posibles soluciones. Estás consciente del camino y de su tránsito, de las piedras que a veces te encuentras, de los tramos llanos y fáciles de andar, de los trozos fangosos que te dan serios problemas y ralentizan el paso, de los troncos o bichos inesperados que te hacen caer. Del cielo limpio en el horizonte y la brisa suave que te hace silbar mientras marchas porque el paso es maravilloso; de las nubes negras cargadas hasta volverse rechonchas como una gorda de Botero que traen consigo relámpagos que pueden llegar a detener tu recorrido e incluso plantearte otro sendero.

Y sabes todo eso porque ya los has vivido. Y sabes que el punto, el punto esencial, es no parar, bueno, a veces si es necesario, pero para discernir el procedimiento a fin de continuar y en muchas ocasiones para respirar y mirar hacia arriba solo por el placer de disfrutar la vista con todos los demás sentidos. Pero no parar del todo ni a largo plazo porque corres el riesgo de volverte inerte, un punto muerto en el paisaje aéreo del sendero, una piedra más en el camino con todo su gris.

Entonces disciernes, respiras y miras hacia arriba, incluso te acuestas un rato a la vera donde está el monte para no pensar demasiado a ver si luego el cielo estará mas despejado o la mirada más tranquila. Y no encuentras el cómo a pesar de que el qué, el por qué y el para qué están claros.

No sabes cómo tornar, como confiar, cómo aceptar.

No entiendes lo que pasa.

Entonces te acuerdas de la bolsa de bombones guardada desde hace meses en la nevera, la que te has ido comiendo poco a poco para evitar el remordimiento de conciencia, la que dices que solo conservas porque fue un regalo  y de la que reniegas cada vez que te miras al espejo y notas alguna anchura más, pero no eres capaz de deshacerte de ella. Y qué más da, te dices, en los días tristes el cuerpo pide bombones para las endorfinas aunque en mi caso en los alegres también. Mientras, las revistas añaden que el chocolate es adictivo, yo creo que se lo inventaron para endulzarte las penas.

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Imagen: Pinterest

Escribiendo

Pienso en mis ganas de escribir. Son muchas junto con mi capacidad de dispersión.

Uno letras durante diez minutos y tengo la necesidad de mirar el teléfono, phubbing se llamar ahora al enganche que muchos tenemos con los smartphones.

Lo miro y me digo concéntrate. Y me concentro. Veinte minutos, media hora; entonces pienso en que quizás mi chico me ha enviado un whatsapp importante (que me quiere, alguna anécdota en el curro, etc.) o me ha llegado un correo interesante para mi trabajo. Y vuelvo a mirar.

Me observo y sonrío. Vaya enganche tienes hija. E intento tratarme con ternura, como la madre que comprende pacientemente la necesidad del hijo adolescente de opinar y llevar la razón. Finalmente he comprendido que siendo tan dura conmigo misma no lograré cambiar hábitos y sí reforzar la ansiedad. Pero necesito disciplina.

Entonces me digo ok Laura, estás enganchada, no obstante, puedes cambiarlo si te concentras y lo concientizas y estás atenta observándote. Las malas costumbres se pueden transformar de a poco, 66 días dice un estudio que hicieron en una universidad de Londres.

Pongo el teléfono boca abajo para no ver la pantalla, como si haberlo puesto en silencio no valiera, y me dedico a escribir. Cada ciertos minutos se me va la cabeza -no lo puedo evitar, soy dispersa por naturaleza- pero abandono un rato el dichoso aparato y logro avanzar en el relato de turno.

Y siento nuevamente lo feliz que soy escribiendo.

Redactar una frase, parar, seguir. Detenerme un minuto porque la siguiente no se termina de aclarar en mi cabeza o no encuentro la palabra justa. Tengo la idea, se lo que quiero escribir, pero no hallo esa concatenación de letras que que quieran decir eso que yo quiero decir y que además suene fluida, bonita. Joder. Leo desde el principio para encontrar fluidez y continúo el hilo por fin.

Un párrafo más, y otra vez me detengo. Pero si tengo la imagen ¿por qué no la expreso?, acudo al recurso de leer en voz alta, menos mal que estoy sola en casa, escucharme me resulta porque la idea recitada como si estuviese conversando con otra persona me ayuda a encontrar las palabras que quiero en mi cabeza, las que me suenan bonito. Y salta la interrogante, ¿qué es bonito?

Aquellas frases que me resultan armónicas al oído, que a veces salen fáciles (hay momentos que es como un dictado en tu cabeza) y otras cuestan más. Y me acuerdo de mi profe hablando de la pereza que se nota a veces en algunos textos.

Los párrafos bonitos son los que en la medida que leo siento que van fluyendo, leyéndose fácil porque todo va a juego. No encuentro una explicación más lógica y objetiva. No la se definir de otra forma. Escribo por intuición, porque cuando hago la bendita pausa para mirar el teléfono después de un rato de concentración siento que el tiempo ha pasado sin darme cuenta y el estado de satisfacción que eso me da es glorioso, porque cuando estoy redactando y surge una idea para darle un giro interesante a la historia mi cuerpo siente una inyección de adrenalina inmensa y mis manos aplauden como si estuviese frente a la ejecución de una banda de música fascinante, porque cuando imagino una idea que puede ser una historia mis dedos tienen la urgencia de un bolígrafo o un teclado que les ayude a salir lo que su dueña quiere expulsar. Eso para mí es la vocación. Es tan intenso que me hace llorar. Y me pregunto qué utilidad tendrá para el resto del mundo este amor mío porque no la encuentro, pero es.

Y pensar que este post comenzó queriendo escribir de otra cosa. En otra ocasión será.

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Hotel Kafka, antigua sede

La teoría

No siempre los recuerdos gratos deberían repetirse. Corres el riesgo de echarlos a perder, desilusionarte como un globo pinchado, convertirlos en una historia sin final feliz. A veces deberían conservarse intactos, congelados en el espacio de los recuerdos y revividos como el día que eternamente se repite cada vez que acudamos a ellos. Impolutos de sentimientos desagradables.

Hace varias semanas fue el cumpleaños de mi chico. Al ser una ocasión especial (40 cumpleaños!) quisimos hacer algo especial y decidimos ir a cenar a un lugar al que fuimos cuando comenzábamos a salir (hace muuuuuchos años) y al que no habíamos vuelto. Es un restaurante de ticket medio alto.

Aquella cena había sido un momento bonito de nuestra historia, una velada plena de bienestar, con el romanticismo y la ingenuidad de un amor que recién comienza, comida sorprendente y un buen servicio. Ese, el grato recuerdo, fue la razón que nos hizo repetir 10, no se si 11 años después la visita.

Y como se intuye con el primer párrafo de estas líneas, la segunda parte no fue tan buena como la primera. No ocurrió nada especialmente desagradable, simplemente el salón no fue tan elegante, ni el servicio tan esmerado, ni la comida tan sorprendente.

Y yo me pregunté de quien había sido la culpa, si de nosotros que perdimos romanticismo por el camino, del sitio que realmente abandonó esa calidad que recordábamos con entusiasmo, o simplemente sucede que con los años cambiamos y aquello que recordamos como excepcional en un momento de nuestra vida, después al mudar como personas hace que varíe nuestra percepción. Supongo que como siempre no hay una respuesta uniforme y será una de las tres razones dependiendo de cada situación, pero en este caso ha tenido mucho que ver la tercera.

Porque aunque la rutina a veces pasa como una avalancha haciendo estragos en una vida en pareja, seguimos teniendo citas y arreglándonos emocionados para vernos guapos para el otro; aunque los desórdenes de las mañanas, las frases que no se dicen y el cansancio cotidiano hagan mella en la ilusión, sigue habiendo un te quiero como mínimo a diario y un no me duermo si no te siento al lado.

Porque en todos estos años ese lugar ha permanecido intacto con la misma persona al mando de los fogones, orgulloso del trabajo que hace y conservando su buena reputación.

Pero nosotros somos seres evolutivos, nuestro pasado es el de hace cinco segundos y no volvemos a ser los mismos con cada avance de la aguja. Cambiamos y cambia lo que percibimos, lo que oímos, vemos, saboreamos, olemos, tocamos. Cambia porque cambiamos por dentro aunque lo de afuera siga igual.

Entonces quizás, solo en algunas situaciones, no deberíamos repetir aquello que nos ha hecho felices… aunque solo sea una teoría.

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver

Joaquín Sabina

Papeles reposados

De vez en cuando miro viejas libretas que guardo. Me gusta tener siempre alguna hoja en blanco disponible para anotar ideas, pensamientos, inspiraciones. De un tiempo para acá el smartphone también cumple esa función, y está bien, pero no tiene el mismo encanto que desempolvar papeles.

Porque descubro una letra que es la mía y a veces ni entiendo. En ocasiones está acompañada de una fecha, entonces me reconozco o no en un pensamiento anterior. Me sorprende que la nostalgia casi siempre está presente, auqnue fue hace tiempo que supe que me gusta mucho Sabina por esa razón.

Me pasa entonces que sonrío al leerme en ciertas ideas, supongo que el día que vuelva a hojear el diario que tuve a los 11-12 años y que aún existe guardado en algún lugar de un armario de la casa de mis padres me reiré con ganas. Otras veces me sorprende alguna frase que me ha parecido buena y que no sé por qué dejé olvidada allí. También me harto de párrafos que expresan siempre la misma queja. Y me hace gracia mi manía de escribir todo lo que siento. Me viene a la cabeza el caso de un político francés, no hace tanto, en el periodo Sarkozy, al que descubrieron en unas movidas extrañas de tráfico de influencia y trato favorable para obtener ganancias económicas. Fue por esa manía de escribir lo que le pasaba que lo descubrieron a través de unos papeles suyos. Tengo muy mala memoria y no recuerdo más detalles, pero si alguien conoce lo que estoy contando que me lo diga.

Supongo que será -lo de la manía- porque nunca he tenido mucha destreza explicándome al hablar. Y como igual necesitamos expresarnos buscamos y empleamos los recursos que mejor se nos dan.

El caso es que hoy descubrí unas líneas que escribí hace un tiempo en una libreta. Dados los otros textos que la acompañan deduzco que tendrán unos dos años de existencia. Expresan lo mismo que siento ahora, y de seguro no es algo que pensaba hace 10 o 15 años.

Lo bueno de estos escritos perdidos es que son testigos de quien has sido y quien eres y de cómo vas cambiando. Somos seres evolutivos y adaptables y lo lógico -o es lo que pienso- es que cambiemos a lo largo de nuestra vida.

Lo malo es cuando te lees y notas una involución en tu presente….

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Pasa y no te das cuenta.

La vida transcurre, nacemos, crecemos, descubrimos la adolescencia y entramos a la adultez de lleno. Las estaciones se repiten en los lugares donde existen y el cielo se sostiene claro y lleno de luz por muchas horas hasta que la noche lo vence, resiste a un sol inclemente, se refresca con la lluvia y se hiela con la nieve y los atardeceres tempranos.

La vida transcurre.

Y nosotros transcurrimos con ella. Despacio. Deprisa. Dejándonos ir como mejor podemos, nos establecemos rutinas y cotidianidades que paulatinamente vamos sustituyendo por otras rutinas y realidades en la medida que crecemos.

Hasta que un día te encuentras con una que pertenece a lo que ya no es.

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Desorden meditado

Le encuentro cierta fascinación al desorden doméstico.

No es que yo sea partidaria de vivir en una casa patas arriba, y menos cuando se habita una de 40 metros cuadrados como la mía.

Pero una vez leí algo así como que son los objetos los que conforman el hogar, ese sitio que cada uno consideramos nuestra casa, en el que guardamos nuestras pertenencias, las útiles y las que no, desayunamos malos humores, merendamos risas, nos tiramos a la cabeza discusiones, ordenamos llantos frente al espejo y desmenuzamos cenas de sueños.

Y es a través de ellos cuando, al doblar la cobija que quedó tirada, colocar el ordenador en su sitio o devolver el CD a su caja después de una noche de sofá acurrucados, manta y serie, se me dibuja una sonrisa en la cara recordando la tontería entre episodio y episodio y los besos bonitos de sobremesa.

El bolígrafo, la agenda y los papeles que delatan lo que estoy haciendo en mi escritorio de trabajo en ese momento, que me produce tanta ilusión y al que solo yo le encuentro sentido; los libros/ebook y revistas apilados en la mesita de noche porque son los que me interesa leer en esta etapa vital; o los platos lavados pero sin guardar en el fregadero y con los que recuerdo lo que pensé esta mañana mientras me tomaba el café.

Me empeño en recoger para que todo luzca en su sitio y una voz interior me dice que una casa absolutamente ordenada me puede saber a hotel, con su atractivo, si, y también con su ausencia de calidez. Entonces procuro encontrar un término medio entre aquello que me hace sentir en armonía y los objetos cotidianos que conforman los grandes pequeños momentos de mi vida.

PD: como habrás visto, le volví a cambiar el nombre al blog sin variar la url (qué de trastornos ha traído este cambio de decenio). Estuve hablando con un experto en analítica que me aconsejó no canbiar la url puesto que, aunque puedo redireccionar el tráfico, perderé mucha visibilidad de cara a san Google. Así que, por lo pronto, y hasta nuevo aviso, seré extreintañera para no engañar a nadie con mi edad ;p)

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Inevitable

Y este blog ha llegado a su fin.

Hace unos días cumplí 40 años. Lo escribo y no lo creo aún.

En varias ocasiones durante los meses previos me imaginé el post que iba a redactar a propósito de ello, por todo lo que significaría en mi vida y lo que implica para este blog -la pérdida de la razón de ser de parte de su nombre-.

Pensé en una entrada escrita en tono jocoso con imágenes sacadas de Google como las que uso a veces con caras exgeradamente expresivas para reírme de mí misma y del pánico que me daba llegar al numerito.

También pensé en un post escrito desde la nostalgia por todo lo que estaba dejando atrás.

Pero resulta que el cambio de década me ha afectado más de lo que pensaba, y cuando llegó el día no tenía ganas ni ideas para escribir el texto en el que contaba que me había convertido en una mujer de 40 años.

Y como sigo más o menos igual, porque cuando algo me afecta mucho suelo quedarme en primera instancia sin inspiración para escribir hasta que después de tanto acumular exploto y las musas bajan, y quiero escribir el post porque este blog no puede seguir así, decidí contar exactamente lo que me pasa, aunque no sea el mejor texto ni el más bonito de este querido diario…

40 es un número muy gordo.

Y no lo digo porque no he tenido hijos y se me va a pasar el arroz puesto que no me interesa reproducirme.

Ni siquiera es el cambio físico que empiezo a notar con ciertas arrugas que antes no estaban. Aunque dé la sensación a veces de que la vejez es un error social que deberíamos evitar a fuerza de potingues y bisturí.

40 es un número imponente cuando aún sientes que no has hecho las cosas que aspirabas a llevar a cabo antes de.

Y te planteas dónde han estado los fallos, cuáles han sido los errores. Incluso piensas en lo que harás a partir de ahora para que no llegue otro número gordo y te sientas igual de insatisfecho.

Pero hay momentos, como los que he vivido estos días, en los que me he preguntado dónde se quedaron los sueños de quinceañera cuando este presente sonaba tan futuro; en los que me he reprochado -y por qué no decirlo, fustigado- por lo que no hice, porque soy de las que piensa que esa es la única cosa digna por la que arrepentirse; en los que me he preguntado por qué el puto miedo me ha podido en tantas ocasiones.

Ay, Benjamin Button.

Pero como siempre me digo, hay que seguir, lo contrario es abandonarse. De estos días he sabido que quiero estar en paz conmigo misma y hasta un relato ha surgido para ese proyecto de libro que tengo y que tanta ilusión me hace.

A partir de ahora este blog se llamará Diario de una cuarentañera desubicada, si WordPress me deja y no está ocupado ya el nombre. No acepto el término cuarentona por la connotación despectiva que tiene, y como sigo igual de descolocada que hace 10 años, no es necesario cambiar mucho más.

En realidad, no se si alguna vez me sentiré ubicada, pero eso ahora es lo de menos.

Seguiremos.

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40 años

 

PD: cambié el nombre pero no la url. WordPress me dice que si cambio la dirección y no quiero perder el tráfico tengo que comprar una herramienta e instalarla. ¿Alguien conocer un procedimiento sencillo? Gracias!!!