Historia de la cotidianidad

Sucede como un clic.

De esos que llegan cuando miras adentro sin que te rompa el ansia. Y dices cómo no pude verlo antes.

Entonces te replicas que siempre, siempre es más complicado mirar al interior y que en aquello descubierto también entra la dura autocrítica, la que no es saludable, la que va en automático porque el hábito ha hecho que sea más rápido ver lo negativo.

Entonces decides ejecutar lo que aprendiste en esa app de meditación que ahora empleas y que ya sabías pero que no pones en práctica como muchas de las cosas referidas a tus emociones, ser amable cada día contigo misma.

Es como un clic.

Observar que la insatisfacción es un buen motor, siempre y cuando no sea permanente. Que el insomnio no es cosa buena cuando surge del deseo de controlar el futuro.

Que la cotidianidad también puede ser un buen lugar para vivir.

Un lugar en el que todo resulta extremadamente tranquilo porque casi siempre te has situado en sus bordes. Un espacio en el que puede que no haya grandes acontecimientos durante periodos, y que no pasa nada, resulta que también hay una emoción  escondida en elegir la cantidad de azúcar para el café de la mañana, revolver con  la cuchara y saborearlo.

La cotidianidad tiene que si se disfruta deja apreciar aquello que dicen esas frases que cuando las replicas en tu perfil de Twitter por las mañanas solo porque vienen en una bonita gráfica y nada más suenan a mensaje de autoayuda vacío. Sin sustancia.

 

cotidiano, retiro

Atardecer en el Retiro un día de verano cualquiera

 

Hay una extraña diferencia entre saber una teoría  y comprenderla por fin. Hay otra extraña diferencia entre comprenderla y llevarla a la práctica por fin. Entre la primera y la segunda puede pasar media vida. Entre la segunda y la tercera la otra mitad. Así que más te vale adelantarte.

Tú la miras, a la cotidianidad, y la encuentras rara, falta el drama de estar mirando el pasado, inmediato o lejano, para evaluar lo que has hecho; extrañas la ansiedad de pensar en lo que deseas y no tienes porque siempre has querido cosas que deseas y no tienes, aunque hayas cumplido muchas otras, pero no es plan sentirse satisfecha, eso sería un aburrimiento, ¿no?

Y vuelves a pensar que la ironía es una forma de ser violenta contigo misma. Aunque eso lo viste en un libro de coaching, de esos que si lees y no practicas son como las gráficas con frases de autoayuda de Twitter.

Se trata de llegar a un lugar extraño que solo has visitado en ocasiones. Y como todo lugar nuevo necesitas un tiempo de adaptación. Vas pillándote en los hábitos, los que te llevan por inercia a los bordes, y te dices que es interesante darle una oportunidad a la tranquilidad, ponerle tiempos concretos al pasado y al futuro para que no se adueñen del día.

Entonces observas que la sensación es extraña pero vale la pena.

Mirar alrededor, mirando de verdad como se hace al vivir el presente, respirar profundo pensando en el aquí y el ahora, diciéndole al extrañamiento de ti misma que no pasa nada, que siempre dedicarás un rato a los proyectos, a los errores y a las comederas de cabeza.

Sería más bonito explicarlo con frases literarias. Pero te salen palabras cotidianas.

Cotidianas.

Como respirar y sentir. Respirar profundo y soltar. Dejar ir, aprender, aprender a recibir.

La respiración, la de verdad, debería ser algo cotidiano.

Como aprender a manejar los cubiertos, a decir por favor y gracias, a andar en bicicleta. Respirar y ser consciente de inspirar-expirar, respirar para solventar rabias y tristezas cotidianas, respirar como recurso para apreciar lo que tantas veces tienes y olvidas que tienes.

Respirar como has hecho ahora con el clic.

 

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Desorden meditado

Le encuentro cierta fascinación al desorden doméstico.

No es que yo sea partidaria de vivir en una casa patas arriba, y menos cuando se habita una de 40 metros cuadrados como la mía.

Pero una vez leí algo así como que son los objetos los que conforman el hogar, ese sitio que cada uno consideramos nuestra casa, en el que guardamos nuestras pertenencias, las útiles y las que no, desayunamos malos humores, merendamos risas, nos tiramos a la cabeza discusiones, ordenamos llantos frente al espejo y desmenuzamos cenas de sueños.

Y es a través de ellos cuando, al doblar la cobija que quedó tirada, colocar el ordenador en su sitio o devolver el CD a su caja después de una noche de sofá acurrucados, manta y serie, se me dibuja una sonrisa en la cara recordando la tontería entre episodio y episodio y los besos bonitos de sobremesa.

El bolígrafo, la agenda y los papeles que delatan lo que estoy haciendo en mi escritorio de trabajo en ese momento, que me produce tanta ilusión y al que solo yo le encuentro sentido; los libros/ebook y revistas apilados en la mesita de noche porque son los que me interesa leer en esta etapa vital; o los platos lavados pero sin guardar en el fregadero y con los que recuerdo lo que pensé esta mañana mientras me tomaba el café.

Me empeño en recoger para que todo luzca en su sitio y una voz interior me dice que una casa absolutamente ordenada me puede saber a hotel, con su atractivo, si, y también con su ausencia de calidez. Entonces procuro encontrar un término medio entre aquello que me hace sentir en armonía y los objetos cotidianos que conforman los grandes pequeños momentos de mi vida.

PD: como habrás visto, le volví a cambiar el nombre al blog sin variar la url (qué de trastornos ha traído este cambio de decenio). Estuve hablando con un experto en analítica que me aconsejó no canbiar la url puesto que, aunque puedo redireccionar el tráfico, perderé mucha visibilidad de cara a san Google. Así que, por lo pronto, y hasta nuevo aviso, seré extreintañera para no engañar a nadie con mi edad ;p)

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