Documentos importantes

Una declaración de intenciones haría falta.

Una declaración que al suscribir lo dicho de forma escrita llevara a pasar de una vez por todas la página y espantar fantasmas.

Una declaración que ayudase a olvidar los miedos que pensabas que con los años desaparecerían. Porque ya lo sabes, creías a los dieci que al crecer y solo por hacerlo las musarañas se irían a tomar vientos y las inseguridades también, porque sí.

Aparecerían en su lugar los objetivos claros y el porque yo lo valgo y con ellos la pisada firme y la adulta vuelta de todo.

Pero después de más de dos décadas te enteras, como quien se entera del significado de una nueva palabra, que la historia no era tan fácil, que las inseguridades pueden llegar a transformarse, pero seguir siendo inseguridades, que a los miedos de tanto permitirlos les has dejado demasiado espacio y que las musarañas ni siquiera mutaron. Allí están rampantes y de fiesta en tu cabeza.

Entras en esa edad madura en la que cuando eras niña todos parecían que tenían la vida resuelta, y tú miras con asombro como cuando descubriste la palabra concupiscencia hace un montón de años con Aute porque la canción te gustaba y la palabra sonaba a concubinato que no, que el significado era otro, igual que las caras resueltas de esos adultos de tu infancia.

Concluyes que no todo era como parecía. Que de puertas afuera podemos fingir para que no nos vean las heridas. Que a veces disimulamos para que no nos señalen lo perdidos que estamos.

Una declaración de intenciones serviría entonces para desahogar primero los miedos, vomitarlos en un papel/pantalla y así poder decirles adiós muy buenas. Después de escrita lo mejor sería releerla para asegurar que no se olvida poner alguna cosa de las que pretendes convertir en desecho.

Y con ello comprobar que no pasa nada aunque parece que seas la única de 40 que se siente así aunque sepas de caretas y disfraces. Que cada vida tiene un proceso y requiere su tiempo y no hace falta compararse como jodidamente hacemos tantas veces.

Que las inseguridades están ahí pero eres consciente de que existen y las respiras para manejarlas y eso es un cambio. Que la manía de hablar sola desde chica ahora sirve para verbalizar fantasmas y volverlos pequeños.

Que tienes mucho valor al seguir buscando  y no conformarte con lo que toca aunque asalte la desorientación con frecuencia. Que en los días de serenidad agradeces estar en compañía de ti misma.

Que tanta búsqueda te ha enseñado a observar y al observar has aprendido a buscar historias y esas historias son las que te hacen escribir.

Que aunque estás mostrando toda tu fragilidad en una declaración de intenciones las letras siempre fortalecen.

Que estás aprendiendo la importancia de aceptar. Aceptar para cambiar. Aceptar para vivir.

Y con la aceptación asumes que tienes mucho miedo. Te cagas de miedo. De no saber si encontrarás, si lograrás, si obtendrás.

Asumes  que la incertidumbre es la misma vida y ya puedes tirarte al suelo a patalear por pretender lo contrario y llenarte de ansiedad.

Entiendes que las cosas  a veces no son como esperas. Y lo aceptas, como las arrugas que estrenaste hace poco en el entrecejo y los pequeños michelines laterales por negarte a dejar el chocolate.

Como las listas de tareas con las que te has llenado los días durante años porque la vida era hacer y hacer como veías en los anuncios de la tele de pequeña con mujeres estresadas pero siempre bellas y con el cutis terso. Pavadas.

Como que te dispersas con la ráfaga de pensamientos que hay en tu cabeza desde primera hora de la mañana y ya te olvidaste de qué fuiste a hacer dos pasos después en la habitación.

Asumes que a veces de tanto hacer te pierdes haciendo sin resolver. Que pensar es bueno pero no exageremos, los riesgos de las comidas de cabeza son altos.

Aceptas para confiar, confías para hacer, hacer para estar donde quieres.

Entonces escribes las intenciones, que en realidad era el objetivo inicial de estas líneas y ya llevas más de 600 palabras con la comida de cabeza que quieres dejar a ratos. Aunque en realidad ya han sido dichas entre tanto aceptar y asumir.

Y después de escribir y releer esta declaración, la instrucción es quemarla en el fuego como se hace en algunos rituales.

Y empezar a hacer. O no hacer. A pensar. Y a no pensar.

Pero a aceptar, a confiar y a vivir sí que sí.

vida a los 40, como vivir feliz, reflexiones sobre la vida

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