Papeles reposados

De vez en cuando miro viejas libretas que guardo. Me gusta tener siempre alguna hoja en blanco disponible para anotar ideas, pensamientos, inspiraciones. De un tiempo para acá el smartphone también cumple esa función, y está bien, pero no tiene el mismo encanto que desempolvar papeles.

Porque descubro una letra que es la mía y a veces ni entiendo. En ocasiones está acompañada de una fecha, entonces me reconozco o no en un pensamiento anterior. Me sorprende que la nostalgia casi siempre está presente, auqnue fue hace tiempo que supe que me gusta mucho Sabina por esa razón.

Me pasa entonces que sonrío al leerme en ciertas ideas, supongo que el día que vuelva a hojear el diario que tuve a los 11-12 años y que aún existe guardado en algún lugar de un armario de la casa de mis padres me reiré con ganas. Otras veces me sorprende alguna frase que me ha parecido buena y que no sé por qué dejé olvidada allí. También me harto de párrafos que expresan siempre la misma queja. Y me hace gracia mi manía de escribir todo lo que siento. Me viene a la cabeza el caso de un político francés, no hace tanto, en el periodo Sarkozy, al que descubrieron en unas movidas extrañas de tráfico de influencia y trato favorable para obtener ganancias económicas. Fue por esa manía de escribir lo que le pasaba que lo descubrieron a través de unos papeles suyos. Tengo muy mala memoria y no recuerdo más detalles, pero si alguien conoce lo que estoy contando que me lo diga.

Supongo que será -lo de la manía- porque nunca he tenido mucha destreza explicándome al hablar. Y como igual necesitamos expresarnos buscamos y empleamos los recursos que mejor se nos dan.

El caso es que hoy descubrí unas líneas que escribí hace un tiempo en una libreta. Dados los otros textos que la acompañan deduzco que tendrán unos dos años de existencia. Expresan lo mismo que siento ahora, y de seguro no es algo que pensaba hace 10 o 15 años.

Lo bueno de estos escritos perdidos es que son testigos de quien has sido y quien eres y de cómo vas cambiando. Somos seres evolutivos y adaptables y lo lógico -o es lo que pienso- es que cambiemos a lo largo de nuestra vida.

Lo malo es cuando te lees y notas una involución en tu presente….

__________________________

Pasa y no te das cuenta.

La vida transcurre, nacemos, crecemos, descubrimos la adolescencia y entramos a la adultez de lleno. Las estaciones se repiten en los lugares donde existen y el cielo se sostiene claro y lleno de luz por muchas horas hasta que la noche lo vence, resiste a un sol inclemente, se refresca con la lluvia y se hiela con la nieve y los atardeceres tempranos.

La vida transcurre.

Y nosotros transcurrimos con ella. Despacio. Deprisa. Dejándonos ir como mejor podemos, nos establecemos rutinas y cotidianidades que paulatinamente vamos sustituyendo por otras rutinas y realidades en la medida que crecemos.

Hasta que un día te encuentras con una que pertenece a lo que ya no es.

FullSizeRender (3)

 

Anuncios

Fin

Recuerdo ahora una camiseta, era una franelita manga corta color mostaza con los bordes de los brazos y el cuello morados creo, y un conejito que estaba de pie y de perfil en el pecho. Formaba parte de la ropa que tenía en tu casa puesto que tenía para mí una gaveta en el armario de madera de tu cuarto. La última gaveta del armario.

Iba mucho a jugar, no recuerdo la frecuencia, pero sí que me encantaba quitarme los zapatos, ponerme ropa vieja (o no sé si era mami que me mandaba a cambiar de vestimenta) y salir al patio del fondo de la casa. El largo patio de atrás. Con el suelo de tierra, la batea con techo de zinc para lavar los platos en poncheras llenas de agua porque no había un lavaplatos con agua de tubería; y la letrina a la derecha porque no había baño. Todas esas mejoras vinieron luego, cuando yo había crecido. Después estaban las matas  de ajíes y limones y semerucos, y más allá los árboles de mango, tan altos que yo los trepaba solo un poco porque me daba miedo llegar hasta arriba. Eran mis hermanos mayores y mis tíos lo que bajaban la fruta para comérnosla después.

Recuerdo mucho las carreras con mi hermanito y los demás primos, la sensación de tierra en los pies y jugar al pisé dibujado en el suelo con un palo, los grandes huecos que hacíamos a 4 o 6 manos sacando la tierra para llenarlos de agua, volver a poner la arena y mezclarla para hacer nuestras tortas de barro y jugar a las cocinitas con las muchachas, mis primas.

Me viene a la cabeza el baño después de jugar y abrir una gaveta para sacar la ropa que iba a ponerme, la franelita del conejo y una siesta no sé a qué hora con el ventilador porque no había aire acondicionado y el calor era sofocante y había que poner algo con lo que refrescarse.

Pero no recuerdo tu imagen concreta. Solo se me viene a la cabeza la de las fotos en esa época, con el pelo aún oscuro, las diferentes batas largas con o sin botones al frente, y ese cigarrillo al revés que siempre siempre te caracterizo. No he sabido de otra persona que fumara así. El pitillo previamente cortado a la mitad y encendido, para luego metértelo en la boca con el fuego hacia dentro y sosteniéndolo con los labios. Solo se veía el circulito blanco, lo que debía estar hacia dentro. Yo pensaba ¿cómo no se quema la lengua? y la verdad es que eso me lo sigo preguntando hoy.

Ese era uno de tus rasgos distintivos, y el quesillo hecho en las latas de leche en polvo que te quedaba tan rico y me gustaba tanto, las arepas de maíz “pilao” en el molinillo ese que tenías en la batea también y que te quedaban tan buenas, los platos de peltre que sonaban mucho y por eso ahora de adulta me gusta tener en casa, las sillas grandotas de la mesa que te regalo tía y en la que cabíamos mi hermanito y yo cómodamente si no estábamos dándonos golpes… Tu mal genio peleando con nosotros para que nos portáramos bien y te hiciéramos caso, porque para ser sinceros tenías muy malas pulgas, ni siquiera las perdiste cuando te quedaste en silla de ruedas.

Estoy pensando en todo esto desde que te fuiste, supongo que es porque con tu marcha también se termina de ir una etapa de mi vida, la de la inocencia, la de la candidez, la de la familia grande. Y es raro porque yo hace tiempo que me fui, pero tenía necesidad de escribir. De escribir y recordar sin ningún fin.

abuela y nito

Nostalgia…

Domingo de Starbucks y Sagrada Familia. La combinación es rara pero es que me pierde el dulce,  me pierden sus frapuccinos y resulta que hay uno enfrente del templo. Con este calor comprarme uno y sentarme a saborearlo mientras miro la fabulosa iglesia me fascina. Cuando pase este tiempo recordaré esta simple rutina dominguera como parte de mi verano… hoy me ha dado por pensar que vamos acumulando acciones y rutinas que luego forman parte de nuestros recuerdos. Y como los sentidos funcionan con los hábitos evocaremos lo que hicimos cuando hoy sea mañana. El frapuccino. El dulce. La Sagrada Familia.

Mi hoy está a punto de convertirse en ayer, en un ayer que será un recuerdo muy agradable de mi estancia en Barcelona… y recordaré los pequeños actos sobre todo, las caminatas al trabajo, los turistas amontonados en la plaza Gaudí. El Gótico, la Barceloneta, Gràcia y el Raval. El vino en mis noches de soledad en el bar leonés en la calle Cerdeña… el otro día alguien me dijo que muchas veces yo no había disfrutado mis días aquí porque estaba triste. No estoy de acuerdo, vivir para mí  no es estar permanentemente bien, es ser conciente de lo que hago y siento en cada momento aunque sea nostálgico, porque luego el todo será el recuerdo. Incluso los días tristes. Cuando me sentía sola y me iba a tomr un vino estaba triste pero estaba viviendo. Y eso mañana serán mis recuerdos…