Historia en una terraza

Salíamos del parque de dar tu paseo diario y ejercitar las piernas mientras yo hacía ejercicios un rato. Esa tarde quise que vivieras la costumbre ibérica de la caña veraniega sentado al aire libre.

Llegamos con un descanso por medio, cada vez te costaba más andar. Pero nos sentamos y sonreíste. Pedimos las cervezas y cuando llegaron brindamos. Decías que estabas feliz con esta “maravilla de país”. Eras un niño descubriendo un mundo que no sabias que estaba y que siempre negaste para no salir de la caja. Cómo nos cuestan los miedos.

Recuerdo que mi idea era tomar una cerveza y subir a comer, el presupuesto estaba mermando con tu visita. Pero estábamos tan bien que quise prolongar el momento y terminamos pidiendo. No recuerdo bien que comimos, creo que fue una tabla de patatas y salchichas con salsas. Mientras a mí me sabía a comida rápida sin cuidado, tu no parabas de decir, como lo hacías cada día, que qué maravilla era todo lo que estabas probando en Madrid. Nos regaló mucho Madrid, ahora que lo pienso.

Y daba gusto verte comer. Daba gusto verte los ojitos casi cerrados sonriendo y masticando. Daban gusto tus gestos exagerados disfrutando, es lo que tiene atreverse, aunque sea tarde.

No sé cuánto tiempo conversamos ese rato, pero estábamos bien, muy bien. Fue antes de las preocupaciones por tu futuro, la disyuntiva, el cálculo de cuentas y de posibilidades infructuosas.

Últimamente tengo ganas de ir a los sitios que visitamos aposta para recordarte. Sospecho que es una forma de homenajearte, de saber que después de hurgar y pasar la capa de duelo, me viene bien recordar los buenos momentos, como este de una tarde de verano agradable que estoy pensando ahora.

terraza junto al retiro, madrid

Músicos de bandas sonoras

El túnel es aséptico y de color sucio. Suelen ser así los pasillos de los metros que conozco cuando se hace transbordo. El que recorro va de la línea morada a la naranja en Avenida América. Lo hago cada día desde hace poco que he vuelto a ser empleada de oficina.

Al principio me chocaba el gentío típico de una estación principal en horas pico, hacer la cola pacientemente para acceder a la escalera eléctrica, decidir si se va a la fila de los que ocupan un escalón de principio a fin del recorrido o el de los que necesitan llegar lo más rápido posible a la salida o al siguiente andén. Sortear los cruces en los puntos donde los pasillos se encuentran para no chocar con nadie y llegar a la esquina donde giro y comienza el túnel.

pasillo del metro avenida de america

La corriente de ida y la de venida, el aire impersonal de un espacio que solo cuenta porque no queda otro remedio que recorrerlo, las personas marcando los pasos según su urgencia y carácter. Siempre pienso que deberían levantarseMusicos del metro, violinista en avenida de america antes para no ir con tanto apuro, yo por lo menos ya llevo bastante velocidad en la cabeza como para comenzar el día acelerada en los pies. Algunos de ellos pasan rasantes y de mal humor con la mayor prisa posible. A veces los miro, pero solo de reojo, voy metida en la lectura del libro de turno o gestionando redes en el teléfono, y estoy entretenida en ello y en escuchar el fondo de música.

Ya antes de girar en la esquina comienzo a oírla. En la medida en que voy acercándome aumenta el volumen y me pregunto cómo pueden tener energía para tocar tan temprano. Cada mañana es un músico y un instrumento distinto. Esta vez el hombre tiene mediana edad y está con su violín. Todas las jornadas me digo que debería detenerme a dejarles algo musicos del metro, tecladista en avenida de americapara agradecerles lo que hacen por nosotros, pero como voy con el tiempo tan justo para llegar sin tener que correr, todas las jornadas me respondo que mejor al día siguiente. Qué ingratos somos a veces.

La historia es que siempre me ha gustado la música, y en los últimos tiempos he conocido su capacidad para lamer heridas. En cuanto a los músicos del metro, suelen tocar canciones inspiradoras, unas más nostálgicas, otras más enérgicas. Parecen una canción preparatoria de las que en las pelis sugieren lo que se verá: una acción, un asesinato o un encuentro tórrido. Y lo pienso mientras camino sin detenerme con el libro o el teléfono en las manos, que su melodía anima a decidir.

Porque me parece que le ponen color al fondo gris de cualquier tono del pasaje. Y es quizás por ese contraste, que encuentro al túnel con su música como ese momento para disponer qué día tener, uno lleno de notas melódicas u otro de color sucio del pasillo del metro. Bandas sonoras de la vida real.

Las que nos van conformando

Pensé en pasearme por alguno de los escenarios donde estaría la música, hace años me encantaban las fiestas del Orgullo y ya no voy.

Pero extrañamente me siento muy a gusto aquí.

Últimamente estoy hacia dentro. Me gusta el silencio que se produce al apagar el televisor, mirar la luz que entra por la ventana mientras me bebo el café por las mañanas intentando espantar a las musarañas de mi cabeza. Me gusta mirar con tiempo a la señora que está sentada en el banco de enfrente.

Se ve relajada, el carrito de la compra al lado y las manos llenas de migas de pan que va lanzando a las palomas. Y es bonito el revuelo que surge alrededor suyo con los animales en enjambre peleando por conseguir una pequeña cantidad.

 

señora con palomas, parque del retiro

 

Me seducen después sus movimientos. Con cuidado se levanta del banco y, pulverizando un líquido en la madera de la silla, va limpiando con una toallita. Lo hace con calma, queriendo dejarlo todo en su sitio. Repasa cada espacio de la silla y guarda luego los utensilios en el carrito. Lo cierra con sosiego y emprende la marcha.

Al verle el rostro cuando se acerca me sorprende lo joven que es. Siempre adjudico la tarea de dar de comer a las palomas a la gente muy mayor. Y me pregunto qué tipo de vida tiene y por qué necesita venir al parque con el carrito de la compra y la comida y las palomas. Supongo que serán las mismas razones que tengo yo de estar un sábado a las 9 de la ¿noche?, sentada en un rincón más o menos escondido del Retiro respirando profundo y percibiendo con mis sentidos, y aquí la redundancia es necesaria. Respirando profundo. Para qué irme a la fiesta si hoy disfruto más de la conversación que produce escribir estas líneas, el whatsapp con mis hermanos, los mensajes con él que está triste estos días y necesita mimos.

Últimamente me gusta ponerme música alta en los audífonos cuando estoy en la oficina, exponerme a pecho abierto con la psicóloga y pensar qué puedo hacer para que el día tenga algo bonito aunque la perspectiva sea trabajar y trabajar. Épocas. Las que transcurren y las que nos van conformando.

señora con palomas, parque del retiro

Invierno

Sentí que necesitaba una pausa.

Lo organicé todo y me tomé un día. Era un martes pletórico con un hermoso sol de invierno después de unos días de lluvia sin pausa. La luz de esta época en Madrid cuando da de pleno es preciosa, brilla oblicuamente y te inunda la cara, el calor penetra los poros y abriga a la tiritante piel que se llena de vida y energía.

Ese día me permití cambiar lo cotidiano, desayunar en un lugar diferente de la casa, ir hasta el centro de una forma distinta a la habitual. Caminar distraída mirando al cielo, a los edificios, a las estatuas que los rematan.

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Madrid, centro

Me permití sentarme a pensar en nada y en todo. En la belleza de la caída de los rayos del sol a través de aquel árbol en la plaza, en las palomas que cruzaban y se detenían a explorar y a mirar a esa persona que las observaba porque qué raro son ellos.

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Madrid, Plaza de la Paja

En lo que ha sido mi vida hasta ahora y en lo que quiero lograr. En la reacción que tuve aquel día y en lo que me molestó en el otro.

En lo bien que me sentía conmigo misma sentada en ese banco de la plaza de la Paja y en cuanto me pierdo con tanta carrera por hacer y hacer y hacer.

En que esperar puede convertirse en una forma de vida y es un error.

En que una vida sin presente está condenada a la ansiedad y a la frustración.

En que para vivir no haría falta tanto si no lo complicáramos todo.

Y he tenido que parar la carrera para saborear todo aquello.

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Madrid, La Latina

Callejeando Madrid, la exposición

 “Hola hermano, ayer estuve paseando por Lavapiés con la cámara de fotos y disfruté mucho… Sigo dándole vueltas al proyecto que te comenté y he pensado en lanzarme ya…”

Este correo se lo envió Nacho Gil a su hermano el 7 de octubre de 2012… Era una idea que estaba tomando forma en su cabeza. Y no sabía las consecuencias que tendría.

Hay bonitas historias que comienzan así.

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El plan de Nacho era ir fotografiando su ciudad, Madrid, y usar como canal un perfil de Facebook. Comenzó entonces a recorrer las calles con su moto, haciendo imágenes y subiéndolas a la red social. Así se cristalizó el proyecto Callejeando Madrid.

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El 9 de octubre de 2012 se hizo pública la página en la red social con la primera imagen y en cuatro meses las fotos de Nacho eran seguidas por tres mil personas, con el arduo trabajo que implicaba poder atender los comentarios y sugerencias de todos. A los nueve meses eran diez mil fans, junto a los madrugones para captar amaneceres, los trasnochos al perseguir la luna llena, los reflejos de la ciudad en la lluvia los días malos, los paralelismos de imágenes antiguas y actuales, y hasta retratos de gente. En poco más de un año el fanpage era seguido por 39 mil almas.

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Lo que había sido una idea ya era un plan consolidado, Nacho tuvo que pedirle a su amigo Mariano ayuda en la asistencia de fotografía, y vinieron la página web y hasta un libro conseguido gracias al crowfunnding en 2014.

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Total que han pasado tres años ya, el perfil en Facebook es seguido por más de 54.500  personas, y ahora Nacho ha decidido ponerle fin a su aventura. Lo está cerrando de forma redonda con una exposición que estará hasta el 10 de abril en la escuela de artes visuales Lens donde aprendió las técnicas de fotografía (porque el ojo fotógrafo lo tiene él).

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De derecha a izquierda: Nacho y Mariano con su niño

A decir verdad fui a la inauguración, y la muestra es -lógicamente- solo una pequeña parte de las piezas tan bonitas que he visto durante todo este tiempo realizadas por Nacho. La exposición la dividió en series, como la de las impresionantes vistas del skyline de Madrid con la luna de noche o el sol al atardecer o amanecer; escenas urbanas callejeando por la ciudad -me impresionó esta que no había visto antes, por supuesto de mi querido parque-…

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Y la de Madrid y sus habitantes, que supuso un trabajo extra escogiendo a las personas, los textos de presentación, quedando con ellas y fotografiándolas…

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Lo se porque la de verde sentada soy yo…

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Lo que quiero contar con este post es lo bonito que me resulta ser testigo de este tipo de iniciativas. Callejeando Madrid es un proyecto hecho desde y con el corazón, en el que la sencillez en su presentación lo único que ha hecho es provocar unas imágenes cautivadoras por su belleza, la belleza de una ciudad vista por alguien que la conoce y la quiere.

Y todo comenzó por una idea….

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Exposición Callejeando Madrid

La banda

Todos tenemos una banda sonora de nuestra vida. Se compone de múltiples canciones, de esas que nos han ido acompañado en alguna etapa de nuestros años, si no imitando su baile frente a la tele, es llorando con su letra mientras recordamos ese primer amor o trasladándonos a una época más ligera donde la premisa son los planes que están todos por delante.

Algunas se vuelven tan cercanas que es como si no estuvieran porque siempre están ahí. Y es cuando pasa algo excepcional, como escuchar por primera vez a su autor en directo, que por un segundo detienes el canto a todo pulmón, y caes en la cuenta de que sí,  de que estás escuchando parte de tu vida. Y te parece que estás simplemente oyendo a un viejo amigo, al familiar que hace tiempo no ves, al conocido de hace años que te reencuentras y evocas con él conversaciones -las letras- que ya ni recordabas. Y no te lo esperabas. Pero ahora van saliendo por la boca y te sorprendes pensando lo que pensabas no recordar, y las frases salen y te alegras de ese automático que actúa a pesar de, el trabajo de ese subconciente que no olvida y se encarga de recordarte que esa, esa es la banda sonora de tu vida.

Eso fue el concierto al que asistí hace unos días. Escuchar a Franco de Vita fue un timbrazo en el alma, de esos que funcionan como llamadas en puertas que creías cerradas porque no recordabas. Las letras, los coros, las estrofas, los cambios de ritmo para que entre la variante del siguiente instrumento y que ni señas de saber que iba a tararear al completo, la cara familiar, la de hace muchos años y que hace tiempo no veía. Luego los cantantes invitados y el dúo San Luis compuesto por unos hermanos con los que me iba de fiesta hace casi 20 años por aquello de los amigos en común. Ahora entiendo a Gardel.

Dos horas y media que significaron vivir el pasado desde la felicidad del presente y disfrutar el presente por la alegría de recordar el pasado. Soy una nostálgica.

Mirar

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Y en aquella metrópoli donde el tiempo transcurría despiadadamente, las personas corrían para llegar primero, los coches avanzaban sin piedad, los perros seguían resignadamente a sus amos en sus carreras, los pájaros y las flores vivían sabiendo que se les ignoraba… En aquella metrópoli el ángel los miraba con tristeza esperando que se detuviesen un segundo apenas a mirar el cielo, a mirarlo a él que los cuidaba sin que ellos lo supieran. Pero no, no había tiempo en la metrópoli. Y él se preguntaba porqué seguía allí…

Del metro a un bar

Volví a pasear por las calles llenas de gente. Malasaña, el barrio alternativo, repleto de bares de marcha y lugares curiosos cuando llegué a este país hace doce años, y ahora la zona que sigue siendo joven pero con un aire cool a ratos por la llegada de tiendas vintage y de moda que lo han convertido en un Soho madrileño. Caminaba y recordaba. De la terraza Cruz Blanca en la que nos tomábamos unas cervezas Pelusa, Alethea y yo junto a aquel chico de Sao Paulo que ahora no recuerdo cómo se llamaba. Las calles transitadas de gente con bares unos más curiosos que otros, y las plazas repletas de veinteañeros como nosotros sentados en el suelo bebiendo cerveza. La ruta que Gonzalo nos hacía porque era el madrileño y actuaba como anfitrión mostrándonos los garitos que le gustaban, el Vía Láctea, el Tupperware... La cafetería de Alonso MArtínez donde las tres nos sentábamos a beber cervezas, a hablar de proyectos y de futuro y a quejarnos de los dos duros que teníamos y qué putada estar así aquí. La sensación de inocencia conociendo un sitio nuevo, una ciudad entera mostrándose ante nosotras y que yo aún estaba aprendiendo a asimilar. El salir a disfrutar con diez euros porque el bolsillo no daba para más pero igual me lo pasaba bien porque para eso estoy en Madrid. La sensación de pérdida. Los años que ya no vuelven.

Recordar todo esto simplemente por ir del metro a un bar.

la foto (2)

 

Google

Volver

Y pasan lo días y la libreta sigue en blanco. El bolígrafo se queda suspendido en mi mano, esperando que lleguen a mi cabeza las palabras que nunca terminan de aparecer. En cambio me voy distrayendo pensando en la tarea que tengo pendiente para mañana, la conversación con mi amiga del día anterior, las vacaciones que anhelo con ansia tener y que no sé si podré.

Pienso entonces que es el formato, “voy a intentar escribiendo directamente en el blog”, decido, y el lápiz y la libreta sobre la mesa sentada en una silla son sustituidos por la portátil y el sofá. Comienzo redactando la primera idea que se me viene a la cabeza y que es la que me ronda desde hace semanas, me duele mucho tener tan abandonado el blog… Y luego vienen tres frases más conectadas forzadamente porque en realidad no se leen fluidamente. Cuando se escribe la lectura de lo escrito debe fluir, las palabras y las frases  deben sonar en la cabeza o en la boca si se lee en voz alta de forma armoniosa, sin sentir que hay saltos extraños o interrupciones que rompen el ritmo de la lectura. Sí, ya sé que esto es bastante subjetivo, pero para mí es una norma básica: debo sentir que lo que escribo se lee fluidamente, aunque solo me guste a mí.

Y ahí sigo, en blanco. Vuelvo al lápiz y al papel, a ver si esta vez si… pero al final me rindo y me voy a la página web en la que veo esas series de televisión ligeras y sin complicaciones que me gustan y que simplemente me hacen reír, y no pensar. No sé por qué estoy así, pero con frecuencia no tengo ganas de pensar mucho. Se supone que las cosas van bien, mejorando,  aunque estoy cansada mentalmente. Mi ritmo de vida es tan rápido que no da para pensar mucho. Aunque en algunos aspectos esté reflexionando más que nunca, como en las diferentes ideas que se me vienen a la cabeza para escribir en este blog últimamente, o los ejercicios de meditación que hago para aprender -de nuevo-  a desconectar del día cuando voy a dormir y entregarme a la noche. No quiero hablar mucho sobre el tema porque soy supersticiosa y siento que se perderá el efecto, pero estoy mejorando. He logrado incluso dormir bien en días en los que tengo mil cosas en la cabeza, cosas por hacer y cosas que me inquietan, y al final logro desprenderme de ellas y elevarlas a fin de que se evaporen en algún sitio para luego retomarlas al día siguiente. Como antes. O como cuando era niña y me concentraba de forma natural en cada momento de mi vida: ahora juego muñecas, ahora como, ahora me peleo con mi hermanito, ahora duermo.

Nos echamos a perder al crecer y después queremos volver al inicio.

Necesito unas vacaciones.

Vacaciones, MAdrid, verano

 

Inesperado

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Un día de lluvia de febrero en Madrid, un parque húmedo y una caminata para llegar a casa…

Las botas puestas que no corresponden al día que hace, embarradas de tierra mojada y a punto de ser penetradas por el agua

El olor a humedad que evoca a los inviernos de tormentas y a los palos de agua del pueblo, la finca, las gotas cayendo en la cara, los juegos de niños y qué divertidos correr mojándonos

Permitirme vivir de nuevo esa sensación, la llovizna agradable y respirar un parque solitario porque cuando nos hacemos adultos ya no nos gusta  mojarnos bajo la lluvia

Saborear el aire suave y con olor a tierra, caminar lentamente mientras siento que el agua llega a mis pies

La bonita nostalgia de un día de lluvia…

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