La teoría

No siempre los recuerdos gratos deberían repetirse. Corres el riesgo de echarlos a perder, desilusionarte como un globo pinchado, convertirlos en una historia sin final feliz. A veces deberían conservarse intactos, congelados en el espacio de los recuerdos y revividos como el día que eternamente se repite cada vez que acudamos a ellos. Impolutos de sentimientos desagradables.

Hace varias semanas fue el cumpleaños de mi chico. Al ser una ocasión especial (40 cumpleaños!) quisimos hacer algo especial y decidimos ir a cenar a un lugar al que fuimos cuando comenzábamos a salir (hace muuuuuchos años) y al que no habíamos vuelto. Es un restaurante de ticket medio alto.

Aquella cena había sido un momento bonito de nuestra historia, una velada plena de bienestar, con el romanticismo y la ingenuidad de un amor que recién comienza, comida sorprendente y un buen servicio. Ese, el grato recuerdo, fue la razón que nos hizo repetir 10, no se si 11 años después la visita.

Y como se intuye con el primer párrafo de estas líneas, la segunda parte no fue tan buena como la primera. No ocurrió nada especialmente desagradable, simplemente el salón no fue tan elegante, ni el servicio tan esmerado, ni la comida tan sorprendente.

Y yo me pregunté de quien había sido la culpa, si de nosotros que perdimos romanticismo por el camino, del sitio que realmente abandonó esa calidad que recordábamos con entusiasmo, o simplemente sucede que con los años cambiamos y aquello que recordamos como excepcional en un momento de nuestra vida, después al mudar como personas hace que varíe nuestra percepción. Supongo que como siempre no hay una respuesta uniforme y será una de las tres razones dependiendo de cada situación, pero en este caso ha tenido mucho que ver la tercera.

Porque aunque la rutina a veces pasa como una avalancha haciendo estragos en una vida en pareja, seguimos teniendo citas y arreglándonos emocionados para vernos guapos para el otro; aunque los desórdenes de las mañanas, las frases que no se dicen y el cansancio cotidiano hagan mella en la ilusión, sigue habiendo un te quiero como mínimo a diario y un no me duermo si no te siento al lado.

Porque en todos estos años ese lugar ha permanecido intacto con la misma persona al mando de los fogones, orgulloso del trabajo que hace y conservando su buena reputación.

Pero nosotros somos seres evolutivos, nuestro pasado es el de hace cinco segundos y no volvemos a ser los mismos con cada avance de la aguja. Cambiamos y cambia lo que percibimos, lo que oímos, vemos, saboreamos, olemos, tocamos. Cambia porque cambiamos por dentro aunque lo de afuera siga igual.

Entonces quizás, solo en algunas situaciones, no deberíamos repetir aquello que nos ha hecho felices… aunque solo sea una teoría.

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver

Joaquín Sabina

Notas de verano II

Parece una tontería, pero nunca había dedicado unas décimas de tiempo de mi vida -la adulta por lo menos- a nadar en esnorkel.

Practicarlo fue descubrir un mundo de texturas, colores, formas que no sabía tan fascinante en directo. Me encantaba mirar los peces que se asomaban por detrás de las rocas o las familias que de pronto aparecían en conjunto para tomar agún alga por asalto, que a los críos hay que cuidarlos.

Aunque de toda la experiencia, lo que más fascinación me producía era el silencio.

Ese abstraimiento al que me veía sometida con toda la voluntad posible una vez puestas las gafas en vista y nariz, el tubo en boca. El propósito de mi vida pasaba a ser observar lo que estaba mirando mientras el plaf plaf de mis pies moviéndose aleatoriamente para avanzar, poco porque nadar no es una de mis mayores habilidades, me embotaba la cabeza con su cadencia. Casi todos los sonidos forman melodías. Y yo, que pocas veces consigo tener la cabeza tranquila, entraba en catarsis.

Ese día estuve casi todo el tiempo en el agua, y eso que siempre he preferido estar tirada en la arena. Un rato después descubrí que si nadaba en la playa abierta no vería ni rocas, ni peces, ni erizos, pero la vista ante mí del horizonte azul y otra vez el plaf plaf de mis pies era estar en ese sitio al que queremos huir para escapar de nosotros mismos, el limbo en el que todo está suspendido y no hay espacio para lo que incomoda o hace feliz. La vuelta  al origen, el vientre materno, los diamantes de luz que brillan sobre la arena del fondo. La calma. El agua.

Son viajes a través de nimiedades.

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