Relato de un proceso

La cuestión es que tengo ganas de hacerlo, pero sin ninguna idea concreta.

Llevo rato escribiendo otros posts, leyendo textos anteriores y he cogido carrerilla.

La carrerilla me entusiasma y me da ganas de más. Como cuando tienes ganas de fiesta.

Esto, en cierta forma, es una fiesta.

Pero no se me ha ocurrido una historia concreta, un principio de relato, un personaje interesante para imaginarle una situación o una fotografía inspiradora.

Tengo ganas de escribir por el puro placer de hacerlo.

Como cuando he tenido una semana de trabajo y meto los pies en agua caliente (quien lo ha hecho sabe lo maravilloso que es).

Como cuando voy a un restaurante a cenar. Llegar, ver la carta, pedir el vino, brindar, saborear varios pasos siguiendo el ritual.

El placer por el placer. Aunque es un placer raro. Doloroso al mismo tiempo.

Un masaje descontracturante. Lo que cuentan de saltar en paracaídas. Pensar como concretar la idea en una frase. Probar una palabra, jugar con otra, versionar la primera a ver si así…

Desesperarme cuando la definición no termina de salir. Releer y no estar convencida del penúltimo párrafo.

Es cierto nudo en el estómago, un porcentaje de angustia y un trozo de felicidad.

Escribir.

Somos un poco masoquistas quienes escribimos.

A veces es mejor parar, hacer otra cosa y volver; dejar descansar el texto, el diccionario de sinónimos y la cabeza. En otras ocasiones ayuda mirar escritos hechos en días anteriores. O escribir a mano,  como hoy. Aunque tenga que hacer un esfuerzo doble tratando de moldear una letra medianamente legible para cuando lo pase a WordPress. La falta de práctica ha ido empeorando mi caligrafía.

Luego llega el cierre. Casi nada.

Lo más complicado es empezar y terminar, para mí por lo menos. Cómo abrir lo que se propone escribir, porque una sola idea puede tener infinitos comienzos. Ay, esa frase, los dolores de cabeza que produce.

Y, terminar. Aquello que redondeará el texto. Conclusión. Final. Lo que dejará un buen sabor de boca al lector, el the end que provoque una sensación de satisfacción en ellos y en ti, pobre, que escribes para expresarte por necesidad visceral y para que te lean también, no lo neguemos.

Con el cierre viene el fin de ese placer-dolor. En algunas ocasiones.

En otras, releer supone un nuevo comienzo porque sientes que aquello necesita unos cuantos cambios o una vuelta entera. Y si sucede lo segundo entro en barrena. No sé qué hacer, me planteo varias ideas, no me gusta ninguna, pienso en borrar todo y empezar de cero, o mejor no para no tener la sensación de que he perdido el tiempo. Cambiar el texto solo en algunos pasajes… Si es que soy cuadrada. No sé dar vueltas redondas.

Me consuelo sermoneándome: lo importante es hacer Laura, así la inspiración te pillará trabajando. Así la sensación de insatisfacción se mitiga un poco. Pero me gusta vivir el placer. El de hacer algo con lo que te sientes realizada incluso cuando lo ejecutas por el solo hecho de ejecutarlo.

Como este post.

 

escribir, vida, relato, cuento, historia, historias que pienso

Imagen: Unsplash, Ben White

Apnea (Venezuela)

Respirar el país para poderlo dsifrutar.

Entenderlo, asimilarlo, llevar el aire dentro a bocanadas, exhalarlo de a poco.

Practicar su propio mecanismo porque no hay otra forma de poder salir airoso.

Dejarse llevar por su no lógica porque es la tabla de salvación. De quienes lo habitan, más nos vale de quienes llegamos. La resaca, el mono, la paz después de la oración. Respirar.

El calor pegajoso.

El invierno acondicionado.

El goce fácil.

La desconfianza con neura.

La tranquila cotidianidad del pueblo.

La sensación que va invadiendo las vidas con ruidos ajenos y se instala ocupando cada vez una estancia. Lo hace sin dar explicaciones hasta volver el espacio un minúsculo cuadrado por donde apenas hay salida.

Y no queda otro remedio que adecuarse para sobrevivir.

Pero cada paso de avance suyo son pequeñas muertes para todos, aunque el empeño sea seguir sonriendo y viviendo y bailando.

Bailando aunque ya los pasos no abunden. Se perdieron entre las peroratas, la escasez, los asesinatos y los billetes descontinuados. Pero siempre queda respirar que es lo que estoy haciendo ahora, respirar para entender y bailar y mantener la esperanza.

Eso sí, no lo hagas por la noche, están quemando basura y puede que el olor del humo te asfixie.

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Por un café

Allí estaba. Ubicada en la esquina con las dos sillas semienfrentadas, más bien un poco cercanas para poder cogernos la mano. Era la mesa redonda de siempre, con el mantel blanco impoluto que caía perfectamente simétrico por los costados; las dos rosas blancas sin tallo, colocadas sobre el pequeño cuenco de cristal con un poco de agua en el exacto centro del círculo. Frente a cada silla, la vajilla y cubertería necesaria para la cena, los platos, blancos también, con los bordes  adornados con elegantes relieves con formas ondulantes, a la manera clásica. No, no quería esos platos modernos con ángulos que tenían ahora en el restaurante. Prefería la vajilla de antes, la que conocía de siempre. Los cubiertos seguían el mismo estilo, dos servicios para cada puesto hechos en plata con bonitas formas en los mangos; los mejores tenedores y cuchillos del local, los que ya no usaban salvo en ocasiones como estas. Unas delicadas copas de cristal para el vino remataban la presentación de la mesa junto con las servilletas de encaje, blancas, por supuesto. El conjunto era una vista agradable, una elegante mesa como le gustaba,  que rompía la secuencia del lugar y hacía de ese punto del salón, un rincón único.

Fue en esa mesa donde me dediqué a conquistarla después de enamorarme perdidamente de ella sesenta años atrás, en esa misma ubicación, en la misma esquina. En ese sitio me dejé llevar por esos ojos castaños verdosos que había visto por primera vez en la barra del restaurante, mientras ella esperaba a una amiga. Aquellos ojos que miraban inquieta a su alrededor y que de repente se encontraron con los míos que la observaban fijamente cautivados por ese aire tan femenino que la envolvía, tan fuerte y delicado a la vez. Yo solo había entrado a tomar un café, pero no dudé un segundo cuando observé unos minutos a esa hermosa mujer,  fui directo hacia ella en vez de pedirle al camarero lo que iba buscando.

Ni siquiera me detuve a pensar. La saludé respetuosamente, que aunque atrevido yo era todo un caballero, como debe ser. Ella me miró con desconfianza. – Perdone, pero tiene los ojos más bonitos que he visto nunca. Su respuesta fue un seco gracias con un deje de coquetería en ese intento de sonrisa en las comisuras de su perfecta boca. – ¿Puedo invitarla a un café? le dije, aunque veía que ya se había bebido uno, -no gracias, ya tomé y estoy esperando a una amiga. – Yo llevo esperándola a usted toda la vida, fue mi respuesta inmediata, refleja, sin pensar. Me miró sorprendida y sonrojada, sin saber si sonreír o mandarme de paseo por mi osadía, – perdone, pero es usted un atrevido, me dijo. Entonces me presenté, no quería que se sintiera ofendida. Le dije quién era mientras le extendía mi brazo para que me diera su mano y le besé el dorso con toda la delicadeza que fui capaz. Le repliqué que no se ofendiera, que sabía que estaba siendo un poco incorrecto, pero que simplemente me había enamorado al verla, que no era un loco ni un conquistador, solo un bebedor de café  que había encontrado lo más bonito del mundo en el sitio menos esperado. A medida que yo hablaba sus mejillas se coloreaban más, ¡se veía tan bonito su sonrojo con aquellos ojos castaños verdosos! No supo qué responder, y le comenté que no era mi intención ser violento, y por eso la dejaba tranquila para tomarme mi café… pero que si su amiga no llegaba sería un honor para mí conversar un rato con ella. No importaba si tenía que tomarme tres expresos y en la noche no conciliara el sueño, esperaría lo necesario para tener esa oportunidad…

Fue así como me fui al otro lado de la barra a tomarme no tres, sino cuatro cafés mientras aguardaba mi gran ocasión; ella me miraba de reojo cada ciertos minutos, nerviosa mientras ojeaba la puerta a la espera de esa persona que gracias al cielo nunca se presentó. Entonces, tras cuatros dosis de cafeína y perderme observando esos ojos castaños verdosos a lo lejos, me acerqué de nuevo. Y esta vez ella aceptó otro café y una conversación, no sin cierto reparo, era una época en la que no estaba bien que una señorita le contara su vida de repente a un hombre que la abordaba de esa manera. Pero la conversación fue fluyendo, la confianza creciendo y se aproximó la noche en la misma barra en la que nos habíamos visto tres horas antes. Le sugerí que por qué no cenábamos aunque fuese un poco temprano, ella me dijo que se tenía que ir, y yo le dije que estaba buscando una excusa para prolongar ese encuentro porque no quería separarme de ella. En ese instante ella sonrió abiertamente y aceptó mi propuesta, pero me dijo que buscáramos un rincón del salón, una mesa que no estuviese tan a la vista de toda la gente para evitar comentarios…

Todos estos recuerdos me vienen ahora a la cabeza, y eso que a mi edad la memoria falla. Estoy ahora de pie, colocado en la entrada del restaurante pensando que hay ciertas cosas, ciertos momentos que marcan la vida y jamás se olvidan. Ella llegó de pronto, de repente, como un trueno, me encandiló.

A partir de ese día no nos separamos, y cada año por estas fechas veníamos a cenar a este lugar cuidando y solicitando por favor al maître que todo estuviera igual. Así fue pasando el tiempo y con los años, el local fue cambiando de dueño, lo hizo hasta en cuatro ocasiones, pero cada propietario que se iba cuidó de contarle al nuevo la historia de unos clientes que cada año renovaban sus votos de amor allí, ¡qué agradecidos estamos con cada uno! Por eso la decoración fue variando, y con ella la vajilla, la cubertería, las copas, los manteles; menos esa mesa durante unas horas una noche al año.

Hoy cumplimos nuestro sesenta aniversario de encuentro en este restaurante, por eso mi mujer y yo hemos querido que fuese una ocasión muy especial y hemos acordado que repetiremos toda la historia de aquella tarde, desde la primera vista en la barra, la conversación, la cena, ¡incluso el menú! aunque los platos en mucha menos cantidad porque hay cosas que ya nos sientan mal. El personal nos mira a cada uno ya colocados en nuestras posiciones con complicidad y ternura (nos ven como una bonita historia de abuelos, ellos no saben que seguimos siendo el hombre y la mujer), aunque a nosotros solo nos importa que todo salgo perfecto.

 – Perdone, pero tiene los ojos más bonitos que he visto nunca…

PD: Este relato fue escrito para mi otro blog (en el que hablo de gastronomía, excepto en la categoría de relatos gastronómicos que es más un capricho mío 🙂 ) pero como es un cuento lo comparto también por aquí.

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Hábitos

Me encanta observar a la gente. Preguntarles. Ver sus gestos. Ponerme en sus lugares para entender sus puntos de vista desde sus puntos de vista. Comprender los infinitos matices que tenemos cada uno y que nos hacen seres únicos e irrepetibles. Esos pequeños gestos que revelan nuestras rutinas, los recovecos que esconden nuestras luces y sombras, los detalles que provocan que cada uno seamos pequeños cofres con muchos compartimientos que nunca terminamos por descubrir, ni siquiera el propio. Eso me recuerda algo que he pensado otras veces, que cuando vez a una persona en su entorno familiar entiendes más sobre su forma de comportarse en algunas situaciones. Pero eso ahora no viene al caso.

Mi trabajo en el restaurante me permite de sobra practicar este pasatiempo. En un espacio reducido (nuestro local es pequeño) veo pasar a unas cuantas personas cada día, obviamente no converso con todas, solo con algunas hablo, las que vienen con frecuencia y tienen apertura para la conversación, con otras solo cruzo las palabras necesarias, pero si vienen a menudo las veo. Y me resulta fascinante lo complejo que somos.

Tengo por ejemplo una clienta que trabaja en una gran empresa… desde hace más de 20 años, una cosa que para mí es inconcebible en ella resulta natural. Conversamos mucho sobre muchos temas  y me identifico con ella en su no-ganas de reproducirse. Por lo que me cuenta siempre tuvo claro que no quería hijos y que prefería aprovechar la vida en viajar y otras cosas, y su marido no tuvo problemas. Actualmente es una guapa mujer madura que parece muy a gusto con su vida, con hábitos establecidos incluso hasta en los tiempos de vacaciones. Yo, que soy caótica para algunas cosas y no he durado más de dos años en un trabajo la veo y me impresiona.

Hay otra chica, de unos 40 y algo, que actualmente está sin trabajo. Es una mujer muy distante, con una actitud bastante apática la mayoría de las veces, tanto, que cuando comencé a tratarla como clienta me molestaban sus formas de pedir las cosas, siempre con desgano y como si nada le gustara. Luego con el tiempo vi que hay días en los que llega más dicharachera, y su cara pasa de apagada a verse incluso más jovial y luminosa cuando sonríe, además de que alguno de esos días me ha contado cosas de su vida personal así sin más. Tengo la sensación de que es una chica con muchos altibajos anímicos (como yo) y de que es buena gente,  simplemente tiene un carácter especial.

Luego hay un señor de edad madura que trabaja en una gran empresa. Se considera de derechas, y me ha contado varias veces que cuando Franco gobernaba España el país era una gran potencia a nivel mundial en no sé qué renglón, creo que el textil, no me acuerdo. Y si alguien le dice algo del PP su argumento es: Y los del PSOE?… Me impresiona porque para mí hablar de las ventajas de una dictadura es algo aberrante. Pero supongo que en su cabeza sus razones serán justas para creer lo que dice.

Pero de todas las personas que observo, los que más me gustan son un grupo de “chicos” que me resultan sencillamente fascinantes. Son 5 jubilados (a veces 6 o 7), antiguos miembros y activistas del Partido Comunista español, de los que lucharon en la clandestinidad y algunos incluso vivieron un tiempo exiliados. Hoy son 5 señores, varios de ellos abuelos, que luego de su actividad política se convirtieron  en emprendedores, asesores de grandes empresas, y ahora viven una feliz jubilación económicamente hablando. Cada vez que se reúnen establecen diferentes temas para discutir sus opiniones, y se turnan para hablar mientras comen y juegan al mus después. Pueden conversar igual sobre los principios que promulgaba Nietzche, lo mal nacido que era Einstein como padre y marido o el capitalismo en las clases obreras del siglo actual, van saltando de un tema a otro y con cada uno sostienen largas diatribas en las que incluso llegan a discutir acaloradamente. Unos tipos cultos sin duda, que se respetan entre ellos aunque en ocasiones se alcen la voz por desacuerdos ideológicos o la jugada que han hecho con las cartas, pero son amigos del alma. A mí me encantaría tener tiempo para sentarme solo a escucharlos, aunque me fastidie un poco cuando me dicen que en Venezuela el chavismo ha logrado avances en la sociedad, porque soy contraria y lo considero incoherente viniendo de ellos que tienen tantos conocimientos, pero imagino que que por sus pasados políticos mirarán con buenos ojos el supuesto socialismo de mi país. Aunque no hayan vivido nunca allá.

Si es que las personas damos para miles de historias. El otro día tuvimos un cumpleaños que comenzó a las 2 de la tarde y terminó aproximadamente a las 12 de la noche. Como hacía buen tiempo los invitados siempre estuvieron fuera en la “terraza” (un barril para apoyar la bebida que tenemos en la entrada), y ya cuando eran más o menos las 8 de la noche el jaleo que tenían con tantas copas era bastante gracioso. En un momento dado hicieron una especie de pasillo en la acera y vitoreaban a cada persona que pasaba. Unos los miraban mal, otros seguían la guasa, y en una de esas que los miré vi que había un chico nuevo en el grupo hablando con ellos. No le presté mucha atención porque estaba ocupada, pero al ratito me llamaron, y el chico que no había visto antes , que llevaba lentes de sol puestos a las 8 de la noche, se los quitó para mirarme (tenía los ojos enrojecidos), sacó de su cartera un billete de cien euros y me dijo: ponme una cerveza y ponle a ellos lo que quieran. Los otros empezaron a aplaudirle. Yo no entendía nada. Les llevé las bebidas y, como a los anfitriones del grupo los conozco porque son amigos de mi chico, le pregunté a ella quién era el tipo, – ni idea, me dijo, pasó, lo jaleamos y se quedó con nosotros. Nos dijo que firmó los papeles del divorcio ayer y ahora está en fase de todo… Me dio pena. Aunque no se veía muy consciente de lo que hacía, no sé si por droga o alcohol, tuve la sensación de que buscaba desesperadamente compañía.

Podría continuar contando pero creo que alargaría demasiado esta entrada.

Después hay quien dice que las cosas son blancas o negras…

Música de matices y circunstancias para cerrar, Up, una de las bandas sonoras que más me gustan.

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San Juan

Cuando nos encontramos esa noche muchos recuerdos volvieron a mi cabeza. Ahora nos mirábamos a través de la fogata mientras la música del grupo afrocaribeño iba envolviendo el ambiente de la playa y contagiaba con su energía a todos los que estábamos allí ese día de San Juan, que no éramos pocos.

Nos conocimos cinco años antes en el lugar en el que aún yo seguía trabajando, soy recepcionista de un restaurante, y él en ese entonces era el maitre. Estaba tan comprometido como yo, solo que mi predecible vida y sus veintipocos años llenos de testosterona hacían que no importara ni mi matrimonio, ni mi responsabilidad como mamá de un bebé. Flirteábamos descaradamente. Él tenía una relación “especial” con una chica, pero principalmente estaba a lo que estaba: a su trabajo que le exigía horas de dedicación y que de una vez le servía como canal de conquistas y aventuras, y a su gimnasio para mantener un cuerpo de exhibición que procuraba mostrar con ropas ajustadas. Yo mientras tanto me sentía fascinada, esperar su presencia, aguantar sus miradas, responder a sus comentarios de doble intención con coquetería, todo ello despertaba en mí una parte instintiva, aquel lado de hembra que no recordaba de tanta rutina, pañales y llantos a medianoche.

Por eso le seguía el juego , ¿qué había de malo en flirtear un poco? no buscaba más. Un día, nos encontramos por casualidad en el cuarto de baño y entonces intentó besarme. Yo quise de verdad corresponderle, pero me pudo la moral y el remordimiento. Lo rechacé. Entonces se acabó todo entre nosotros. Y sucedió que a las pocas semanas lo echaron por una historia con una chica clienta del local y su familia que más nunca volvió, aunque no me enteré mucho sobre el asunto porque estaba tan descolocada con su indiferencia hacia mí después de lo ocurrido que ni siquiera me interesé en averiguar, y eso que fue el chisme durante semanas de todo el personal.

Yo seguí con mi rutina, mi bebé y mi marido. Pero ahora que el niño era más grande habíamos decidido por petición mía venir a pasar la noche de San Juan a la costa.  Este año caía en fin de semana y me emocionaba muchísimo el viaje. Pero resulta que llegó la gran ocasión y mi pequeño estaba fastidiado y cansado de todo el día en la playa. Mi marido -mi maravilloso marido!- me dijo que se lo llevaría al hotel para que yo pudiera disfrutar ya que sabía las ganas que tenía de volver a estar aquí esta noche. De niña venia a este sitio con mi familia por estas fechas, y me encantaba bailar con los tambores que tocaba el grupo de música formado por chicos de los pueblos negros de esta zona que siempre animan la fiesta junto a la gran fogata, como se suele hacer en el San Juan caribeño… Me hipnotizaban las mujeres negras con esa forma de contonear el cuerpo, sus caderas con vida propia al compás de la música y con movimientos independientes del resto; los hombres junto a ellas en ese cortejo con ritmo que constituyen los bailes al son de tambores, llevando cada hueso y cada músculo al son de la música y creando una atmósfera  festiva y erótica. Los blancos se unían a la fiesta e intentaban imitar la misma cadencia inútilmente. Yo, como cuando era niña, me movía tímidamente en mi sitio y los miraba absorta. Fue en ese momento que se me ocurrió observar más allá del grupo bailando y la hoguera y me encontré con él.

Me reconoció, claro que me reconoció. De hecho, ya sonreía cuando lo vi. Le devolví la sonrisa, y agradecí la noche y la luz del fuego de la hoguera porque sentí como mi cara se enrojecía. Recordé en un segundo mi historia con él, y aquella sensación de sentirme deseada volvió, igual que el cosquilleo en el estómago y el deseo de que esta vez el final fuera diferente.

Se acercó a mí sin dejar de mirarme. Lo vi aproximarse entre la gente y a cada paso  mi corazón latía más fuerte. Sentía como toda mi piel se agudizaba, y la excitación de la posibilidad de cercanía que tantas veces había imaginado hacía que todos mis sentidos se centraran en ese instante, esos segundos. Se detuvo cerca, muy cerca, me sonrió con esa forma suya que tantas veces recordé mientras mi marido  me hacía el amor. Me saludó, y creo recordar que me dijo que seguía igual de guapa, mis nervios y la sensación de sentirme como una adolescente hacían que no estuviese del todo consciente de la situación. Le contesté algo y me respondió con una caricia en la cara con el dorso de sus dedos. Me miró con tal intensidad, con aquella intensidad, que hizo que se me olvidara cualquier atisbo de otro tiempo que no fuese ese presente. Y se acercó más.

Mi cuerpo era toda sexualidad, mis otras yo -sobre todo la esposa y la madre- habían sido rezagadas por una condición de mujer que pedía a gritos sentirse viva. Se aproximó y mi boca rozó la suya, y su mano bajó de mi cara acariciando mi brazo con las puntas de los dedos delicadamente, como queriendo no tocar. La música retumbaba de fondo, los tambores hacían su percusión y el sonido vibraba en nuestros cuerpos. Yo solo veía el brillo intenso de sus ojos iluminados por la hoguera de forma irregular y cadenciosa.

Después, los graves de los instrumentos fueron perdiendo fuerza a medida que nos alejábamos de la fiesta buscando un lugar más oscuro y con la intimidad suficiente para vivir en la realidad lo que desde hacía años  soñaba. El rincón apareció entre una pequeña duna que terminaba casi en el mar formando un arco hasta llegar al agua. Allí nos dejamos ir, sus manos apartaron mi pelo de los hombros para bajar suavemente por la espalda hasta el final mientras su boca hacía su trabajo en mi boca y mi cuello. Yo me dejaba llevar, y mi pecho se erguía para que él lo tomara mientras las caderas se pegaban y se rozaran aumentado la excitación… Si es que se podía más.

No sé cuánto tiempo pasó, sus manos llegaban a cada rincón, a cada recóndito lugar que mi cuerpo solo reservaba para mis propios dedos. Subían, bajaban, hurgaban. Y empezaron a apartar la tela que estorbaba para poder llegar al éxtasis. Y fue ahí, cuando mi clítoris sintió el tacto directo, y la sensación resquebrajó la costumbre de unos órganos habituados a no alterarse, fue ahí, en ese clímax cuando reaccioné.

En ese momento de completa excitación mi mente recordó mi vida, mi rutina, mi marido, mi hijo que esperaba en aquella habitación de hotel. Un golpe de realidad para señalarme las consecuencias de todo aquello. Y entonces lo aparté. Con mi cuerpo pidiendo más de aquel momento y mi cabeza diciéndome que eso no estaba bien. Entonces su rostro se transformó.

Aquel atractivo viril y cargado de sexualidad mudó en un semblante extraño, desconocido. Aquellas manos que tan bien habían tratado mi cuerpo ahora estrujaban mis antebrazos zarandeándolos junto con el resto de mis miembros. Intentaba besarme, acercarse, subirme la falda. Yo hacía fuerzas para apartarlo, pero no entendía la situación, no entendía su agresividad. Lo empujé para que dejara de sujetarme, y le di la espalda para largarme ofendida y atemorizada. Pero fue en aquel momento, cuando sus antes suaves manos me empujaron con todas sus fuerzas hasta tumbarme en la arena, me voltearon con violencia, me dieron un bofetón y me estrujaran el cuello, cuando comprendí que aquello dejaba de ser un juego erótico para convertirse en algo peligroso.

Estaba aterrorizada, y no entendía nada, su rostro era otro, violento, oscuro, con una expresión en sus pupilas sin fondo. Comencé a manotear intentado zafarme de esos dedos que me hacían tanto daño ahora. Mi rodilla alcanzó a llegar a su entrepierna y el dolor  hizo que pudiese soltarme y caminar a gatas dos, tres pasos para ponerme en pie y correr. Pero él era más rápido que yo, y la dolencia no le impedía retorcerse para avanzar arrastras y cogerme violentamente por los pies hasta tumbarme de nuevo. Y otra vez luchaba con mis manos, esta vez con uñas y dientes para conseguir que esas manos me dejaran en paz. Me solté y corrí. Corrí desesperada sin entender cómo había cambiado todo en dos segundos. Corrí por pura supervivencia y en cada instante sentía sus pasos justo detrás de mí, y no sabía si era cierta la percepción o producto de mi terror, pero corría porque no entendía y no podía pararme a entender. Corría llorando y pensado en la habitación de hotel, en la cama caliente, el cuerpo de mi marido y el niño al lado en la cama adicional. Corría pensando en que no podía ser tan alto el precio a pagar por una aventura.

No sé en qué momento llegué a una carretera. Ni cuándo la atravesé huyendo. No sé en qué momento escuché el frenazo y me paré en seco. Ni siquiera sé por qué me detuve, pero me paralicé y giré sobre mis espaldas. Mi aturdimiento seguía, pero la cabeza me dio para acercarme al coche que ahora estaba detenido en medio, con su chofer completamente alterado fuera del vehículo y con las manos en la cabeza tratando igual que yo de comprender lo que pasaba. Creo que por pura inercia me acerqué y reconocí el cabello, el contorno de la espalda boca abajo. Cuando llegué al sitio éramos varias personas alrededor del cadáver sumando al resto de los coches que se habían parado para ayudar/curiosear. Alguien, no sé quién, lo volteó, y una sirena sonó a lo lejos. Su rostro estaba intacto, la boca ligeramente abierta, la cara tensa, y los ojos completamente abiertos, con la expresión de terror supongo previa al impacto del golpe inesperado.

Creo , no sé, que en ese momento grité, presa del pánico, y salí corriendo, huyendo de todo aquello que no alcanzaba a asimilar. Y corrí, corrí hasta que me desperté.

Me senté de golpe en la cama emitiendo un grito ahogado. Mi marido se despertó con el quejido. Se sentó casi al mismo tiempo que yo asustado por mi alarma. -No es nada, le dije, fue una pesadilla. Me dio un beso en la frente y se volvió a acostar. Mi pequeño también miraba la escena asustado desde su camita, estábamos los tres en una habitación doble del hotel y habíamos pedido otra cama para él.  Me acerqué y le di un beso para que se tranquilizara, – mamá tuvo un mal sueño, le dije, acuéstate de nuevo y duerme con los angelitos si? Me obedeció recostándose, lo arropé, le di otro beso y me fui de nuevo a mi cama.

Al día siguiente los tres nos despertamos con cansancio cuando sonó el reloj por la noche que por mi culpa pasamos, pero queríamos aprovechar el día para ir a la playa con el niño, la idea de nuestro viaje de fin de semana, además de celebrar San Juan, era descansar y que él se divirtiera con algo diferente. Una vez en la arena se le olvidó el sueño y disfrutó muchísimo. Nosotros también. Lo malo fue que cuando cayó la noche mi hijo se sentía muy cansado y estaba de mal humor, cosa que me fastidiaba un poco porque quería que fuésemos todos a la hoguera y disfrutara con el fuego, la música y el baile como lo hacía yo de niña. Mi marido, siempre comprensivo, me dijo que se llevaría al pequeño al hotel para que descansara un rato y que me fuera yo a la fiesta ya que me hacía tanta ilusión, ya si luego el pequeño se despertaba con ánimo me alcanzarían en el lugar. Yo acepté a regañadientes porque esa no era la idea inicial del viaje, pero tenía muchas ganas de volver a vivir una noche de San Juan en la playa.

Me fui sola entonces, e igual que en mi infancia, me sentí fascinada por todo lo que veía: la vibración en mi pecho por el sonido de los tambores, las llamas bailarinas de la gran hoguera, la gente danzando al ritmo de la música, sobre todo las personas del pueblo, gente de color que se movía como solo ellos saben hacerlo. Y fue cuando miré más allá de la hoguera y me encontré con sus ojos fijos en mí que recordé, el viaje, la playa, el niño cansado, el hotel, la hoguera, el baile, los tambores, la música….

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Se cuenta, se dice…

Porque la historia no quedó allí, sería demasiado simple y ordinario…

El cuento comenzó aquí, en un relato anterior producto de una anécdota familiar… Pero es que resulta que el muerto bien muerto tuvo una trayectoria más larga y compleja que la narrada, solo basta decirles que recorrió más de 300 kilómetros después de su muerte. Para que se hagan una idea.

Todo empezó en realidad cuando el hijo decide visitar al padre en su última morada después de mucho, y encuentra que el tiempo y el descuido han deteriorado la tumba. La lápida se había roto, e incluso se veía una parte del ataúd,  y por eso el hijo se indignó con el estado de aquella morada, que para eso era su padre y no se merecía ese destino. Fue entonces cuando decidió desenterrarlo.

Así se lo contó a su hermana, quien alarmada le preguntó cómo llevó a cabo la gesta al ser ello ilegal,  obteniendo como respuesta un argumento sobre el valor del dinero…

El caso es que, como ya habíamos contado, cogió los huesos, los metió en una bolsa y esta en un bolso y se los llevó a casa, donde durante un tiempo descansaron en paz debajo de la cama. Su mujer no entraba en la habitación porque tener un muerto en casa es pavoso, decía, y el hijo no le hacía caso porque para eso era su padre.

Pero pasada una temporada se informó de las consecuencias legales de tenerlo escondido en el hogar, y decidió entonces darle mejor descanso. Fue al patio, busco un sitio cerca de un árbol y allí lo enterró de nuevo, quitándole previamente los famosos dientes de oro que luego repartió entre sus hermanos para que tuvieran un presente del padre como recuerdo. Aunque él se quedó con la mayoría…

Pero hete aquí que después de un tiempo, semanas, meses, no sabemos exactamente, un problema de drenaje en el patio de la casa hizo que el muerto bien muerto fuese otra vez desenterrado. Sus huesos ya se empezaban a corroer a causa de la humedad, y hubo que volverlo a poner en la bolsa y esta en un bolso debajo de la cama.

Allí de nuevo pasó una temporada, hasta que transcurridas otras semanas, meses, no sabemos exactamente, el hijo buscó un nuevo sitio en el patio para volver a enterrarlo y que su padre pudiera descansar en paz. Como debe ser.

Pero aconteció que ocurrió una desgracia.

El hijo de este hijo, un hombre joven rebosante de salud y padre de bebés, fue terriblemente asesinado en un atraco, como solo ocurre a diario en los países donde la pobreza y la inseguridad impera. El padre se volvió loco por el dolor de perder a su primogénito de una forma tan desgraciada.

Y no mencionaríamos este penoso episodio si no fuera porque, al ocurrir tan triste asunto, el hijo desenterrador y ahora padre afligido decidió incinerar a su hijo, y en ese momento se acordó del padre enterrado en el patio. Otra vez se propuso sacar los huesos para esta vez si, mandarlo a incinerar también y así darle definitiva sepultura.

Pero, paradojas de la vida, sucedió que esta vez no recordaba el punto exacto en el que estaba enterrado el muerto, por lo que hubo de bregar para encontrarlo. Al final los halló, y fue entonces cuando esos huesos con tan largo recorrido se volvieron cenizas. El hijo decidió llevarlas al mar y allí depositarlas, que para eso era su padre y merecía descansar en paz.

Aunque suponemos que con tanto agite el señor hacía rato que había decidido descansar en paz por su cuenta…

………………………..

PD: Todo surgió a raíz de la pregunta que me hizo Dess en el relato anterior, que por qué el hijo 40 años después va y decide desenterrar a su padre. Esta es la respuesta y todo lo que siguió Líder 😉

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Se dice, se cuenta…

…Que una vez hubo un señor muerto, muy muerto, que estando en vida lucía en su dentadura unos cuantos dientes de oro, porque en su época ese era el tipo de empaste que empleaba el dentista.

Se cuenta también que el señor tuvo una muerte trágica, que dejó 4 hijos pequeños, y que el mayor, al ser el mayor, siempre lo recordó mucho.

Se dice que ese hijo, más de 40 años después, decidió visitar a su padre en el cementerio y, estando parado frente a su tumba, decidió en un arrebato desenterrarlo.

Se cuenta que cogió los huesos del señor y se los llevó a su casa, y para tenerlo cerca y guardadito, los metió en una caja debajo de su cama.

Se dice que pasado un tiempo cambió al muerto de puesto. Le explicó a su hermana que al parecer era ilegal tenerlo en casa,  y como no quería meterse en líos prefirió mudar a los huesos de sitio.

Se cuenta que entonces fue al patio de su casa, hizo un hueco junto al árbol grande y allí los dejó descansando en paz. No ha vuelto a cambiarlo.

Eso sí, los dientes de oro se los quedó, y le dio uno a cada uno de sus hermanos para que tuvieran un bonito recuerdo de su padre…

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PD: Se cuenta, se dice… lo cuento, lo digo, porque aunque parezca extraña, la historia es real, una anécdota familiar surgida en el Caribe del realismo mágico… Había que contarlo.

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