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¿Se puede ser un insatisfecho crónico?

Hoy me lo he planteado.

He pensado en que últimamente vuelvo a no dormir bien. Y no entiendo la razón, ahora vivo una etapa en la que, aunque mi vida no sea como yo quiero, por lo menos está encaminada hacia mis objetivos.

Me he preguntado por qué en la madrugada, cuando me despierto para ir al baño y no puedo conciliar luego el sueño, me da por pensar en cosas que no me satisfacen. Por qué a esa hora, por qué no fijarme en todo lo bueno que es mucho.

Por qué soy tan rápida identificando lo negativo.

Por qué me voy de cena con esa persona que quiero tanto y estoy pensando en aquello que tengo pendiente de hacer.

Por qué suelo imaginarme historias en las que discuto con gente querida.

Por qué parece que estoy esperando que se me vaya la vida para empezar a pensar en lo que es realmente valioso.

Y me da por mirar en Google, y busco insatisfacción crónica con la esperanza de sentir un poco de compañía respecto a esta sensación de que soy la única y soliviantar un poco el malestar como si saber que otros lo padecen resolviera algo.

Y me encuentro artículos que dicen que es un mal crónico.

Que es un padecimiento de nuestra sociedad, donde la felicidad y los logros aplaudidos son un deber más que un derecho.

Y da igual. Me da igual que seamos muchos. Me da igual que otras personas lo vivan por no se qué de la sociedad en que vivimos.

Estoy tan cansada física y mentalmente de dormir mal que lo que quiero es entender. Entender que da igual si es crónico, agudo o leve.

Y me vengo al bar que me gusta. Y me tomo dos copas de vino, tres serían demasiadas.

Y me pregunto sobre la insatisfacción crónica y su resolución. En que no quiero ser una permanente insatisfecha porque -de nuevo- es mucho lo bueno.

Y me pregunto cómo cambiar el chip, igual que pienso en esas noches de insomnio que me encantaría que existiera un botón de apague y encienda en mi cabeza para descansar de ella.

Igual que pienso en quién dijo aquello que leí en un artículo sobre que un hábito se cambia en tres meses. Ya le digo yo que no. Todavía me estoy preguntando cuánto tiempo toma decirle adiós a la ansiedad, al exceso de futuro como dijo alguien.

Y sé que seguiré trabajando, haciendo todo lo posible.

Pero hay días como hoy en que no entiendes a pesar del esfuerzo y consideras que lo más prudente sería mandar todo de paseo. Cuando llego a esa conclusión sé que lo mejor entonces es no pensar mucho esa jornada.

Conectar un poco el automático. Desconectar de la abundancia de pensamientos para tener más posibilidades de dormir bien esta noche. Brindar con el vino que me estoy tomando porque sé que pasará y aquello que he dicho que es mucho y es bueno se abrirá paso después de unas horas de buen sueño.

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Imagen: Unsplash, Edho Pratama

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