Castigo de lunes

(Relato gastronómico de mi otro blog, http://www.lagastroredactora.com)

Cuando la madre llegó con ella en las manos fue situada justo enfrente suyo. Ambas se observaron con sorpresa, la de reconocerse la una en la otra, y por esa misma razón, luego la mirada fue de inusitada extrañeza. Se dedicaron unos cuantos segundos a verse detenidamente, de arriba abajo y de izquierda a derecha.

La recién llegada decidió dar el primer paso:

– Holaa, quién egges tú?

– Eh? respondió la otra, ¿por qué hablllas así? tu?

– Nu entiengdo, hablo noggmal, peggró mi acento es fggrancés.

– ¡Ah! molt bé…

Otro incómodo silencio para detallarse mejor…

– ¿Mog be? preguntó la francesa.

– No es mog be, es molt bé, respondió la otra secamente. Es català. Soy catallana, ¿no me ves? todos me conocen aquí, soy parte del recetario tradicional de mi tierra, dijo orgullosa. Me llamo Crema Catalana.

– ¡Oh la la!! Cggrema catalana! yo no te conozco a ti, peggo somos mu paggrecidas. Mi nombgre es Crème Brûlée.

– ¡Y tanto!… Crème qué?

– ¡Brûlée!

– ¿Brulé?

– Oui. Je suis la afamada créme brûlée, un postggre típico de la France conocidu en todo eg mundo. Me conocías ¿vegrdad?

– Pues no.

– Oh!… Qué extgraño… Pero tú tienes la misma costgra de sucre encima. No seggremos pggrimas?

– No creo, ¿eh? soy auténtica catallana de famillia catallana. Y en este punto el tono de su voz cambió. Empezaba a sentir verdadera desconfianza de esa intrusa recién llegada…. ¡Que encima parecía que la imitaba!

– Eeeeee, pues yo soy auténtica fgrancesa, respondió la crème brûlée altiva y en tono de revancha.

– Pues para ser tan auténtica parece que me imitaras a mí… bonica.

– ¡¿Comme???!! Yo soy la ggran crème brûlée, ¿cómo se te ocuggre decigme eso?

– ¡Diciéndotelo, eh! Vistes con un cuenco de barro, igual que yo, y también eres clara con una costra de sucre, no sucggré como dices, que eso te lo has inventao… ¡Que crème brûlée ni que crème brûlée! ¡Una estafadora lo que eres!

– ¡Mon dieu!!! ¡¿Cómo es posibléee?! Grito indignadísima. ¡¡Je suis el dessert fgrrancés pog excelenciaa!! Me pgrepagran desde 1691, ¡todos los fgranceses me adoggran! Degde Paggrís hasta el pueblo más pequeño. Soy la ggreina en la France y en el mundo y ¡tú me estás copiando!

– ¡¿Pero qué dices tía?!! Si ya en los libros medievales se cuenta cómo me preparaban. ¡La imitadora eres tú! ¡gilipolles!

– Oooooo ¡no voy a toleggrar que me digas eso!

– La que no tolera soy yo que estaba primero aquí. ¡Prou! ¡fuera de aquí!

– ¡Oh merde! ¡Eggres una petaggrda!

– ¡¿Pero qué te has creído?! ¡ Ves a pastar fang!

– ¡Crètin!

– ¡Imbécil!

– Fill de….

 

¡Diego!!

………
¡Diego! ¡Ven aquí ahora mismo!!

El niño se acercó cabizbajo con cara de pena para causar lástima..

¡¿Qué has hecho?! exclamó la madre muy molesta.

Mami, tu me dijiste que podía comer…

Que podías comer un poquito de la crema catalana o la crème brûlée. ¡No comértelas enteras las dos!!!

Pero es que no sabía cuál era la crema y cual la crem esa que dices.

¿Y eso te justifica?

Es que las probé las dos y estaban buenas las dos, pero me supieron igual, dijo bajito… Y como vi que quedaba un poquito de cada una, ya pa’ dejar el poquito allí… mejor me lo comía.

¿Ah sí? Pues castigado sin postre el resto de la semana… Y hoy es lunes!!

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PD: Aunque sus sabores son muy parecidos y mucha gente no las distingue, en realidad las formas de preparar la crema catalana y la crème brûlée son diferentes. La crema catalana se espesa con huevo y almidón de maíz, mientras que la crème brûlée se hace con crema de leche, huevo y se cocina al baño María.

Sobre sus orígenes, el postre catalán aparece ya en documentos medievales, en el Llibre de Sent Soví del siglo XIV y el Llibre del Coch del siglo XVI. Es considerado uno de los postres más antiguos de Europa. En cuanto al dulce francés, ya aparece registrado en el libro de Le nouveau cuisinier royal et bourgeois, en 1691. Algunos dicen que es la versión gala de un postre que ya se hacía en la Cataluña francesa, y otros afirman que proviene de un postre inglés llamado Trinitry Cream que al pasar a Francia se hizo muy popular.

Lo cierto es que, crema catalana o crème brûlée, solo mirar las fotos se hace agua la boca….

crema catalana wikipedia

creme brulee

Ellos

“No espero ni pido que nadie crea el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir”… Era el restaurante de moda en la ciudad, y ellos, los dueños, la pareja estilosa que se reunía cada día con la gente más cool, los dos triunfadores que habían montado en plena crisis un restaurante-discoteca de 150 metros cuadrados en el barrio más caro de la zona y habían superado con creces las expectativas de aquellos que opinaban y decían saber asegurando al principio que era una osadía su proyecto. Una osadía, afirmaban, aunque esa misma gente también sabía perfectamente de la potente red de relaciones públicas que se habían ido asegurando gracias a su círculo social y a puestos anteriores, de eso y de los rumores de negocios turbios que funcionaban por detrás y que supuestamente les habían facilitado todo el respaldo económico que necesitaron para poner en marcha el proyecto. Pero ellos no hacían caso de los comentarios, disfrutaban su status y comentaban con arrogancia cuando les preguntaban que no había sido una osadía sino todo un acierto aprovechar sus ventajas para emprender algo propio con el mayor éxito.

Durante seis años el establecimiento fue la referencia en cuanto a gastronomía y vida nocturna de la ciudad. Él conquistaba con su apariencia de chico bien proveniente del norte del país y estilo moderno; ella atraía a todos a su alrededor con su belleza exótica, su acento extranjero, su vestuario a la última y esos gestos sofisticados que resaltaban aún más cuando llevaba a su gato angora blanco en brazos, el animal que parecía parte de su puesta en escena.

Juntos formaban el dúo perfecto, una pareja llena de glamour, con el toque de prepotencia justa para que todos quisieran acercarse a ellos y muy sagaces como empresarios. En el local cuidaron siempre cada detalle, la carta al principio estuvo compuesta por platos mediterráneos con guiños a la cocina asiática tan de moda en esa época; luego le introdujeron pinceladas de cocina peruana cuando esta empezó a superar a la otra como última tendencia. No era alta gastronomía ni cocina de autor, pero los platos tenían éxito por jugar con sabores atractivos y una vajilla espectacular. La decoración por su parte también era certera, tonos cálidos con mobiliario vintage cuando los competidores aún seguían con el estilo minimalista, y abundantes tejidos en paredes y sillas que le daban la calidez necesaria a un espacio tan grande. Todo había sido milimétricamente planificado para que no faltara ningún detalle, el personal y su vestuario, la música de fondo durante las cenas y la de forma en la discoteca, la mudanza en minutos a las doce de la noche del salón que desaparecía para darle cabida a la pista de baile. Ellos eran un ejemplo a seguir de éxito y buen hacer.

Por eso fue que nadie entendió cuando hace poco, y en pleno apogeo, cerrarán de un día para otro. La clausura fue noticia tanto en medios relacionados con restauración, como en la prensa del corazón y revistas económicas locales, el mejor establecimiento del sector no volvía a abrir sin aviso previo. De ella no se supo nada, él fue quien habló por los dos y comunicó mediante una especie de nota de prensa y una declaración en un programa de chismes que necesitaban cambiar de aires y producir proyectos nuevos, que por ahora se tomarían un año sabático para recorrer el mundo después de tantos tiempo trabajando sin parar  y luego se instalarían en otro lugar para emprender con un nuevo local de restauración, quizás Sidney, quizás Tokio. Algunos dijeron que detrás de tanto éxito había deudas grandes producto de la mala administración, otros insinuaron que sus negocios oscuros los llevaron a un túnel sin salida. El caso es que él se veía bastante tranquilo los días posteriores al cierre mientras terminaba de sacar algunos muebles y papeles del local que traspasaban, asunto que resolvió rápidamente ya que muchos vieron la oportunidad de continuar el concepto y repetir la historia.

Lo que nunca se supo es que abajo, en el sótano que hacía las veces de almacén del local, detrás de la estantería situada al fondo en la que se colocaba la vajilla de repuesto en un lado y  la mantelería en el otro, yacía el cuerpo sin vida de ella, tapiado en la pared que había sido disimulada hábilmente con un trabajo rápido de albañilería. El gato, su gato Pluto, el que siempre la acompañaba colgado de sus brazos a supervisar cada tarde el restaurante antes de abrir para que todo estuviese perfecto, era el único que sabía su paradero, por eso vagaba por el local como si no quisiese irse, y la mayor parte del tiempo estaba ahí en el sótano maullando triste cerca de la pared.

Aunque me estoy equivocando al contároslo, no era solo el gato, él también sabía dónde estaba ella.

Símbolos

Dicen los que creen en signos y los místicos que nuestras vidas están determinadas por ciertos símbolos. Algunos hablan de números, se cree que significan algo más allá de una forma de medir, hay teorías que dicen que los planetas cuentan con una vibración numérica que los afecta. De ahí que algunas personas afirmen que sus vidas están regidas por el número X o el Y.

Igual con los colores, aunque en este caso no hay una ciencia que estudie el fenómeno como sí sucede con la numerología, es totalmente cierto que los tonos afectan nuestro estado de ánimo, hay quienes dicen que su trayectoria vital está condicionada por tal o cual color. No obstante, la chica de esta historia es distinta. Ella siempre afirmó que su vida, o las diferentes etapas que iba viviendo, estaban condicionadas por las frutas.

Era amiga mía, o como dicen por ahí, una conocida con confianza. En varias ocasiones me relató lo mismo: las frutas habían estado siempre presentes a lo largo de su historia. Me contaba que de niña vivía en el campo, en una casa grande con un patio inmenso lleno de árboles, entre ellos varios de mango, que eran sus favoritos. Por eso una de sus diversiones preferidas era trepar junto a sus hermanos aquellos troncos y llegar hasta sus ramas para conseguir unos cuantos ejemplares de la fruta. Le encantaban los mangos verdes, y a escondidas cogían un cuchillo de la cocina y sal para comerse las rebanadas aliñadas ya que su madre no los dejaba porque decía que era malo para la salud. Igual pasaba en casa de la abuela, llegar allí y quitarse los zapatos para correr a toda velocidad al fondo de la casa donde estaba el largo jardín y coger los mangos maduros que habían caído o subir a pescar los más verdes mientras la abuela gritaba “¡no suban tan alto que se pueden caer!” era uno de sus más queridos recuerdos infantiles.

Mango, relato, gastronomia

En la adolescencia la fruta varió. Entró en ella a saco, con el acné, las crisis de identidad, los cambios corporales que hacían que se comparara constantemente con sus amigas y el mundo entero, la búsqueda de un estilo de vestir y el “me avergüenzan mis padres” típico de esa etapa… Excepto cuando su madre le hacía su incomparable tarta de fresas. Ya no vivían en la hacienda de la infancia, se habían mudado a una ciudad con temperaturas menos tropicales que tenía en sus cercanías extensos sembradíos de fresas famosas por su sabor. Aquellos eran fresones, grandes, rojos, dulces, con el punto perfecto de ácido, y eran los que la madre empleaba para poner en el bizcocho casero en la parte del medio y arriba junto con la nata montada. Llegaba a casa y desde la entrada percibía el olor de la tarta recién horneada, entonces corría al interior para encontrarse en la mesa con aquella delicia que podía con cualquier preocupación por la talla y por el vestido del próximo cumple con sus amigas. Era la forma que tenía la madre de volver a encontrarse con su pequeña.

Después, cuando tuvo que mudarse para estudiar en la universidad, me contaba que su mamá siempre procuró visitarla con una gran tarta de fresas entre las manos. Ya había pasado la etapa del conflicto adolescente y sus respectivos bochornos, pero ese dulce significó un fuerte lazo entre ellas.

tarta de fresas, fresa, gastronomia

Luego llegó la graduación, el trabajo profesional y la adultez. Y con todo ello un nuevo cambio de fruta. Los melocotones los descubrió un día al pasar por un puesto muy chulo en el que todas las frutas estaban perfectamente colocadas, alineadas formando un conjunto que era tan visual y atractivo que no podías dejar de detenerte a mirar. Allí fue que vio unos cuantos ejemplares del fruto, grandes, rojos y tiernos.

melocoton, durazno, gastronomia

Le parecieron tan bonitos que decidió comprarse dos para probarlos, y después de hacerlo pasaron a ser su merienda diaria, la de las cinco de la tarde. Y mira qué cosas, fue gracias a su nueva costumbre que un día, en ese mismo puesto de frutas, coincidió con un atractivo chico que estaba escogiendo algunos melocotones para llevarse mientras ella hacía lo mismo. Como estaban uno al lado del otro con la tarea -y ella ya era una experta seleccionándolos después de un año comiendo duraznos a diario- aprovechó para entablar conversación. Lo demás era historia. Cuando yo la conocí llevaba cinco años de convivencia con ese mismo chico y proclamaba a los cuatro vientos sentirse absolutamente enamorada.

Por eso me quedé totalmente desconcertado cuando me enteré de la triste noticia: esa amiga mía cuya vida había sido determinada por las frutas había muerto en un accidente. Su coche se había deslizado y volcado hasta caer por el precipicio por culpa de un cargamento de fruta podrida que había esparcida en la carretera…

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PD: Para los que están en Madrid, mañana domingo habrá una actividad por Venezuela en el Parque del Retiro a las 12, en la entrada principal junto a la Puerta de Alcalá, se llama “Manos Unidas por la Paz” y solo tienes que llevar un globo blanco y una pancarta si lo deseas. Más información aquí#SOSVenezuela

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Por un café

Allí estaba. Ubicada en la esquina con las dos sillas semienfrentadas, más bien un poco cercanas para poder cogernos la mano. Era la mesa redonda de siempre, con el mantel blanco impoluto que caía perfectamente simétrico por los costados; las dos rosas blancas sin tallo, colocadas sobre el pequeño cuenco de cristal con un poco de agua en el exacto centro del círculo. Frente a cada silla, la vajilla y cubertería necesaria para la cena, los platos, blancos también, con los bordes  adornados con elegantes relieves con formas ondulantes, a la manera clásica. No, no quería esos platos modernos con ángulos que tenían ahora en el restaurante. Prefería la vajilla de antes, la que conocía de siempre. Los cubiertos seguían el mismo estilo, dos servicios para cada puesto hechos en plata con bonitas formas en los mangos; los mejores tenedores y cuchillos del local, los que ya no usaban salvo en ocasiones como estas. Unas delicadas copas de cristal para el vino remataban la presentación de la mesa junto con las servilletas de encaje, blancas, por supuesto. El conjunto era una vista agradable, una elegante mesa como le gustaba,  que rompía la secuencia del lugar y hacía de ese punto del salón, un rincón único.

Fue en esa mesa donde me dediqué a conquistarla después de enamorarme perdidamente de ella sesenta años atrás, en esa misma ubicación, en la misma esquina. En ese sitio me dejé llevar por esos ojos castaños verdosos que había visto por primera vez en la barra del restaurante, mientras ella esperaba a una amiga. Aquellos ojos que miraban inquieta a su alrededor y que de repente se encontraron con los míos que la observaban fijamente cautivados por ese aire tan femenino que la envolvía, tan fuerte y delicado a la vez. Yo solo había entrado a tomar un café, pero no dudé un segundo cuando observé unos minutos a esa hermosa mujer,  fui directo hacia ella en vez de pedirle al camarero lo que iba buscando.

Ni siquiera me detuve a pensar. La saludé respetuosamente, que aunque atrevido yo era todo un caballero, como debe ser. Ella me miró con desconfianza. – Perdone, pero tiene los ojos más bonitos que he visto nunca. Su respuesta fue un seco gracias con un deje de coquetería en ese intento de sonrisa en las comisuras de su perfecta boca. – ¿Puedo invitarla a un café? le dije, aunque veía que ya se había bebido uno, -no gracias, ya tomé y estoy esperando a una amiga. – Yo llevo esperándola a usted toda la vida, fue mi respuesta inmediata, refleja, sin pensar. Me miró sorprendida y sonrojada, sin saber si sonreír o mandarme de paseo por mi osadía, – perdone, pero es usted un atrevido, me dijo. Entonces me presenté, no quería que se sintiera ofendida. Le dije quién era mientras le extendía mi brazo para que me diera su mano y le besé el dorso con toda la delicadeza que fui capaz. Le repliqué que no se ofendiera, que sabía que estaba siendo un poco incorrecto, pero que simplemente me había enamorado al verla, que no era un loco ni un conquistador, solo un bebedor de café  que había encontrado lo más bonito del mundo en el sitio menos esperado. A medida que yo hablaba sus mejillas se coloreaban más, ¡se veía tan bonito su sonrojo con aquellos ojos castaños verdosos! No supo qué responder, y le comenté que no era mi intención ser violento, y por eso la dejaba tranquila para tomarme mi café… pero que si su amiga no llegaba sería un honor para mí conversar un rato con ella. No importaba si tenía que tomarme tres expresos y en la noche no conciliara el sueño, esperaría lo necesario para tener esa oportunidad…

Fue así como me fui al otro lado de la barra a tomarme no tres, sino cuatro cafés mientras aguardaba mi gran ocasión; ella me miraba de reojo cada ciertos minutos, nerviosa mientras ojeaba la puerta a la espera de esa persona que gracias al cielo nunca se presentó. Entonces, tras cuatros dosis de cafeína y perderme observando esos ojos castaños verdosos a lo lejos, me acerqué de nuevo. Y esta vez ella aceptó otro café y una conversación, no sin cierto reparo, era una época en la que no estaba bien que una señorita le contara su vida de repente a un hombre que la abordaba de esa manera. Pero la conversación fue fluyendo, la confianza creciendo y se aproximó la noche en la misma barra en la que nos habíamos visto tres horas antes. Le sugerí que por qué no cenábamos aunque fuese un poco temprano, ella me dijo que se tenía que ir, y yo le dije que estaba buscando una excusa para prolongar ese encuentro porque no quería separarme de ella. En ese instante ella sonrió abiertamente y aceptó mi propuesta, pero me dijo que buscáramos un rincón del salón, una mesa que no estuviese tan a la vista de toda la gente para evitar comentarios…

Todos estos recuerdos me vienen ahora a la cabeza, y eso que a mi edad la memoria falla. Estoy ahora de pie, colocado en la entrada del restaurante pensando que hay ciertas cosas, ciertos momentos que marcan la vida y jamás se olvidan. Ella llegó de pronto, de repente, como un trueno, me encandiló.

A partir de ese día no nos separamos, y cada año por estas fechas veníamos a cenar a este lugar cuidando y solicitando por favor al maître que todo estuviera igual. Así fue pasando el tiempo y con los años, el local fue cambiando de dueño, lo hizo hasta en cuatro ocasiones, pero cada propietario que se iba cuidó de contarle al nuevo la historia de unos clientes que cada año renovaban sus votos de amor allí, ¡qué agradecidos estamos con cada uno! Por eso la decoración fue variando, y con ella la vajilla, la cubertería, las copas, los manteles; menos esa mesa durante unas horas una noche al año.

Hoy cumplimos nuestro sesenta aniversario de encuentro en este restaurante, por eso mi mujer y yo hemos querido que fuese una ocasión muy especial y hemos acordado que repetiremos toda la historia de aquella tarde, desde la primera vista en la barra, la conversación, la cena, ¡incluso el menú! aunque los platos en mucha menos cantidad porque hay cosas que ya nos sientan mal. El personal nos mira a cada uno ya colocados en nuestras posiciones con complicidad y ternura (nos ven como una bonita historia de abuelos, ellos no saben que seguimos siendo el hombre y la mujer), aunque a nosotros solo nos importa que todo salgo perfecto.

 – Perdone, pero tiene los ojos más bonitos que he visto nunca…

PD: Este relato fue escrito para mi otro blog (en el que hablo de gastronomía, excepto en la categoría de relatos gastronómicos que es más un capricho mío 🙂 ) pero como es un cuento lo comparto también por aquí.

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Imprevisto (de Navidad)

– Advertencia: este texto contiene tacos y groserías por exigencias del guión- 🙂

(En una casa en las afueras de Madrid)

– Bien. El plan está saliendo tal y como lo estipulamos…

– Si, y estos turrones están que te mueres. Me encantan estos dulces que hacen los españoles.

– Si! Y los mazapanes? Están buenísimos!  Y nos dejaron una bandeja gigante!

– ¿Y te acuerdas de los cupcakes  y la cheesecake que nos comimos en la casa de Nueva York? Impresionantes!!

– Y la pavlova en Australia? ¡Riquísima!

– ¡A callar! Que se despiertan los niños. Y no pueden enterarse de que no somos el pendejo de Santa Claus.

– Espero que el gordo no haya despertado aún porque ahí sí que nos metemos en un lío.

– ¡Qué va! Con todo el somnífero que le pusimos en el té a él y a doña Claus no se van a despertar hasta mañana cuando ya estemos de vuelta  en el Polo Norte.

– Mmm (mientras masticaba otro mazapán) pues al regreso en el trineo decidimos qué le diremos para que no nos castiguen todo el año que viene.

– Si…. (cogía ahora polvorones) aunque no me neguéis que mi idea de suplantar al gordo este año repartiendo los regalos a los niños ha sido insuperable.

– Pues si. Cada Navidad llega contando todo lo que se ha comido durante la noche y nosotros pringando después de tanto trabajo.

– ¡Que se joda! Nosotros hacemos los juguetes y él se lleva lo mejor.

– Si… Lo malo es que con tanto dulce me está dando un empacho… ufff.

– Ya yo fui al baño a dejar mi recuerdito para que me quepa más comida.

– ¡Joder tío, qué guarro eres!

– Por lo menos que valga la pena el castigo del gordo… y con lo pequeños que somos no nos cabe tanta comida como a él.

– ¡Yo no puedo más! Tengo que desabrocharme el pantalón.

– Hostia tío, te estás pareciendo al gordo en versión mini con ese barrigón jajaja.

– ¡Uffff qué peste! ¿Quién se echó ese pedo?

– Yo… es que no puedo más.

– Aghhhhh ¡asco!

– Shhhhh. Esperad… Qué es ese ruido?

– No sé… Parece que viene de afuera.

-Sí, ¡¿pero qué será?!

– Ni idea… ¡Coño! ¡El trineo!

– Espera que miro… ¡los renos!  ¡Que se van, que se van!

– Pero…ehhhhh paren!! (salto por la ventana) ¡Rudolf detente!

(Todos corriendo detrás del trineo).

– ¡Rudooooolllffff!!!  Si ya decía yo que este bicho es tonto con esa nariz roja…

(Siguen corriendo mientras se quedan casi sin respiración).

– ¡¡¡¿Pero qué les ha pasao??!! ¡¡¡¿Por qué corren??!! ¡Rudolf!! ¡Renos!!!

– ¡Apúrate! ¡Agárrate del trineo que yo te cojo por un pie!

(Uno de los duendes logra colgarse del trineo cuando ya empieza a volar y los demás lo siguen asiendo el pie del otro).

– ¡¡¡¡¡¿Rudolf qué te pasa??!!

– ¡Está como asustado!

– ¡Ya se! ¡Mirad a la izquierda! ¡Mirad a la izquierda! ¡¡¡Por eso salió espantado!!!!

– ¡¡¡¡¡¿Qué es eso??!!! ¡No distingo!

FINAL 1

– Una valla anunciando que vienen los 3 Reyes Magos. ¡El bicho tarado le tiene pánico a los camellos!

– ¡Rudolf no corras tanto!! ¡Para! ¡Para!

FINAL 2

– ¡Una valla con el anuncio de la Lotería de Navidad!

– ¡Para Rudolf para! ¡El nanananana no es un duende malvado, es Raphael!

– ¡Que nos caemos! Paraaaaaaaaaaa

duende gabitogrupos

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San Juan

Cuando nos encontramos esa noche muchos recuerdos volvieron a mi cabeza. Ahora nos mirábamos a través de la fogata mientras la música del grupo afrocaribeño iba envolviendo el ambiente de la playa y contagiaba con su energía a todos los que estábamos allí ese día de San Juan, que no éramos pocos.

Nos conocimos cinco años antes en el lugar en el que aún yo seguía trabajando, soy recepcionista de un restaurante, y él en ese entonces era el maitre. Estaba tan comprometido como yo, solo que mi predecible vida y sus veintipocos años llenos de testosterona hacían que no importara ni mi matrimonio, ni mi responsabilidad como mamá de un bebé. Flirteábamos descaradamente. Él tenía una relación «especial» con una chica, pero principalmente estaba a lo que estaba: a su trabajo que le exigía horas de dedicación y que de una vez le servía como canal de conquistas y aventuras, y a su gimnasio para mantener un cuerpo de exhibición que procuraba mostrar con ropas ajustadas. Yo mientras tanto me sentía fascinada, esperar su presencia, aguantar sus miradas, responder a sus comentarios de doble intención con coquetería, todo ello despertaba en mí una parte instintiva, aquel lado de hembra que no recordaba de tanta rutina, pañales y llantos a medianoche.

Por eso le seguía el juego , ¿qué había de malo en flirtear un poco? no buscaba más. Un día, nos encontramos por casualidad en el cuarto de baño y entonces intentó besarme. Yo quise de verdad corresponderle, pero me pudo la moral y el remordimiento. Lo rechacé. Entonces se acabó todo entre nosotros. Y sucedió que a las pocas semanas lo echaron por una historia con una chica clienta del local y su familia que más nunca volvió, aunque no me enteré mucho sobre el asunto porque estaba tan descolocada con su indiferencia hacia mí después de lo ocurrido que ni siquiera me interesé en averiguar, y eso que fue el chisme durante semanas de todo el personal.

Yo seguí con mi rutina, mi bebé y mi marido. Pero ahora que el niño era más grande habíamos decidido por petición mía venir a pasar la noche de San Juan a la costa.  Este año caía en fin de semana y me emocionaba muchísimo el viaje. Pero resulta que llegó la gran ocasión y mi pequeño estaba fastidiado y cansado de todo el día en la playa. Mi marido -mi maravilloso marido!- me dijo que se lo llevaría al hotel para que yo pudiera disfrutar ya que sabía las ganas que tenía de volver a estar aquí esta noche. De niña venia a este sitio con mi familia por estas fechas, y me encantaba bailar con los tambores que tocaba el grupo de música formado por chicos de los pueblos negros de esta zona que siempre animan la fiesta junto a la gran fogata, como se suele hacer en el San Juan caribeño… Me hipnotizaban las mujeres negras con esa forma de contonear el cuerpo, sus caderas con vida propia al compás de la música y con movimientos independientes del resto; los hombres junto a ellas en ese cortejo con ritmo que constituyen los bailes al son de tambores, llevando cada hueso y cada músculo al son de la música y creando una atmósfera  festiva y erótica. Los blancos se unían a la fiesta e intentaban imitar la misma cadencia inútilmente. Yo, como cuando era niña, me movía tímidamente en mi sitio y los miraba absorta. Fue en ese momento que se me ocurrió observar más allá del grupo bailando y la hoguera y me encontré con él.

Me reconoció, claro que me reconoció. De hecho, ya sonreía cuando lo vi. Le devolví la sonrisa, y agradecí la noche y la luz del fuego de la hoguera porque sentí como mi cara se enrojecía. Recordé en un segundo mi historia con él, y aquella sensación de sentirme deseada volvió, igual que el cosquilleo en el estómago y el deseo de que esta vez el final fuera diferente.

Se acercó a mí sin dejar de mirarme. Lo vi aproximarse entre la gente y a cada paso  mi corazón latía más fuerte. Sentía como toda mi piel se agudizaba, y la excitación de la posibilidad de cercanía que tantas veces había imaginado hacía que todos mis sentidos se centraran en ese instante, esos segundos. Se detuvo cerca, muy cerca, me sonrió con esa forma suya que tantas veces recordé mientras mi marido  me hacía el amor. Me saludó, y creo recordar que me dijo que seguía igual de guapa, mis nervios y la sensación de sentirme como una adolescente hacían que no estuviese del todo consciente de la situación. Le contesté algo y me respondió con una caricia en la cara con el dorso de sus dedos. Me miró con tal intensidad, con aquella intensidad, que hizo que se me olvidara cualquier atisbo de otro tiempo que no fuese ese presente. Y se acercó más.

Mi cuerpo era toda sexualidad, mis otras yo -sobre todo la esposa y la madre- habían sido rezagadas por una condición de mujer que pedía a gritos sentirse viva. Se aproximó y mi boca rozó la suya, y su mano bajó de mi cara acariciando mi brazo con las puntas de los dedos delicadamente, como queriendo no tocar. La música retumbaba de fondo, los tambores hacían su percusión y el sonido vibraba en nuestros cuerpos. Yo solo veía el brillo intenso de sus ojos iluminados por la hoguera de forma irregular y cadenciosa.

Después, los graves de los instrumentos fueron perdiendo fuerza a medida que nos alejábamos de la fiesta buscando un lugar más oscuro y con la intimidad suficiente para vivir en la realidad lo que desde hacía años  soñaba. El rincón apareció entre una pequeña duna que terminaba casi en el mar formando un arco hasta llegar al agua. Allí nos dejamos ir, sus manos apartaron mi pelo de los hombros para bajar suavemente por la espalda hasta el final mientras su boca hacía su trabajo en mi boca y mi cuello. Yo me dejaba llevar, y mi pecho se erguía para que él lo tomara mientras las caderas se pegaban y se rozaran aumentado la excitación… Si es que se podía más.

No sé cuánto tiempo pasó, sus manos llegaban a cada rincón, a cada recóndito lugar que mi cuerpo solo reservaba para mis propios dedos. Subían, bajaban, hurgaban. Y empezaron a apartar la tela que estorbaba para poder llegar al éxtasis. Y fue ahí, cuando mi clítoris sintió el tacto directo, y la sensación resquebrajó la costumbre de unos órganos habituados a no alterarse, fue ahí, en ese clímax cuando reaccioné.

En ese momento de completa excitación mi mente recordó mi vida, mi rutina, mi marido, mi hijo que esperaba en aquella habitación de hotel. Un golpe de realidad para señalarme las consecuencias de todo aquello. Y entonces lo aparté. Con mi cuerpo pidiendo más de aquel momento y mi cabeza diciéndome que eso no estaba bien. Entonces su rostro se transformó.

Aquel atractivo viril y cargado de sexualidad mudó en un semblante extraño, desconocido. Aquellas manos que tan bien habían tratado mi cuerpo ahora estrujaban mis antebrazos zarandeándolos junto con el resto de mis miembros. Intentaba besarme, acercarse, subirme la falda. Yo hacía fuerzas para apartarlo, pero no entendía la situación, no entendía su agresividad. Lo empujé para que dejara de sujetarme, y le di la espalda para largarme ofendida y atemorizada. Pero fue en aquel momento, cuando sus antes suaves manos me empujaron con todas sus fuerzas hasta tumbarme en la arena, me voltearon con violencia, me dieron un bofetón y me estrujaran el cuello, cuando comprendí que aquello dejaba de ser un juego erótico para convertirse en algo peligroso.

Estaba aterrorizada, y no entendía nada, su rostro era otro, violento, oscuro, con una expresión en sus pupilas sin fondo. Comencé a manotear intentado zafarme de esos dedos que me hacían tanto daño ahora. Mi rodilla alcanzó a llegar a su entrepierna y el dolor  hizo que pudiese soltarme y caminar a gatas dos, tres pasos para ponerme en pie y correr. Pero él era más rápido que yo, y la dolencia no le impedía retorcerse para avanzar arrastras y cogerme violentamente por los pies hasta tumbarme de nuevo. Y otra vez luchaba con mis manos, esta vez con uñas y dientes para conseguir que esas manos me dejaran en paz. Me solté y corrí. Corrí desesperada sin entender cómo había cambiado todo en dos segundos. Corrí por pura supervivencia y en cada instante sentía sus pasos justo detrás de mí, y no sabía si era cierta la percepción o producto de mi terror, pero corría porque no entendía y no podía pararme a entender. Corría llorando y pensado en la habitación de hotel, en la cama caliente, el cuerpo de mi marido y el niño al lado en la cama adicional. Corría pensando en que no podía ser tan alto el precio a pagar por una aventura.

No sé en qué momento llegué a una carretera. Ni cuándo la atravesé huyendo. No sé en qué momento escuché el frenazo y me paré en seco. Ni siquiera sé por qué me detuve, pero me paralicé y giré sobre mis espaldas. Mi aturdimiento seguía, pero la cabeza me dio para acercarme al coche que ahora estaba detenido en medio, con su chofer completamente alterado fuera del vehículo y con las manos en la cabeza tratando igual que yo de comprender lo que pasaba. Creo que por pura inercia me acerqué y reconocí el cabello, el contorno de la espalda boca abajo. Cuando llegué al sitio éramos varias personas alrededor del cadáver sumando al resto de los coches que se habían parado para ayudar/curiosear. Alguien, no sé quién, lo volteó, y una sirena sonó a lo lejos. Su rostro estaba intacto, la boca ligeramente abierta, la cara tensa, y los ojos completamente abiertos, con la expresión de terror supongo previa al impacto del golpe inesperado.

Creo , no sé, que en ese momento grité, presa del pánico, y salí corriendo, huyendo de todo aquello que no alcanzaba a asimilar. Y corrí, corrí hasta que me desperté.

Me senté de golpe en la cama emitiendo un grito ahogado. Mi marido se despertó con el quejido. Se sentó casi al mismo tiempo que yo asustado por mi alarma. -No es nada, le dije, fue una pesadilla. Me dio un beso en la frente y se volvió a acostar. Mi pequeño también miraba la escena asustado desde su camita, estábamos los tres en una habitación doble del hotel y habíamos pedido otra cama para él.  Me acerqué y le di un beso para que se tranquilizara, – mamá tuvo un mal sueño, le dije, acuéstate de nuevo y duerme con los angelitos si? Me obedeció recostándose, lo arropé, le di otro beso y me fui de nuevo a mi cama.

Al día siguiente los tres nos despertamos con cansancio cuando sonó el reloj por la noche que por mi culpa pasamos, pero queríamos aprovechar el día para ir a la playa con el niño, la idea de nuestro viaje de fin de semana, además de celebrar San Juan, era descansar y que él se divirtiera con algo diferente. Una vez en la arena se le olvidó el sueño y disfrutó muchísimo. Nosotros también. Lo malo fue que cuando cayó la noche mi hijo se sentía muy cansado y estaba de mal humor, cosa que me fastidiaba un poco porque quería que fuésemos todos a la hoguera y disfrutara con el fuego, la música y el baile como lo hacía yo de niña. Mi marido, siempre comprensivo, me dijo que se llevaría al pequeño al hotel para que descansara un rato y que me fuera yo a la fiesta ya que me hacía tanta ilusión, ya si luego el pequeño se despertaba con ánimo me alcanzarían en el lugar. Yo acepté a regañadientes porque esa no era la idea inicial del viaje, pero tenía muchas ganas de volver a vivir una noche de San Juan en la playa.

Me fui sola entonces, e igual que en mi infancia, me sentí fascinada por todo lo que veía: la vibración en mi pecho por el sonido de los tambores, las llamas bailarinas de la gran hoguera, la gente danzando al ritmo de la música, sobre todo las personas del pueblo, gente de color que se movía como solo ellos saben hacerlo. Y fue cuando miré más allá de la hoguera y me encontré con sus ojos fijos en mí que recordé, el viaje, la playa, el niño cansado, el hotel, la hoguera, el baile, los tambores, la música….

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Se cuenta, se dice…

Porque la historia no quedó allí, sería demasiado simple y ordinario…

El cuento comenzó aquí, en un relato anterior producto de una anécdota familiar… Pero es que resulta que el muerto bien muerto tuvo una trayectoria más larga y compleja que la narrada, solo basta decirles que recorrió más de 300 kilómetros después de su muerte. Para que se hagan una idea.

Todo empezó en realidad cuando el hijo decide visitar al padre en su última morada después de mucho, y encuentra que el tiempo y el descuido han deteriorado la tumba. La lápida se había roto, e incluso se veía una parte del ataúd,  y por eso el hijo se indignó con el estado de aquella morada, que para eso era su padre y no se merecía ese destino. Fue entonces cuando decidió desenterrarlo.

Así se lo contó a su hermana, quien alarmada le preguntó cómo llevó a cabo la gesta al ser ello ilegal,  obteniendo como respuesta un argumento sobre el valor del dinero…

El caso es que, como ya habíamos contado, cogió los huesos, los metió en una bolsa y esta en un bolso y se los llevó a casa, donde durante un tiempo descansaron en paz debajo de la cama. Su mujer no entraba en la habitación porque tener un muerto en casa es pavoso, decía, y el hijo no le hacía caso porque para eso era su padre.

Pero pasada una temporada se informó de las consecuencias legales de tenerlo escondido en el hogar, y decidió entonces darle mejor descanso. Fue al patio, busco un sitio cerca de un árbol y allí lo enterró de nuevo, quitándole previamente los famosos dientes de oro que luego repartió entre sus hermanos para que tuvieran un presente del padre como recuerdo. Aunque él se quedó con la mayoría…

Pero hete aquí que después de un tiempo, semanas, meses, no sabemos exactamente, un problema de drenaje en el patio de la casa hizo que el muerto bien muerto fuese otra vez desenterrado. Sus huesos ya se empezaban a corroer a causa de la humedad, y hubo que volverlo a poner en la bolsa y esta en un bolso debajo de la cama.

Allí de nuevo pasó una temporada, hasta que transcurridas otras semanas, meses, no sabemos exactamente, el hijo buscó un nuevo sitio en el patio para volver a enterrarlo y que su padre pudiera descansar en paz. Como debe ser.

Pero aconteció que ocurrió una desgracia.

El hijo de este hijo, un hombre joven rebosante de salud y padre de bebés, fue terriblemente asesinado en un atraco, como solo ocurre a diario en los países donde la pobreza y la inseguridad impera. El padre se volvió loco por el dolor de perder a su primogénito de una forma tan desgraciada.

Y no mencionaríamos este penoso episodio si no fuera porque, al ocurrir tan triste asunto, el hijo desenterrador y ahora padre afligido decidió incinerar a su hijo, y en ese momento se acordó del padre enterrado en el patio. Otra vez se propuso sacar los huesos para esta vez si, mandarlo a incinerar también y así darle definitiva sepultura.

Pero, paradojas de la vida, sucedió que esta vez no recordaba el punto exacto en el que estaba enterrado el muerto, por lo que hubo de bregar para encontrarlo. Al final los halló, y fue entonces cuando esos huesos con tan largo recorrido se volvieron cenizas. El hijo decidió llevarlas al mar y allí depositarlas, que para eso era su padre y merecía descansar en paz.

Aunque suponemos que con tanto agite el señor hacía rato que había decidido descansar en paz por su cuenta…

………………………..

PD: Todo surgió a raíz de la pregunta que me hizo Dess en el relato anterior, que por qué el hijo 40 años después va y decide desenterrar a su padre. Esta es la respuesta y todo lo que siguió Líder 😉

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El escribidor

Cada día se acercaba a observarlo. Entraba al parque por la puerta de la Reina Mercedes, tomaba el paseo de Coches y giraba en el paseo Uruguay. Desde allí ya la avistaba en el horizonte, unas veces con el cielo azul y brillante de fondo si era pleno día, o con los tonos naranja del atardecer, o el gris húmedo y triste de las tardes de lluvia. Dependiendo de esas ocasiones la silueta era solo una silueta oscura en el centro recortando el lienzo que se dibujaba de fondo, o ya desde esa esquina del paseo de Coches con el paseo Uruguay vislumbraba algún relieve, algunas de las formas que conformaban la figura.

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Cada día llegaba a la rotonda de la estatua para observarla. Daba la vuelta alrededor, miraba cada ángulo, respiraba las líneas. Así un rato, media hora, una hora, no sabía cuánto tiempo de la jornada.

Había descubierto al Ángel Caído hacía tiempo. Un día fue al parque a caminar, a despejar ideas y a encontrar inspiración para escribir aquella novela que esperaba escribir desde hacía años. Cuando llegó a la esquina del paseo de Coches lo descubrió. Fue un flechazo, un encuentro en el que su alma decidió que ese sería el personaje principal de su historia, el punto de partida para relatar aquello que quería contar

Pero ese aquello no terminaba de cristalizarse. Se imaginaba al ángel como un personaje que cobraba vida y dialogaba con una persona en ciertas ocasiones; o lo veía como un testigo silente de las historias encadenadas de varios personajes que cruzaban sus vidas en el parque; o lo visualizaba en un relato en el que fuese un sujeto fascinante para un solitario humano que durante horas lo miraba hasta convertirse en él, como el Axolotl de Cortázar. Pero era demasiado pretencioso emular al más grande escribidor de cuentos

Cada día iba al parque a ver la estatua buscando ese instante en el que la intuición iluminara en su cabeza una idea, un principio que le diera movimiento a sus dedos y lograra por fin arrancar aquella historia, esa novela que quería escribir desde hacía tiempo y con la que hasta ahora solo lograba deambular a distintas horas del día por el paseo Uruguay hasta llegar a la glorieta.

El ángel era y significaba mucho. Lucifer. El antiguo bueno expulsado por Dios del Paraíso por su mala conducta, la cara terriblemente expresiva, el brazo izquierdo en actitud de protección, los músculos tensos, el cuerpo ladeado mirando aquello que temía tanto. No había mejor personaje para su novela, si pudiese mirarlo desde allí arriba vería lo importante que era en su vida, lo que anhelaba encontrar ese punto de arranque para ir más allá del pedestal, de ese parque en el centro. A veces extendía una mano y trazaba su silueta con el dedo, y se emocionaba tanto que llegaba al punto de tornarse vidriosos sus ojos. Anhelaba conectar con su espíritu, soñaba ser él y librarse de toda atadura y convencionalismo, vivir al margen de cualquier mirada inquisidora porque ya estaba fuera de la norma. Como el Ángel que echó Dios del Paraíso.

Los que frecuentaban a diario el parque un día simplemente no vieron más al sujeto extraño de aspecto descuidado que todos los días estaba mirando la estatua del Ángel Caído; ni los que iban a correr por las mañanas temprano, ni los que tomaban sol a mediodía, ni los que paseaban por las tardes o se ejercitaban de noche. La figura volvió a estar sola rodeada de la gente que pasa por la rotonda. Sin embargo hay quien dice que desde entonces la expresión de la cara del ángel tiene algo distinto, como si a veces pareciera que su mirada es real. Como un ser vivo, como el Axolotl de Cortázar.

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