Escenas de bar en una noche lluviosa

Se trata de hacerlo consciente.

Hablo de un estar a gusto, de sentirse bien en un espacio que debería estar lleno de gente y que ahora ocupo con las personas que atienden y que ya les gustaría que la puerta se abriera, en esa noche desangelada de agua cayendo y rodando y mojando a todo el que se asoma a su territorio.

Yo miro mi copa de vino, me gusta dialogar con ella en mis pensamientos sobre lo divino y humano para no correr el riesgo de ser observada como una desquiciada que habla sola. No se trata del que dirán, es más bien de que me dejen conversar en paz.

De cuando en cuando me miro en el espejo de enfrente y reconozco la figura que veo, hay mañanas en las que me parece un tanto extraña entre las patas de gallo y los sueños de treintañera, pero entonces muevo la mano para acercarla al pie de la copa y sé que soy yo.

Esa soy yo. Con los rizos familiares, los labios que me hubiese gustado fueran más carnosos y los ojos que siempre me parecieron bonitos. Con todas mis mochilas a cuestas, las que te vas echando a la espalda con los años y los acontecimientos y sus cargas buenas y tristes. La que de niña no aprendió a compartir demasiado por ser hija única y exclusiva dueña de sus juguetes y de adulta prefiere trabajar en solitario la mayoría de las veces. La de las tres mil manías para ir a dormir y un te quiero siempre disponible para ciertos afectos. La que cada vez disfruta más el silencio aunque con frecuencia sufra de excesivo ruido en la cabeza.

Y sí: la que después de tanto tiempo empieza a comprender que padece de excesivos futuro y pasado. Que los planes y los recuerdos contienen belleza cuando están en su justa medida; y el teléfono y las redes e internet también.

Entonces continúo dialogando con el Rueda que está en la copa. Y me dedico un rato a leer una revista cualquiera porque nunca tengo tiempo para hacerlo. De cuando en cuando levanto la vista y miro la barra que sigue larga y sola y me gusta observar desde esa perspectiva en la que estoy al comienzo de ella, la línea recta que corre hasta la puerta de entrada, la lluvia que se intuye cayendo fuera a través del cristal; leer, beber un trago y mirar, dialogar mentalmente y respirar. Quietud.

En ese intercambio de ángulos de mi cabeza miro de nuevo enfrente, el espejo y mi reflejo, la sensación de un cuadro de Hooper en esa barra sin alteraciones donde por fin me estoy dando un momento de serenidad. Y me pediría un segundo vino pero tengo que irme a mi otra vida, la de diálogos bidireccionales llenos de besos.

Hay momentos que no necesitan demasiado tiempo para ser.

Escenas de un bar, cuadro los noctambulos edward hooper

Cuadro Los Notámbulos, Edward Hooper

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