Infinito

Durante esos días me imaginaba volviendo a casa y que me recibieras en la entrada. Cuando estaba más optimista te pensaba caminando con el bastón y esa dificultad que tenías para moverte en los últimos años; otros días una sensación más trágica y resignada te veía en una silla de ruedas. Aunque sea. Por lo menos en una silla de ruedas. Pero siempre acercándote con la sonrisa, esa sonrisa que los que te rodeaban siempre dijeron que iluminaba y que cada vez que alguien la señala en mi cara sin saberlo pienso que heredé.

Te imaginaba para consolarme, porque el cerebro necesita aferrarse a pequeñas o grandes tablas de salvación para cumplir su función de evitar sufrimiento. Te imaginaba para tener esperanza, para esperar un después. Para seguir sintiendo esa fuerza que te hacía ser columna vertebral a pesar de todo y de tu salud.

Yo veía tantas manos, tantas conexiones, tantos líquidos, pañales y agujas traspasándote, y pensaba si eras plenamente consciente de lo que te sucedía. Con los días supe que tu mente había emigrado para otro estadio en el que seguías con tus hábitos, tus afectos diarios, tus peleas, tu carácter.  Era mejor para tu pudor, era mejor que no supieras que llevabas tres meses peleando, que te empeñabas en seguir mientras tu cuerpo iba cediendo.

Yo te pedía la bendición cada vez que podía incluso varias veces al día para seguir sintiendo que te tenía, te daba besos y respondía con resignación tus comentarios que indicaban que ya no estabas cerca sintiendo que una luz gris e infinita que nunca había conocido me tocaba la puerta y llenaba todo lo que podía ocupar. Me ponía de puntillas para llegar hasta tu cara y darte besos, luego te ponía la mejilla para que me los dieras. Hubo momentos en esos momentos de esos días que me mirabas durante un segundo y los ojos los tenías llenos de ternura, entonces yo pensaba que por fin estabas bajando esa guardia con la que siempre te vi vivir y que quizás cuando pasara todo esto serías un poco feliz.

Cuando pasara todo esto.

Entonces le decías a la enfermera que qué guapa se veía con su boca pintada de rojo, y al doctor que parecía todo un galán cuando lo viste de camisa y corbata sin la bata habitual encima, te empeñabas en bajar de la cama porque tenías que fumar y poner el horno para los plátanos sin recordar que ya las piernas no te sostenían, o comentabas que fulano te dijo esto cuando estabas en la cocina o sutano te comentó aquello cuando fuiste a su casa. Abuelo me duelen las piernas, abuelo dame agua, abuelo no me gusta eso porque la comida de hospital te parecía desabrida y te empeñabas en tu café junto al pitillo, y ese marido al que llamabas abuelo desde hace mucho atendía todos tus llamados mientras anotaba. Anotaba y rezaba. Rezaba y anotaba.

Yo rezaba con él. Hacía años que no rezaba con fórmulas establecidas, mi forma de hacerlo desde hace bastante consiste en respirar, pensar en energía y conversar con algo que va más allá. Y en ese proceso siempre te pensaba porque nuestra relación nunca fue fácil y yo deseaba que las cosas transcurrieran de una forma más sencilla. Las dos lo queríamos, eso lo supe no hace tanto cuando hablamos. Vamos por la vida construyendo paredes y murallas cada vez más gruesas y altas sin darnos cuenta y con la mejor de las intenciones. En el fondo somos de naturaleza frágil y no queremos que lo noten.

Cuando pasara todo esto. Pero no pasó. Lo que pasó fue una sensación de vacío que cada ciertos días me invade de repente aunque me llene la cabeza de trabajo para distraerme. Pasó la tristeza. Pasó la perplejidad de no creer que sea cierto que de verdad y realmente no te voy a llamar por teléfono y me vas a decir Dios te bendiga mija como siempre lo hiciste. Pasaron las etapas, la de no poder ni siquiera pensar tu imagen porque la imaginación duele, la de estar día y noche dándole vueltas a lo que viene ahora, la de no poder verbalizar sin llorar, la de intentar empezar a ver tu figura en mi cabeza aunque sea de lejos y creer que nos estás cuidando, la de pensar que con la muerte nos descubrimos en nuestro egoísmo porque básicamente lloramos por cómo quedamos nosotros y no pensamos en que quizás ella ahora sí esté sana y feliz. Pasó saber que odio las miradas de lástima y los pésames por cumplido e incluso sigo dolida con quienes pensaba que estarían más cerca porque esas eran mis expectativas, aunque sepa que no es muy justo ir por la vida esperando que los demás reaccionen como yo quiero.

Pasó que hay penas que son tan íntimas que es mejor guardártelas y sacarlas cuando lo necesites para limpiar y sanar, como trato de hacer ahora con estas líneas. Pasó que te fuiste y aún no puedo decir ni escribir el adjetivo correcto. Espero a que pase el tiempo y sea él quien se resigne y mitigue el vacío.

vista de los andes

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