La fe de Eloy

Confieso que me costó leer a Eloy al principio.

Me impresionaron sus frases compuestas de belleza, las palabras hiladas rebosantes de imágenes y de construcciones expresadas a través de códigos evocadores. Pero las historias me resultaban, no se si la palabra es etérea, pero es la que pienso ahora. Me resultaban tan etéreas que no entendía lo que pasaba. Los relatos de Eloy Tizón están compuestos por personajes que miran hacia dentro aunque estén viviendo desde fuera, que transcurren en situaciones de esas que te dicen al leer que va a pasar algo y habrá un nudo y un desenlace como toda historia que se precie con su secuencia narrativa, pero en donde esto no es lo más importante. A ellos, los personajes de Eloy, les suceden cosas mientras sueñan, mientras van filtrando, lo que observan y viven, con un cristal como empañado, mientras se cuestionan la vida desde una especie de bruma. Bruma, esa fue la primera palabra que se me vino a la cabeza cuando leí a Eloy. Sus sujetos transitan en un tipo de ensoñación mientras el orquestador de todo aquello, quien escribe, narra con letras que formaron palabras que formaron frases que supongo fueron madurando en algún punto de su cabeza y luego se agitaron como un cóctel en otra zona que muchos escritores tienen más cercana a la intuición o al corazón -probablemente esté hablando de talento-.

Cuando comencé a leer a Eloy me sentí un poco torpe, ¿cómo no terminaba de entender esas frases si me sonaban tan hermosas?, ¿esas que dos párrafos después retrocedía para volver a leer las cinco líneas de hace un momento porque quería escucharlas de nuevo en mi cabeza de lo bonitas que me parecían, y así cada dos páginas de media?

Eso fue con Técnicas de Iluminación. Cuando empecé con Velocidad de los Jardines comprendí donde me había equivocado.

Recordé que a ciertos escritores hay que leerlos despacio, saboreando sus palabras, degustando sus ilaciones porque el alma está en aquella concatenación que intentas imaginar cómo fue creada pero no puedes acercarte a ello. El vino que a cada sorbo te da otro matiz, el cuento de Cortázar que no quieres que acabe porque cada espacio entre comas es un pequeño paraíso. Leer y parar; leer y volver; leer, sonreír y seguir. “La vida nos reunió una vez y fue un milagro. Claro que la naturaleza del milagro es no durar. Lo que define al milagro no es su carácter sobrenatural, sino su carácter migratorio. Milagro es lo que acaba“. Parar y respirar y sonreír.

Me gustaría escribir como Eloy, pero no me queda otra que escribir como yo y, mientras tanto, leerlo y admirar al escritor y al profesor que hace un tiempo me hizo tomar consciencia de que eso que yo consideraba espontáneo requería pensar y buscar y encontrar para redondear el círculo. “No estás orgulloso de nada de lo que escribes (lo rompes todo), pero sí de la fe con que lo escribes“.

Por Cristo que alguien me diga adónde van a parar los altos días claros, mi infancia ligera, mi juventud despreocupada.  Era tan fácil ser pequeño y traer notas. El pequeño Austin con su pequeño lápiz rojo. ¿Es que existe en algún sitio  una especie de depósitos de residuos donde alguien almacena alegremente nuestros momentos dichosos?” (Extracto de Austin, Velocidad de los Jardines). A mí me encanta esa fe suya por lo que provoca.

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“Lo más difícil de escribir, como siempre, es no escribir, saber qué hacer cuando no escribes. Ese vacío con qué se llena”.

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