San Juan

Cuando nos encontramos esa noche muchos recuerdos volvieron a mi cabeza. Ahora nos mirábamos a través de la fogata mientras la música del grupo afrocaribeño iba envolviendo el ambiente de la playa y contagiaba con su energía a todos los que estábamos allí ese día de San Juan, que no éramos pocos.

Nos conocimos cinco años antes en el lugar en el que aún yo seguía trabajando, soy recepcionista de un restaurante, y él en ese entonces era el maitre. Estaba tan comprometido como yo, solo que mi predecible vida y sus veintipocos años llenos de testosterona hacían que no importara ni mi matrimonio, ni mi responsabilidad como mamá de un bebé. Flirteábamos descaradamente. Él tenía una relación “especial” con una chica, pero principalmente estaba a lo que estaba: a su trabajo que le exigía horas de dedicación y que de una vez le servía como canal de conquistas y aventuras, y a su gimnasio para mantener un cuerpo de exhibición que procuraba mostrar con ropas ajustadas. Yo mientras tanto me sentía fascinada, esperar su presencia, aguantar sus miradas, responder a sus comentarios de doble intención con coquetería, todo ello despertaba en mí una parte instintiva, aquel lado de hembra que no recordaba de tanta rutina, pañales y llantos a medianoche.

Por eso le seguía el juego , ¿qué había de malo en flirtear un poco? no buscaba más. Un día, nos encontramos por casualidad en el cuarto de baño y entonces intentó besarme. Yo quise de verdad corresponderle, pero me pudo la moral y el remordimiento. Lo rechacé. Entonces se acabó todo entre nosotros. Y sucedió que a las pocas semanas lo echaron por una historia con una chica clienta del local y su familia que más nunca volvió, aunque no me enteré mucho sobre el asunto porque estaba tan descolocada con su indiferencia hacia mí después de lo ocurrido que ni siquiera me interesé en averiguar, y eso que fue el chisme durante semanas de todo el personal.

Yo seguí con mi rutina, mi bebé y mi marido. Pero ahora que el niño era más grande habíamos decidido por petición mía venir a pasar la noche de San Juan a la costa.  Este año caía en fin de semana y me emocionaba muchísimo el viaje. Pero resulta que llegó la gran ocasión y mi pequeño estaba fastidiado y cansado de todo el día en la playa. Mi marido -mi maravilloso marido!- me dijo que se lo llevaría al hotel para que yo pudiera disfrutar ya que sabía las ganas que tenía de volver a estar aquí esta noche. De niña venia a este sitio con mi familia por estas fechas, y me encantaba bailar con los tambores que tocaba el grupo de música formado por chicos de los pueblos negros de esta zona que siempre animan la fiesta junto a la gran fogata, como se suele hacer en el San Juan caribeño… Me hipnotizaban las mujeres negras con esa forma de contonear el cuerpo, sus caderas con vida propia al compás de la música y con movimientos independientes del resto; los hombres junto a ellas en ese cortejo con ritmo que constituyen los bailes al son de tambores, llevando cada hueso y cada músculo al son de la música y creando una atmósfera  festiva y erótica. Los blancos se unían a la fiesta e intentaban imitar la misma cadencia inútilmente. Yo, como cuando era niña, me movía tímidamente en mi sitio y los miraba absorta. Fue en ese momento que se me ocurrió observar más allá del grupo bailando y la hoguera y me encontré con él.

Me reconoció, claro que me reconoció. De hecho, ya sonreía cuando lo vi. Le devolví la sonrisa, y agradecí la noche y la luz del fuego de la hoguera porque sentí como mi cara se enrojecía. Recordé en un segundo mi historia con él, y aquella sensación de sentirme deseada volvió, igual que el cosquilleo en el estómago y el deseo de que esta vez el final fuera diferente.

Se acercó a mí sin dejar de mirarme. Lo vi aproximarse entre la gente y a cada paso  mi corazón latía más fuerte. Sentía como toda mi piel se agudizaba, y la excitación de la posibilidad de cercanía que tantas veces había imaginado hacía que todos mis sentidos se centraran en ese instante, esos segundos. Se detuvo cerca, muy cerca, me sonrió con esa forma suya que tantas veces recordé mientras mi marido  me hacía el amor. Me saludó, y creo recordar que me dijo que seguía igual de guapa, mis nervios y la sensación de sentirme como una adolescente hacían que no estuviese del todo consciente de la situación. Le contesté algo y me respondió con una caricia en la cara con el dorso de sus dedos. Me miró con tal intensidad, con aquella intensidad, que hizo que se me olvidara cualquier atisbo de otro tiempo que no fuese ese presente. Y se acercó más.

Mi cuerpo era toda sexualidad, mis otras yo -sobre todo la esposa y la madre- habían sido rezagadas por una condición de mujer que pedía a gritos sentirse viva. Se aproximó y mi boca rozó la suya, y su mano bajó de mi cara acariciando mi brazo con las puntas de los dedos delicadamente, como queriendo no tocar. La música retumbaba de fondo, los tambores hacían su percusión y el sonido vibraba en nuestros cuerpos. Yo solo veía el brillo intenso de sus ojos iluminados por la hoguera de forma irregular y cadenciosa.

Después, los graves de los instrumentos fueron perdiendo fuerza a medida que nos alejábamos de la fiesta buscando un lugar más oscuro y con la intimidad suficiente para vivir en la realidad lo que desde hacía años  soñaba. El rincón apareció entre una pequeña duna que terminaba casi en el mar formando un arco hasta llegar al agua. Allí nos dejamos ir, sus manos apartaron mi pelo de los hombros para bajar suavemente por la espalda hasta el final mientras su boca hacía su trabajo en mi boca y mi cuello. Yo me dejaba llevar, y mi pecho se erguía para que él lo tomara mientras las caderas se pegaban y se rozaran aumentado la excitación… Si es que se podía más.

No sé cuánto tiempo pasó, sus manos llegaban a cada rincón, a cada recóndito lugar que mi cuerpo solo reservaba para mis propios dedos. Subían, bajaban, hurgaban. Y empezaron a apartar la tela que estorbaba para poder llegar al éxtasis. Y fue ahí, cuando mi clítoris sintió el tacto directo, y la sensación resquebrajó la costumbre de unos órganos habituados a no alterarse, fue ahí, en ese clímax cuando reaccioné.

En ese momento de completa excitación mi mente recordó mi vida, mi rutina, mi marido, mi hijo que esperaba en aquella habitación de hotel. Un golpe de realidad para señalarme las consecuencias de todo aquello. Y entonces lo aparté. Con mi cuerpo pidiendo más de aquel momento y mi cabeza diciéndome que eso no estaba bien. Entonces su rostro se transformó.

Aquel atractivo viril y cargado de sexualidad mudó en un semblante extraño, desconocido. Aquellas manos que tan bien habían tratado mi cuerpo ahora estrujaban mis antebrazos zarandeándolos junto con el resto de mis miembros. Intentaba besarme, acercarse, subirme la falda. Yo hacía fuerzas para apartarlo, pero no entendía la situación, no entendía su agresividad. Lo empujé para que dejara de sujetarme, y le di la espalda para largarme ofendida y atemorizada. Pero fue en aquel momento, cuando sus antes suaves manos me empujaron con todas sus fuerzas hasta tumbarme en la arena, me voltearon con violencia, me dieron un bofetón y me estrujaran el cuello, cuando comprendí que aquello dejaba de ser un juego erótico para convertirse en algo peligroso.

Estaba aterrorizada, y no entendía nada, su rostro era otro, violento, oscuro, con una expresión en sus pupilas sin fondo. Comencé a manotear intentado zafarme de esos dedos que me hacían tanto daño ahora. Mi rodilla alcanzó a llegar a su entrepierna y el dolor  hizo que pudiese soltarme y caminar a gatas dos, tres pasos para ponerme en pie y correr. Pero él era más rápido que yo, y la dolencia no le impedía retorcerse para avanzar arrastras y cogerme violentamente por los pies hasta tumbarme de nuevo. Y otra vez luchaba con mis manos, esta vez con uñas y dientes para conseguir que esas manos me dejaran en paz. Me solté y corrí. Corrí desesperada sin entender cómo había cambiado todo en dos segundos. Corrí por pura supervivencia y en cada instante sentía sus pasos justo detrás de mí, y no sabía si era cierta la percepción o producto de mi terror, pero corría porque no entendía y no podía pararme a entender. Corría llorando y pensado en la habitación de hotel, en la cama caliente, el cuerpo de mi marido y el niño al lado en la cama adicional. Corría pensando en que no podía ser tan alto el precio a pagar por una aventura.

No sé en qué momento llegué a una carretera. Ni cuándo la atravesé huyendo. No sé en qué momento escuché el frenazo y me paré en seco. Ni siquiera sé por qué me detuve, pero me paralicé y giré sobre mis espaldas. Mi aturdimiento seguía, pero la cabeza me dio para acercarme al coche que ahora estaba detenido en medio, con su chofer completamente alterado fuera del vehículo y con las manos en la cabeza tratando igual que yo de comprender lo que pasaba. Creo que por pura inercia me acerqué y reconocí el cabello, el contorno de la espalda boca abajo. Cuando llegué al sitio éramos varias personas alrededor del cadáver sumando al resto de los coches que se habían parado para ayudar/curiosear. Alguien, no sé quién, lo volteó, y una sirena sonó a lo lejos. Su rostro estaba intacto, la boca ligeramente abierta, la cara tensa, y los ojos completamente abiertos, con la expresión de terror supongo previa al impacto del golpe inesperado.

Creo , no sé, que en ese momento grité, presa del pánico, y salí corriendo, huyendo de todo aquello que no alcanzaba a asimilar. Y corrí, corrí hasta que me desperté.

Me senté de golpe en la cama emitiendo un grito ahogado. Mi marido se despertó con el quejido. Se sentó casi al mismo tiempo que yo asustado por mi alarma. -No es nada, le dije, fue una pesadilla. Me dio un beso en la frente y se volvió a acostar. Mi pequeño también miraba la escena asustado desde su camita, estábamos los tres en una habitación doble del hotel y habíamos pedido otra cama para él.  Me acerqué y le di un beso para que se tranquilizara, – mamá tuvo un mal sueño, le dije, acuéstate de nuevo y duerme con los angelitos si? Me obedeció recostándose, lo arropé, le di otro beso y me fui de nuevo a mi cama.

Al día siguiente los tres nos despertamos con cansancio cuando sonó el reloj por la noche que por mi culpa pasamos, pero queríamos aprovechar el día para ir a la playa con el niño, la idea de nuestro viaje de fin de semana, además de celebrar San Juan, era descansar y que él se divirtiera con algo diferente. Una vez en la arena se le olvidó el sueño y disfrutó muchísimo. Nosotros también. Lo malo fue que cuando cayó la noche mi hijo se sentía muy cansado y estaba de mal humor, cosa que me fastidiaba un poco porque quería que fuésemos todos a la hoguera y disfrutara con el fuego, la música y el baile como lo hacía yo de niña. Mi marido, siempre comprensivo, me dijo que se llevaría al pequeño al hotel para que descansara un rato y que me fuera yo a la fiesta ya que me hacía tanta ilusión, ya si luego el pequeño se despertaba con ánimo me alcanzarían en el lugar. Yo acepté a regañadientes porque esa no era la idea inicial del viaje, pero tenía muchas ganas de volver a vivir una noche de San Juan en la playa.

Me fui sola entonces, e igual que en mi infancia, me sentí fascinada por todo lo que veía: la vibración en mi pecho por el sonido de los tambores, las llamas bailarinas de la gran hoguera, la gente danzando al ritmo de la música, sobre todo las personas del pueblo, gente de color que se movía como solo ellos saben hacerlo. Y fue cuando miré más allá de la hoguera y me encontré con sus ojos fijos en mí que recordé, el viaje, la playa, el niño cansado, el hotel, la hoguera, el baile, los tambores, la música….

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8 comentarios en “San Juan

  1. Me gustó mucho el tema y el tratamiento que le diste. Tiene suspenso, erotismo y tradición.
    Podrías continuar, y ver si la pesadilla deja consecuencias..
    Con respecto al Blog, si lo quieres volver a cambiar puedes hacerlo sin necesidad de pagar absolutamente nada. Con una foto tuya u otra que te agrade, y le agregas un marco..Bueno te estoy contando algo que ya sabes..Perdóname.
    Sigue, que San Juan es muy diferente en todos los paises.
    Un abrazo.
    Hasta pronto.

    • Hola Stella! Muchas gracias! Y no tengo que perdonar nada. Me gusta este tema y es gratuito, pero sabes que WordPress cobra si eliges un tema y luego lo quieres personalizar. Pero bueno, me gusta así como está, aunque preferiría que no hubiese color negro en ninguna parte
      Lo de San Juan es bonito y curioso, en cada país donde hemos heredado la religión católica se ha adaptado, y eso le da encanto. Lo que pongo en este relato son recuerdos de mi infancia en la costa venezolana adaptados al texto. LA verdad es que no creo que continúe la historia, además, aún te debo el relato que me dijiste que continuara a partir de uno tuyo ¿te acuerdas? no se me olvida aunque no lo haya hecho 🙂
      Un abrazo!

  2. Querida TD,
    Buenísimo el relato. Me ha pasado lo que más me gusta cunado leo : que me sorprendan! Vaya giros. Como dice Dess,sensualidad, morbo, terror, desespero y, venga! otra vuelta de tuerca… Buenísimo!
    Besazo,.
    NB : Me encanta tu nuevo Blog. Y la banda negra, no sólo no me molesta ; creo que está muy bien para encontrar las páginas. Un Blog debe ser lo más funcional posible y este lo es.

    • Hola Byp, gracias!
      La verdad es que estuve escribiendo este relato desde agosto, pero quería pulirlo y cada vez que lo leía le hacía cambios, aunque el proceso fue bonito. ¿Sabes que lo hice a partir de un sueño que tuve? en realidad fue una pesadilla jejejej, pero era algo en una playa con tambores y baile, un tipo que no tenía rostro con el que me liaba y luego me quería matar… A partir de ahí empecé a escribir
      A mí también me gusta la nueva apariencia, pero cuando la escogí me puse a “jugar” y a la banda negra le puse un bonito color como gris verdoso muy clarito, se veía chulísimo el conjunto.. pero cuando quise dejárselo WordPress me quiso cobrar, entonces le dejé su banda negra. NO está mal, pero prefería un tono más claro. Etapas…
      Besos!

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