La cita

Solía terminar de trabajar a las 12.30 de la noche. Me iba entonces caminando hasta Cibeles para coger el N8, y siempre me sentaba en la escalinata del edificio de Correos a esperar. Allí lo vi la primera noche. Era alto y muy guapo, y menos mal que estaba oscuro porque me sonrojé cuando se acercó a hablarme, aunque después me confesó que le hizo gracia mi cara colorada.

Esa noche conversamos un rato hasta que llegó el autobús. Cuando se abrieron las puertas rogué por que él también lo estuviese esperando. Y sí, subió conmigo y continuamos juntos hasta que bajé.

Así comenzamos unas citas que no eran citas cada noche en la parada de Cibeles. Y así estuvimos un mes hasta que me invitó a tomar un café. Esa tarde me arreglé como nunca, y valió la pena.

Ahora que han pasado treinta años de aquellos encuentros con mi marido, la gente me mira como si estuviera loca cada noche que voy a Cibeles a esperar el N8 y me pongo a conversar con él en la escalinata y en el bus. Creen que hablo sola, pero él está ahí esperándome llegar cansada. Es alto y tan guapo…

Este es el microrrelato con el que estoy participando en el concurso que ha organizado la empresa de autobuses de Madrid EMT por su aniversario, necesito que voten por mí porfa, solo es un momento, pinchen aquí y déjenme su voto si? Graciaaaaaass

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Castigo de lunes

(Relato gastronómico de mi otro blog, http://www.lagastroredactora.com)

Cuando la madre llegó con ella en las manos fue situada justo enfrente suyo. Ambas se observaron con sorpresa, la de reconocerse la una en la otra, y por esa misma razón, luego la mirada fue de inusitada extrañeza. Se dedicaron unos cuantos segundos a verse detenidamente, de arriba abajo y de izquierda a derecha.

La recién llegada decidió dar el primer paso:

- Holaa, quién egges tú?

- Eh? respondió la otra, ¿por qué hablllas así? tu?

- Nu entiengdo, hablo noggmal, peggró mi acento es fggrancés.

- ¡Ah! molt bé…

Otro incómodo silencio para detallarse mejor…

- ¿Mog be? preguntó la francesa.

- No es mog be, es molt bé, respondió la otra secamente. Es català. Soy catallana, ¿no me ves? todos me conocen aquí, soy parte del recetario tradicional de mi tierra, dijo orgullosa. Me llamo Crema Catalana.

- ¡Oh la la!! Cggrema catalana! yo no te conozco a ti, peggo somos mu paggrecidas. Mi nombgre es Crème Brûlée.

- ¡Y tanto!… Crème qué?

- ¡Brûlée!

- ¿Brulé?

- Oui. Je suis la afamada créme brûlée, un postggre típico de la France conocidu en todo eg mundo. Me conocías ¿vegrdad?

- Pues no.

- Oh!… Qué extgraño… Pero tú tienes la misma costgra de sucre encima. No seggremos pggrimas?

- No creo, ¿eh? soy auténtica catallana de famillia catallana. Y en este punto el tono de su voz cambió. Empezaba a sentir verdadera desconfianza de esa intrusa recién llegada…. ¡Que encima parecía que la imitaba!

- Eeeeee, pues yo soy auténtica fgrancesa, respondió la crème brûlée altiva y en tono de revancha.

- Pues para ser tan auténtica parece que me imitaras a mí… bonica.

- ¡¿Comme???!! Yo soy la ggran crème brûlée, ¿cómo se te ocuggre decigme eso?

- ¡Diciéndotelo, eh! Vistes con un cuenco de barro, igual que yo, y también eres clara con una costra de sucre, no sucggré como dices, que eso te lo has inventao… ¡Que crème brûlée ni que crème brûlée! ¡Una estafadora lo que eres!

- ¡Mon dieu!!! ¡¿Cómo es posibléee?! Grito indignadísima. ¡¡Je suis el dessert fgrrancés pog excelenciaa!! Me pgrepagran desde 1691, ¡todos los fgranceses me adoggran! Degde Paggrís hasta el pueblo más pequeño. Soy la ggreina en la France y en el mundo y ¡tú me estás copiando!

- ¡¿Pero qué dices tía?!! Si ya en los libros medievales se cuenta cómo me preparaban. ¡La imitadora eres tú! ¡gilipolles!

- Oooooo ¡no voy a toleggrar que me digas eso!

- La que no tolera soy yo que estaba primero aquí. ¡Prou! ¡fuera de aquí!

- ¡Oh merde! ¡Eggres una petaggrda!

- ¡¿Pero qué te has creído?! ¡ Ves a pastar fang!

- ¡Crètin!

- ¡Imbécil!

- Fill de….

 

¡Diego!!

………
¡Diego! ¡Ven aquí ahora mismo!!

El niño se acercó cabizbajo con cara de pena para causar lástima..

¡¿Qué has hecho?! exclamó la madre muy molesta.

Mami, tu me dijiste que podía comer…

Que podías comer un poquito de la crema catalana o la crème brûlée. ¡No comértelas enteras las dos!!!

Pero es que no sabía cuál era la crema y cual la crem esa que dices.

¿Y eso te justifica?

Es que las probé las dos y estaban buenas las dos, pero me supieron igual, dijo bajito… Y como vi que quedaba un poquito de cada una, ya pa’ dejar el poquito allí… mejor me lo comía.

¿Ah sí? Pues castigado sin postre el resto de la semana… Y hoy es lunes!!

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PD: Aunque sus sabores son muy parecidos y mucha gente no las distingue, en realidad las formas de preparar la crema catalana y la crème brûlée son diferentes. La crema catalana se espesa con huevo y almidón de maíz, mientras que la crème brûlée se hace con crema de leche, huevo y se cocina al baño María.

Sobre sus orígenes, el postre catalán aparece ya en documentos medievales, en el Llibre de Sent Soví del siglo XIV y el Llibre del Coch del siglo XVI. Es considerado uno de los postres más antiguos de Europa. En cuanto al dulce francés, ya aparece registrado en el libro de Le nouveau cuisinier royal et bourgeois, en 1691. Algunos dicen que es la versión gala de un postre que ya se hacía en la Cataluña francesa, y otros afirman que proviene de un postre inglés llamado Trinitry Cream que al pasar a Francia se hizo muy popular.

Lo cierto es que, crema catalana o crème brûlée, solo mirar las fotos se hace agua la boca….

crema catalana wikipedia

creme brulee

Mirar

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Y en aquella metrópoli donde el tiempo transcurría despiadadamente, las personas corrían para llegar primero, los coches avanzaban sin piedad, los perros seguían resignadamente a sus amos en sus carreras, los pájaros y las flores vivían sabiendo que se les ignoraba… En aquella metrópoli el ángel los miraba con tristeza esperando que se detuviesen un segundo apenas a mirar el cielo, a mirarlo a él que los cuidaba sin que ellos lo supieran. Pero no, no había tiempo en la metrópoli. Y él se preguntaba porqué seguía allí…

En las nubes…

En las vacaciones de este año me dio por hacerle fotos al cielo…

Nubes chulas

Nubes chulas

Claro que fotografiaba todo lo que iba viendo y me llamaba la atención, como para no llamarme, si estaba en el sur de Francia, sobre todo en La Provenza, una región idílica, con pueblos encantadores, paisajes impresionantes, playas que no tienen nada que envidiarle a mi Caribe querido y una tranquilidad maravillosa. Pero desde el primer día de recorrido -nos fuimos vía terrestre- las nubes captaron mi atención…

Puente de Carcassonne (aunque no se vea)

Puente de Carcassonne (aunque no se vea)

Eran tan gorditas que me recordaban al algodón de azúcar que me gustaba comer de niña, sobre un cielo muy azul y muy limpio. Por cada castillo, viñedo o callecita que fotografiaba había otra de nubes, o todo junto para formar una sola imagen…

Nube motita de algodón

Nube motita de algodón

Gran nube (y castillo de Carcassonne)

Gran nube (y castillo de Carcassonne)

Noria, estatua, nubes

Noria, estatua, nubes

Viñedo, cipreses y cielo

Viñedo, cipreses y cielo

Así estuve los 3 o 4 primeros días, luego pensé que no podía estar llenando el teléfono con fotos de nubes porque era un poco locura, y también sucedió que hubo jornadas en las que las nubes ya no eran motas de algodón sino trazos alargados y desiguales o pequeñas manchas blancas, esas ya no me gustaban tanto, aunque para mí seguía teniendo su aquel el cielo francés.

Nubes manchitas

Nubes manchitas

Nubes alargadas - Foto zen

Nubes alargadas – Foto zen

En un momento dado pensé, este cielo no se ve en España, qué bonito es el cielo francés. Pero luego rectifiqué, no hay tanta distancia entre uno y otro país para que cambie tanto. Seguí entonces maravillada mirando el cielo cada día, aunque ya no hacía tantas fotografías, con algunas excepciones como este atardecer que pillé desde el coche…

Atardecer mágico

Atardecer mágico

O estas preciosas nubes con la chica tomando sol como marco…

la foto 3

O el paseo a caballo en La Camarga perfilando la línea de este cielo…

la foto 1

El día que volvimos a España, cuando íbamos por la carretera de Cataluña me fijé (antes del aguacero que nos cayó ese día y que casi no nos dejaba siquiera ver la vía) en que las nubes también eran muy bonitas, tan bonitas como las francesas -como si el cielo tuviese nacionalidad-.

Entonces pensé que quizás lo que sucede no es que el cielo francés es más bonito, es que en España voy tan deprisa que ni lo miro.

Habrá que levantar la cabeza de vez en cuando…

Google

Del metro a un bar

Volví a pasear por las calles llenas de gente. Malasaña, el barrio alternativo, repleto de bares de marcha y lugares curiosos cuando llegué a este país hace doce años, y ahora la zona que sigue siendo joven pero con un aire cool a ratos por la llegada de tiendas vintage y de moda que lo han convertido en un Soho madrileño. Caminaba y recordaba. De la terraza Cruz Blanca en la que nos tomábamos unas cervezas Pelusa, Alethea y yo junto a aquel chico de Sao Paulo que ahora no recuerdo cómo se llamaba. Las calles transitadas de gente con bares unos más curiosos que otros, y las plazas repletas de veinteañeros como nosotros sentados en el suelo bebiendo cerveza. La ruta que Gonzalo nos hacía porque era el madrileño y actuaba como anfitrión mostrándonos los garitos que le gustaban, el Vía Láctea, el Tupperware... La cafetería de Alonso MArtínez donde las tres nos sentábamos a beber cervezas, a hablar de proyectos y de futuro y a quejarnos de los dos duros que teníamos y qué putada estar así aquí. La sensación de inocencia conociendo un sitio nuevo, una ciudad entera mostrándose ante nosotras y que yo aún estaba aprendiendo a asimilar. El salir a disfrutar con diez euros porque el bolsillo no daba para más pero igual me lo pasaba bien porque para eso estoy en Madrid. La sensación de pérdida. Los años que ya no vuelven.

Recordar todo esto simplemente por ir del metro a un bar.

la foto (2)

 

Google

Volver

Y pasan lo días y la libreta sigue en blanco. El bolígrafo se queda suspendido en mi mano, esperando que lleguen a mi cabeza las palabras que nunca terminan de aparecer. En cambio me voy distrayendo pensando en la tarea que tengo pendiente para mañana, la conversación con mi amiga del día anterior, las vacaciones que anhelo con ansia tener y que no sé si podré.

Pienso entonces que es el formato, “voy a intentar escribiendo directamente en el blog”, decido, y el lápiz y la libreta sobre la mesa sentada en una silla son sustituidos por la portátil y el sofá. Comienzo redactando la primera idea que se me viene a la cabeza y que es la que me ronda desde hace semanas, me duele mucho tener tan abandonado el blog… Y luego vienen tres frases más conectadas forzadamente porque en realidad no se leen fluidamente. Cuando se escribe la lectura de lo escrito debe fluir, las palabras y las frases  deben sonar en la cabeza o en la boca si se lee en voz alta de forma armoniosa, sin sentir que hay saltos extraños o interrupciones que rompen el ritmo de la lectura. Sí, ya sé que esto es bastante subjetivo, pero para mí es una norma básica: debo sentir que lo que escribo se lee fluidamente, aunque solo me guste a mí.

Y ahí sigo, en blanco. Vuelvo al lápiz y al papel, a ver si esta vez si… pero al final me rindo y me voy a la página web en la que veo esas series de televisión ligeras y sin complicaciones que me gustan y que simplemente me hacen reír, y no pensar. No sé por qué estoy así, pero con frecuencia no tengo ganas de pensar mucho. Se supone que las cosas van bien, mejorando,  aunque estoy cansada mentalmente. Mi ritmo de vida es tan rápido que no da para pensar mucho. Aunque en algunos aspectos esté reflexionando más que nunca, como en las diferentes ideas que se me vienen a la cabeza para escribir en este blog últimamente, o los ejercicios de meditación que hago para aprender -de nuevo-  a desconectar del día cuando voy a dormir y entregarme a la noche. No quiero hablar mucho sobre el tema porque soy supersticiosa y siento que se perderá el efecto, pero estoy mejorando. He logrado incluso dormir bien en días en los que tengo mil cosas en la cabeza, cosas por hacer y cosas que me inquietan, y al final logro desprenderme de ellas y elevarlas a fin de que se evaporen en algún sitio para luego retomarlas al día siguiente. Como antes. O como cuando era niña y me concentraba de forma natural en cada momento de mi vida: ahora juego muñecas, ahora como, ahora me peleo con mi hermanito, ahora duermo.

Nos echamos a perder al crecer y después queremos volver al inicio.

Necesito unas vacaciones.

Vacaciones, MAdrid, verano

 

Ellos

“No espero ni pido que nadie crea el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir”… Era el restaurante de moda en la ciudad, y ellos, los dueños, la pareja estilosa que se reunía cada día con la gente más cool, los dos triunfadores que habían montado en plena crisis un restaurante-discoteca de 150 metros cuadrados en el barrio más caro de la zona y habían superado con creces las expectativas de aquellos que opinaban y decían saber asegurando al principio que era una osadía su proyecto. Una osadía, afirmaban, aunque esa misma gente también sabía perfectamente de la potente red de relaciones públicas que se habían ido asegurando gracias a su círculo social y a puestos anteriores, de eso y de los rumores de negocios turbios que funcionaban por detrás y que supuestamente les habían facilitado todo el respaldo económico que necesitaron para poner en marcha el proyecto. Pero ellos no hacían caso de los comentarios, disfrutaban su status y comentaban con arrogancia cuando les preguntaban que no había sido una osadía sino todo un acierto aprovechar sus ventajas para emprender algo propio con el mayor éxito.

Durante seis años el establecimiento fue la referencia en cuanto a gastronomía y vida nocturna de la ciudad. Él conquistaba con su apariencia de chico bien proveniente del norte del país y estilo moderno; ella atraía a todos a su alrededor con su belleza exótica, su acento extranjero, su vestuario a la última y esos gestos sofisticados que resaltaban aún más cuando llevaba a su gato angora blanco en brazos, el animal que parecía parte de su puesta en escena.

Juntos formaban el dúo perfecto, una pareja llena de glamour, con el toque de prepotencia justa para que todos quisieran acercarse a ellos y muy sagaces como empresarios. En el local cuidaron siempre cada detalle, la carta al principio estuvo compuesta por platos mediterráneos con guiños a la cocina asiática tan de moda en esa época; luego le introdujeron pinceladas de cocina peruana cuando esta empezó a superar a la otra como última tendencia. No era alta gastronomía ni cocina de autor, pero los platos tenían éxito por jugar con sabores atractivos y una vajilla espectacular. La decoración por su parte también era certera, tonos cálidos con mobiliario vintage cuando los competidores aún seguían con el estilo minimalista, y abundantes tejidos en paredes y sillas que le daban la calidez necesaria a un espacio tan grande. Todo había sido milimétricamente planificado para que no faltara ningún detalle, el personal y su vestuario, la música de fondo durante las cenas y la de forma en la discoteca, la mudanza en minutos a las doce de la noche del salón que desaparecía para darle cabida a la pista de baile. Ellos eran un ejemplo a seguir de éxito y buen hacer.

Por eso fue que nadie entendió cuando hace poco, y en pleno apogeo, cerrarán de un día para otro. La clausura fue noticia tanto en medios relacionados con restauración, como en la prensa del corazón y revistas económicas locales, el mejor establecimiento del sector no volvía a abrir sin aviso previo. De ella no se supo nada, él fue quien habló por los dos y comunicó mediante una especie de nota de prensa y una declaración en un programa de chismes que necesitaban cambiar de aires y producir proyectos nuevos, que por ahora se tomarían un año sabático para recorrer el mundo después de tantos tiempo trabajando sin parar  y luego se instalarían en otro lugar para emprender con un nuevo local de restauración, quizás Sidney, quizás Tokio. Algunos dijeron que detrás de tanto éxito había deudas grandes producto de la mala administración, otros insinuaron que sus negocios oscuros los llevaron a un túnel sin salida. El caso es que él se veía bastante tranquilo los días posteriores al cierre mientras terminaba de sacar algunos muebles y papeles del local que traspasaban, asunto que resolvió rápidamente ya que muchos vieron la oportunidad de continuar el concepto y repetir la historia.

Lo que nunca se supo es que abajo, en el sótano que hacía las veces de almacén del local, detrás de la estantería situada al fondo en la que se colocaba la vajilla de repuesto en un lado y  la mantelería en el otro, yacía el cuerpo sin vida de ella, tapiado en la pared que había sido disimulada hábilmente con un trabajo rápido de albañilería. El gato, su gato Pluto, el que siempre la acompañaba colgado de sus brazos a supervisar cada tarde el restaurante antes de abrir para que todo estuviese perfecto, era el único que sabía su paradero, por eso vagaba por el local como si no quisiese irse, y la mayor parte del tiempo estaba ahí en el sótano maullando triste cerca de la pared.

Aunque me estoy equivocando al contároslo, no era solo el gato, él también sabía dónde estaba ella.