Mirar

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Y en aquella metrópoli donde el tiempo transcurría despiadadamente, las personas corrían para llegar primero, los coches avanzaban sin piedad, los perros seguían resignadamente a sus amos en sus carreras, los pájaros y las flores vivían sabiendo que se les ignoraba… En aquella metrópoli el ángel los miraba con tristeza esperando que se detuviesen un segundo apenas a mirar el cielo, a mirarlo a él que los cuidaba sin que ellos lo supieran. Pero no, no había tiempo en la metrópoli. Y él se preguntaba porqué seguía allí…

En las nubes…

En las vacaciones de este año me dio por hacerle fotos al cielo…

Nubes chulas

Nubes chulas

Claro que fotografiaba todo lo que iba viendo y me llamaba la atención, como para no llamarme, si estaba en el sur de Francia, sobre todo en La Provenza, una región idílica, con pueblos encantadores, paisajes impresionantes, playas que no tienen nada que envidiarle a mi Caribe querido y una tranquilidad maravillosa. Pero desde el primer día de recorrido -nos fuimos vía terrestre- las nubes captaron mi atención…

Puente de Carcassonne (aunque no se vea)

Puente de Carcassonne (aunque no se vea)

Eran tan gorditas que me recordaban al algodón de azúcar que me gustaba comer de niña, sobre un cielo muy azul y muy limpio. Por cada castillo, viñedo o callecita que fotografiaba había otra de nubes, o todo junto para formar una sola imagen…

Nube motita de algodón

Nube motita de algodón

Gran nube (y castillo de Carcassonne)

Gran nube (y castillo de Carcassonne)

Noria, estatua, nubes

Noria, estatua, nubes

Viñedo, cipreses y cielo

Viñedo, cipreses y cielo

Así estuve los 3 o 4 primeros días, luego pensé que no podía estar llenando el teléfono con fotos de nubes porque era un poco locura, y también sucedió que hubo jornadas en las que las nubes ya no eran motas de algodón sino trazos alargados y desiguales o pequeñas manchas blancas, esas ya no me gustaban tanto, aunque para mí seguía teniendo su aquel el cielo francés.

Nubes manchitas

Nubes manchitas

Nubes alargadas - Foto zen

Nubes alargadas – Foto zen

En un momento dado pensé, este cielo no se ve en España, qué bonito es el cielo francés. Pero luego rectifiqué, no hay tanta distancia entre uno y otro país para que cambie tanto. Seguí entonces maravillada mirando el cielo cada día, aunque ya no hacía tantas fotografías, con algunas excepciones como este atardecer que pillé desde el coche…

Atardecer mágico

Atardecer mágico

O estas preciosas nubes con la chica tomando sol como marco…

la foto 3

O el paseo a caballo en La Camarga perfilando la línea de este cielo…

la foto 1

El día que volvimos a España, cuando íbamos por la carretera de Cataluña me fijé (antes del aguacero que nos cayó ese día y que casi no nos dejaba siquiera ver la vía) en que las nubes también eran muy bonitas, tan bonitas como las francesas -como si el cielo tuviese nacionalidad-.

Entonces pensé que quizás lo que sucede no es que el cielo francés es más bonito, es que en España voy tan deprisa que ni lo miro.

Habrá que levantar la cabeza de vez en cuando…

Google

Del metro a un bar

Volví a pasear por las calles llenas de gente. Malasaña, el barrio alternativo, repleto de bares de marcha y lugares curiosos cuando llegué a este país hace doce años, y ahora la zona que sigue siendo joven pero con un aire cool a ratos por la llegada de tiendas vintage y de moda que lo han convertido en un Soho madrileño. Caminaba y recordaba. De la terraza Cruz Blanca en la que nos tomábamos unas cervezas Pelusa, Alethea y yo junto a aquel chico de Sao Paulo que ahora no recuerdo cómo se llamaba. Las calles transitadas de gente con bares unos más curiosos que otros, y las plazas repletas de veinteañeros como nosotros sentados en el suelo bebiendo cerveza. La ruta que Gonzalo nos hacía porque era el madrileño y actuaba como anfitrión mostrándonos los garitos que le gustaban, el Vía Láctea, el Tupperware... La cafetería de Alonso MArtínez donde las tres nos sentábamos a beber cervezas, a hablar de proyectos y de futuro y a quejarnos de los dos duros que teníamos y qué putada estar así aquí. La sensación de inocencia conociendo un sitio nuevo, una ciudad entera mostrándose ante nosotras y que yo aún estaba aprendiendo a asimilar. El salir a disfrutar con diez euros porque el bolsillo no daba para más pero igual me lo pasaba bien porque para eso estoy en Madrid. La sensación de pérdida. Los años que ya no vuelven.

Recordar todo esto simplemente por ir del metro a un bar.

la foto (2)

 

Google

Volver

Y pasan lo días y la libreta sigue en blanco. El bolígrafo se queda suspendido en mi mano, esperando que lleguen a mi cabeza las palabras que nunca terminan de aparecer. En cambio me voy distrayendo pensando en la tarea que tengo pendiente para mañana, la conversación con mi amiga del día anterior, las vacaciones que anhelo con ansia tener y que no sé si podré.

Pienso entonces que es el formato, “voy a intentar escribiendo directamente en el blog”, decido, y el lápiz y la libreta sobre la mesa sentada en una silla son sustituidos por la portátil y el sofá. Comienzo redactando la primera idea que se me viene a la cabeza y que es la que me ronda desde hace semanas, me duele mucho tener tan abandonado el blog… Y luego vienen tres frases más conectadas forzadamente porque en realidad no se leen fluidamente. Cuando se escribe la lectura de lo escrito debe fluir, las palabras y las frases  deben sonar en la cabeza o en la boca si se lee en voz alta de forma armoniosa, sin sentir que hay saltos extraños o interrupciones que rompen el ritmo de la lectura. Sí, ya sé que esto es bastante subjetivo, pero para mí es una norma básica: debo sentir que lo que escribo se lee fluidamente, aunque solo me guste a mí.

Y ahí sigo, en blanco. Vuelvo al lápiz y al papel, a ver si esta vez si… pero al final me rindo y me voy a la página web en la que veo esas series de televisión ligeras y sin complicaciones que me gustan y que simplemente me hacen reír, y no pensar. No sé por qué estoy así, pero con frecuencia no tengo ganas de pensar mucho. Se supone que las cosas van bien, mejorando,  aunque estoy cansada mentalmente. Mi ritmo de vida es tan rápido que no da para pensar mucho. Aunque en algunos aspectos esté reflexionando más que nunca, como en las diferentes ideas que se me vienen a la cabeza para escribir en este blog últimamente, o los ejercicios de meditación que hago para aprender -de nuevo-  a desconectar del día cuando voy a dormir y entregarme a la noche. No quiero hablar mucho sobre el tema porque soy supersticiosa y siento que se perderá el efecto, pero estoy mejorando. He logrado incluso dormir bien en días en los que tengo mil cosas en la cabeza, cosas por hacer y cosas que me inquietan, y al final logro desprenderme de ellas y elevarlas a fin de que se evaporen en algún sitio para luego retomarlas al día siguiente. Como antes. O como cuando era niña y me concentraba de forma natural en cada momento de mi vida: ahora juego muñecas, ahora como, ahora me peleo con mi hermanito, ahora duermo.

Nos echamos a perder al crecer y después queremos volver al inicio.

Necesito unas vacaciones.

Vacaciones, MAdrid, verano

 

Ellos

“No espero ni pido que nadie crea el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir”… Era el restaurante de moda en la ciudad, y ellos, los dueños, la pareja estilosa que se reunía cada día con la gente más cool, los dos triunfadores que habían montado en plena crisis un restaurante-discoteca de 150 metros cuadrados en el barrio más caro de la zona y habían superado con creces las expectativas de aquellos que opinaban y decían saber asegurando al principio que era una osadía su proyecto. Una osadía, afirmaban, aunque esa misma gente también sabía perfectamente de la potente red de relaciones públicas que se habían ido asegurando gracias a su círculo social y a puestos anteriores, de eso y de los rumores de negocios turbios que funcionaban por detrás y que supuestamente les habían facilitado todo el respaldo económico que necesitaron para poner en marcha el proyecto. Pero ellos no hacían caso de los comentarios, disfrutaban su status y comentaban con arrogancia cuando les preguntaban que no había sido una osadía sino todo un acierto aprovechar sus ventajas para emprender algo propio con el mayor éxito.

Durante seis años el establecimiento fue la referencia en cuanto a gastronomía y vida nocturna de la ciudad. Él conquistaba con su apariencia de chico bien proveniente del norte del país y estilo moderno; ella atraía a todos a su alrededor con su belleza exótica, su acento extranjero, su vestuario a la última y esos gestos sofisticados que resaltaban aún más cuando llevaba a su gato angora blanco en brazos, el animal que parecía parte de su puesta en escena.

Juntos formaban el dúo perfecto, una pareja llena de glamour, con el toque de prepotencia justa para que todos quisieran acercarse a ellos y muy sagaces como empresarios. En el local cuidaron siempre cada detalle, la carta al principio estuvo compuesta por platos mediterráneos con guiños a la cocina asiática tan de moda en esa época; luego le introdujeron pinceladas de cocina peruana cuando esta empezó a superar a la otra como última tendencia. No era alta gastronomía ni cocina de autor, pero los platos tenían éxito por jugar con sabores atractivos y una vajilla espectacular. La decoración por su parte también era certera, tonos cálidos con mobiliario vintage cuando los competidores aún seguían con el estilo minimalista, y abundantes tejidos en paredes y sillas que le daban la calidez necesaria a un espacio tan grande. Todo había sido milimétricamente planificado para que no faltara ningún detalle, el personal y su vestuario, la música de fondo durante las cenas y la de forma en la discoteca, la mudanza en minutos a las doce de la noche del salón que desaparecía para darle cabida a la pista de baile. Ellos eran un ejemplo a seguir de éxito y buen hacer.

Por eso fue que nadie entendió cuando hace poco, y en pleno apogeo, cerrarán de un día para otro. La clausura fue noticia tanto en medios relacionados con restauración, como en la prensa del corazón y revistas económicas locales, el mejor establecimiento del sector no volvía a abrir sin aviso previo. De ella no se supo nada, él fue quien habló por los dos y comunicó mediante una especie de nota de prensa y una declaración en un programa de chismes que necesitaban cambiar de aires y producir proyectos nuevos, que por ahora se tomarían un año sabático para recorrer el mundo después de tantos tiempo trabajando sin parar  y luego se instalarían en otro lugar para emprender con un nuevo local de restauración, quizás Sidney, quizás Tokio. Algunos dijeron que detrás de tanto éxito había deudas grandes producto de la mala administración, otros insinuaron que sus negocios oscuros los llevaron a un túnel sin salida. El caso es que él se veía bastante tranquilo los días posteriores al cierre mientras terminaba de sacar algunos muebles y papeles del local que traspasaban, asunto que resolvió rápidamente ya que muchos vieron la oportunidad de continuar el concepto y repetir la historia.

Lo que nunca se supo es que abajo, en el sótano que hacía las veces de almacén del local, detrás de la estantería situada al fondo en la que se colocaba la vajilla de repuesto en un lado y  la mantelería en el otro, yacía el cuerpo sin vida de ella, tapiado en la pared que había sido disimulada hábilmente con un trabajo rápido de albañilería. El gato, su gato Pluto, el que siempre la acompañaba colgado de sus brazos a supervisar cada tarde el restaurante antes de abrir para que todo estuviese perfecto, era el único que sabía su paradero, por eso vagaba por el local como si no quisiese irse, y la mayor parte del tiempo estaba ahí en el sótano maullando triste cerca de la pared.

Aunque me estoy equivocando al contároslo, no era solo el gato, él también sabía dónde estaba ella.

Inesperado

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Un día de lluvia de febrero en Madrid, un parque húmedo y una caminata para llegar a casa…

Las botas puestas que no corresponden al día que hace, embarradas de tierra mojada y a punto de ser penetradas por el agua

El olor a humedad que evoca a los inviernos de tormentas y a los palos de agua del pueblo, la finca, las gotas cayendo en la cara, los juegos de niños y qué divertidos correr mojándonos

Permitirme vivir de nuevo esa sensación, la llovizna agradable y respirar un parque solitario porque cuando nos hacemos adultos ya no nos gusta  mojarnos bajo la lluvia

Saborear el aire suave y con olor a tierra, caminar lentamente mientras siento que el agua llega a mis pies

La bonita nostalgia de un día de lluvia…

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