Ellos

“No espero ni pido que nadie crea el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir”… Era el restaurante de moda en la ciudad, y ellos, los dueños, la pareja estilosa que se reunía cada día con la gente más cool, los dos triunfadores que habían montado en plena crisis un restaurante-discoteca de 150 metros cuadrados en el barrio más caro de la zona y habían superado con creces las expectativas de aquellos que opinaban y decían saber asegurando al principio que era una osadía su proyecto. Una osadía, afirmaban, aunque esa misma gente también sabía perfectamente de la potente red de relaciones públicas que se habían ido asegurando gracias a su círculo social y a puestos anteriores, de eso y de los rumores de negocios turbios que funcionaban por detrás y que supuestamente les habían facilitado todo el respaldo económico que necesitaron para poner en marcha el proyecto. Pero ellos no hacían caso de los comentarios, disfrutaban su status y comentaban con arrogancia cuando les preguntaban que no había sido una osadía sino todo un acierto aprovechar sus ventajas para emprender algo propio con el mayor éxito.

Durante seis años el establecimiento fue la referencia en cuanto a gastronomía y vida nocturna de la ciudad. Él conquistaba con su apariencia de chico bien proveniente del norte del país y estilo moderno; ella atraía a todos a su alrededor con su belleza exótica, su acento extranjero, su vestuario a la última y esos gestos sofisticados que resaltaban aún más cuando llevaba a su gato angora blanco en brazos, el animal que parecía parte de su puesta en escena.

Juntos formaban el dúo perfecto, una pareja llena de glamour, con el toque de prepotencia justa para que todos quisieran acercarse a ellos y muy sagaces como empresarios. En el local cuidaron siempre cada detalle, la carta al principio estuvo compuesta por platos mediterráneos con guiños a la cocina asiática tan de moda en esa época; luego le introdujeron pinceladas de cocina peruana cuando esta empezó a superar a la otra como última tendencia. No era alta gastronomía ni cocina de autor, pero los platos tenían éxito por jugar con sabores atractivos y una vajilla espectacular. La decoración por su parte también era certera, tonos cálidos con mobiliario vintage cuando los competidores aún seguían con el estilo minimalista, y abundantes tejidos en paredes y sillas que le daban la calidez necesaria a un espacio tan grande. Todo había sido milimétricamente planificado para que no faltara ningún detalle, el personal y su vestuario, la música de fondo durante las cenas y la de forma en la discoteca, la mudanza en minutos a las doce de la noche del salón que desaparecía para darle cabida a la pista de baile. Ellos eran un ejemplo a seguir de éxito y buen hacer.

Por eso fue que nadie entendió cuando hace poco, y en pleno apogeo, cerrarán de un día para otro. La clausura fue noticia tanto en medios relacionados con restauración, como en la prensa del corazón y revistas económicas locales, el mejor establecimiento del sector no volvía a abrir sin aviso previo. De ella no se supo nada, él fue quien habló por los dos y comunicó mediante una especie de nota de prensa y una declaración en un programa de chismes que necesitaban cambiar de aires y producir proyectos nuevos, que por ahora se tomarían un año sabático para recorrer el mundo después de tantos tiempo trabajando sin parar  y luego se instalarían en otro lugar para emprender con un nuevo local de restauración, quizás Sidney, quizás Tokio. Algunos dijeron que detrás de tanto éxito había deudas grandes producto de la mala administración, otros insinuaron que sus negocios oscuros los llevaron a un túnel sin salida. El caso es que él se veía bastante tranquilo los días posteriores al cierre mientras terminaba de sacar algunos muebles y papeles del local que traspasaban, asunto que resolvió rápidamente ya que muchos vieron la oportunidad de continuar el concepto y repetir la historia.

Lo que nunca se supo es que abajo, en el sótano que hacía las veces de almacén del local, detrás de la estantería situada al fondo en la que se colocaba la vajilla de repuesto en un lado y  la mantelería en el otro, yacía el cuerpo sin vida de ella, tapiado en la pared que había sido disimulada hábilmente con un trabajo rápido de albañilería. El gato, su gato Pluto, el que siempre la acompañaba colgado de sus brazos a supervisar cada tarde el restaurante antes de abrir para que todo estuviese perfecto, era el único que sabía su paradero, por eso vagaba por el local como si no quisiese irse, y la mayor parte del tiempo estaba ahí en el sótano maullando triste cerca de la pared.

Aunque me estoy equivocando al contároslo, no era solo el gato, él también sabía dónde estaba ella.

Inesperado

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Un día de lluvia de febrero en Madrid, un parque húmedo y una caminata para llegar a casa…

Las botas puestas que no corresponden al día que hace, embarradas de tierra mojada y a punto de ser penetradas por el agua

El olor a humedad que evoca a los inviernos de tormentas y a los palos de agua del pueblo, la finca, las gotas cayendo en la cara, los juegos de niños y qué divertidos correr mojándonos

Permitirme vivir de nuevo esa sensación, la llovizna agradable y respirar un parque solitario porque cuando nos hacemos adultos ya no nos gusta  mojarnos bajo la lluvia

Saborear el aire suave y con olor a tierra, caminar lentamente mientras siento que el agua llega a mis pies

La bonita nostalgia de un día de lluvia…

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Símbolos

Dicen los que creen en signos y los místicos que nuestras vidas están determinadas por ciertos símbolos. Algunos hablan de números, se cree que significan algo más allá de una forma de medir, hay teorías que dicen que los planetas cuentan con una vibración numérica que los afecta. De ahí que algunas personas afirmen que sus vidas están regidas por el número X o el Y.

Igual con los colores, aunque en este caso no hay una ciencia que estudie el fenómeno como sí sucede con la numerología, es totalmente cierto que los tonos afectan nuestro estado de ánimo, hay quienes dicen que su trayectoria vital está condicionada por tal o cual color. No obstante, la chica de esta historia es distinta. Ella siempre afirmó que su vida, o las diferentes etapas que iba viviendo, estaban condicionadas por las frutas.

Era amiga mía, o como dicen por ahí, una conocida con confianza. En varias ocasiones me relató lo mismo: las frutas habían estado siempre presentes a lo largo de su historia. Me contaba que de niña vivía en el campo, en una casa grande con un patio inmenso lleno de árboles, entre ellos varios de mango, que eran sus favoritos. Por eso una de sus diversiones preferidas era trepar junto a sus hermanos aquellos troncos y llegar hasta sus ramas para conseguir unos cuantos ejemplares de la fruta. Le encantaban los mangos verdes, y a escondidas cogían un cuchillo de la cocina y sal para comerse las rebanadas aliñadas ya que su madre no los dejaba porque decía que era malo para la salud. Igual pasaba en casa de la abuela, llegar allí y quitarse los zapatos para correr a toda velocidad al fondo de la casa donde estaba el largo jardín y coger los mangos maduros que habían caído o subir a pescar los más verdes mientras la abuela gritaba “¡no suban tan alto que se pueden caer!” era uno de sus más queridos recuerdos infantiles.

Mango, relato, gastronomia

En la adolescencia la fruta varió. Entró en ella a saco, con el acné, las crisis de identidad, los cambios corporales que hacían que se comparara constantemente con sus amigas y el mundo entero, la búsqueda de un estilo de vestir y el “me avergüenzan mis padres” típico de esa etapa… Excepto cuando su madre le hacía su incomparable tarta de fresas. Ya no vivían en la hacienda de la infancia, se habían mudado a una ciudad con temperaturas menos tropicales que tenía en sus cercanías extensos sembradíos de fresas famosas por su sabor. Aquellos eran fresones, grandes, rojos, dulces, con el punto perfecto de ácido, y eran los que la madre empleaba para poner en el bizcocho casero en la parte del medio y arriba junto con la nata montada. Llegaba a casa y desde la entrada percibía el olor de la tarta recién horneada, entonces corría al interior para encontrarse en la mesa con aquella delicia que podía con cualquier preocupación por la talla y por el vestido del próximo cumple con sus amigas. Era la forma que tenía la madre de volver a encontrarse con su pequeña.

Después, cuando tuvo que mudarse para estudiar en la universidad, me contaba que su mamá siempre procuró visitarla con una gran tarta de fresas entre las manos. Ya había pasado la etapa del conflicto adolescente y sus respectivos bochornos, pero ese dulce significó un fuerte lazo entre ellas.

tarta de fresas, fresa, gastronomia

Luego llegó la graduación, el trabajo profesional y la adultez. Y con todo ello un nuevo cambio de fruta. Los melocotones los descubrió un día al pasar por un puesto muy chulo en el que todas las frutas estaban perfectamente colocadas, alineadas formando un conjunto que era tan visual y atractivo que no podías dejar de detenerte a mirar. Allí fue que vio unos cuantos ejemplares del fruto, grandes, rojos y tiernos.

melocoton, durazno, gastronomia

Le parecieron tan bonitos que decidió comprarse dos para probarlos, y después de hacerlo pasaron a ser su merienda diaria, la de las cinco de la tarde. Y mira qué cosas, fue gracias a su nueva costumbre que un día, en ese mismo puesto de frutas, coincidió con un atractivo chico que estaba escogiendo algunos melocotones para llevarse mientras ella hacía lo mismo. Como estaban uno al lado del otro con la tarea -y ella ya era una experta seleccionándolos después de un año comiendo duraznos a diario- aprovechó para entablar conversación. Lo demás era historia. Cuando yo la conocí llevaba cinco años de convivencia con ese mismo chico y proclamaba a los cuatro vientos sentirse absolutamente enamorada.

Por eso me quedé totalmente desconcertado cuando me enteré de la triste noticia: esa amiga mía cuya vida había sido determinada por las frutas había muerto en un accidente. Su coche se había deslizado y volcado hasta caer por el precipicio por culpa de un cargamento de fruta podrida que había esparcida en la carretera…

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PD: Para los que están en Madrid, mañana domingo habrá una actividad por Venezuela en el Parque del Retiro a las 12, en la entrada principal junto a la Puerta de Alcalá, se llama “Manos Unidas por la Paz” y solo tienes que llevar un globo blanco y una pancarta si lo deseas. Más información aquí#SOSVenezuela

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Post de una venezolana en el exterior

Desde hace días estoy nerviosa… como creo que están muchos de los venezolanos que vivimos fuera. La situación que hay en el país es preocupante, grave, y vivirla de lejos te genera una tensión y una desazón intensas. Hay muchísima información, en las redes sociales sobre todo, y uno no sabe cuál es cierta y cuál no, pero con la ansiedad vas viendo gran parte de ella y se va haciendo un nudo en el estómago. Luego aquí en los medios tradicionales sacan noticias de Venezuela, pero en el último tramo del noticiero o en la parte de abajo de la página del periódico porque lo de Ucrania está generando más atención, y porque al parecer el gobierno español tiene más intereses económicos en Venezuela que ganas de pronunciarse al respecto de todo lo que está pasando y eso tampoco ayuda, aunque acabo de ver un largo reportaje en Antena 3 con imágenes que te dejan sin palabras, espero que la cobertura vaya a más en los demás medios.

Por whatsapp recibes información de los amigos, de los familiares, y a su vez entre todos compartimos más datos que nos van llegando. Ya desde hace tiempo uno viene sabiendo del día a día en Venezuela, de las colas para conseguir comida, de la rastrera actitud de los medios de comunicación de allí, de la inseguridad… Y todo va haciendo mella en el ánimo. Aunado a eso, ya estos días tantas cosas, las manifestaciones, los muertos, la censura, los vídeos de violencia, los personajes públicos dando apoyo a las protestas, las medidas que va tomando el gobierno, todo desemboca en que uno esté aquí siguiendo con la cotidianidad porque igual hay que trabajar y/o estudiar pero con la cabeza a miles de kilómetros.

SOS Venezuela

Ayer mientras trabajaba pensaba en lo paradójico de eso, atendía a los clientes y todo es tan normal, tan tranquilo, mientras que allá si no hay sonidos de cacerolas, gritos, etc.  hay una tensa calma estos días. Yo me siento alicaída la mayor parte del día, pero como estoy de cara al público tengo que disimular. Aunque también me ayuda a distraerme porque si no termino el día saturada.

Hay momentos en los que pienso que estoy exagerando, de siempre he tendido a ser un poco dramática para algunas cosas y me digo: tampoco es para que estés así. Pero luego me doy cuenta que estoy tan sensible con el tema que ya hasta el mensaje de apoyo que escribió Rafa Nadal en su Facebook me emociona o la iniciativa nacida en México llamada Efecto Eco, por no hablar de la carta de Rubén Blades. Pienso en mis amigos con los que hablo a diario por whatsapp porque tenemos un grupo en el chat, en las madres de los chicos que han muerto esta semana (una de ellas se expresa en un desgarrador video), en mi familia que está allí excepto mi hermanito y unos sobrinos en USA… y entonces creo que es válido que me sienta así. En mi caso es cierto que mi familia más directa en Venezuela está un poco más resguardada porque somos de un pueblo, y allí el ritmo siempre ha sido más pausado; hay protestas, pero no con los niveles de violencia que tienen Caracas, Valencia, San Cristóbal, o Mérida. Pero en el resto del país no es igual, y en todos lados sí que hay escasez de alimentos, y ayer ya el gobierno empezó a hablar de cortar el suministro de gasolina a las zonas con mayor conflicto (fascistas, según dicen ellos), incluso de no permitir la salida del país a quienes estén manifestándose… Pareciera un proceso de aislamiento con el objetivo de hacerle daño a toda esa gran parte de la población que no está de acuerdo con ellos. En este punto me angustio y me pregunto si esto puede ir a más, si la escasez y la ruina económica llegue a tal punto que no habrá comida y la represión aumente, pero ya en ese instante me digo que no puedo ponerme a pensar en algo que no ha sucedido porque ahí sí es verdad que no voy a poder con la preocupación.

Mejor ocuparme que preocuparme, (esto lo he aprendido en mis sesiones de coaching). No sé si todas esas manifestaciones en Venezuela -las violentas- lleven a algún fin positivo para nosotros, no sé si será la mejor estrategia, pero ya que esto es lo que hay, me inquieto pensando en qué puedo hacer para poner mi granito de arena.

Siempre me ha sorprendido cómo los seres humanos podemos ser capaces de hacer mucho daño a nuestros semejantes, y sé que es una tontería y una ingenuidad de mi parte con toda la historia de horror que tenemos la humanidad al respecto. Lo pienso ahora cuando veo las imágenes de gente disparando en esas calles que yo he caminado muchas veces en mi tierra.

Y se que este post no tiene mucha utilidad pública, pero cuando estoy tensa necesito llorar y escribir para desahogarme, y es lo que estoy haciendo ahora.

PD: Hoy sí podemos hacer algo, esta tarde a las 6pm en la plaza Colón de Madrid…

SOS Venezuela

Para el que quiera leer un análisis que considero serio sobre la situación actual, aquí está el de Luis Vicente León.

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Por un café

Allí estaba. Ubicada en la esquina con las dos sillas semienfrentadas, más bien un poco cercanas para poder cogernos la mano. Era la mesa redonda de siempre, con el mantel blanco impoluto que caía perfectamente simétrico por los costados; las dos rosas blancas sin tallo, colocadas sobre el pequeño cuenco de cristal con un poco de agua en el exacto centro del círculo. Frente a cada silla, la vajilla y cubertería necesaria para la cena, los platos, blancos también, con los bordes  adornados con elegantes relieves con formas ondulantes, a la manera clásica. No, no quería esos platos modernos con ángulos que tenían ahora en el restaurante. Prefería la vajilla de antes, la que conocía de siempre. Los cubiertos seguían el mismo estilo, dos servicios para cada puesto hechos en plata con bonitas formas en los mangos; los mejores tenedores y cuchillos del local, los que ya no usaban salvo en ocasiones como estas. Unas delicadas copas de cristal para el vino remataban la presentación de la mesa junto con las servilletas de encaje, blancas, por supuesto. El conjunto era una vista agradable, una elegante mesa como le gustaba,  que rompía la secuencia del lugar y hacía de ese punto del salón, un rincón único.

Fue en esa mesa donde me dediqué a conquistarla después de enamorarme perdidamente de ella sesenta años atrás, en esa misma ubicación, en la misma esquina. En ese sitio me dejé llevar por esos ojos castaños verdosos que había visto por primera vez en la barra del restaurante, mientras ella esperaba a una amiga. Aquellos ojos que miraban inquieta a su alrededor y que de repente se encontraron con los míos que la observaban fijamente cautivados por ese aire tan femenino que la envolvía, tan fuerte y delicado a la vez. Yo solo había entrado a tomar un café, pero no dudé un segundo cuando observé unos minutos a esa hermosa mujer,  fui directo hacia ella en vez de pedirle al camarero lo que iba buscando.

Ni siquiera me detuve a pensar. La saludé respetuosamente, que aunque atrevido yo era todo un caballero, como debe ser. Ella me miró con desconfianza. – Perdone, pero tiene los ojos más bonitos que he visto nunca. Su respuesta fue un seco gracias con un deje de coquetería en ese intento de sonrisa en las comisuras de su perfecta boca. – ¿Puedo invitarla a un café? le dije, aunque veía que ya se había bebido uno, -no gracias, ya tomé y estoy esperando a una amiga. – Yo llevo esperándola a usted toda la vida, fue mi respuesta inmediata, refleja, sin pensar. Me miró sorprendida y sonrojada, sin saber si sonreír o mandarme de paseo por mi osadía, – perdone, pero es usted un atrevido, me dijo. Entonces me presenté, no quería que se sintiera ofendida. Le dije quién era mientras le extendía mi brazo para que me diera su mano y le besé el dorso con toda la delicadeza que fui capaz. Le repliqué que no se ofendiera, que sabía que estaba siendo un poco incorrecto, pero que simplemente me había enamorado al verla, que no era un loco ni un conquistador, solo un bebedor de café  que había encontrado lo más bonito del mundo en el sitio menos esperado. A medida que yo hablaba sus mejillas se coloreaban más, ¡se veía tan bonito su sonrojo con aquellos ojos castaños verdosos! No supo qué responder, y le comenté que no era mi intención ser violento, y por eso la dejaba tranquila para tomarme mi café… pero que si su amiga no llegaba sería un honor para mí conversar un rato con ella. No importaba si tenía que tomarme tres expresos y en la noche no conciliara el sueño, esperaría lo necesario para tener esa oportunidad…

Fue así como me fui al otro lado de la barra a tomarme no tres, sino cuatro cafés mientras aguardaba mi gran ocasión; ella me miraba de reojo cada ciertos minutos, nerviosa mientras ojeaba la puerta a la espera de esa persona que gracias al cielo nunca se presentó. Entonces, tras cuatros dosis de cafeína y perderme observando esos ojos castaños verdosos a lo lejos, me acerqué de nuevo. Y esta vez ella aceptó otro café y una conversación, no sin cierto reparo, era una época en la que no estaba bien que una señorita le contara su vida de repente a un hombre que la abordaba de esa manera. Pero la conversación fue fluyendo, la confianza creciendo y se aproximó la noche en la misma barra en la que nos habíamos visto tres horas antes. Le sugerí que por qué no cenábamos aunque fuese un poco temprano, ella me dijo que se tenía que ir, y yo le dije que estaba buscando una excusa para prolongar ese encuentro porque no quería separarme de ella. En ese instante ella sonrió abiertamente y aceptó mi propuesta, pero me dijo que buscáramos un rincón del salón, una mesa que no estuviese tan a la vista de toda la gente para evitar comentarios…

Todos estos recuerdos me vienen ahora a la cabeza, y eso que a mi edad la memoria falla. Estoy ahora de pie, colocado en la entrada del restaurante pensando que hay ciertas cosas, ciertos momentos que marcan la vida y jamás se olvidan. Ella llegó de pronto, de repente, como un trueno, me encandiló.

A partir de ese día no nos separamos, y cada año por estas fechas veníamos a cenar a este lugar cuidando y solicitando por favor al maître que todo estuviera igual. Así fue pasando el tiempo y con los años, el local fue cambiando de dueño, lo hizo hasta en cuatro ocasiones, pero cada propietario que se iba cuidó de contarle al nuevo la historia de unos clientes que cada año renovaban sus votos de amor allí, ¡qué agradecidos estamos con cada uno! Por eso la decoración fue variando, y con ella la vajilla, la cubertería, las copas, los manteles; menos esa mesa durante unas horas una noche al año.

Hoy cumplimos nuestro sesenta aniversario de encuentro en este restaurante, por eso mi mujer y yo hemos querido que fuese una ocasión muy especial y hemos acordado que repetiremos toda la historia de aquella tarde, desde la primera vista en la barra, la conversación, la cena, ¡incluso el menú! aunque los platos en mucha menos cantidad porque hay cosas que ya nos sientan mal. El personal nos mira a cada uno ya colocados en nuestras posiciones con complicidad y ternura (nos ven como una bonita historia de abuelos, ellos no saben que seguimos siendo el hombre y la mujer), aunque a nosotros solo nos importa que todo salgo perfecto.

 - Perdone, pero tiene los ojos más bonitos que he visto nunca…

PD: Este relato fue escrito para mi otro blog (en el que hablo de gastronomía, excepto en la categoría de relatos gastronómicos que es más un capricho mío :) ) pero como es un cuento lo comparto también por aquí.

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